domingo, 23 de octubre de 2011

19º Domingo después de Pentecostés.

“La FUENTE DE LA LEY DE DIOS ES EL AMOR”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Lev 19:1-2, 15-18

Segunda Lección: 1 Tes 2:1-13

El Evangelio: San Mateo 22:34-46

Sermón

Introducción

Todos los creyentes conocen bien la Ley de Dios, y saben también cómo usarla: por un lado es aquella que nos muestra nuestro verdadero rostro ante Dios, tal como Él nos ve. Pues Dios no nos mira según nuestros razonamientos u opiniones, sino que lo hace a través de su Ley, de aquellas normas que son la base de nuestra relación con Él y con el prójimo mientras caminemos en esta vida. Y en este sentido la Ley de Dios nos muestra en la práctica una cruda realidad: nuestra incapacidad para cumplirla, y se convierte así en la guía que nos lleva al verdadero cumplimento en Cristo (Gl 3:24). Por otro lado, esta misma Ley sirve al creyente como “molde” para acomodar su vida a ella, para refrenar al viejo Adán carnal que quiere vivir según su propio criterio. Por ello el cristiano vive también en la Ley, aunque no la trata de cumplir por temor a ella, sino precisamente por vivir en Cristo.

Esta Ley puede parecer estricta, legalista, algo que nos limita e impone frenos en la vida, y vista así ciertamente no parece muy atractiva y agradable. Esta visión se acentúa además al vivir en una sociedad muy permisiva como la nuestra, donde “ley” es sinónimo de represión para muchas personas. Sin embargo, Jesús nos enseña que la base de la Ley de Dios y su fuerza radican en algo muy distinto a la represión: el Amor. Pues el amor a Dios y al prójimo son inseparables en ella, y es la fuente que alimenta a todos sus mandamientos.

La base de la Ley de Dios es el amor

Se suele decir popularmente, que el hombre es el único ser que tropieza dos veces en la misma piedra. Y ciertamente los fariseos dieron validez a esta frase. Pues al tener conocimiento del fracaso de los saduceos en su empeño en atacar a Jesús, pensaron que ellos sí serían capaces de ponerlo en evidencia, de demostrar la superioridad de su legalismo sobre el propio Cristo. Y eligieron, como buenos fariseos, la cuestión de la Ley para ver si en este punto Jesús tropezaba ante ellos: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” (Mt 22:36). Si bien toda la Ley de Dios es merecedora de la misma consideración, pues desde el primero hasta el último mandamiento son Palabra de Dios (Mt 5:18), le plantearon una pregunta comprometedora, para buscar en qué mandamiento debían buscar la “debilidad” de Jesús. Probablemente el mandamiento exaltado por Jesús como el superior, sería aquel del que tratarían de acusarlo públicamente.

Y la respuesta de Jesús se convierte por un lado en una respuesta y por otro en una acusación contra aquellos mismos fariseos. Es lo que ocurre cuando hacemos uso de la soberbia, y creemos poder juzgar incluso a nuestro Dios. Pues Jesús como buen judío, proclama la Shemá, la confesión de fe por excelencia del pueblo de Israel (Dt 6:4-9), con lo que muestra su ortodoxia a aquellos hombres, y enseña que la fuente principal de toda Ley de Dios no es otra que el amor hacia el Creador. Pues en este amor es donde nuestra relación con Él halla su máxima expresión. Los “dioses” de otros pueblos eran crueles, caprichosos, vanidosos, y un largo etcétera de elementos amenazantes y oscuros. Sombras que exigen y esclavizan al hombre: “porque todos los dioses de los pueblos son ídolos” (1 Cr 16:26). Sin embargo Jehová, el Dios de Israel es Dios amoroso, que ama y sólo pide como respuesta nuestro amor. Ante nuestro pecado, Dios ofrece misericordia, ante nuestras ofensas reconciliación, ante la perspectiva de la muerte y la condenación, Cristo y su muerte vicaria que nos abre la puerta a la vida eterna.

Pero esta Shemá, esta proclamación de amor que se nos requiere, incluye además condiciones muy claras: no sirve un amor exterior, formalista, de mera apariencia. Se requiere un amor total, incondicional: “Con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mt 22:37). En resumen, un amor auténtico, y para un amor así, el modelo de nuevo no es otro para nosotros que Cristo.

