“Muertos, pero al pecado”
Textos del Día:
Primera Lección: Rut 1:1-18
Segunda Lección: Romanos 6:1-11
El Evangelio: Mateo 5:20-26
Sermón
Ha llegado el verano, tiempo de relax y distención, de descanso y desconectarnos de muchas cosas que nos han agobiado a lo largo de este año. Somos buenos en buscar actividades para lograr estas cosas. Pero hay algo en lo cual muchas veces no somos muy buenos. No somos muy buenos en “ser buenos”. Como luteranos muchas veces nos aferramos y mantenemos fuertes y firmes en la enseñanza de que somos salvos por la gracia a través de la fe en Cristo y no por las obras. Pero somos tentados, y en muchas oportunidades caemos en ella, en hacer un énfasis sobrenatural en la parte que decimos y afirmamos el “no por obras”, y así nos desligamos u olvidamos hacer las buenas obras para las cuales fuimos creados. En ocasiones podríamos recibir el mote de “los escogidos inmóviles” olvidándosenos de tratar a otros con bondad, compasión y amor con el cual fuimos tratados. A menudo nos enredamos en divisiones, discusiones, rencores y cotilleos, en vez de buscar la unión en el amor construyendo relaciones y trabajando para ser reconciliadores. Demasiadas veces hablamos, confesamos y vivimos nuestro cristianismo los domingos por la mañana. Abundan nuestros pensamientos e intenciones piadosas cuando estamos sentados en la iglesia. Pero durante la semana emprendemos nuestros negocios como siempre, con poco o ningún pensamiento acerca de Dios o del tipo de vida que deberíamos vivir.
Pablo dice, “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” En otras palabras, usaremos el perdón gratuito de nuestros pecados como una licencia para pecar libremente. Acaso es nuestra inmunidad diplomática, a fin de que cada vez que seamos atrapados por el pecado sacamos nuestra tarjeta “de gracia” y decir: “¡No Importa! ¡Estoy recubierto de Cristo! ¡Puedo hacer cualquier cosa que quiera y aún así seré perdonado!”
Podemos arrepentirnos de esa clase de actitud en esta mañana de domingo. Pero algunas veces, no pocas, actuamos de ese modo. Cuando nos damos cuenta de que pecamos, podemos encogernos de hombros como quien dice “y bueno de cualquier manera voy a pecar”. Decimos una pequeña oración pidiendo perdón y luego vamos por la vida como si nada ocurriese. Pero podemos hacer lo mismo nuevamente en cuestión de días, horas o aun en minutos, sin el menor remordimiento.
En lugar de relajarnos y distendernos, deberíamos trabajar duro para evitar pecado. Deberíamos poner nuestra mente, cuerpo y alma en contra cometer cualquier pecado. En lugar de indiferencia, deberíamos oponernos con nuestras fuerzas al pecar.
Pablo dice, “consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Como Cristo murió una vez al pecado, nunca morirá otra vez, lo mismo pasa contigo y conmigo. Ya hemos muerto al pecado y nunca más sucederá otra vez.
Tu y yo hemos sido unidos muy estrechamente con Cristo, de tal manera que Su muerte es nuestra muerte. Su vida es nuestra vida. Así que tu y yo vivimos una vida prestada.
La fecha de tu muerte hacia el pecado fue la fecha de tu bautismo. Esa es también la fecha de tu nuevo nacimiento a una nueva vida. En el mismo momento en que el agua y la Palabra te tocaron, el Espíritu Santo te unió a la muerte de Jesús, 2.000 años atrás, cuando Él murió sobre la cruz en el monte Calvario. Allí tu pecado fue crucificado en los clavos de esa cruz. Tú has muerto con Cristo y nunca tendrás que morir otra vez.
El Espíritu también te levantó a la vida en el bautismo. Así como has sido ligado con su muerte, también has sido relacionado con la Resurrección de Cristo en día de Pascua. Allí has sido vuelto a la vida para Dios, vida resucitada y otorgada que nadie puede quitar, no puede el diablo y todo su poder, ni todas sus estrategias.
Así es que Pablo dice: “vosotros consideraos muertos al pecado”, piensa acerca de ti mismo como una nueva criatura que fue creada y pertenece a Dios.
Qué sucede cuando en nuestra vida aparece la tentación. Imagina una gran tentación, una en la cual has caído antes y que probablemente caerás otra vez tarde o temprano. Recuerda que no eres esclavo del pecado y que ya has muerto al pecar por medio de Cristo en el bautismo, recordarás que el pecado no tiene verdadero poder sobre ti. Eres libre del poder del pecado. La tentación no es un poderoso y horrible monstruo que nadie puede vencer. No, la tentación ha sido derrotada y debilitada, porque tu vida está en Cristo. Acordarse de que en Cristo has sido hecho una nueva criatura ayuda a oponerse a la tentación.
Si vemos las tentaciones a las cuales somos sometidos podemos decir que “la tentación se ve muy bien y apetecible”. Es así, por supuesto que esto es un engaño. Si no se viese bien, no sería tentación.
Pensemos acerca de un esclavo que ha sido liberado de su amo. El antiguo amo le dice: “¿Porqué no regresas conmigo y haces todo el trabajo que te ordene que hagas? Vive como un esclavo otra vez”. ¿Qué esclavo en su sano juicio regresaría a la situación de servidumbre? Tendría menos sentido si el amo le siguiera ofreciendo la misma comida de esclavo y una fosa dónde dormir solo para seducirle, sólo un esclavo loco regresaría.
Cuánto deberíamos evitar volver a nuestro viejo amo, el pecado, un amo ofensivo que promete buenas cosas, pero que al fin solo da sólo dolor y muerte. La tentación te promete que las cosas irán bien y tendrás placer y felicidad. Esto lo hace por la razón de que el pecado intenta introducir en ti la muerte. Para alimentar a alguien con una píldora tan amarga, es necesario cubrirlo con una capa de azúcar. Así es que las tentaciones se presentan para ser saboreadas de manera dulce, hasta que se muestra la realidad de su amargura que conduce a la muerte.
La buena noticia es que has sido liberado de la muerte. Ya no tiene sentido seguir alimentándose y entregándose a una muerte azucarada, de tentaciones que se conocen las consecuencias y de pecados que no nos ayudan en nuestra relación con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos.
Debemos recordar que hemos sido bautizados en Cristo y que por esto hemos muerto al pecado. Si recuerdas que Cristo te ha hecho suyo y que perteneces a él en su muerte y resurrección, entonces esto te ayudará a oponerte a la tentación.
Una cuestión a tener presente es que el poder a hacer las cosas de mejor manera en tu vida no viene de tus energías. No proviene de tus fuerzas. No viene de ti en absoluto. Viene del Espíritu Santo trabajando en ti a través de la Palabra de Dios. Si quieres hacer las cosas de una mejor manera en tu vida (todos los cristianos deberíamos desearlo), necesitamos mantenernos oyendo o leyendo la Palabra a fin de que al Espíritu le sobren oportunidades para trabajar en nosotros, en nuestro carácter, en nuestra manera de pensar, de ver las cosas.
Lutero escribió en el Catecismo Menor que es bueno cada mañana hacer la señal de la cruz para recordarnos a nosotros mismos que somos hijos de Dios porque Dios así lo prometió en nuestro bautismo. Esta es una buena práctica, porque somos humanos pecaminosos y en materia espiritual nos pasa lo que hace referencia una publicidad de coches, “tenemos memoria de pez”.
Nos olvidamos con facilidad las Palabras y promesas del Señor, distorsionamos la imagen del Dios verdadero y nos construimos un dios a nuestra imagen, semejanza y caprichos. También escribió Lutero que cada vez que lavemos nuestro rostro hagamos memoria de nuestro bautismo, recordando de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos.
Esto no quiere decir que necesites probar cuán duro eres y cuánto te protege Dios de caer en las tentaciones. Pablo dijo que él todavía no hacia todas las cosas buenas que quería hacer. Todos los cristianos mientras estemos en este mundo somos todavía pecadores y quedaremos así hasta el día de nuestra muerte física.
Necesitamos estar atentos y prestar atención en nuestras vidas el no permitirnos tomar como excusa el perdón para permitirnos vivir en pecado. Necesitamos estar atentos y despabilarnos contra las acostumbres de nuestros propios errores y comodidades de los pecados que nos son cotidianos y continuos, porque una vez que el pecado se vuelve común en nuestras vidas el siguiente paso es el de olvidar qué tan valioso es nuestro Salvador. Si piensas que no tiene importancia si pecas aunque sea con un pecado pequeño e insignificante, entonces la Cruz es nada, ya no tiene sentido en tu vida. Que Dios nos prevenga de esto.
Por esto es necesario en todo tiempo y lugar recordar lo qué Cristo ha hecho por ti y por mi. Su muerte por tus pecados, hace que estés muerto al pecado. ¿Qué puede hacer un muerto? ¡Nada! En un tiempo, estabas muerto en el pecado. No podías hacer nada para agradar a Dios. Ahora también estás muerto, pero muerto hacia el pecado. Un cadáver no puede pecar, no puede hacer nada, está muerto. Solo yace en algún sitio inmóvil. Estás muerto hacia el pecado. Los pecados que cometes están completamente cubiertos por la sangre de Cristo. Cada transgresión es quitada de ti y remitida a la cruz. En Cristo, eres perfecto, puesto que su sangre te limpia de tu condición de pecador. El pecado no tiene fuerza para acusarte y condenarte ante Dios. No te puede destruir. No te puede arrastrar a la ruina del infierno. Porque en Cristo eres limpiado de todos ellos.
En tu bautismo has muerto al pecado y has sido vivificado. La paga de pecado es la muerte y Cristo te ha liberado del pecado. Así es que la muerte no te puede reclamar. Perteneces a Alguien que es más fuerte que la muerte. Has sido comprado no con oro o plata, sino con la santa y preciosa sangre de nuestro Señor Jesucristo, para que seas suyo y le sirvas en su reino.
Cuando nos encontramos haciendo exactamente las cosas que sabemos que los cristianos no hacen, vemos nuestra debilidad, vemos nuestra necesidad de mantenernos mirando hacia nuestro Señor y depender de su misericordia. Pero también vemos por qué vino Jesús, por qué fue tratado así por los escribas y los fariseos. Por qué fue colgado en una cruz, por qué fue abandonado por Su Padre, el por qué tuvo que morir y finalmente por qué tuvo que resucitar de entre los muertos. También es el por qué nos da la Santa Cena como un Sacramento a ser celebrado en todas las oportunidades posibles, a fin de darnos la seguridad y vincularnos una y otra vez con su muerte y resurrección de entre los muertos, para el perdón de nuestros pecados y seguridad de nuestra vida eterna.
Ésta es nuestra esperanza, nuestra confianza. La descripción que Jesús da en la lectura del Evangelio no siempre nos describe. De hecho, realmente nunca lo hace. Pero esta descripción describe a Jesús y por su gracia y su misericordia, otorgadas en nuestro bautismo, allí se ve como
Si nos describe. Así es, como según nuestra fe, no entramos al reino de los cielos, sino que somos introducidos por la obra de Cristo en la cruz.
Ese mismo Jesús se presenta en la Santa Cena, para darte su cuerpo y su sangre para el perdón de pecados. Así que podemos regocijarnos y celebrar que la justicia superior nos es otorgada por medio de Cristo. Estimados vivamos en los caminos del Señor sabiendo que hemos sido perdonados de todos nuestros pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo.
Romanos 6:1-11¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
miércoles, 28 de julio de 2010
domingo, 20 de junio de 2010
4º Domingo después de Trinidad.
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
“Capacitados para Juzgar en Jesús”
Textos del Día:
Primera Lección: Números 6:22-27
Segunda Lección: Romanos 8:18-23
El Evangelio: Mateo 7:1-6
Mateo 7:1-67:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.7:3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?7:4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
Sermón
Nuestro texto dice: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
Nuestro Señor está refiriéndose a ese pecado tan común que cometemos contra el mandamiento que reza: “No hablarás falso testimonio contra tu prójimo”. Todos sabemos por experiencia personal que nuestra naturaleza humana es muy pecaminosa en este sentido; pues siempre que pensamos en nuestro prójimo, lo juzgamos de acuerdo con nuestros pensamientos pecaminosos.
Nuestros juicios son siempre malos al juzgar a otros. Lo peor de esta situación es que al juzgar nosotros a otros, siempre pensamos en nuestro yo, en mí, en mi yo y en mi persona. Nos ponemos nosotros mismos como el centro de nuestros juicios, como la persona “perfecta” y “capacitada” para juzgar a los demás. Al hacer esta clase de juicios que menciona el Señor Jesús en nuestro texto, nos olvidamos que lo más difícil para el hombre es conocerse a sí mismo. La opinión que tenemos de nosotros es que somos mejores que los demás. Por supuesto, nuestra conciencia nos acusa de pecado; pero a pesar de eso, siempre pensamos que nosotros somos mejores que los demás. Para conocernos a nosotros mismos, es necesario vernos en el espejo de la Ley divina. La Ley de Dios nos dice qué somos, quiénes somos y cómo somos; pero lo que es más, nos dice cómo quiere Dios que seamos. Con la ayuda de Dios, veamos en nuestro texto qué nos enseña Dios cuando nos dice: “NO JUZGUÉIS”
1. Sobre el juzgar mismo;
2. Sobre la paja en el ojo;
3. Sobre lo Santo y las Perlas.
I. SOBRE EL JUZGAR MISMO
A. “No juzguéis, para que no seáis juzgados.” Dios nos ha dado el pensamiento para entender; también nos ha dado la facultad de poder distinguir el bien del mal, el error de la verdad, aunque sea en una forma natural y relativa; también nos permite que formemos nuestros juicios sobre todas las cosas y también sobre las demás personas. Por medio de nuestros juicios naturales podemos distinguir a unas personas de otras y de esta manera podemos ver el carácter de nuestros niños y sus inclinaciones naturales, para distinguirlos de los demás. Así que si Dios nos da esta virtud de nuestros pensamientos, de hacer nuestros juicios sobre las personas y las cosas, para distinguirlas debidamente, no es posible que Él nos prohíba tales juicios, tal juzgar. No; Dios no prohíbe el juzgar y el juicio natural sobre las personas, sino más bien, Él nos enseña en este texto que no juzguemos injustamente, que no juzguemos de mal corazón. Quiere decir que no dejemos que nuestro corazón pecaminoso nos incline a juzgar siempre mal a los demás.
B. Dios nos conoce a perfección. En su Palabra nos presenta como a los más grandes pecadores:
“No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno” (Romanos 3:10 -12).
Por esta misma causa, Dios sabe que la tendencia de nuestros juicios siempre es mala, siempre es exagerada, precisamente, por la raíz del mal que está en nuestro corazón.
El corazón humano es malo y engañoso, y de él emanan todos los malos juicios que hacemos contra nuestro prójimo: “Del corazón salen los malos pensamientos”. (Mateo 15:19).
C. Por este mismo motivo Dios dio al hombre el mandamiento que dice: “No hablarás falso testimonio contra tu prójimo.” Éste es el mismo sentido de las palabras de nuestro Señor Jesucristo en nuestro texto. Nuestro Catecismo Menor lo explica muy correctamente, en la parte prohibitiva del mandamiento, y dice: “¿Qué nos prohíbe Dios en el Octavo Mandamiento? Dios nos prohíbe no sólo todo falso testimonio ante un tribunal, sino todos los conceptos y palabras contra nuestro prójimo que procedan de un corazón engañoso.” Sí, todos nuestros juicios malos y sin amor cristiano, que salgan de nuestro corazón engañoso, es lo que Cristo nos prohíbe, porque al hacerlo, nosotros mismos nos estamos condenando. Mayor juicio recibiremos los que juzgamos sin piedad.
Nuestro Juzgar Sano
A. Dios nuestro Señor Jesucristo aprueba nuestros juicios sanos y justos, como Él nos lo ordena en el Cuarto Mandamiento.
En el Cuarto Mandamiento Dios nuestro Señor ha ordenado autoridades sobre nosotros, para que juzguen, con juicio justo y sano, que a Él le agrada: “Juzga justicia y el juicio del menesteroso” (Levítico 19:35-36; Romanos 13:1).
B. Los cristianos debemos juzgar a los que cometen escándalo en la congregación cristiana y no lo quieren quitar. Así nos lo enseña nuestro Señor Jesucristo en San Mateo 18:15 -17, y en 1º Corintios 5:13.
C. Resumiendo. Hemos estudiado estas palabras de Jesús, y vemos que Él nos enseña que no juzguemos de mal corazón; sin embargo, Él autoriza en el Cuarto Mandamiento y en otras partes de su Palabra el juzgar justa y correctamente, de acuerdo con el espíritu de su Palabra.
II. SOBRE LA PAJA EN EL OJO
“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”
A. Después que nuestro Señor Jesucristo habla sobre el juicio sin amor cristiano, pasa inmediatamente a referirte al pecado que cometemos con frecuencia.
Así como somos dados a juzgar sin piedad a nuestro prójimo, y esto lo podemos hacer en nuestro corazón sin proferir palabra, también tenemos el hábito innato, propio de nuestra naturaleza pecaminosa, de pecar con nuestros ojos. Los ojos miran con la codicia que está en nuestro corazón; porque ya hemos dicho que del corazón proceden todos nuestros pecados, ya sean los pecados de nuestro juicio maligno, como los pecados de nuestra mirada codiciosa y sensual.
B. El ejemplo que usa nuestro Señor Jesucristo es muy claro y vivo; pues dice que por qué miramos “la paja”, o sea cualquier cuerpo insignificante que penetra en el ojo de nuestro prójimo.
Se refiere a la prontitud con que miramos las pequeñas faltas de nuestro prójimo.
Siempre estamos dispuestos a notar los defectos de otros. Y muchas veces no solamente vemos lo que es la realidad en nuestro prójimo, sino que vemos más de lo que es, o vemos diferente de lo que es la realidad; pero al ver y mirar las faltas del prójimo, lo aumentamos de tal manera une vemos con la mirada y las ojos del pecado que está en nuestro corazón. En efecto, el hecho de ver los pecados más pequeños de nuestro prójimo, para censurar a éste, no es otra cosa que el misino puesto de juzgar siempre mal a los demás. Nuestro Señor Jesucristo por medio de este ejemplo: “ver la paja que está en el ojo de tu hermano”, nos enseña con la mayor claridad nuestra naturaleza pecaminosa y siempre pervertida, que está pronta a ver y descubrir el mal en otros.
Pero esta misma tendencia y debilidad humana, de ver la “paja” en el ojo ajeno, es prueba evidente de la corrupción de nuestra naturaleza. Si, el mal está en el corazón humano y este mal es profundo, innato, y propio de toda la naturaleza humana, desde la raída de Adán. Todo lo que hacemos los humanos es expresarlo por medio de nuestros sentidos, el pensamiento, el juicio, la voluntad, el ojo, el oído, etc. El apóstol San Pablo, pensando en esto mismo, es decir, el mal que hay en nosotros, exclama: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”
C. Éste es el pecado que Cristo critica en la gente de su tiempo, con esta enseñanza de ver la paja en el ojo del hermano. Éste era el pecado de los escribas y fariseos de hace dos mil años. Pero éste es el pecado de hoy día; éste es también nuestro pecado; ésta es también la condición de nuestra gente de nuestro siglo, y será también el pecado de toda la gente futura de nuestro mundo.
D. “¿... y no echas de ver la viga que está en tu ojo?” Cristo presenta en seguida el ejemplo de “la viga que está en tu ojo”... en relación con la “paja” que vemos en el ojo del hermano. De esta manera nos enseña lo poco que pensamos en nuestras propias faltas, lo poco que nos ocupamos en nuestros propios pecados; somos ciegos para ocuparnos en nosotros mismos; muy poco, o casi nunca, máxime en tratándose de inconrversos, se preocupa el hombre de su propio corazón, de su conciencia, de su relación con Dios.
Y, ¿por qué? Cristo dice que a causa de la “viga” que está en tu ojo.
Esta “viga” que está en mi ojo es tan grande que no me deja verme a mí mismo; y sin embargo, tiene la propiedad de convertirse en un lente de gran aumento, cuando se trata de ver la “paja” en el ojo del hermano.
E. Esta “viga” es lo contrario de la “paja”. La viga es un cuerpo mil veces más grande que la paja.
Todos debemos pensar en la viga que está en nuestro ojo, y esta viga, nuestra naturaleza pecaminosa, solamente el Señor Jesucristo puede quitarla o extirparla de nuestro ojo. Pidamos a Dios que, por su Hijo Jesucristo, nos saque tal viga. Que Jesucristo nos perdone todos nuestros pecados, que son tal viga, y tenga piedad de nosotros, para no llevar la maldición de nuestro Señor, que dice: “¡Hipócrita! echa primero la viga de tu ojo, y entonces mirarás en echar la paja del ojo de tu hermano.”
F. Recordemos que solamente Cristo, el verdadero Dios y hombre, padeció y murió en la cruz del Calvario para cumplir la Ley por nosotros y para expiar nuestros pecados. Dios envió a Cristo para salvar al pecador, y por lo tanto, Él es el único que purifica nuestros juicios, echa la paja y también echa la viga de nuestros ojos. Dios nos muestra el pecado por medio de su santa Ley, “porque por la Ley viene el conocimiento del pecado”, Romanos 7:7. Así que tanto la “viga” de mi ojo, como la “paja” del ojo do mi hermano, es decir, nuestra naturaleza pecaminosa, fue perdonada por Cristo mediante su muerte. Él es tu Redentor y el mío y el de toda la humanidad.
III. SOBRE LO SANTO Y LAS PERLAS
A. “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos.”
Pasando al tercer pensamiento de nuestro texto, podemos ver que Jesús se dirige aquí especialmente a sus discípulos, a los convertidos; es decir, a los que ya reconocen su doctrina como la verdad de Dios; a los que ya creen que Cristo es el verdadero Hijo de Dios, el Mesías prometido al mundo y que vendría a aplastar la cabeza de la Serpiente. “Lo santo” y “las perlas” se refiere precisamente al santo conocimiento del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo; es todo el conocimiento que nos da la Biblia acerca de la santa Ley de Dios y del precioso Evangelio de la gracia salvadora de nuestro Señor Jesucristo, por medio de su humillación, en todos sus padecimientos, sus torturas indecibles, o expresado en otras palabras: su sacrificio expiatorio para la salvación de los pecadores. Todo este amor de Dios comunicado al pecador por medio de su santa revelación, es lo que nuestro Señor da a entender por “lo santo”, “vuestras perlas.”
B. En realidad, las cosas divinas son santas, sagradas y más valiosas que todas las joyas de este mundo. Las cosas de este mundo, como las perlas y los diamantes y todas las demás joyas, son perecederas; pero las enseñanzas de la Ley de Dios y de su santo Evangelio, son eternas, jamás perecen, jamás terminan. Todas las enseñanzas divinas y los santos Medios de Gracia que Dios nuestro Señor Jesucristo nos ha dejado en su Iglesia, son cosas santas y perlas celestiales, para la salvación eterna de nuestras almas inmortales.
C. Notemos que nuestro Señor habla de los “perros” y los “cerdos.” La palabra “perros” se refiere a los que han oído la Palabra de Dios, que se les ha predicado el mensaje de salvación para el perdón do los pecados mediante la fe, por la gracia de Dios en nuestro Señor Jesucristo; que se les ha llamado a creer el mensaje de la salvación para que sean librados del infierno, que es la muerte eterna y la maldición de Dios sobre todos los pecadores. Pero a pesar de todo esto, permanecen endurecidos, duros de cerviz e incircuncisos de corazón; rechazan intencionalmente el llamamiento de Dios, y hasta se burlan del Salvador. Estos son “perros” y “cerdos” que, hundidos en el lodo de su maldad y de su condenación, desprecian el mensaje de Dios nuestro Señor, y el amor de Dios nuestro Padre celestial, que por amor ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Sí, ésos son los perros y los cerdos que ya no merecen que se les siga predicando la Palabra de vida, porque ya están completamente muertos en sus “delitos y pecados.” Es por esta razón que nuestro Señor dice: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos; porque no las rehuellen con sus pies, y vuelvan y os despedacen.”
D. Muchas personas creen que nuestro Señor Jesucristo se refiere a los gentiles cuando habla de los “perros”, porque así solían los judíos apodar a los gentiles. Y que cuando habla de los “cerdos” se refería a los judíos endurecidos que rechazaron su Evangelio salvador; porque el judío consideraba el puerco como animal inmundo, y hasta se prohibía a los judíos la cría de cerdos.
Por lo que se cree que nuestro Salvador consideró como “cerdos” a los judíos que no aceptaron su mensaje de salvación, y que lo despreciaron hasta el extremo de considerarlo como diabólico. El Señor llamó, pues, “cerdos” a tales judíos porque a ellos el Evangelio salvador de la gracia de Dios (perlas celestiales de gran valor) ya no se les debía presentar o predicar.
E. Nuestro Señor trata severamente a todos los pecadores que desprecian el Evangelio y endurecen su corazón al mensaje de su divina gracia en Cristo Jesús Señor nuestro. Éstos son los “perros” y los “cerdos.”
CONCLUSIÓN
I. El Juzgar:
A. Hemos hablado de lo que enseña nuestro Señor Jesucristo sobre el “juzgar” a los demás, y ya
hemos entendido que Él no nos prohíbe el juzgar de acuerdo con el Cuarto Mandamiento; sino que lo que prohíbe es el juicio malicioso y sin amor cristiano. Porque el que, desprovisto del amor de Dios, juzga a su prójimo, se hace merecedor también del justo juicio de Dios; aún más, porque al no considerar que él también es pecador, se convierte en juez de los demás.
B. También hemos visto que es una de las flaquezas de la naturaleza humana el juzgar a los demás; que toda persona y aun el cristiano ya maduro en las cosas del reino de Dios, tiene que estar en vela, porque su viejo Adán esta pronto a juzgar a los demás, olvidándose de su propios pecados.
El viejo Adán que está en el hombre le aconseja de continuo a que juzgue a los demás y que piense que él, el hombre mismo, es mejor que todos los demás.
C. Solamente con la ayuda del Espíritu Santo podemos vencer la inclinación pecaminosa de juzgar a los demás. Solamente el Cristo que mora en nuestro corazón nos puede hacer entender que debemos abandonar ese pecado, y vernos a nosotros mismos; juzgarnos a nosotros mismos, de acuerdo con la Ley de Dios que es nuestro freno, espejo y regla, por cuyos medios podemos descubrir cuan pecaminosos somos, y pedir perdón a Dios nuestro Señor y humillarnos para andar con Él. Dejemos a Dios que juzgue todas las cosas, porque Él es el Juez de los vivos y de los muertos y Él dará a cada cual su pago.
II. La Paja
A. En esta forma ilustra nuestro Señor el pecado que cometemos con nuestros ojos, al mirar, al ver; porque siempre estamos viendo los defectos de los demás, pero nos olvidamos de ver los nuestros. Nuestros ojos están prestos para ver los defectos de los demás, para ver las faltas más pequeñas, o inventar con la propia imaginación de nuestra vista los pecados de los hermanos.
Éstas son las “pajas” que siempre estamos contemplando en los ojos de los hermanos y de todo nuestro prójimo. “Hipócrita”, dice el Señor, “echa primero la viga que está en tu ojo, para que después puedas decir a tu hermano: Deja echar la paja que está en tu ojo.”
B. De esta manera ilustra nuestro Señor, repetimos, este pecado para que todo el mundo lo vea claramente y lo corrija. Este pecado es consecuencia de la codicia que está en nuestro propio corazón. Todos, absolutamente todos, tenemos esta tendencia de ver la “paja” y pasar por alto la viga de nuestro propio ojo, o sea el hecho común de pasar por alto nuestros propios pecados para ver los ajenos.
C. Pidamos a Dios que nos dé su Espíritu Santo para poder deshacernos del pecado de ver las faltas de los demás y pasar por alto las nuestras. Que Dios nos permita examinarnos a nosotros mismos y ocuparnos en nuestra propia salvación, para ver en nuestro prójimo sus virtudes y buenos hábitos y ver todo con amor fraternal, como Dios nos lo manda.
III. Lo Santo y las Perlas
A. También hemos estudiado que nuestro Señor, al mencionar “lo santo” y “vuestras perlas”, se refiere a su santa Palabra, su Ley y su Evangelio. Su Palabra es verdaderamente “santa” y sus dichos son más valiosos que el oro, por muy puro que sea. Así, pues, debemos considerar siempre las cosas de Dios, y especialmente su Palabra que se nos enseña y predica, como cosas “santas” que nos dan la salvación eterna de nuestras almas inmortales. La Palabra de Dios es las “perlas” que deben adornar nuestra vida. No debemos despreciarla nunca, para no convertirnos en “perros”, o en “cerdos.” Que Dios nos haga sabios en su Palabra. Amén.
F. S. F.
Mateo 7:1-6
7:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.
7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
7:3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
7:4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
“Capacitados para Juzgar en Jesús”
Textos del Día:
Primera Lección: Números 6:22-27
Segunda Lección: Romanos 8:18-23
El Evangelio: Mateo 7:1-6
Mateo 7:1-67:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.7:3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?7:4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
Sermón
Nuestro texto dice: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
Nuestro Señor está refiriéndose a ese pecado tan común que cometemos contra el mandamiento que reza: “No hablarás falso testimonio contra tu prójimo”. Todos sabemos por experiencia personal que nuestra naturaleza humana es muy pecaminosa en este sentido; pues siempre que pensamos en nuestro prójimo, lo juzgamos de acuerdo con nuestros pensamientos pecaminosos.
Nuestros juicios son siempre malos al juzgar a otros. Lo peor de esta situación es que al juzgar nosotros a otros, siempre pensamos en nuestro yo, en mí, en mi yo y en mi persona. Nos ponemos nosotros mismos como el centro de nuestros juicios, como la persona “perfecta” y “capacitada” para juzgar a los demás. Al hacer esta clase de juicios que menciona el Señor Jesús en nuestro texto, nos olvidamos que lo más difícil para el hombre es conocerse a sí mismo. La opinión que tenemos de nosotros es que somos mejores que los demás. Por supuesto, nuestra conciencia nos acusa de pecado; pero a pesar de eso, siempre pensamos que nosotros somos mejores que los demás. Para conocernos a nosotros mismos, es necesario vernos en el espejo de la Ley divina. La Ley de Dios nos dice qué somos, quiénes somos y cómo somos; pero lo que es más, nos dice cómo quiere Dios que seamos. Con la ayuda de Dios, veamos en nuestro texto qué nos enseña Dios cuando nos dice: “NO JUZGUÉIS”
1. Sobre el juzgar mismo;
2. Sobre la paja en el ojo;
3. Sobre lo Santo y las Perlas.
I. SOBRE EL JUZGAR MISMO
A. “No juzguéis, para que no seáis juzgados.” Dios nos ha dado el pensamiento para entender; también nos ha dado la facultad de poder distinguir el bien del mal, el error de la verdad, aunque sea en una forma natural y relativa; también nos permite que formemos nuestros juicios sobre todas las cosas y también sobre las demás personas. Por medio de nuestros juicios naturales podemos distinguir a unas personas de otras y de esta manera podemos ver el carácter de nuestros niños y sus inclinaciones naturales, para distinguirlos de los demás. Así que si Dios nos da esta virtud de nuestros pensamientos, de hacer nuestros juicios sobre las personas y las cosas, para distinguirlas debidamente, no es posible que Él nos prohíba tales juicios, tal juzgar. No; Dios no prohíbe el juzgar y el juicio natural sobre las personas, sino más bien, Él nos enseña en este texto que no juzguemos injustamente, que no juzguemos de mal corazón. Quiere decir que no dejemos que nuestro corazón pecaminoso nos incline a juzgar siempre mal a los demás.
B. Dios nos conoce a perfección. En su Palabra nos presenta como a los más grandes pecadores:
“No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno” (Romanos 3:10 -12).
Por esta misma causa, Dios sabe que la tendencia de nuestros juicios siempre es mala, siempre es exagerada, precisamente, por la raíz del mal que está en nuestro corazón.
El corazón humano es malo y engañoso, y de él emanan todos los malos juicios que hacemos contra nuestro prójimo: “Del corazón salen los malos pensamientos”. (Mateo 15:19).
C. Por este mismo motivo Dios dio al hombre el mandamiento que dice: “No hablarás falso testimonio contra tu prójimo.” Éste es el mismo sentido de las palabras de nuestro Señor Jesucristo en nuestro texto. Nuestro Catecismo Menor lo explica muy correctamente, en la parte prohibitiva del mandamiento, y dice: “¿Qué nos prohíbe Dios en el Octavo Mandamiento? Dios nos prohíbe no sólo todo falso testimonio ante un tribunal, sino todos los conceptos y palabras contra nuestro prójimo que procedan de un corazón engañoso.” Sí, todos nuestros juicios malos y sin amor cristiano, que salgan de nuestro corazón engañoso, es lo que Cristo nos prohíbe, porque al hacerlo, nosotros mismos nos estamos condenando. Mayor juicio recibiremos los que juzgamos sin piedad.
Nuestro Juzgar Sano
A. Dios nuestro Señor Jesucristo aprueba nuestros juicios sanos y justos, como Él nos lo ordena en el Cuarto Mandamiento.
En el Cuarto Mandamiento Dios nuestro Señor ha ordenado autoridades sobre nosotros, para que juzguen, con juicio justo y sano, que a Él le agrada: “Juzga justicia y el juicio del menesteroso” (Levítico 19:35-36; Romanos 13:1).
B. Los cristianos debemos juzgar a los que cometen escándalo en la congregación cristiana y no lo quieren quitar. Así nos lo enseña nuestro Señor Jesucristo en San Mateo 18:15 -17, y en 1º Corintios 5:13.
C. Resumiendo. Hemos estudiado estas palabras de Jesús, y vemos que Él nos enseña que no juzguemos de mal corazón; sin embargo, Él autoriza en el Cuarto Mandamiento y en otras partes de su Palabra el juzgar justa y correctamente, de acuerdo con el espíritu de su Palabra.
II. SOBRE LA PAJA EN EL OJO
“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”
A. Después que nuestro Señor Jesucristo habla sobre el juicio sin amor cristiano, pasa inmediatamente a referirte al pecado que cometemos con frecuencia.
Así como somos dados a juzgar sin piedad a nuestro prójimo, y esto lo podemos hacer en nuestro corazón sin proferir palabra, también tenemos el hábito innato, propio de nuestra naturaleza pecaminosa, de pecar con nuestros ojos. Los ojos miran con la codicia que está en nuestro corazón; porque ya hemos dicho que del corazón proceden todos nuestros pecados, ya sean los pecados de nuestro juicio maligno, como los pecados de nuestra mirada codiciosa y sensual.
B. El ejemplo que usa nuestro Señor Jesucristo es muy claro y vivo; pues dice que por qué miramos “la paja”, o sea cualquier cuerpo insignificante que penetra en el ojo de nuestro prójimo.
Se refiere a la prontitud con que miramos las pequeñas faltas de nuestro prójimo.
Siempre estamos dispuestos a notar los defectos de otros. Y muchas veces no solamente vemos lo que es la realidad en nuestro prójimo, sino que vemos más de lo que es, o vemos diferente de lo que es la realidad; pero al ver y mirar las faltas del prójimo, lo aumentamos de tal manera une vemos con la mirada y las ojos del pecado que está en nuestro corazón. En efecto, el hecho de ver los pecados más pequeños de nuestro prójimo, para censurar a éste, no es otra cosa que el misino puesto de juzgar siempre mal a los demás. Nuestro Señor Jesucristo por medio de este ejemplo: “ver la paja que está en el ojo de tu hermano”, nos enseña con la mayor claridad nuestra naturaleza pecaminosa y siempre pervertida, que está pronta a ver y descubrir el mal en otros.
Pero esta misma tendencia y debilidad humana, de ver la “paja” en el ojo ajeno, es prueba evidente de la corrupción de nuestra naturaleza. Si, el mal está en el corazón humano y este mal es profundo, innato, y propio de toda la naturaleza humana, desde la raída de Adán. Todo lo que hacemos los humanos es expresarlo por medio de nuestros sentidos, el pensamiento, el juicio, la voluntad, el ojo, el oído, etc. El apóstol San Pablo, pensando en esto mismo, es decir, el mal que hay en nosotros, exclama: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”
C. Éste es el pecado que Cristo critica en la gente de su tiempo, con esta enseñanza de ver la paja en el ojo del hermano. Éste era el pecado de los escribas y fariseos de hace dos mil años. Pero éste es el pecado de hoy día; éste es también nuestro pecado; ésta es también la condición de nuestra gente de nuestro siglo, y será también el pecado de toda la gente futura de nuestro mundo.