Amar a Dios sin amar al prójimo es imposible

Pudiera parecer que con la respuesta anterior la pregunta quedaba contestada. Pero Jesús ahora les habla a los fariseos, a aquellos que imponen cargas a otros (Mt 23:4). Pues no se puede estar todo el día mirando al cielo sin, al mismo tiempo, mirar al suelo: al prójimo necesitado. Y este era el talón de Aquiles de los fariseos, su peor cara. Orgullosos, duros en su juicio, siempre buscando el fallo, el tropiezo ajeno. Toda una demostración de falta de sensibilidad hacia los demás. Y aquí Jesús une al mandamiento del amor a Dios, otro mandamiento que es inseparable del mismo: el amor al prójimo (Lv.19:18). ¿Cómo podemos amar a Dios y no amar a su creación, y de entre toda ella a aquél que fue creado a su imagen y semejanza?: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4:20). Al igual que el misterio de la Trinidad se resuelve en una relación de amor entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, así nosotros partiendo de nuestro amor a Dios, hacemos partícipes de ése amor al prójimo. Pues el amor es una acción dinámica, no una idea filosófica, que requiere ser puesto en práctica y no quedar en el mundo de las intenciones. En esto de nuevo Dios mismo nos enseña esta lección, por medio de su plan de salvación: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn 3:16).

Todos tenemos un poco de fariseos, reconozcámoslo, pues en toda persona habita la idea de ser poseedor de una visión completamente justa y objetiva de las cosas. Pero la Palabra nos advierte de que nuestro juicio no es precisamente el parámetro para mirar a la realidad, y que debemos evitar juzgar (Mt 7:1), pues sólo el juicio divino es infalible y objetivo. Ella nos reorienta sin embargo hacia algo más constructivo, por encima de los juicios, como hizo Jesús con los pecadores más manifiestos: amar. Pues al amar no nos concentramos en lo negativo del prójimo, ya que como pecadores que somos, en todos nosotros habitan muchísimos aspectos y actitudes reprobables. Amando fijamos nuestra atención en la necesidad inmediata del otro (afectiva, material, física, etc.), pero sobre todo en su necesidad espiritual (salvífica), como ser creado para una vida eterna. Esa es la mirada compasiva de Cristo sobre el pueblo y que debemos de hacer nuestra. Este es el segundo gran mandamiento de Dios.

Amar a Dios sin amar a Cristo es imposible

Los fariseos callaron tras la respuesta de Jesús, y tomaron conciencia de su ignorancia, aunque en sus duros corazones, estaban lejos de reconocer su derrota. Y Cristo, conociendo sus pensamientos de rechazo hacia él, les plantea una pregunta para ser puestos a prueba ellos mismos ahora: “¿Qué pensáis del Cristo?, ¿De quién es Hijo?” (v42). La Escritura relaciona al Mesías prometido con la estirpe de David, pero además de esta indicación genealógica, también aclara en el Salmo 110 que el redentor estaría por encima de cualquier estirpe humana, y que está sentado a la derecha del Padre, es decir, en el mayor puesto de honor. Pero los fariseos, cegados por la letra y desechando su Espíritu (2 Co 3:6), fueron incapaces de reconocer en Jesús al Mesías anunciado, pues para ellos las señales distintivas del mismo serían la justicia ejecutora de una espada, y no el abrazo amoroso y la misericordia de Dios. Ellos no esperaban el perdón como norma de relación entre Dios y el hombre, y eso es precisamente lo que Jesús trajo al mundo. Y ante la evidencia de la pregunta: ¿Cómo es su hijo? (v45), los fariseos callaron, no porque no supieran la respuesta, ya que es evidente que Jesús señala a Dios y a sí mismo como Padre e Hijo. Callaron como señal de negación de Cristo mismo, y al hacerlo al igual que los saduceos, lo convirtieron en la piedra de su tropiezo (1 Ped 2:8). Nosotros también debemos cuidar que nuestro orgullo, nuestra rigidez, y el deseo de que el mundo camine según nuestra visión, no nos ciegue y nos haga perder la perspectiva correcta: “Dios es amor, y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Jn 4:6). El ejemplo de los fariseos nos muestra igualmente que no podemos reconocer a Jesús como el Cristo y amarlo, si en nuestro corazón no anidan a su vez el perdón y el amor. Y sin amar a Cristo, es igualmente imposible cumplir el primer gran mandamiento: “Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt 6:5).

CONCLUSIÓN

El término “fariseismo” se ha convertido en sinónimo de legalismo vacío, falto de alma, de compasión. Los creyentes sin embargo caminamos según un parámetro lleno de vida y de misericordia: el amor. Un amor ejemplificado para nosotros en el sacrificio de Cristo en la Cruz.

Por tanto, nuestro primer gran mandamiento es el amar a nuestro Dios, pero con la clara conciencia de que igualmente importante es amar al prójimo como a uno mismo, tal como Dios nos ama a cada uno de nosotros en Cristo Jesús, ahora y siempre, Amén.

J. C. G. / Pastor de IELE