D. “¿... y no echas de ver la viga que está en tu ojo?” Cristo presenta en seguida el ejemplo de “la viga que está en tu ojo”... en relación con la “paja” que vemos en el ojo del hermano. De esta manera nos enseña lo poco que pensamos en nuestras propias faltas, lo poco que nos ocupamos en nuestros propios pecados; somos ciegos para ocuparnos en nosotros mismos; muy poco, o casi nunca, máxime en tratándose de inconrversos, se preocupa el hombre de su propio corazón, de su conciencia, de su relación con Dios.
Y, ¿por qué? Cristo dice que a causa de la “viga” que está en tu ojo.
Esta “viga” que está en mi ojo es tan grande que no me deja verme a mí mismo; y sin embargo, tiene la propiedad de convertirse en un lente de gran aumento, cuando se trata de ver la “paja” en el ojo del hermano.
E. Esta “viga” es lo contrario de la “paja”. La viga es un cuerpo mil veces más grande que la paja.
Todos debemos pensar en la viga que está en nuestro ojo, y esta viga, nuestra naturaleza pecaminosa, solamente el Señor Jesucristo puede quitarla o extirparla de nuestro ojo. Pidamos a Dios que, por su Hijo Jesucristo, nos saque tal viga. Que Jesucristo nos perdone todos nuestros pecados, que son tal viga, y tenga piedad de nosotros, para no llevar la maldición de nuestro Señor, que dice: “¡Hipócrita! echa primero la viga de tu ojo, y entonces mirarás en echar la paja del ojo de tu hermano.”
F. Recordemos que solamente Cristo, el verdadero Dios y hombre, padeció y murió en la cruz del Calvario para cumplir la Ley por nosotros y para expiar nuestros pecados. Dios envió a Cristo para salvar al pecador, y por lo tanto, Él es el único que purifica nuestros juicios, echa la paja y también echa la viga de nuestros ojos. Dios nos muestra el pecado por medio de su santa Ley, “porque por la Ley viene el conocimiento del pecado”, Romanos 7:7. Así que tanto la “viga” de mi ojo, como la “paja” del ojo do mi hermano, es decir, nuestra naturaleza pecaminosa, fue perdonada por Cristo mediante su muerte. Él es tu Redentor y el mío y el de toda la humanidad.
III. SOBRE LO SANTO Y LAS PERLAS
A. “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos.”
Pasando al tercer pensamiento de nuestro texto, podemos ver que Jesús se dirige aquí especialmente a sus discípulos, a los convertidos; es decir, a los que ya reconocen su doctrina como la verdad de Dios; a los que ya creen que Cristo es el verdadero Hijo de Dios, el Mesías prometido al mundo y que vendría a aplastar la cabeza de la Serpiente. “Lo santo” y “las perlas” se refiere precisamente al santo conocimiento del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo; es todo el conocimiento que nos da la Biblia acerca de la santa Ley de Dios y del precioso Evangelio de la gracia salvadora de nuestro Señor Jesucristo, por medio de su humillación, en todos sus padecimientos, sus torturas indecibles, o expresado en otras palabras: su sacrificio expiatorio para la salvación de los pecadores. Todo este amor de Dios comunicado al pecador por medio de su santa revelación, es lo que nuestro Señor da a entender por “lo santo”, “vuestras perlas.”
B. En realidad, las cosas divinas son santas, sagradas y más valiosas que todas las joyas de este mundo. Las cosas de este mundo, como las perlas y los diamantes y todas las demás joyas, son perecederas; pero las enseñanzas de la Ley de Dios y de su santo Evangelio, son eternas, jamás perecen, jamás terminan. Todas las enseñanzas divinas y los santos Medios de Gracia que Dios nuestro Señor Jesucristo nos ha dejado en su Iglesia, son cosas santas y perlas celestiales, para la salvación eterna de nuestras almas inmortales.
C. Notemos que nuestro Señor habla de los “perros” y los “cerdos.” La palabra “perros” se refiere a los que han oído la Palabra de Dios, que se les ha predicado el mensaje de salvación para el perdón do los pecados mediante la fe, por la gracia de Dios en nuestro Señor Jesucristo; que se les ha llamado a creer el mensaje de la salvación para que sean librados del infierno, que es la muerte eterna y la maldición de Dios sobre todos los pecadores. Pero a pesar de todo esto, permanecen endurecidos, duros de cerviz e incircuncisos de corazón; rechazan intencionalmente el llamamiento de Dios, y hasta se burlan del Salvador. Estos son “perros” y “cerdos” que, hundidos en el lodo de su maldad y de su condenación, desprecian el mensaje de Dios nuestro Señor, y el amor de Dios nuestro Padre celestial, que por amor ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Sí, ésos son los perros y los cerdos que ya no merecen que se les siga predicando la Palabra de vida, porque ya están completamente muertos en sus “delitos y pecados.” Es por esta razón que nuestro Señor dice: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos; porque no las rehuellen con sus pies, y vuelvan y os despedacen.”
D. Muchas personas creen que nuestro Señor Jesucristo se refiere a los gentiles cuando habla de los “perros”, porque así solían los judíos apodar a los gentiles. Y que cuando habla de los “cerdos” se refería a los judíos endurecidos que rechazaron su Evangelio salvador; porque el judío consideraba el puerco como animal inmundo, y hasta se prohibía a los judíos la cría de cerdos.
Por lo que se cree que nuestro Salvador consideró como “cerdos” a los judíos que no aceptaron su mensaje de salvación, y que lo despreciaron hasta el extremo de considerarlo como diabólico. El Señor llamó, pues, “cerdos” a tales judíos porque a ellos el Evangelio salvador de la gracia de Dios (perlas celestiales de gran valor) ya no se les debía presentar o predicar.
E. Nuestro Señor trata severamente a todos los pecadores que desprecian el Evangelio y endurecen su corazón al mensaje de su divina gracia en Cristo Jesús Señor nuestro. Éstos son los “perros” y los “cerdos.”
CONCLUSIÓN
I. El Juzgar:
A. Hemos hablado de lo que enseña nuestro Señor Jesucristo sobre el “juzgar” a los demás, y ya
hemos entendido que Él no nos prohíbe el juzgar de acuerdo con el Cuarto Mandamiento; sino que lo que prohíbe es el juicio malicioso y sin amor cristiano. Porque el que, desprovisto del amor de Dios, juzga a su prójimo, se hace merecedor también del justo juicio de Dios; aún más, porque al no considerar que él también es pecador, se convierte en juez de los demás.
B. También hemos visto que es una de las flaquezas de la naturaleza humana el juzgar a los demás; que toda persona y aun el cristiano ya maduro en las cosas del reino de Dios, tiene que estar en vela, porque su viejo Adán esta pronto a juzgar a los demás, olvidándose de su propios pecados.
El viejo Adán que está en el hombre le aconseja de continuo a que juzgue a los demás y que piense que él, el hombre mismo, es mejor que todos los demás.
C. Solamente con la ayuda del Espíritu Santo podemos vencer la inclinación pecaminosa de juzgar a los demás. Solamente el Cristo que mora en nuestro corazón nos puede hacer entender que debemos abandonar ese pecado, y vernos a nosotros mismos; juzgarnos a nosotros mismos, de acuerdo con la Ley de Dios que es nuestro freno, espejo y regla, por cuyos medios podemos descubrir cuan pecaminosos somos, y pedir perdón a Dios nuestro Señor y humillarnos para andar con Él. Dejemos a Dios que juzgue todas las cosas, porque Él es el Juez de los vivos y de los muertos y Él dará a cada cual su pago.
II. La Paja
A. En esta forma ilustra nuestro Señor el pecado que cometemos con nuestros ojos, al mirar, al ver; porque siempre estamos viendo los defectos de los demás, pero nos olvidamos de ver los nuestros. Nuestros ojos están prestos para ver los defectos de los demás, para ver las faltas más pequeñas, o inventar con la propia imaginación de nuestra vista los pecados de los hermanos.
Éstas son las “pajas” que siempre estamos contemplando en los ojos de los hermanos y de todo nuestro prójimo. “Hipócrita”, dice el Señor, “echa primero la viga que está en tu ojo, para que después puedas decir a tu hermano: Deja echar la paja que está en tu ojo.”
B. De esta manera ilustra nuestro Señor, repetimos, este pecado para que todo el mundo lo vea claramente y lo corrija. Este pecado es consecuencia de la codicia que está en nuestro propio corazón. Todos, absolutamente todos, tenemos esta tendencia de ver la “paja” y pasar por alto la viga de nuestro propio ojo, o sea el hecho común de pasar por alto nuestros propios pecados para ver los ajenos.
C. Pidamos a Dios que nos dé su Espíritu Santo para poder deshacernos del pecado de ver las faltas de los demás y pasar por alto las nuestras. Que Dios nos permita examinarnos a nosotros mismos y ocuparnos en nuestra propia salvación, para ver en nuestro prójimo sus virtudes y buenos hábitos y ver todo con amor fraternal, como Dios nos lo manda.
III. Lo Santo y las Perlas
A. También hemos estudiado que nuestro Señor, al mencionar “lo santo” y “vuestras perlas”, se refiere a su santa Palabra, su Ley y su Evangelio. Su Palabra es verdaderamente “santa” y sus dichos son más valiosos que el oro, por muy puro que sea. Así, pues, debemos considerar siempre las cosas de Dios, y especialmente su Palabra que se nos enseña y predica, como cosas “santas” que nos dan la salvación eterna de nuestras almas inmortales. La Palabra de Dios es las “perlas” que deben adornar nuestra vida. No debemos despreciarla nunca, para no convertirnos en “perros”, o en “cerdos.” Que Dios nos haga sabios en su Palabra. Amén.
F. S. F.
Mateo 7:1-6
7:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.
7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
7:3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
7:4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
domingo, 13 de junio de 2010
3º Domingo después de Trinidad.
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
“Sabios en Cristo Jesús”
Textos del Día:
Primera Lección: Proverbios 9:1-10
Segunda Lección: 1ª Juan 3:13-18
El Evangelio: Lucas 14:15-24
Sermón
¡Oh profundidad de las riquezas de la Sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Romanos 11:33
La sabiduría es algo que siempre se ha buscado a lo largo de la historia y se ha valorado como un tesoro superior a cualquier riqueza, ya que un sabio no solo es el que sabe, sino que puede aplicar ese conocimiento a las distintas circunstancias de la vida y así vivir mejor.
Hoy día el concepto de sabiduría parece haber quedado obsoleto y en su lugar se escucha hablar de “inteligencia”, pero ¿Somos sabios? ¿Somos inteligentes? ¿Dónde radica la verdadera sabiduría del ser humano? ¿Cómo se la podemos trasmitir a quienes nos rodean?
Sabiduría de Dios y Sabiduría del ser humano
La biblia presenta una tensión entre la sabiduría humana y la sabiduría de Dios. Fue allí en el Edén donde Adán y Eva tomaron su primera decisión desacertada la cual produjo este distanciamiento. Y paradójicamente buscando ser más sabios fue que abandonaron aquello que los hacía sabio. Lo sabio hubiese sido no dejarse seducir por las artimañas del Diablo. Sin embargo eso no sucedió así y desde entonces todos nosotros nacemos ignorantes en cuanto a las cosas de Dios. Ellos quisieron “alcanzar sabiduría” Gn. 3:6, sin embargo sus mentes se oscurecieron, ya que la sabiduría era conocer la perfecta voluntad de Dios y mantenerse en ella.
Lo sabio era no comer del fruto prohibido dando así rienda suelta al deseo despertado por Santanas que pedía ser satisfecho.
Hoy muchas tentaciones dirigidas a los cristianos van en ese sentido. Se intenta humillarnos diciéndonos “no seas tonto, sé listo, sé inteligente”, “no te sometas a ideales religiosas antiguas que esclavizan tu mente, te reprimen y no te dejan ser feliz”. “NO SEAS TONTO. Sé libre de coger lo que te apetece”.
La satisfacción del placer por sí mismo para contrarrestar la frustración es una característica que estamos adoptando como norma. “Si no doy satisfacción a mis demandas y placeres me frustro y soy tonto”.
La sabiduría evalúa lo que conviene y tomar decisiones meditadas.
Las vidas guiadas por la satisfacción intuitiva de nuestros deseos y caprichos nos llevan al caos. Todos necesitamos unos principios y fundamentos en los cuales sostenernos y regularnos. Lamentablemente vemos que cada vez más se educa a los niños en base al cumplimiento de su satisfacción. Y las consecuencias son niños caprichosos, intolerantes, que cada vez demandan más y más rápido a cambio de un pequeño rato de sosiego para los padres. Poner límites o normas en base a ideas sabias parece tontería. Pensar y seguir un criterio parece locura. Los padres se vuelven “genios de la lámpara” que cumplen los deseos tiranos de los niños, porque en muchos casos ellos mismos perdieron el rumbo de la sabiduría ¿Qué es mejor? ¿Qué conviene?
La sabiduría humana no sirve para la salvación
“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles”. Romanos 1:21-23
Cuando hablamos de sabiduría o inteligencia y desde la Biblia se acusa al ser humano de ser necio, comienza a abrirse una brecha entre lo que Dios nos dice y los seres humanos creemos y experimentamos. Dios nos dice que no somos sabios, sin embargo nosotros nos vemos muy sabios. ¿A qué se debe este entrecruce de perspectivas? Claramente vemos que el ser humano es un ser inteligente, muy inteligente, capaz de hacer cosas extraordinarios con su capacidad, desde el móvil que llevamos hasta el satélite que nos da señal fue diseñado y puesto en funcionamiento por mentes inteligentes.
Pero la ciencia, aquello que representa el mayor exponente de sabiduría humana, no puede encontrar a Dios ni descubrir sus misterios.: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” 1 Co. 2:7 Nuestra capacidad para hacer cosas asombrosas entre nosotros no nos sirve para llegar a Dios, pues Dios es vida y nosotros, por naturaleza, estamos muertos espiritualmente. Estamos muertos a su sabiduría. Y ¿Qué más me da poder tener todo si en última instancia no tengo la vida? No tengo a Dios. “Porque la Sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los Sabios en la astucia de ellos”. 1ª Co 3:19
Manejamos dos conceptos distintos de sabiduría.
Por un lado los seres humanos hablamos de nuestra sabiduría, que desde la perspectiva de Dios es muy limitada, pero ella nos sirve para desenvolvernos y desarrollarnos en esta vida. Pero existe una sabiduría que va más allá de este mundo temporal y es aquella que Dios tiene y nos da en Jesucristo.
Dice el Señor: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”. Isaías 55:9 Es decir que la distancia que nos separa de Dios es infinita, y nosotros por ser seres finitos jamás podemos llegar por nosotros mismos hasta Él. ¿Por qué? Porque “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. 1ª Co. 2:14
La espiritualidad usa la inteligencia y usa las emociones, pero está más allá de ellas. Por eso Dios puede dar fe a un bebe y vincularse con él espiritualmente aun cuando este niño no desarrollo sus capacidades cognitiva de la manera de un adulto. Dios usa nuestro intelecto para decodificar y entender el mensaje de salvación, pero sólo la fe hace posible el correcto entendimiento, y confianza salvadora. La cruz es claramente una locura para muchos, una estupidez no digna de la sabiduría e inteligencia humana. ¿Qué clase de Dios sabio es este que hace semejante plan absurdo? Y aunque a muchos puede que esto no les parezca una tontería, el mero conocimiento no hace que ese mensaje de sabiduría eterna repercuta y afecte sus vidas.
La sabiduría salvadora es la que hace entender y aceptar la voluntad de Dios
“El temor al Señor es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” Prov. 9:10. El temor, es decir la correcta actitud ante el Dios santísimo es el principio de la sabiduría. Darle a Dios el lugar que le corresponde es realmente de sabios.
Ubicarnos a nosotros mismos como necesitados de perdón y a Cristo como nuestro salvador es la sabiduría más grande que uno puede alcanzar ¡que nadie te arrebate esta sabiduría que ha recibido! Por más que intenten desacreditar la fe diciendo que es cosa de gente tonta, débil o absurda, debes saber que allí radica todo mayor el bien que puedes tener. Y esto es un regalo que te fue dado. Con ella entendemos la misericordia de Dios para con nosotros: “¿Quién es Sabio y guardará estas cosas, Y entenderá las misericordias de Jehová?” Sal 107:43
La sabiduría de Dios se nos revela
La sabiduría salvadora de Dios es ajena a nosotros y nos es dada. “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Mateo 16:17 Y esto es “para que vuestra fe no esté fundada en la Sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. 1 Co. 2:5
La sabiduría de Dios está en su Palabra, la cual el Espíritu Santo usa para darnos la fe que abre nuestros ojos a la sabiduría de Dios: “y que desde la niñez has Sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer Sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. 2 Ti 3:15
Sabiduría de Dios en la sencillez del ser humano
“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace Sabio al sencillo”. Sal. 19:7. La sabiduría salvadora de Dios no está reñida con la sencillez y humildad del ser humano, ni siquiera con el desconocimiento de la sabiduría humana.
“En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los Sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó”. Lc. 10:21
Pidamos abundar en la sabiduría de Dios
“Y si alguno de vosotros tiene falta de Sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Santiago 1:5
El cristiano ama la voluntad de Dios y en ella encuentra toda sabiduría. Conocemos que nuestra propia voluntad y deseos son engañosos y por ello en su Palabra Dios no dice que pidamos sabiduría celestial: “Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda Sabiduría e inteligencia espiritual” Colosenses 1:9
Por fe dejamos todo y vamos a la cena de Cristo
La sabiduría de este mundo nos ata a las cosas de este mundo. Por ello en la parábola de nuestro Evangelio de hoy los invitados ponen escusas y se disculpan por no poder asistir a la Cena del Señor por cuestiones domésticas, y por tener que atender los asuntos de este mundo. Su sabiduría humana para los quehaceres de este mundo no les ayudó para ver que estaban rechazando la invitación del Gran Señor.
Nosotros somos aquellos que somos invitados y forzados a entrar por la fe. La fe nos da acceso a la sabiduría del Evangelio, pues con ella conocemos y aceptamos la voluntad de Dios de salvarnos en Jesucristo. Con ella entramos a la fiesta del cordero. Con ella entendemos que somos pecadores y recurrimos a Cristo en busca de perdón. Con ella nos apegamos a la Palabra y los Sacramentos. Con ella entendemos la locura de la cruz. Ella es la que nos hace entrar en la boda.
La fe nos fuerza, es decir, fuerza a nuestro viejo hombre y naturaleza autosuficiente que se resiste para quedarse en sus propios criterios y no entrar en la gran fiesta: “Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio”. 1 Co. 3:18 Gracias demos a Dios por darnos la fe por la cual nos apropiamos de la salvación en Cristo, quien es poder y sabiduría de Dios
LEAMOS 1ª Corintios 1:18-31
1:18 Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, Y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.
AMÉN.
Pastor Walter Daniel Ralli
“Sabios en Cristo Jesús”
Textos del Día:
Primera Lección: Proverbios 9:1-10
Segunda Lección: 1ª Juan 3:13-18
El Evangelio: Lucas 14:15-24
Sermón
¡Oh profundidad de las riquezas de la Sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Romanos 11:33
La sabiduría es algo que siempre se ha buscado a lo largo de la historia y se ha valorado como un tesoro superior a cualquier riqueza, ya que un sabio no solo es el que sabe, sino que puede aplicar ese conocimiento a las distintas circunstancias de la vida y así vivir mejor.
Hoy día el concepto de sabiduría parece haber quedado obsoleto y en su lugar se escucha hablar de “inteligencia”, pero ¿Somos sabios? ¿Somos inteligentes? ¿Dónde radica la verdadera sabiduría del ser humano? ¿Cómo se la podemos trasmitir a quienes nos rodean?
Sabiduría de Dios y Sabiduría del ser humano
La biblia presenta una tensión entre la sabiduría humana y la sabiduría de Dios. Fue allí en el Edén donde Adán y Eva tomaron su primera decisión desacertada la cual produjo este distanciamiento. Y paradójicamente buscando ser más sabios fue que abandonaron aquello que los hacía sabio. Lo sabio hubiese sido no dejarse seducir por las artimañas del Diablo. Sin embargo eso no sucedió así y desde entonces todos nosotros nacemos ignorantes en cuanto a las cosas de Dios. Ellos quisieron “alcanzar sabiduría” Gn. 3:6, sin embargo sus mentes se oscurecieron, ya que la sabiduría era conocer la perfecta voluntad de Dios y mantenerse en ella.
Lo sabio era no comer del fruto prohibido dando así rienda suelta al deseo despertado por Santanas que pedía ser satisfecho.
Hoy muchas tentaciones dirigidas a los cristianos van en ese sentido. Se intenta humillarnos diciéndonos “no seas tonto, sé listo, sé inteligente”, “no te sometas a ideales religiosas antiguas que esclavizan tu mente, te reprimen y no te dejan ser feliz”. “NO SEAS TONTO. Sé libre de coger lo que te apetece”.
La satisfacción del placer por sí mismo para contrarrestar la frustración es una característica que estamos adoptando como norma. “Si no doy satisfacción a mis demandas y placeres me frustro y soy tonto”.
La sabiduría evalúa lo que conviene y tomar decisiones meditadas.
Las vidas guiadas por la satisfacción intuitiva de nuestros deseos y caprichos nos llevan al caos. Todos necesitamos unos principios y fundamentos en los cuales sostenernos y regularnos. Lamentablemente vemos que cada vez más se educa a los niños en base al cumplimiento de su satisfacción. Y las consecuencias son niños caprichosos, intolerantes, que cada vez demandan más y más rápido a cambio de un pequeño rato de sosiego para los padres. Poner límites o normas en base a ideas sabias parece tontería. Pensar y seguir un criterio parece locura. Los padres se vuelven “genios de la lámpara” que cumplen los deseos tiranos de los niños, porque en muchos casos ellos mismos perdieron el rumbo de la sabiduría ¿Qué es mejor? ¿Qué conviene?
La sabiduría humana no sirve para la salvación
“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles”. Romanos 1:21-23
Cuando hablamos de sabiduría o inteligencia y desde la Biblia se acusa al ser humano de ser necio, comienza a abrirse una brecha entre lo que Dios nos dice y los seres humanos creemos y experimentamos. Dios nos dice que no somos sabios, sin embargo nosotros nos vemos muy sabios. ¿A qué se debe este entrecruce de perspectivas? Claramente vemos que el ser humano es un ser inteligente, muy inteligente, capaz de hacer cosas extraordinarios con su capacidad, desde el móvil que llevamos hasta el satélite que nos da señal fue diseñado y puesto en funcionamiento por mentes inteligentes.
Pero la ciencia, aquello que representa el mayor exponente de sabiduría humana, no puede encontrar a Dios ni descubrir sus misterios.: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” 1 Co. 2:7 Nuestra capacidad para hacer cosas asombrosas entre nosotros no nos sirve para llegar a Dios, pues Dios es vida y nosotros, por naturaleza, estamos muertos espiritualmente. Estamos muertos a su sabiduría. Y ¿Qué más me da poder tener todo si en última instancia no tengo la vida? No tengo a Dios. “Porque la Sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los Sabios en la astucia de ellos”. 1ª Co 3:19
Manejamos dos conceptos distintos de sabiduría.
Por un lado los seres humanos hablamos de nuestra sabiduría, que desde la perspectiva de Dios es muy limitada, pero ella nos sirve para desenvolvernos y desarrollarnos en esta vida. Pero existe una sabiduría que va más allá de este mundo temporal y es aquella que Dios tiene y nos da en Jesucristo.
Dice el Señor: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”. Isaías 55:9 Es decir que la distancia que nos separa de Dios es infinita, y nosotros por ser seres finitos jamás podemos llegar por nosotros mismos hasta Él. ¿Por qué? Porque “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. 1ª Co. 2:14
La espiritualidad usa la inteligencia y usa las emociones, pero está más allá de ellas. Por eso Dios puede dar fe a un bebe y vincularse con él espiritualmente aun cuando este niño no desarrollo sus capacidades cognitiva de la manera de un adulto. Dios usa nuestro intelecto para decodificar y entender el mensaje de salvación, pero sólo la fe hace posible el correcto entendimiento, y confianza salvadora. La cruz es claramente una locura para muchos, una estupidez no digna de la sabiduría e inteligencia humana. ¿Qué clase de Dios sabio es este que hace semejante plan absurdo? Y aunque a muchos puede que esto no les parezca una tontería, el mero conocimiento no hace que ese mensaje de sabiduría eterna repercuta y afecte sus vidas.
La sabiduría salvadora es la que hace entender y aceptar la voluntad de Dios
“El temor al Señor es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” Prov. 9:10. El temor, es decir la correcta actitud ante el Dios santísimo es el principio de la sabiduría. Darle a Dios el lugar que le corresponde es realmente de sabios.
Ubicarnos a nosotros mismos como necesitados de perdón y a Cristo como nuestro salvador es la sabiduría más grande que uno puede alcanzar ¡que nadie te arrebate esta sabiduría que ha recibido! Por más que intenten desacreditar la fe diciendo que es cosa de gente tonta, débil o absurda, debes saber que allí radica todo mayor el bien que puedes tener. Y esto es un regalo que te fue dado. Con ella entendemos la misericordia de Dios para con nosotros: “¿Quién es Sabio y guardará estas cosas, Y entenderá las misericordias de Jehová?” Sal 107:43
La sabiduría de Dios se nos revela
La sabiduría salvadora de Dios es ajena a nosotros y nos es dada. “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Mateo 16:17 Y esto es “para que vuestra fe no esté fundada en la Sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. 1 Co. 2:5
La sabiduría de Dios está en su Palabra, la cual el Espíritu Santo usa para darnos la fe que abre nuestros ojos a la sabiduría de Dios: “y que desde la niñez has Sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer Sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. 2 Ti 3:15
Sabiduría de Dios en la sencillez del ser humano
“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace Sabio al sencillo”. Sal. 19:7. La sabiduría salvadora de Dios no está reñida con la sencillez y humildad del ser humano, ni siquiera con el desconocimiento de la sabiduría humana.
“En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los Sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó”. Lc. 10:21
Pidamos abundar en la sabiduría de Dios
“Y si alguno de vosotros tiene falta de Sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Santiago 1:5
El cristiano ama la voluntad de Dios y en ella encuentra toda sabiduría. Conocemos que nuestra propia voluntad y deseos son engañosos y por ello en su Palabra Dios no dice que pidamos sabiduría celestial: “Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda Sabiduría e inteligencia espiritual” Colosenses 1:9
Por fe dejamos todo y vamos a la cena de Cristo
La sabiduría de este mundo nos ata a las cosas de este mundo. Por ello en la parábola de nuestro Evangelio de hoy los invitados ponen escusas y se disculpan por no poder asistir a la Cena del Señor por cuestiones domésticas, y por tener que atender los asuntos de este mundo. Su sabiduría humana para los quehaceres de este mundo no les ayudó para ver que estaban rechazando la invitación del Gran Señor.
Nosotros somos aquellos que somos invitados y forzados a entrar por la fe. La fe nos da acceso a la sabiduría del Evangelio, pues con ella conocemos y aceptamos la voluntad de Dios de salvarnos en Jesucristo. Con ella entramos a la fiesta del cordero. Con ella entendemos que somos pecadores y recurrimos a Cristo en busca de perdón. Con ella nos apegamos a la Palabra y los Sacramentos. Con ella entendemos la locura de la cruz. Ella es la que nos hace entrar en la boda.
La fe nos fuerza, es decir, fuerza a nuestro viejo hombre y naturaleza autosuficiente que se resiste para quedarse en sus propios criterios y no entrar en la gran fiesta: “Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio”. 1 Co. 3:18 Gracias demos a Dios por darnos la fe por la cual nos apropiamos de la salvación en Cristo, quien es poder y sabiduría de Dios
LEAMOS 1ª Corintios 1:18-31
1:18 Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, Y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.
AMÉN.
Pastor Walter Daniel Ralli
lunes, 31 de mayo de 2010
Domingo de Trinidad.
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Domingo de Trinidad
“Dar gracias al Dios Trino”
Textos del Día:
Primera Lección: 1 Samuel 7:1-12
Segunda Lección: 1 PEDRO 1:3-9
El Evangelio: Juan 3:1-15
Sermón
Dios el Padre se acerca a nosotros por medio de su Hijo. Esta verdad se expresa hermosamente en la Segunda Epístola de San Pablo a los Corintios, capítulo 5: “Todo esto es de Dios, el cual nos reconcilió a sí por Cristo: y nos dio el ministerio de la reconciliación. Porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación” (vs. 18 -19).
Por medio de Cristo todas las cosas son nuestras. Todas las bendiciones que proceden del cielo son nuestras porque Dios en su amor paternal “nos reconcilió a sí por Cristo, no imputándonos nuestros pecados”. Todos nuestros pecados debieron haber sido anotados bajo nuestros nombres como deudas en el libro en que Dios lleva nuestras cuentas; pero a los que aceptan la reconciliación Dios no imputa los pecados, sino que los anota bajo el nombre de Jesucristo, que ha hecho satisfacción por ellos. Así se cancela nuestra deuda.
También es por medio del Hijo que nosotros nos acercamos al Padre. Dijo Cristo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí” San Juan 14:6. Jesús es la escalera por la cual se sube de la tierra al cielo, el único Mediador entre nosotros pobres mortales y el Dios eterno (1 Tim. 2:5; Heb. 12:24.). Es el Mediador porque es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre. Si no hubiera sido hombre, no habría podido ser nuestro Substituto para cumplir la Ley.
No habría podido sufrir y morir. Si no hubiera sido el Hijo de Dios, Dios no habría aceptado su sacrificio. Pero como es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, puede ser nuestro Intercesor perfecto con el Padre.
Ahora bien, toda la obra de Dios el Padre y de Dios el Hijo no nos valdría nada si no fuera por el Espíritu Santo, la tercera persona de la Santa Trinidad. Nadie conocería al Hijo, el Camino al cielo, si no fuera por la ayuda del Espíritu. “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” 1 Cor. 12:3. En el versículo anterior a nuestro texto se nos dice que es por medio de la santificación del Espíritu Santo que llegamos a la obediencia de la fe. Mediante su obra se aplican a nosotros los beneficios de la muerte de Cristo y de esta manera somos “rociados con la sangre de Jesucristo”, es decir, lavados de todos nuestros pecados. Con la obra del Espíritu Santo se completa el círculo de nuestra salvación.
Así hemos visto, hermanos, que las tres personas de la Santa Trinidad son necesarias para nuestra salvación. Hoy, en esta Fiesta de la Santa Trinidad, al meditar sobre nuestro texto sagrado, recalcaremos
Dos Razones Especiales por las Cuales Debemos Dar Gracias al Dios Trino
1. Porque nos ha engendrado de nuevo para una esperanza viva;
2. Porque somos guardados en el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación.
1. Cuando el hombre nace, entra en un estado de ceguedad y de muerte espiritual. “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados” declara la Sagrada Escritura. “Os es necesario nacer otra vez” dice Jesús a Nicodemo y a todos en el Evangelio para este domingo. “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” S. Juan 3:3.
Pero el hombre por sí mismo no puede efectuar la obra de la regeneración. Es imposible, es una contradicción, que alguien se engendre a sí mismo. De igual modo es imposible que se dé a sí mismo la vida espiritual. Por su propio poder no puede causar un cambio en su naturaleza corrupta y perversa. “¿Mudará el negro su pellejo, y el leopardo sus manchas?” Jer. 13:23. Mil veces más imposible es que el hombre se quite las manchas del pecado y se vista de la santidad.
Pero, “bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado.. .” Según su amor y compasión, y no según nuestros méritos, nos ha regenerado. Así como el profeta Ezequiel vio la resurrección de huesos secos en el campo, así el hombre, muerto en pecados, es vivificado por medio del mismo Espíritu de Dios (cap. 37). Nos hizo ver la luz de Dios. Ha dado a los creyentes una vida que no existía antes, nuevo corazón, nueva fuerza, nueva voluntad, nuevas emociones, nuevas facultades; pues “nos ha regenerado en esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de los muertos.”
Observad cuidadosamente: “¡Esperanza viva!”
La esperanza del incrédulo o del pagano no merece el nombre de esperanza. Su esperanza no es viva sino muerta, porque él en su persona está muerto espiritualmente. Por eso San Pablo dice que estar sin Cristo equivale a una vida “sin esperanza y sin Dios en el mundo” Efes. 2:12. Aun cuando el hombre se engaña sobre la vida venidera pensando en conceptos mitológicos como monte Olimpo, los Campos Elíseos, el Valhala, las Islas de los Dichosos, estos y otros conceptos paganos de felicidad futura se desvanecen en el momento de la muerte y se trocan en desesperación eterna. El mundo no puede decir más que: “Mientras respiramos, esperamos”; pero los cristianos pueden añadir: “Mientras expiramos, esperamos.”
Solamente a la esperanza cristiana se la puede llamar una esperanza viva, porque se basa en el Señor, que resucitó y vive. El cuerpo del Salvador había sido puesto en el sepulcro; el Autor de la vida, muerto. Pero fue imposible que fuera detenido por la muerte. Hechos 2:24. Y resucitó. Y por medio de esta resurrección somos regenerados. La resurrección de Cristo no sólo es un símbolo de nuestra resurrección espiritual, sino que es también el origen, la fuente, el poder regenerador de nuestra resurrección espiritual.
La esperanza del cristiano es una esperanza viva también porque su objeto es “una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos” v. 4. Esta herencia es lo mismo que la salvación eterna en la gloria.
En su substancia nuestra herencia es incorruptible. A dondequiera que extendemos la vista no podemos menos que observar que todas las cosas son corruptibles. Terminantemente Cristo dijo: “El cielo y la tierra pasarán” S. Lucas 21:33. Eso incluye todas las cosas materiales. Cuando el hombre muere aquí, su herencia y todas sus posesiones tienen fin con respecto a él. En cambio, la herencia celestial no está sujeta a la corrupción. Jamás se deteriora. Es indestructible, eterna, así como es eterno el Dios Trino, de quien se nos dice: “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, y desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” Salmo 90:2.
Nuestra herencia es pura y por lo tanto “no puede contaminarse”. Todo en este mundo lleva la contaminación del pecado. Todos los bienes se manchan, ya sea en la manera como se adquieren o en la manera como se emplean. La herencia en el cielo está libre y exenta de toda impureza e imperfección.
Nuestra herencia es bella y por lo tanto “no puede marchitarse”. El gozo de este mundo no es permanente. ¡Qué pronto nos cansamos de los placeres terrenales y buscamos otros! Todos los gozos aquí son como la flor del campo que nace, crece, pero pronto pierde su frescura, se seca y muere. Los gozos de la gloria jamás perderán su excelencia porque no están sujetos a la influencia mutable de este tiempo.
Nuestra herencia es segura y por lo tanto “está reservada en los cielos”. En el mundo los tesoros, aunque se guarden en la caja más fuerte, no están seguros. Advierte Jesús: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan” S. Mateo 6:19-20. De estas palabras de Jesús podemos concluir que en el cielo hay absoluta seguridad. Nadie puede cruzar la sima que hay entre el mundo y el cielo para apoderarse de nuestra herencia. Nadie puede arrebatarnos nuestra gloriosa salvación.
2. Además, el apóstol afirma en nuestro texto que nosotros mismos “somos guardados en la virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud”. Es la segunda razón por la cual en esta ocasión debemos dar gracias al Dios trino.
“Guardados” es un término militar. Somos guardados de todos nuestros enemigos, tales como el diablo, el mundo y nuestra propia carne. ¿Quién podría resistir los ataques de estos tres enemigos mortales si no fuera por el poder de Dios? No hay duda de que nuestros hermanos pueden orar por nosotros, fortalecernos, amonestarnos; y los ángeles de Dios pueden protegernos en nuestros caminos. Pero hay necesidad de un poder mucho mayor que el del hombre o de ángel, a saber, la omnipotencia de Dios. Y esa omnipotencia jamás nos abandona.
Eso es cierto especialmente en tiempo de pruebas. “Estando al presente un poco afligidos en diversas tentaciones, si es necesario.” “Tentaciones” significa pruebas. El hecho de que somos cristianos no indica que estamos libres de toda forma de tribulación. El texto nos advierte que las tribulaciones son “diversas”, así como es diversa o diferente la individualidad de cada cristiano.
Por supuesto, las tribulaciones nos causan aflicción, pero realmente duran poco tiempo. ¿Qué son unos pocos años en comparación con la eternidad? Testifica San Pablo: “Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada” Romanos 8:18.
Según el texto, sufrimos solamente “si es necesario”, es decir, solamente si Dios en su sabiduría lo considera provechoso. Estas pruebas son para nuestro bien. En realidad no son causa de tristeza, porque redundan en nuestro beneficio. Consideremos el ejemplo de Abraham. ¡Qué intensas fueron sus pruebas! No fue fácil obedecer a aquel mandato de Dios: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” Gen. 12:1. Por largos años esperaba la promesa de un hijo, simplemente porque Dios le había dicho: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra” Gen. 12:3. Y qué prueba cuando Dios le dijo: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moría, y ofrécele allí en holocausto” Gen. 22:2.
San Pablo resume la fe ejemplar de Abraham en las siguientes palabras: “Él creyó en esperanza contra esperanza, para venir a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que le había sido dicho: Así será tu simiente. Y no se enflaqueció en la fe, ni consideró su cuerpo ya muerto (siendo ya de casi cien años), ni la matriz muerta de Sara. Tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza; antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo” Rom. 4:18- 21. Y en Hebreos 11, el capítulo que habla de la excelencia de la fe, leemos: “Por fe ofreció Abraham a Isaac cuando fue probado, y ofrecía al unigénito el que había recibido las promesas, habiéndole sido dicho: En Isaac te será llamada simiente; pensando que aun de los muertos es Dios poderoso para levantar; de donde también le volvió a recibir por figura”17-19.
Igual debe ser la salida de nuestras pruebas. Así Dios a veces pone nuestra fe en el crisol de la aflicción con el propósito de ayudarnos. El resultado es mucho más satisfactorio que la prueba a que es sometido el oro para ser refinado. El oro no permanece. Siempre queda corruptible. Está expuesto a gastarse. Pero una fe probada es mucho más preciosa, más durable, de mejor calidad y será “hallada en alabanza, gloria y honra” v. 7 a la segunda venida de Jesucristo. Dios mismo, en presencia de todos los incrédulos y calumniadores que se burlaron de nuestra fe, reconocerá nuestra fe pública y abiertamente.
Por lo tanto, hermanos, permanezcamos fieles a Jesús. Es cierto que nadie de nosotros ha visto al Salvador con sus ojos físicos; sin embargo, le amamos. “Al cual, no habiendo visto, le amáis”.
Estamos ligados a Él por un amor constante y durable que no se basa en simple emoción, sino en el conocimiento y la experiencia diaria. Y lo alcanzamos por medio de la fe. “En el cual creyendo, aunque al presente no lo veáis” v. 8. La fe es la mano que recibe lo que Cristo nos ha conseguido por medio de su sacrificio.
Desde luego, no debemos menospreciar los medios que Dios nos ha dado, los cuales son su Evangelio y los Sacramentos. Al afiliarnos como miembros a nuestra querida Iglesia, solemnemente aceptamos como Palabra revelada de Dios todos los libros de la Santa Biblia y confesamos por verdadera la doctrina de la Iglesia Evangélica Luterana, tomada de estos libros sagrados. Prometimos, con la ayuda de Dios, continuar constantes en la confesión de esta Iglesia y sufrir todo, aun la muerte misma, antes que apostatar de ella. Prometimos por la gracia de Dios conformar toda nuestra vida con la norma de la Palabra divina y andar como es digno del Evangelio de Cristo y permanecer fieles al Dios Trino hasta la muerte. Luego sellamos nuestra promesa delante del altar del Señor dando la mano al pastor y, arrodillados, recibimos la bendición de nuestro Salvador.
A vosotros, que leéis estas líneas hoy afirmáis vuestro voto. Solamente el todopoderoso Dios pudo guardaros hasta esta fecha. Con San Pablo debe decir cada uno: “Doy gracias a mi Dios en toda memoria de vosotros, siempre en todas mis oraciones haciendo oración por todos vosotros con gozo, por vuestra comunión en el Evangelio, desde el primer día hasta ahora; estando confiado de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filip. 1:3-6). Es casi lo mismo que San Pablo expresa en el versículo 9 de nuestro texto: “Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salud de vuestras almas”. Aquí tenemos la promesa de la Palabra infalible. Dios nos guardará fieles hasta que obtengamos el objeto y la meta de nuestra fe, o sea, la salvación de nuestras almas. Y no queda excluido nuestro cuerpo.
En el día postrero el mismo Jesucristo que resucitó de entre los muertos se manifestará también como el Salvador de nuestro cuerpo, y lo reunirá con el alma por toda la eternidad.
Una vez que hayamos pasado a la gloria eterna ya no habrá necesidad de fe y de esperanza, porque la salvación es el fin, el objeto final de nuestra fe. Veremos a Cristo como Él es. 1 S. Juan 3:2. Entonces nos alegraremos con “gozo inefable y glorificado” v. 8. El lenguaje humano no puede describir la gloria eterna y los gozos perpetuos de la vida venidera. Éstos sobrepasan todas las expresiones humanas. Nuestro gozo hallará expresión en jubilosos cantos de aleluya.
Aun ahora podemos en cierta medida regocijarnos, porque anticipadamente, por la fe, experimentamos un inmenso júbilo espiritual.
Por lo tanto, durante toda nuestra vida demos gracias al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia Incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos para nosotros que somos guardados en la Virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo.” Amén.
Bernardo J. Pankow. Pulpito Cristiano.
Adaptado por Gustavo Lavia.
Domingo de Trinidad
“Dar gracias al Dios Trino”
Textos del Día:
Primera Lección: 1 Samuel 7:1-12
Segunda Lección: 1 PEDRO 1:3-9
El Evangelio: Juan 3:1-15
Sermón
Dios el Padre se acerca a nosotros por medio de su Hijo. Esta verdad se expresa hermosamente en la Segunda Epístola de San Pablo a los Corintios, capítulo 5: “Todo esto es de Dios, el cual nos reconcilió a sí por Cristo: y nos dio el ministerio de la reconciliación. Porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación” (vs. 18 -19).
Por medio de Cristo todas las cosas son nuestras. Todas las bendiciones que proceden del cielo son nuestras porque Dios en su amor paternal “nos reconcilió a sí por Cristo, no imputándonos nuestros pecados”. Todos nuestros pecados debieron haber sido anotados bajo nuestros nombres como deudas en el libro en que Dios lleva nuestras cuentas; pero a los que aceptan la reconciliación Dios no imputa los pecados, sino que los anota bajo el nombre de Jesucristo, que ha hecho satisfacción por ellos. Así se cancela nuestra deuda.
También es por medio del Hijo que nosotros nos acercamos al Padre. Dijo Cristo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí” San Juan 14:6. Jesús es la escalera por la cual se sube de la tierra al cielo, el único Mediador entre nosotros pobres mortales y el Dios eterno (1 Tim. 2:5; Heb. 12:24.). Es el Mediador porque es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre. Si no hubiera sido hombre, no habría podido ser nuestro Substituto para cumplir la Ley.
No habría podido sufrir y morir. Si no hubiera sido el Hijo de Dios, Dios no habría aceptado su sacrificio. Pero como es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, puede ser nuestro Intercesor perfecto con el Padre.
Ahora bien, toda la obra de Dios el Padre y de Dios el Hijo no nos valdría nada si no fuera por el Espíritu Santo, la tercera persona de la Santa Trinidad. Nadie conocería al Hijo, el Camino al cielo, si no fuera por la ayuda del Espíritu. “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” 1 Cor. 12:3. En el versículo anterior a nuestro texto se nos dice que es por medio de la santificación del Espíritu Santo que llegamos a la obediencia de la fe. Mediante su obra se aplican a nosotros los beneficios de la muerte de Cristo y de esta manera somos “rociados con la sangre de Jesucristo”, es decir, lavados de todos nuestros pecados. Con la obra del Espíritu Santo se completa el círculo de nuestra salvación.
Así hemos visto, hermanos, que las tres personas de la Santa Trinidad son necesarias para nuestra salvación. Hoy, en esta Fiesta de la Santa Trinidad, al meditar sobre nuestro texto sagrado, recalcaremos
Dos Razones Especiales por las Cuales Debemos Dar Gracias al Dios Trino
1. Porque nos ha engendrado de nuevo para una esperanza viva;
2. Porque somos guardados en el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación.
1. Cuando el hombre nace, entra en un estado de ceguedad y de muerte espiritual. “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados” declara la Sagrada Escritura. “Os es necesario nacer otra vez” dice Jesús a Nicodemo y a todos en el Evangelio para este domingo. “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” S. Juan 3:3.
Pero el hombre por sí mismo no puede efectuar la obra de la regeneración. Es imposible, es una contradicción, que alguien se engendre a sí mismo. De igual modo es imposible que se dé a sí mismo la vida espiritual. Por su propio poder no puede causar un cambio en su naturaleza corrupta y perversa. “¿Mudará el negro su pellejo, y el leopardo sus manchas?” Jer. 13:23. Mil veces más imposible es que el hombre se quite las manchas del pecado y se vista de la santidad.
Pero, “bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado.. .” Según su amor y compasión, y no según nuestros méritos, nos ha regenerado. Así como el profeta Ezequiel vio la resurrección de huesos secos en el campo, así el hombre, muerto en pecados, es vivificado por medio del mismo Espíritu de Dios (cap. 37). Nos hizo ver la luz de Dios. Ha dado a los creyentes una vida que no existía antes, nuevo corazón, nueva fuerza, nueva voluntad, nuevas emociones, nuevas facultades; pues “nos ha regenerado en esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de los muertos.”
Observad cuidadosamente: “¡Esperanza viva!”
La esperanza del incrédulo o del pagano no merece el nombre de esperanza. Su esperanza no es viva sino muerta, porque él en su persona está muerto espiritualmente. Por eso San Pablo dice que estar sin Cristo equivale a una vida “sin esperanza y sin Dios en el mundo” Efes. 2:12. Aun cuando el hombre se engaña sobre la vida venidera pensando en conceptos mitológicos como monte Olimpo, los Campos Elíseos, el Valhala, las Islas de los Dichosos, estos y otros conceptos paganos de felicidad futura se desvanecen en el momento de la muerte y se trocan en desesperación eterna. El mundo no puede decir más que: “Mientras respiramos, esperamos”; pero los cristianos pueden añadir: “Mientras expiramos, esperamos.”
Solamente a la esperanza cristiana se la puede llamar una esperanza viva, porque se basa en el Señor, que resucitó y vive. El cuerpo del Salvador había sido puesto en el sepulcro; el Autor de la vida, muerto. Pero fue imposible que fuera detenido por la muerte. Hechos 2:24. Y resucitó. Y por medio de esta resurrección somos regenerados. La resurrección de Cristo no sólo es un símbolo de nuestra resurrección espiritual, sino que es también el origen, la fuente, el poder regenerador de nuestra resurrección espiritual.
La esperanza del cristiano es una esperanza viva también porque su objeto es “una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos” v. 4. Esta herencia es lo mismo que la salvación eterna en la gloria.
En su substancia nuestra herencia es incorruptible. A dondequiera que extendemos la vista no podemos menos que observar que todas las cosas son corruptibles. Terminantemente Cristo dijo: “El cielo y la tierra pasarán” S. Lucas 21:33. Eso incluye todas las cosas materiales. Cuando el hombre muere aquí, su herencia y todas sus posesiones tienen fin con respecto a él. En cambio, la herencia celestial no está sujeta a la corrupción. Jamás se deteriora. Es indestructible, eterna, así como es eterno el Dios Trino, de quien se nos dice: “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, y desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” Salmo 90:2.
Nuestra herencia es pura y por lo tanto “no puede contaminarse”. Todo en este mundo lleva la contaminación del pecado. Todos los bienes se manchan, ya sea en la manera como se adquieren o en la manera como se emplean. La herencia en el cielo está libre y exenta de toda impureza e imperfección.
Nuestra herencia es bella y por lo tanto “no puede marchitarse”. El gozo de este mundo no es permanente. ¡Qué pronto nos cansamos de los placeres terrenales y buscamos otros! Todos los gozos aquí son como la flor del campo que nace, crece, pero pronto pierde su frescura, se seca y muere. Los gozos de la gloria jamás perderán su excelencia porque no están sujetos a la influencia mutable de este tiempo.
Nuestra herencia es segura y por lo tanto “está reservada en los cielos”. En el mundo los tesoros, aunque se guarden en la caja más fuerte, no están seguros. Advierte Jesús: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan” S. Mateo 6:19-20. De estas palabras de Jesús podemos concluir que en el cielo hay absoluta seguridad. Nadie puede cruzar la sima que hay entre el mundo y el cielo para apoderarse de nuestra herencia. Nadie puede arrebatarnos nuestra gloriosa salvación.
2. Además, el apóstol afirma en nuestro texto que nosotros mismos “somos guardados en la virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud”. Es la segunda razón por la cual en esta ocasión debemos dar gracias al Dios trino.
“Guardados” es un término militar. Somos guardados de todos nuestros enemigos, tales como el diablo, el mundo y nuestra propia carne. ¿Quién podría resistir los ataques de estos tres enemigos mortales si no fuera por el poder de Dios? No hay duda de que nuestros hermanos pueden orar por nosotros, fortalecernos, amonestarnos; y los ángeles de Dios pueden protegernos en nuestros caminos. Pero hay necesidad de un poder mucho mayor que el del hombre o de ángel, a saber, la omnipotencia de Dios. Y esa omnipotencia jamás nos abandona.
Eso es cierto especialmente en tiempo de pruebas. “Estando al presente un poco afligidos en diversas tentaciones, si es necesario.” “Tentaciones” significa pruebas. El hecho de que somos cristianos no indica que estamos libres de toda forma de tribulación. El texto nos advierte que las tribulaciones son “diversas”, así como es diversa o diferente la individualidad de cada cristiano.
Por supuesto, las tribulaciones nos causan aflicción, pero realmente duran poco tiempo. ¿Qué son unos pocos años en comparación con la eternidad? Testifica San Pablo: “Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada” Romanos 8:18.
Según el texto, sufrimos solamente “si es necesario”, es decir, solamente si Dios en su sabiduría lo considera provechoso. Estas pruebas son para nuestro bien. En realidad no son causa de tristeza, porque redundan en nuestro beneficio. Consideremos el ejemplo de Abraham. ¡Qué intensas fueron sus pruebas! No fue fácil obedecer a aquel mandato de Dios: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” Gen. 12:1. Por largos años esperaba la promesa de un hijo, simplemente porque Dios le había dicho: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra” Gen. 12:3. Y qué prueba cuando Dios le dijo: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moría, y ofrécele allí en holocausto” Gen. 22:2.
San Pablo resume la fe ejemplar de Abraham en las siguientes palabras: “Él creyó en esperanza contra esperanza, para venir a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que le había sido dicho: Así será tu simiente. Y no se enflaqueció en la fe, ni consideró su cuerpo ya muerto (siendo ya de casi cien años), ni la matriz muerta de Sara. Tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza; antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo” Rom. 4:18- 21. Y en Hebreos 11, el capítulo que habla de la excelencia de la fe, leemos: “Por fe ofreció Abraham a Isaac cuando fue probado, y ofrecía al unigénito el que había recibido las promesas, habiéndole sido dicho: En Isaac te será llamada simiente; pensando que aun de los muertos es Dios poderoso para levantar; de donde también le volvió a recibir por figura”17-19.
Igual debe ser la salida de nuestras pruebas. Así Dios a veces pone nuestra fe en el crisol de la aflicción con el propósito de ayudarnos. El resultado es mucho más satisfactorio que la prueba a que es sometido el oro para ser refinado. El oro no permanece. Siempre queda corruptible. Está expuesto a gastarse. Pero una fe probada es mucho más preciosa, más durable, de mejor calidad y será “hallada en alabanza, gloria y honra” v. 7 a la segunda venida de Jesucristo. Dios mismo, en presencia de todos los incrédulos y calumniadores que se burlaron de nuestra fe, reconocerá nuestra fe pública y abiertamente.
Por lo tanto, hermanos, permanezcamos fieles a Jesús. Es cierto que nadie de nosotros ha visto al Salvador con sus ojos físicos; sin embargo, le amamos. “Al cual, no habiendo visto, le amáis”.
Estamos ligados a Él por un amor constante y durable que no se basa en simple emoción, sino en el conocimiento y la experiencia diaria. Y lo alcanzamos por medio de la fe. “En el cual creyendo, aunque al presente no lo veáis” v. 8. La fe es la mano que recibe lo que Cristo nos ha conseguido por medio de su sacrificio.
Desde luego, no debemos menospreciar los medios que Dios nos ha dado, los cuales son su Evangelio y los Sacramentos. Al afiliarnos como miembros a nuestra querida Iglesia, solemnemente aceptamos como Palabra revelada de Dios todos los libros de la Santa Biblia y confesamos por verdadera la doctrina de la Iglesia Evangélica Luterana, tomada de estos libros sagrados. Prometimos, con la ayuda de Dios, continuar constantes en la confesión de esta Iglesia y sufrir todo, aun la muerte misma, antes que apostatar de ella. Prometimos por la gracia de Dios conformar toda nuestra vida con la norma de la Palabra divina y andar como es digno del Evangelio de Cristo y permanecer fieles al Dios Trino hasta la muerte. Luego sellamos nuestra promesa delante del altar del Señor dando la mano al pastor y, arrodillados, recibimos la bendición de nuestro Salvador.
A vosotros, que leéis estas líneas hoy afirmáis vuestro voto. Solamente el todopoderoso Dios pudo guardaros hasta esta fecha. Con San Pablo debe decir cada uno: “Doy gracias a mi Dios en toda memoria de vosotros, siempre en todas mis oraciones haciendo oración por todos vosotros con gozo, por vuestra comunión en el Evangelio, desde el primer día hasta ahora; estando confiado de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filip. 1:3-6). Es casi lo mismo que San Pablo expresa en el versículo 9 de nuestro texto: “Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salud de vuestras almas”. Aquí tenemos la promesa de la Palabra infalible. Dios nos guardará fieles hasta que obtengamos el objeto y la meta de nuestra fe, o sea, la salvación de nuestras almas. Y no queda excluido nuestro cuerpo.
En el día postrero el mismo Jesucristo que resucitó de entre los muertos se manifestará también como el Salvador de nuestro cuerpo, y lo reunirá con el alma por toda la eternidad.
Una vez que hayamos pasado a la gloria eterna ya no habrá necesidad de fe y de esperanza, porque la salvación es el fin, el objeto final de nuestra fe. Veremos a Cristo como Él es. 1 S. Juan 3:2. Entonces nos alegraremos con “gozo inefable y glorificado” v. 8. El lenguaje humano no puede describir la gloria eterna y los gozos perpetuos de la vida venidera. Éstos sobrepasan todas las expresiones humanas. Nuestro gozo hallará expresión en jubilosos cantos de aleluya.
Aun ahora podemos en cierta medida regocijarnos, porque anticipadamente, por la fe, experimentamos un inmenso júbilo espiritual.
Por lo tanto, durante toda nuestra vida demos gracias al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia Incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos para nosotros que somos guardados en la Virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo.” Amén.
Bernardo J. Pankow. Pulpito Cristiano.
Adaptado por Gustavo Lavia.
lunes, 24 de mayo de 2010
Domingo después de Ascensión.
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Domingo después de Ascensión
“Cristo promete enviar al Espíritu Santo”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 101º
Lección: Isaías 32:14-29
2ª Lección: 1ª Pedro 4:7-11
EVANGELIO DEL DÍA
Juan 15:26-16:4
26 Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. 27 Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio. 1 Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. 2 Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. 3 Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí. 4 Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
Sermón
Se oye decir a veces que nosotros no hablamos bastante del Espíritu Santo. Cierto día un muchacho que había terminado su orientación en las partes principales de la doctrina cristiana y estaba próximo a confirmarse, hizo esta observación:
"Me parece que nosotros no ponemos énfasis suficiente en la obra del Espíritu Santo, pues, a pesar de la crucifixión del Hijo de Dios, si no fuera por e1 Espíritu Santo, yo aún no sería salvo."
Nosotros sí hablamos del Espíritu Santo en nuestros cultos y en nuestras clases. Hablábamos del Espíritu Santo en el mensaje del domingo pasado. Hablamos del Espíritu Santo en la meditación de hoy, y hablaremos del Espíritu Santo en los siguientes tres sermones. Claro que no promulgamos a aquel espíritu que no nos viene a través de los medios de gracia, el espíritu que hace que el auditorio, altamente emocionado, pierda todo dominio sobre sí mismo y se deshaga en incontenibles gritos de aleluyas. Mas hablamos del Espíritu Santo cómo la Biblia nos lo presenta.
Falta hoy una semana para Pentecostés, la fiesta que se llama también la fiesta del Espíritu Santo. Es obvio que nuestro texto nos está preparando para Pentecostés, pues claramente nos habla del Espíritu Santo y su obra. Hablemos, pues, en esta meditación sobre el Espíritu Santo, y, usando las primeras palabras de nuestro texto, hagamos como tema de este mensaje,
CUANDO VINIERE EL CONSOLADOR.
A base de este texto, quisiéramos aprender hoy que, cuando viniere el Consolador, el Consolador dará testimonio de Cristo y, segundo, cuando viniere el Consolador, los discípulos darán testimonio de Cristo.
I
Pero ¿quién es el Consolador? La palabra griega que ha sido traducida con Consolador, significa uno que ha sido llamado al lado de uno, que ha sido llamado como ayudante o representante en una obra. Nuestro texto nos manifiesta que el ayudante en este caso es "el Espíritu de verdad".
En el siguiente capítulo leemos una vez más que el Consolador se llama "el Espíritu de verdad" (Juan 16:7.13). Se trata del Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad. "El Consolador" es "el Espíritu Santo" (Juan 14:26). "El Señor es el Espíritu" (2 Corintios 3: 17).
El Espíritu Santo ha sido llamado para ser ayudante o representante de Jesús, pues Jesús lo envía a sus discípulos. En uno de nuestros sermones anteriores decíamos: "Como Jesús se va, el Espíritu viene." El Espíritu se llama "el Consolador" porque ha sido llamado para continuar la obra que Jesús había comenzado. Como Jesús ha instruido a sus discípulos, así les enseñaría el Espíritu. Como Jesús los había consolado durante tres años, así el Espíritu lo haría. Dice Jesús: "Si yo fuere, os lo enviaré" (Juan 16:7).
Nos enseña Jesús más acerca del Espíritu Santo. Nos revela que Dios Padre también lo envía, y que Jesús no lo envía independientemente del Padre, sino que lo envía en colaboración con el Padre. Nos declara Jesús en nuestro texto: "Cuando viniere el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, - él dará testimonio. " Y al principio de su largo sermón declara el Salvador: "y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre" (Juan 14:16). Y repite Jesús en nuestro texto: "El Espíritu de verdad - procede del Padre. "Aquí tenemos la base escritural para nuestra confesión en el Credo Niceno: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado."
Una vez más aprendemos por qué el Padre y el Hijo envían el Consolador a los discípulos y a la Iglesia. El Espíritu se llama en la Biblia "el Espíritu de verdad". En otro texto habíamos aprendido lo mismo: "Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad" (Juan 16:13). La verdad que enseña el Espíritu es el Evangelio de nuestra salvación (Efesios 1: 13). El Espíritu Santo se llama "el Espíritu de verdad", porque nos viene por la verdad, opera mediante la verdad, dirige a la gente a la verdad y se interesa sobre todas las cosas en la verdad del Evangelio.
¿Y por qué se interesa el Espíritu sobre todo n la verdad? Es porque en la verdad, en el santo Evangelio, se encuentra Jesús, el Salvador. Dijo Jesús de sí mismo respecto al Antiguo Testamento: ''Ellas (las Escrituras) son las que dan testimonio de mí" (Juan 5:39). Asimismo todo el Nuevo Testamento se concentra en Jesús. Por tanto escribió San Pablo: "No me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1ª Corintios 2: 2). Toda la Escritura, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, habla de Cristo Salvador.
Al principio de su sermón nos decía el Salvador: "El Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho" (Juan 14: 26). En otro texto nos dijo el Señor: "El (el Espíritu) me glorificará" (Juan 16: 14). Y en nuestro texto repite el Señor: "El dará testimonio de mí. " Así vemos que el Espíritu, guiándonos a toda verdad, nos dirige a Jesucristo, apunta al Salvador. Esta es la obra, la misión, del Espíritu Santo.
Aquí en nuestro texto encontramos nuevamente la doctrina de la Santísima Trinidad. Está Dios Padre, y, colaborando con El, está su Hijo Jesucristo, y, enviado por el Padre y el Hijo para conducir al mundo a Cristo Salvador, se encuentra el Espíritu Santo. Hay, pues, las tres personas de la Trinidad, ninguna de las tres inferior a las otras, todas en el mismo nivel, todas obrando en completa armonía, todas ocupadas en una misma empresa, o sea, la salvación de nosotros, los pobres pecadores, muertos en nuestros "delitos y pecados" (Efesios 2: 1).
¿Cuándo vino el Espíritu Santo a los discípulos? Pues, vino en forma especial el día de Pentecostés (Hechos 2). Pero el Espíritu viene también en cada predicación del Evangelio, así como vino por el sermón de San Pedro el día de Pentecostés, cuando el Espíritu dio la fe a tres mil oyentes. A nosotros dice la Palabra: "(Dios) por la santificación del Espíritu y fe de la verdad, os llamó por nuestro Evangelio" (2 Tesalonicenses 2: 13. 14). Además, nos viene el Espíritu mediante el Sacramento debidamente administrado. Esto nos enseña San Pedro también en ese mismo domingo de Pentecostés: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos 2: 38). Así se cumplirá hasta el último día lo que nos enseña nuestro texto: "Cuando viniere el Consolador, él dará testimonio de mí (del Salvador)."
II
Ahora nos informa Jesús que, cuando viniere el Consolador, los discípulos también darán testimonio. Nos da a entender el Salvador que el Espíritu Santo inspirará a los discípulos a predicar la verdad del Evangelio, hablando en esa forma de Cristo y glorificando en su predicación a nuestro Salvador. Aquí están las palabras de Jesús: "y vosotros daréis testimonio."
Realmente estos informes no fueron nada nuevo para los discípulos, pues por mucho tiempo Jesús ya les había instruido al respecto; durante tres años los había preparado para su labor misional. Por tanto les puede recordar en nuestro texto: "y vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. "
Lo que les decía Jesús de antemano en su sermón del jueves Santo, les ordena formalmente antes de subir al cielo: "Id, y predicad el evangelio a toda criatura" (Mateo 16:15). Ahí les mandó que se hicieran heraldos del Evangelio, proclamando la venida del Salvador del mundo. En nuestro texto les dice que serán testigos de Cristo.
Diez días después de la ascensión de Jesús al cielo, los discípulos comenzaron a dar testimonio del Salvador y a hacerse heraldos de Jesucristo. Ese día predicaba San Pedro: "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36).
Así nos relata todo el libro de los Hechos que los apóstoles, "con demostración del Espíritu y de poder daban testimonio de Jesús (l Corintios 2:4). Con razón se intitula ese libro: “los Hechos de los Apóstoles”. Mejor aun hubiera sido el título “los Hechos del Espíritu Santo mediante los Apóstoles.”
Además leemos en todas las epístolas del Nuevo Testamento, cómo los apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, anunciaban la verdad del Salvador del mundo. Así leemos, por ejemplo: Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores" (1 Timoteo 1: 15).
Y después, muertos todos los apóstoles y los feligreses de la iglesia primitiva, se levantaron en todas partes otros heraldos del Evangelio, y se cumplió la profecía que citaba el apóstol Pablo: Por toda la tierra ha salido la fama de ellos" (Romanos 10: 18). Y por el celo del Espíritu, el Evangelio ha llegado a nosotros radicados a miles de kilómetros de donde obraba Jesucristo, y viviendo dos mil años después de la ascensión del Señor.
Y recordando cómo Jesús honraba a sus discípulos, diciéndoles, "Como me envía el Padre, así también yo os envío" (Juan 20:21), así nos honra el Señor a nosotros en el día de hoy. Nos deja salir, aún en este mismísimo sermón, con el testimonio del Evangelio, que "es potencia de Dios a todo aquel que cree" (Romanos 1: 16).
Es un honor el poder dar testimonio de Cristo, pero ahora nos previene Jesús que en esta labor no faltarán sinsabores. Dijo el Salvador: ''Estas cosas os he hablado, para que no os escandalicéis."
En otras palabras, les comunica que van a topar con cosas que no les caerán en gracia. Les dice Jesús esto de antemano para que ellos no se ofendan ni se desanimen, ni lo abandonen. Jesús no quiere que se caigan de la fe.
En cuanto a las adversidades que les esperaban, les habla Jesús ahora con más claridad: "Os echarán de las sinagogas. " Ningún judío quería ser expulsado de la sinagoga. Los padres del ciego, al cual Jesús había sanado en el templo, temían tal desgracia: "Tenían miedo de los Judíos, porque ya los Judíos habían resuelto que si alguno confesase ser él el Mesías, fuese fuera de la sinagoga" (luan 9:22). Los expulsados de la sinagoga se desterraban de la sociedad religiosa de los judíos, y se les consideraba renegados, y aun traidores de su nación. Así es que Jesús presagia a los suyos una persecución muy penosa y humillante, al decirles: “Os echarán de las sinagogas.”
Además, la persecución que esperaba a los apóstoles en su tierra no fue instigada por los paganos, sino por los jefes religiosos de su propia raza; gentes que tenían la Biblia y la habían estudiado detenidamente, persiguieron a los que habían hallado en la Biblia a Jesús, el Salvador.
Y lo que es más aun, los fanáticos religiosos que persiguieron a los cristianos, creían hacerle un favor a Dios. Dijo el Salvador en nuestro texto: "Cualquiera que os matare, pensará que hace servicio a Dios. " Así es que el sinedrio, deshaciéndose del Salvador y crucificándolo, creía haberle dado una ofrenda al Dios de Israel.
San Pedro disculpa a los que condenaron a Cristo y dice: "Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros príncipes" (Hechos 3: 17). Así hablaba también el apóstol Pablo sobre la persecución de la cual él mismo había sido culpable: "Lo hice con ignorancia en incredulidad (1 Timoteo 1: 13). Jesús no quería, pues, que sus mensajeros odiaran a sus perseguidores, ni les guardaran rencor, sino que tomaran en cuenta: “Estas cosas os harán, porque no conocen al Padre, ni a mí.”
Los romanos también persiguieron a los cristianos, porque los consideraban traidores y enemigos de la república. Además, el celo religioso, es decir, el celo por sus propios dioses, les incitaba a atacar a los mensajeros de Cristo. Recordamos bien ese alboroto en el teatro de Éfeso y los gritos del populacho: '¡Grande es Diana de los Efesios!" (Hechos 19:28).
La persecución de los luteranos en la época de la Reforma tampoco fue provocada por los paganos, sino por el alto clero de una religión, en este caso una religión calificada de cristiana. Y la persecución de los evangélicos no terminó con la Reforma, sino que continuó por los siglos siguientes, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo Mundo. Sólo Dios sabe el número de los cristianos evangélicos que murieron por su fe en los dos hemisferios.
Y a veces hasta predicadores del Evangelio han perseguido a predicadores del Evangelio. Tal persecución tuvo que sufrir el señor Roger Williams con otros protestantes que se habían radicado en la puritana Nueva Inglaterra de Norteamérica. Así se cumplió al pie de la letra lo que Jesús profetiza la noche del Jueves Santo: ''Aún viene la hora, cuando cualquiera que os matare, pensará que hace servicio a Dios. "
Nuestro Salvador termina nuestro texto, diciendo: "Mas os he dicho esto, para que cuando aquella hora viniere, os acordéis que yo os lo había dicho, Esto empero no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros." Mientras que Jesús estaba en persona con los discípulos, no fue necesario hablar de persecuciones, pues Jesús estaba con ellos. Pero ahora los deja y vuelve a su Padre, y ellos necesitan su consuelo. Pero siempre será para ellos un gran consuelo saber: "El omnisciente Señor ya sabía de esto; nos lo ha dicho hace mucho; nada nos sorprenderá ahora, ni aterrorizará. El que nos ha dicho esto estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20). En todo esto se cumplió lo que Jesús había predicho la noche del Jueves Santo: "Cuando viniere el Consolador, vosotros daréis testimonio. "
Jesús concluye el sermón del Jueves Santo, deseando a sus discípulos la paz: ''Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz, En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16:33). Que el Espíritu de Dios nos conceda abundantemente esta paz, en toda nuestra empresa misionera, y que Dios nunca quite de nosotros su santo Espíritu (Salmo 51:11). Amén.
Señor Dios, te damos gracias, porque nos has regalado el don de tu Espíritu Santo, el cual nos ha concedido la fe en nuestro Redentor. Santo Espíritu, mantennos firmes en esta fe hasta el fin, y concede que en la compañía de todos los santos alabemos a Dios, el Padre, Dios, el Hijo, y Dios, el Espíritu Santo, en toda la eternidad. Amén.
Sermón extraído del libro “Sermones sobre los evangelios históricos”
Domingo después de Ascensión
“Cristo promete enviar al Espíritu Santo”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 101º
Lección: Isaías 32:14-29
2ª Lección: 1ª Pedro 4:7-11
EVANGELIO DEL DÍA
Juan 15:26-16:4
26 Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. 27 Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio. 1 Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. 2 Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. 3 Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí. 4 Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
Sermón
Se oye decir a veces que nosotros no hablamos bastante del Espíritu Santo. Cierto día un muchacho que había terminado su orientación en las partes principales de la doctrina cristiana y estaba próximo a confirmarse, hizo esta observación:
"Me parece que nosotros no ponemos énfasis suficiente en la obra del Espíritu Santo, pues, a pesar de la crucifixión del Hijo de Dios, si no fuera por e1 Espíritu Santo, yo aún no sería salvo."
Nosotros sí hablamos del Espíritu Santo en nuestros cultos y en nuestras clases. Hablábamos del Espíritu Santo en el mensaje del domingo pasado. Hablamos del Espíritu Santo en la meditación de hoy, y hablaremos del Espíritu Santo en los siguientes tres sermones. Claro que no promulgamos a aquel espíritu que no nos viene a través de los medios de gracia, el espíritu que hace que el auditorio, altamente emocionado, pierda todo dominio sobre sí mismo y se deshaga en incontenibles gritos de aleluyas. Mas hablamos del Espíritu Santo cómo la Biblia nos lo presenta.
Falta hoy una semana para Pentecostés, la fiesta que se llama también la fiesta del Espíritu Santo. Es obvio que nuestro texto nos está preparando para Pentecostés, pues claramente nos habla del Espíritu Santo y su obra. Hablemos, pues, en esta meditación sobre el Espíritu Santo, y, usando las primeras palabras de nuestro texto, hagamos como tema de este mensaje,
CUANDO VINIERE EL CONSOLADOR.
A base de este texto, quisiéramos aprender hoy que, cuando viniere el Consolador, el Consolador dará testimonio de Cristo y, segundo, cuando viniere el Consolador, los discípulos darán testimonio de Cristo.
I
Pero ¿quién es el Consolador? La palabra griega que ha sido traducida con Consolador, significa uno que ha sido llamado al lado de uno, que ha sido llamado como ayudante o representante en una obra. Nuestro texto nos manifiesta que el ayudante en este caso es "el Espíritu de verdad".
En el siguiente capítulo leemos una vez más que el Consolador se llama "el Espíritu de verdad" (Juan 16:7.13). Se trata del Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad. "El Consolador" es "el Espíritu Santo" (Juan 14:26). "El Señor es el Espíritu" (2 Corintios 3: 17).
El Espíritu Santo ha sido llamado para ser ayudante o representante de Jesús, pues Jesús lo envía a sus discípulos. En uno de nuestros sermones anteriores decíamos: "Como Jesús se va, el Espíritu viene." El Espíritu se llama "el Consolador" porque ha sido llamado para continuar la obra que Jesús había comenzado. Como Jesús ha instruido a sus discípulos, así les enseñaría el Espíritu. Como Jesús los había consolado durante tres años, así el Espíritu lo haría. Dice Jesús: "Si yo fuere, os lo enviaré" (Juan 16:7).
Nos enseña Jesús más acerca del Espíritu Santo. Nos revela que Dios Padre también lo envía, y que Jesús no lo envía independientemente del Padre, sino que lo envía en colaboración con el Padre. Nos declara Jesús en nuestro texto: "Cuando viniere el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, - él dará testimonio. " Y al principio de su largo sermón declara el Salvador: "y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre" (Juan 14:16). Y repite Jesús en nuestro texto: "El Espíritu de verdad - procede del Padre. "Aquí tenemos la base escritural para nuestra confesión en el Credo Niceno: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado."
Una vez más aprendemos por qué el Padre y el Hijo envían el Consolador a los discípulos y a la Iglesia. El Espíritu se llama en la Biblia "el Espíritu de verdad". En otro texto habíamos aprendido lo mismo: "Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad" (Juan 16:13). La verdad que enseña el Espíritu es el Evangelio de nuestra salvación (Efesios 1: 13). El Espíritu Santo se llama "el Espíritu de verdad", porque nos viene por la verdad, opera mediante la verdad, dirige a la gente a la verdad y se interesa sobre todas las cosas en la verdad del Evangelio.
¿Y por qué se interesa el Espíritu sobre todo n la verdad? Es porque en la verdad, en el santo Evangelio, se encuentra Jesús, el Salvador. Dijo Jesús de sí mismo respecto al Antiguo Testamento: ''Ellas (las Escrituras) son las que dan testimonio de mí" (Juan 5:39). Asimismo todo el Nuevo Testamento se concentra en Jesús. Por tanto escribió San Pablo: "No me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1ª Corintios 2: 2). Toda la Escritura, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, habla de Cristo Salvador.
Al principio de su sermón nos decía el Salvador: "El Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho" (Juan 14: 26). En otro texto nos dijo el Señor: "El (el Espíritu) me glorificará" (Juan 16: 14). Y en nuestro texto repite el Señor: "El dará testimonio de mí. " Así vemos que el Espíritu, guiándonos a toda verdad, nos dirige a Jesucristo, apunta al Salvador. Esta es la obra, la misión, del Espíritu Santo.
Aquí en nuestro texto encontramos nuevamente la doctrina de la Santísima Trinidad. Está Dios Padre, y, colaborando con El, está su Hijo Jesucristo, y, enviado por el Padre y el Hijo para conducir al mundo a Cristo Salvador, se encuentra el Espíritu Santo. Hay, pues, las tres personas de la Trinidad, ninguna de las tres inferior a las otras, todas en el mismo nivel, todas obrando en completa armonía, todas ocupadas en una misma empresa, o sea, la salvación de nosotros, los pobres pecadores, muertos en nuestros "delitos y pecados" (Efesios 2: 1).
¿Cuándo vino el Espíritu Santo a los discípulos? Pues, vino en forma especial el día de Pentecostés (Hechos 2). Pero el Espíritu viene también en cada predicación del Evangelio, así como vino por el sermón de San Pedro el día de Pentecostés, cuando el Espíritu dio la fe a tres mil oyentes. A nosotros dice la Palabra: "(Dios) por la santificación del Espíritu y fe de la verdad, os llamó por nuestro Evangelio" (2 Tesalonicenses 2: 13. 14). Además, nos viene el Espíritu mediante el Sacramento debidamente administrado. Esto nos enseña San Pedro también en ese mismo domingo de Pentecostés: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos 2: 38). Así se cumplirá hasta el último día lo que nos enseña nuestro texto: "Cuando viniere el Consolador, él dará testimonio de mí (del Salvador)."
II
Ahora nos informa Jesús que, cuando viniere el Consolador, los discípulos también darán testimonio. Nos da a entender el Salvador que el Espíritu Santo inspirará a los discípulos a predicar la verdad del Evangelio, hablando en esa forma de Cristo y glorificando en su predicación a nuestro Salvador. Aquí están las palabras de Jesús: "y vosotros daréis testimonio."
Realmente estos informes no fueron nada nuevo para los discípulos, pues por mucho tiempo Jesús ya les había instruido al respecto; durante tres años los había preparado para su labor misional. Por tanto les puede recordar en nuestro texto: "y vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. "
Lo que les decía Jesús de antemano en su sermón del jueves Santo, les ordena formalmente antes de subir al cielo: "Id, y predicad el evangelio a toda criatura" (Mateo 16:15). Ahí les mandó que se hicieran heraldos del Evangelio, proclamando la venida del Salvador del mundo. En nuestro texto les dice que serán testigos de Cristo.
Diez días después de la ascensión de Jesús al cielo, los discípulos comenzaron a dar testimonio del Salvador y a hacerse heraldos de Jesucristo. Ese día predicaba San Pedro: "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36).
Así nos relata todo el libro de los Hechos que los apóstoles, "con demostración del Espíritu y de poder daban testimonio de Jesús (l Corintios 2:4). Con razón se intitula ese libro: “los Hechos de los Apóstoles”. Mejor aun hubiera sido el título “los Hechos del Espíritu Santo mediante los Apóstoles.”
Además leemos en todas las epístolas del Nuevo Testamento, cómo los apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, anunciaban la verdad del Salvador del mundo. Así leemos, por ejemplo: Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores" (1 Timoteo 1: 15).
Y después, muertos todos los apóstoles y los feligreses de la iglesia primitiva, se levantaron en todas partes otros heraldos del Evangelio, y se cumplió la profecía que citaba el apóstol Pablo: Por toda la tierra ha salido la fama de ellos" (Romanos 10: 18). Y por el celo del Espíritu, el Evangelio ha llegado a nosotros radicados a miles de kilómetros de donde obraba Jesucristo, y viviendo dos mil años después de la ascensión del Señor.
Y recordando cómo Jesús honraba a sus discípulos, diciéndoles, "Como me envía el Padre, así también yo os envío" (Juan 20:21), así nos honra el Señor a nosotros en el día de hoy. Nos deja salir, aún en este mismísimo sermón, con el testimonio del Evangelio, que "es potencia de Dios a todo aquel que cree" (Romanos 1: 16).
Es un honor el poder dar testimonio de Cristo, pero ahora nos previene Jesús que en esta labor no faltarán sinsabores. Dijo el Salvador: ''Estas cosas os he hablado, para que no os escandalicéis."
En otras palabras, les comunica que van a topar con cosas que no les caerán en gracia. Les dice Jesús esto de antemano para que ellos no se ofendan ni se desanimen, ni lo abandonen. Jesús no quiere que se caigan de la fe.
En cuanto a las adversidades que les esperaban, les habla Jesús ahora con más claridad: "Os echarán de las sinagogas. " Ningún judío quería ser expulsado de la sinagoga. Los padres del ciego, al cual Jesús había sanado en el templo, temían tal desgracia: "Tenían miedo de los Judíos, porque ya los Judíos habían resuelto que si alguno confesase ser él el Mesías, fuese fuera de la sinagoga" (luan 9:22). Los expulsados de la sinagoga se desterraban de la sociedad religiosa de los judíos, y se les consideraba renegados, y aun traidores de su nación. Así es que Jesús presagia a los suyos una persecución muy penosa y humillante, al decirles: “Os echarán de las sinagogas.”
Además, la persecución que esperaba a los apóstoles en su tierra no fue instigada por los paganos, sino por los jefes religiosos de su propia raza; gentes que tenían la Biblia y la habían estudiado detenidamente, persiguieron a los que habían hallado en la Biblia a Jesús, el Salvador.
Y lo que es más aun, los fanáticos religiosos que persiguieron a los cristianos, creían hacerle un favor a Dios. Dijo el Salvador en nuestro texto: "Cualquiera que os matare, pensará que hace servicio a Dios. " Así es que el sinedrio, deshaciéndose del Salvador y crucificándolo, creía haberle dado una ofrenda al Dios de Israel.
San Pedro disculpa a los que condenaron a Cristo y dice: "Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros príncipes" (Hechos 3: 17). Así hablaba también el apóstol Pablo sobre la persecución de la cual él mismo había sido culpable: "Lo hice con ignorancia en incredulidad (1 Timoteo 1: 13). Jesús no quería, pues, que sus mensajeros odiaran a sus perseguidores, ni les guardaran rencor, sino que tomaran en cuenta: “Estas cosas os harán, porque no conocen al Padre, ni a mí.”
Los romanos también persiguieron a los cristianos, porque los consideraban traidores y enemigos de la república. Además, el celo religioso, es decir, el celo por sus propios dioses, les incitaba a atacar a los mensajeros de Cristo. Recordamos bien ese alboroto en el teatro de Éfeso y los gritos del populacho: '¡Grande es Diana de los Efesios!" (Hechos 19:28).
La persecución de los luteranos en la época de la Reforma tampoco fue provocada por los paganos, sino por el alto clero de una religión, en este caso una religión calificada de cristiana. Y la persecución de los evangélicos no terminó con la Reforma, sino que continuó por los siglos siguientes, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo Mundo. Sólo Dios sabe el número de los cristianos evangélicos que murieron por su fe en los dos hemisferios.
Y a veces hasta predicadores del Evangelio han perseguido a predicadores del Evangelio. Tal persecución tuvo que sufrir el señor Roger Williams con otros protestantes que se habían radicado en la puritana Nueva Inglaterra de Norteamérica. Así se cumplió al pie de la letra lo que Jesús profetiza la noche del Jueves Santo: ''Aún viene la hora, cuando cualquiera que os matare, pensará que hace servicio a Dios. "
Nuestro Salvador termina nuestro texto, diciendo: "Mas os he dicho esto, para que cuando aquella hora viniere, os acordéis que yo os lo había dicho, Esto empero no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros." Mientras que Jesús estaba en persona con los discípulos, no fue necesario hablar de persecuciones, pues Jesús estaba con ellos. Pero ahora los deja y vuelve a su Padre, y ellos necesitan su consuelo. Pero siempre será para ellos un gran consuelo saber: "El omnisciente Señor ya sabía de esto; nos lo ha dicho hace mucho; nada nos sorprenderá ahora, ni aterrorizará. El que nos ha dicho esto estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20). En todo esto se cumplió lo que Jesús había predicho la noche del Jueves Santo: "Cuando viniere el Consolador, vosotros daréis testimonio. "
Jesús concluye el sermón del Jueves Santo, deseando a sus discípulos la paz: ''Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz, En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16:33). Que el Espíritu de Dios nos conceda abundantemente esta paz, en toda nuestra empresa misionera, y que Dios nunca quite de nosotros su santo Espíritu (Salmo 51:11). Amén.
Señor Dios, te damos gracias, porque nos has regalado el don de tu Espíritu Santo, el cual nos ha concedido la fe en nuestro Redentor. Santo Espíritu, mantennos firmes en esta fe hasta el fin, y concede que en la compañía de todos los santos alabemos a Dios, el Padre, Dios, el Hijo, y Dios, el Espíritu Santo, en toda la eternidad. Amén.
Sermón extraído del libro “Sermones sobre los evangelios históricos”
domingo, 16 de mayo de 2010
Domingo de Ascensión.
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Ascensión
“Celebremos y vivamos la ascensión de Jesús”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: 2º Reyes 2:9-15
La Epístola: Hechos 1.1-11
El Evangelio del día: Marcos 16-14-20
SERMÓN
En la historia de la vida terrenal de Cristo hay un acontecimiento que merece indeleble impresión en nuestro ánimo a fin de que jamás lo olvidemos. Es la última vista que los discípulos tuvieron de su Salvador aquí en la tierra: su gloriosa ascensión a los cielos.
No debemos olvidarnos de este acontecimiento, porque él no ha sido olvidado en las páginas de la Sagrada Escritura, la eterna Palabra de Dios. En la Biblia la historia de la ascensión no consiste solamente en una alusión indirecta o en una referencia oscura, sino en una narración cuidadosa. En verdad, la revelación de Dios a la humanidad no sería completa sin la documentación divina de la ascensión.
¡Qué bien que la Iglesia Cristiana por siglos ha observado el día cuadragésimo después de la Resurrección para acordarse de la ascensión de Cristo a la gloria! La ascensión del Salvador del mundo merece, pues, ser incluida en los libros de la historia, ser alabada en la música y en el arte, sobre todo, que los cristianos en todos lugares y siempre se reúnan para meditar con devoción sobre alguna porción de la Escritura que trata de la Ascensión, y así refrescar sus almas con una consolación rica y perdurable. Oh, amigos redimidos y herederos de Dios: ¡Recordemos la Gloriosa Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo!
Debemos recordarla porque significa:
1. Una misión terminada y
2. Una misión no terminada.
La misión terminada a que nos referimos es la de Cristo. Nuestro Señor nunca hubiera dejado este mundo para ascender a la gloria sin antes haber concluido su misión redentora, recibida del Padre.
Para salvarnos Cristo vino a hacer ciertas obras y a enseñar ciertas verdades. Cristo realizó por completo su misión. Es ahora parte de la historia divina. Los santos evangelistas, entre ellos San Lucas, la han relatado con fidelidad y exactitud por inspiración del Espíritu Santo. En nuestro texto San Lucas habla a Teófilo “de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar”, diciendo que las había escrito en su “primer tratado”, a saber, el Santo Evangelio según San Lucas. Por lo tanto, repasemos brevemente lo que está revelado en el “primer tratado” acerca las obras divinas que hizo nuestro Salvador y de las verdades eternas que enseñó. En los primeros versículos, de su evangelio, San Lucas llama a estas realidades y verdades “las cosas que entre nosotros han sido certísimas, como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron por sus ojos...”
¿Qué es lo que hizo Jesús para desempeñar su misión redentora? Un capítulo tras otro del “primer tratado” relatan cómo Jesús cumplió perfectamente la ley y la voluntad de Dios. Leemos cómo se sometió al rito antiguo de la circuncisión (cap. 2), cómo fue bautizado en el río Jordán, (cap. 3), cómo resistió la tentación en el desierto y los ataques del diablo (cap. 4).
Pero lo que “Jesús comenzó a hacer” se refiere especialmente a su sufrimiento, muerte y resurrección. Antes de poder ser exaltado en su ascensión tuvo que ser bajado en su humillación. Antes de poder ser llevado del monte de los Olivos fue necesario que sudara su sangre a la sombra de aquella misma loma y bajo los árboles de olivo en el huerto de Getsemaní. Antes de poder levantar sus manos para bendecir a sus discípulos fue necesario que esas manos santas fueran horadadas y clavadas en una cruz que fue levantada sobre otra loma cercana, que se llamaba Gólgota. No hay duda de que tuvo que sufrir la muerte más desgraciada que se conoce.
Tuvo que derramar su propia sangre por los pecados del mundo. Tuvo que ser sepultado y cumplir su promesa de resucitar su cuerpo al tercer día. También fue necesario que apareciese a sus discípulos “vivo con muchas pruebas indubitables... por cuarenta días”, como dice nuestro texto. El último capítulo del Evangelio según San Lucas relata algunas de esas apariciones, a saber, su aparición a los discípulos en el camino a Emaús en la tarde del día de la Resurrección.
En esa ocasión aceptó la invitación de ellos a cenar. Luego en esa misma noche apareció a los discípulos y a otros creyentes en Jerusalén en una casa, cuyas puertas estaban cerradas. “Mirad mis manos y pies –dijo- que yo mismo soy, palpad y ved; que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. En seguida, quiso quitar de los asombrados discípulos el último residuo de duda, comiendo algo de un pescado asado y un panal de miel. ¡Pruebas indubitables de su resurrección!
Otra parte importante de la misión redentora de Cristo fue su obra de enseñanza. Tuvo que enseñar antes de ascender ¿Qué enseñó? Cosas relativas al “reino de Dios”, según las palabras de nuestro texto.
Ensenó que su reino no es de este mundo, un reino terrestre, limitado al pueblo o la tierra de los judíos, sino un reino de gracia, un reino de salvación. En el “primer tratado” encontramos algunas declaraciones de Cristo que nos indican cómo se entra en su reino de gracia, es decir, mediante el arrepentimiento y la fe en las promesas del Evangelio. Dijo Jesús: “He venido a llamar a los pecadores al arrepentimiento” Lucas 5:32. Gracias a Dios por habernos dado el Evangelio según San Lucas. Es el único libro que contiene dos hermosas historias, relatadas por Cristo, acerca del arrepentimiento. La primera es la del hijo pródigo, el hijo que vuelve arrepentido a la casa de su padre; el hijo que estaba muerto y había revivido; que se había perdido y había sido hallado. Capítulo 15. La segunda es la del publicano en el templo que “estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: ¡Dios, sé propicio a mí pecador!” Sobre él afirmó Cristo: “Os digo que éste descendió a su casa justificado”. Capítulo 18. Cristo nos presenta estos dos casos como ejemplos de personas que habían hallado la gracia y el perdón de Dios; no así los escribas y los fariseos, cuya religión sólo era exterior. No hay duda de que el Maestro enseñó que para entrar en su reino hay que arrepentirse y aceptar el perdón divino por medio de la fe. “El reino de Dios no vendrá con advertencia; ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios entre vosotros está” Capítulos 17:21-22.
Si bien es cierto que la fe no se ve con los ojos, Jesús no obstante enseñó que los frutos de la fe deben verse mediante el amor que se muestra hacia el prójimo. Por lo tanto, relató otra historia que se halla solamente en el Evangelio según San Lucas: la historia del buen samaritano. Éste, al encontrar a un hombre herido y medio muerto, no “pasó por al lado”, sino que “fue movido a misericordia” y socorrió a aquel pobre hombre, aunque le era desconocido y pertenecía a otra raza. “Ve, y haz tú lo mismo”, dice Jesús a cada uno que oye y lee esta historia. Capítulo 10. Los que son de su reino muestran misericordia y amor.
Al reunimos hoy para conmemorar la gloriosa ascensión de nuestro Señor, es preciso que cada uno se pregunte: “¿Efectivamente me encuentro en el reino de Cristo? ¿Me he arrepentido de todos mis pecados? ¿Los he renunciado y dejado? ¿He aceptado el perdón completo que se me ofrece en la sangre de Cristo? ¿Se manifiesta mi fe en amor hacia el prójimo?" Estas preguntas son urgentes, porque de la respuesta a ellas depende si realmente pertenecemos al reino de Cristo. Tales son las enseñanzas de Jesús. Así como su obra era completa en lo que hacía, asimismo era completa en lo que enseñaba.
Después de terminar su misión redentora, sabe que ha llegado la hora de su gloriosa ascensión a los cielos. Del Monte de los Olivos empieza a ascender, sus manos alzadas en bendición, hasta que una nube le recibe y le quita de los ojos de sus discípulos. En los cielos hay júbilo. Millares de ángeles cantan aleluyas. “Subió Dios con júbilo, Jehová con sonido de trompeta. Cantad a Dios, cantad a nuestro Rey, cantad” Salmo 47: 5. Redimidos somos de la maldición del pecado; vencida es la muerte; abiertas de par en par están las puertas del paraíso. Alabado sea Dios que por su gracia inefable nos salvó a nosotros y a todo el mundo pecador.
II. Pero muchos son los que no saben lo que hizo y enseñó Jesús para la salvación de la humanidad. Ignoran el Evangelio de Cristo. Por eso, hablaremos ahora de otra misión: una misión no terminada, la de nosotros, a saber, nuestro cometido de anunciar el Evangelio a los que no lo poseen. Por lo tanto, recordemos la gloriosa ascensión de nuestro Señor Jesucristo a fin de que por medio de ella encontremos un incentivo para desempeñar con fidelidad nuestra gran misión. Nuestra misión es hacer saber la misión redentora de Cristo.
Jesús no decidió dejar este mundo sin antes comisionar a sus discípulos para realizar la tarea más grande que conoce la historia: “Me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y hasta lo último de la tierra”.
“Me seréis testigos...” Al decir estas palabras Jesús estaba mirando a sus discípulos e incluía a todos, a cada uno de ellos: “Tú, Andrés. Tú, Pedro. Tú, Juan. Tú, Felipe. ¡Me seréis testigos!”
¡Qué incapaces se sintieron! Pero, el Señor que iba a ascender a los cielos y ser glorificado los acompañaría, y por medio de su omnipotencia y el poder del Espíritu Santo estaría siempre cerca de ellos. Les aseguró: “Mas recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros”. Esta promesa se cumplió el domingo de Pentecostés cuando recibieron el Espíritu Santo según se lo había prometido Cristo.
Con cuánto celo cumplieron el encargo de Cristo: “Me seréis testigos” Su celo se manifiesta en el libro de los Hechos de los Apóstoles, libro que se podría llamar el “segundo tratado” de San Lucas. Paso a paso iban los apóstoles por Jerusalén, toda .Toda Samaria y mucho más allá. Con sobresaliente rapidez llevaron el mensaje del Evangelio de un lugar a otro. Predicaron y testificaron de las obras y las enseñanzas de Cristo. Escuchemos a Pedro y a Juan en Jerusalén diciendo: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” Capítulo 4:20. Y no sólo ellos, sino todos “los apóstoles con gran poder daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús” Capítulo 4:33. El joven Esteban selló su testimonio con su muerte y otros perseguidos y “esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra”, Capítulo 8:4 llegando hasta Fenicia, Chipre y Antioquía. Capítulo 11:19. En Cesárea en la casa de Cornelio, un centurión romano pagano, oímos a Pedro confesar a su Salvador: “Nosotros somos testigos de todas las cosas que Cristo hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; al cual mataron, colgándole en un madero. A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase” Capítulo 10:39-40. Verdaderos testigos, éstos, no falsos, como algunos de hoy en día que se llaman testigos, pero que hasta niegan la divinidad de nuestro Señor.
Luego San Pablo, el más grande de los apóstoles, con sus compañeros, entre ellos el evangelista San Lucas, llevaron el Evangelio a los confines del mundo civilizado de aquel entonces. Nos faltaría tiempo para mencionar siquiera los nombres de los lugares a que llegaron por tierra y por mar. Nos causa asombro lo que hicieron en tan poco tiempo; no olvidemos empero que fueron impulsados por el poder de lo alto.
“¡Me seréis testigos!” Amigos y hermanos, estas palabras fueron dirigidas también a nosotros, a los Andreses, los Pedros, los Juanes, las Martas y las Marías de este siglo. Bien dijo un consagrado predicador alemán: “Nuestra Jerusalén está cerca de las puertas de nuestra iglesia ¡y no es una ciudad santa en que vivimos!”
Jesús quiere que todos seamos testigos. Nadie debe considerarse demasiado débil o inepto. El retumbo del Salto del Niágara se puede oír desde muchos kilómetros, pero ese salto se compone de distintas gotas que forman el conjunto. Igualmente el magnífico arco iris, que con sus hermosos colores abraza el horizonte, se compone de pequeñísimas gotas. Así nosotros, no importa cuán insignificantes seamos, con el poder de Dios podemos participar en esparcir la luz gloriosa del Evangelio, la obra más importante y bienaventurada que se conoce.
Y hay urgencia en este asunto. Cada segundo, cada vez que respiramos, algún alma tiene que enfrentarse con su Creador. Al contemplar las multitudes que aquí en nuestra patria y en el mundo entero todavía no conocen el camino de la salvación, debemos vivir el llamamiento divino de testificar de Cristo. Luego de aceptar el Evangelio, cada persona debe comunicar a otros el gozo que ha encontrado. Así como esperamos que la vela dé luz al ser encendida y no hasta que esté medio quemada, asimismo debe empezar inmediatamente a esparcir la luz el que se convierte. “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, gente-santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” 1 Pedro 2: 9.
Anunciad la salvación en Cristo cada vez que tengáis la oportunidad. Jesús es nuestro gran ejemplo. En el Nuevo Testamento leemos de unas veinte entrevistas particulares que tuvo con algunas personas. Hasta en la cruz prometió el paraíso al malhechor arrepentido. Así, cada uno de nosotros debe dar testimonio a otros: al vecino, al compañero de trabajo, a las personas con quienes viajamos.
“¿Qué diremos?” han preguntado algunos cristianos. “¿Cómo empezaremos?” Jesús habló acerca del pan a los hambrientos, del agua a los sedientos, del reposo a los cansados. Ser testigo quiere decir participar a otros lo que hemos oído, visto, gustado, percibido, experimentado. “¡Me seréis testigos!” manda Jesús. “Quiero que digáis a otros qué soy para vosotros, y las bendiciones que por mí han experimentado vuestros corazones”.
No es necesario hablar en términos resonantes. Cierto autor cristiano intituló su libro: “¿Qué Valor Tiene Cristo en tu Vida?” y en lenguaje sencillo y sin afectación expone el valor que tiene Cristo en la vida del creyente. No es necesario altercar y porfiar. Con argumentos obstinados y antagonistas no se ganan almas para Cristo. Basta ser testigos, porque nadie puede resistir al creyente que dice: “Sé lo que creo. Sé que Cristo es mi Salvador. Sé que cuando Jesús vino a mi, recibí perdón, vida y salvación. Sé que por medio del bautismo fui regenerado y hecho heredero de la vida eterna. Sé que mi vida está en las manos de Dios y que ‘todas las cosas me ayudan a bien’. Romanos 8:28. Sé que Jesús siempre está a mi lado para oír mis peticiones y para fortalecerme en momentos de tentación. Sé que al fin, por la gracia de Dios y por la fe, llegaré a las moradas eternas.”
El Espíritu Santo usa tal testimonio para suscitar en el oyente hambre de poseer lo que nosotros poseemos y de creer lo que nosotros creemos. ¡Y qué satisfacción nos da saber que somos los Instrumentos de Cristo para llevar a otros el mensaje de la salvación! ¡Qué satisfacción proporciona todo esto al Señor Jesús, a los ángeles y a nuestro buen pastor!
Si no confesamos a Cristo, vendrá el día cuando lamentaremos una vida malgastada. ¡Pero con qué gozo podemos contemplar una vida verdaderamente útil en la mies del Señor! ¿A cuántas almas hablarás tú acerca de tu fe? Ganar a diez almas es mejor que cinco; ganar a cinco es mejor que una; ganar a una es mejor que ninguna. Todos sin excepción debemos ser testigos. Ésta es nuestra obra no terminada.
Y cada vez que nos desanimamos en esta obra, debemos mirar hacia el cielo y recordar la gloriosa ascensión de nuestro Señor Jesucristo, recordar su comisión, recordar la promesa que hizo de enviar el Espíritu Santo: recordar que el tiempo es muy breve. “Porque aun un poquito, y el que ha de venir vendrá y no tardará” Hebreos 10:37. Está para cumplirse la promesa de los ángeles a los discípulos en el monte de los Olivos: “Este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Parece que cada segundo que pasa nos dice lo siguiente: “así vendrá... así vendrá... así vendré”. Los cielos están por abrirse y el Hijo del hombre está por aparecer con todos sus santos ángeles. “El fin de todas las cosas se acerca…” 1 Pedro 4:7. Todas las señales de los tiempos proclaman el fin. ¿Qué lo detiene? Sólo el hecho de que en esta undécima hora hay todavía muchas almas que necesitan ser sacadas como tizones del fuego (Amos 4:11). Utilicemos todos los medios a nuestro alcance y hagamos un último esfuerzo por cubrir la tierra con el mensaje de la salvación, porque ha de cumplirse la siguiente profecía de Cristo: “Será predicado este evangelio del reino en todo el mundo por testimonio a todos los gentiles; y entonces vendrá el fin” San Mateo 24:14. Amén.
Bernardo J. Pankow
Adaptado: Gustavo Lavia
Ascensión
“Celebremos y vivamos la ascensión de Jesús”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: 2º Reyes 2:9-15
La Epístola: Hechos 1.1-11
El Evangelio del día: Marcos 16-14-20
SERMÓN
En la historia de la vida terrenal de Cristo hay un acontecimiento que merece indeleble impresión en nuestro ánimo a fin de que jamás lo olvidemos. Es la última vista que los discípulos tuvieron de su Salvador aquí en la tierra: su gloriosa ascensión a los cielos.
No debemos olvidarnos de este acontecimiento, porque él no ha sido olvidado en las páginas de la Sagrada Escritura, la eterna Palabra de Dios. En la Biblia la historia de la ascensión no consiste solamente en una alusión indirecta o en una referencia oscura, sino en una narración cuidadosa. En verdad, la revelación de Dios a la humanidad no sería completa sin la documentación divina de la ascensión.
¡Qué bien que la Iglesia Cristiana por siglos ha observado el día cuadragésimo después de la Resurrección para acordarse de la ascensión de Cristo a la gloria! La ascensión del Salvador del mundo merece, pues, ser incluida en los libros de la historia, ser alabada en la música y en el arte, sobre todo, que los cristianos en todos lugares y siempre se reúnan para meditar con devoción sobre alguna porción de la Escritura que trata de la Ascensión, y así refrescar sus almas con una consolación rica y perdurable. Oh, amigos redimidos y herederos de Dios: ¡Recordemos la Gloriosa Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo!
Debemos recordarla porque significa:
1. Una misión terminada y
2. Una misión no terminada.
La misión terminada a que nos referimos es la de Cristo. Nuestro Señor nunca hubiera dejado este mundo para ascender a la gloria sin antes haber concluido su misión redentora, recibida del Padre.
Para salvarnos Cristo vino a hacer ciertas obras y a enseñar ciertas verdades. Cristo realizó por completo su misión. Es ahora parte de la historia divina. Los santos evangelistas, entre ellos San Lucas, la han relatado con fidelidad y exactitud por inspiración del Espíritu Santo. En nuestro texto San Lucas habla a Teófilo “de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar”, diciendo que las había escrito en su “primer tratado”, a saber, el Santo Evangelio según San Lucas. Por lo tanto, repasemos brevemente lo que está revelado en el “primer tratado” acerca las obras divinas que hizo nuestro Salvador y de las verdades eternas que enseñó. En los primeros versículos, de su evangelio, San Lucas llama a estas realidades y verdades “las cosas que entre nosotros han sido certísimas, como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron por sus ojos...”
¿Qué es lo que hizo Jesús para desempeñar su misión redentora? Un capítulo tras otro del “primer tratado” relatan cómo Jesús cumplió perfectamente la ley y la voluntad de Dios. Leemos cómo se sometió al rito antiguo de la circuncisión (cap. 2), cómo fue bautizado en el río Jordán, (cap. 3), cómo resistió la tentación en el desierto y los ataques del diablo (cap. 4).
Pero lo que “Jesús comenzó a hacer” se refiere especialmente a su sufrimiento, muerte y resurrección. Antes de poder ser exaltado en su ascensión tuvo que ser bajado en su humillación. Antes de poder ser llevado del monte de los Olivos fue necesario que sudara su sangre a la sombra de aquella misma loma y bajo los árboles de olivo en el huerto de Getsemaní. Antes de poder levantar sus manos para bendecir a sus discípulos fue necesario que esas manos santas fueran horadadas y clavadas en una cruz que fue levantada sobre otra loma cercana, que se llamaba Gólgota. No hay duda de que tuvo que sufrir la muerte más desgraciada que se conoce.
Tuvo que derramar su propia sangre por los pecados del mundo. Tuvo que ser sepultado y cumplir su promesa de resucitar su cuerpo al tercer día. También fue necesario que apareciese a sus discípulos “vivo con muchas pruebas indubitables... por cuarenta días”, como dice nuestro texto. El último capítulo del Evangelio según San Lucas relata algunas de esas apariciones, a saber, su aparición a los discípulos en el camino a Emaús en la tarde del día de la Resurrección.
En esa ocasión aceptó la invitación de ellos a cenar. Luego en esa misma noche apareció a los discípulos y a otros creyentes en Jerusalén en una casa, cuyas puertas estaban cerradas. “Mirad mis manos y pies –dijo- que yo mismo soy, palpad y ved; que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. En seguida, quiso quitar de los asombrados discípulos el último residuo de duda, comiendo algo de un pescado asado y un panal de miel. ¡Pruebas indubitables de su resurrección!
Otra parte importante de la misión redentora de Cristo fue su obra de enseñanza. Tuvo que enseñar antes de ascender ¿Qué enseñó? Cosas relativas al “reino de Dios”, según las palabras de nuestro texto.
Ensenó que su reino no es de este mundo, un reino terrestre, limitado al pueblo o la tierra de los judíos, sino un reino de gracia, un reino de salvación. En el “primer tratado” encontramos algunas declaraciones de Cristo que nos indican cómo se entra en su reino de gracia, es decir, mediante el arrepentimiento y la fe en las promesas del Evangelio. Dijo Jesús: “He venido a llamar a los pecadores al arrepentimiento” Lucas 5:32. Gracias a Dios por habernos dado el Evangelio según San Lucas. Es el único libro que contiene dos hermosas historias, relatadas por Cristo, acerca del arrepentimiento. La primera es la del hijo pródigo, el hijo que vuelve arrepentido a la casa de su padre; el hijo que estaba muerto y había revivido; que se había perdido y había sido hallado. Capítulo 15. La segunda es la del publicano en el templo que “estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: ¡Dios, sé propicio a mí pecador!” Sobre él afirmó Cristo: “Os digo que éste descendió a su casa justificado”. Capítulo 18. Cristo nos presenta estos dos casos como ejemplos de personas que habían hallado la gracia y el perdón de Dios; no así los escribas y los fariseos, cuya religión sólo era exterior. No hay duda de que el Maestro enseñó que para entrar en su reino hay que arrepentirse y aceptar el perdón divino por medio de la fe. “El reino de Dios no vendrá con advertencia; ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios entre vosotros está” Capítulos 17:21-22.
Si bien es cierto que la fe no se ve con los ojos, Jesús no obstante enseñó que los frutos de la fe deben verse mediante el amor que se muestra hacia el prójimo. Por lo tanto, relató otra historia que se halla solamente en el Evangelio según San Lucas: la historia del buen samaritano. Éste, al encontrar a un hombre herido y medio muerto, no “pasó por al lado”, sino que “fue movido a misericordia” y socorrió a aquel pobre hombre, aunque le era desconocido y pertenecía a otra raza. “Ve, y haz tú lo mismo”, dice Jesús a cada uno que oye y lee esta historia. Capítulo 10. Los que son de su reino muestran misericordia y amor.
Al reunimos hoy para conmemorar la gloriosa ascensión de nuestro Señor, es preciso que cada uno se pregunte: “¿Efectivamente me encuentro en el reino de Cristo? ¿Me he arrepentido de todos mis pecados? ¿Los he renunciado y dejado? ¿He aceptado el perdón completo que se me ofrece en la sangre de Cristo? ¿Se manifiesta mi fe en amor hacia el prójimo?" Estas preguntas son urgentes, porque de la respuesta a ellas depende si realmente pertenecemos al reino de Cristo. Tales son las enseñanzas de Jesús. Así como su obra era completa en lo que hacía, asimismo era completa en lo que enseñaba.
Después de terminar su misión redentora, sabe que ha llegado la hora de su gloriosa ascensión a los cielos. Del Monte de los Olivos empieza a ascender, sus manos alzadas en bendición, hasta que una nube le recibe y le quita de los ojos de sus discípulos. En los cielos hay júbilo. Millares de ángeles cantan aleluyas. “Subió Dios con júbilo, Jehová con sonido de trompeta. Cantad a Dios, cantad a nuestro Rey, cantad” Salmo 47: 5. Redimidos somos de la maldición del pecado; vencida es la muerte; abiertas de par en par están las puertas del paraíso. Alabado sea Dios que por su gracia inefable nos salvó a nosotros y a todo el mundo pecador.
II. Pero muchos son los que no saben lo que hizo y enseñó Jesús para la salvación de la humanidad. Ignoran el Evangelio de Cristo. Por eso, hablaremos ahora de otra misión: una misión no terminada, la de nosotros, a saber, nuestro cometido de anunciar el Evangelio a los que no lo poseen. Por lo tanto, recordemos la gloriosa ascensión de nuestro Señor Jesucristo a fin de que por medio de ella encontremos un incentivo para desempeñar con fidelidad nuestra gran misión. Nuestra misión es hacer saber la misión redentora de Cristo.
Jesús no decidió dejar este mundo sin antes comisionar a sus discípulos para realizar la tarea más grande que conoce la historia: “Me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y hasta lo último de la tierra”.
“Me seréis testigos...” Al decir estas palabras Jesús estaba mirando a sus discípulos e incluía a todos, a cada uno de ellos: “Tú, Andrés. Tú, Pedro. Tú, Juan. Tú, Felipe. ¡Me seréis testigos!”
¡Qué incapaces se sintieron! Pero, el Señor que iba a ascender a los cielos y ser glorificado los acompañaría, y por medio de su omnipotencia y el poder del Espíritu Santo estaría siempre cerca de ellos. Les aseguró: “Mas recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros”. Esta promesa se cumplió el domingo de Pentecostés cuando recibieron el Espíritu Santo según se lo había prometido Cristo.
Con cuánto celo cumplieron el encargo de Cristo: “Me seréis testigos” Su celo se manifiesta en el libro de los Hechos de los Apóstoles, libro que se podría llamar el “segundo tratado” de San Lucas. Paso a paso iban los apóstoles por Jerusalén, toda .Toda Samaria y mucho más allá. Con sobresaliente rapidez llevaron el mensaje del Evangelio de un lugar a otro. Predicaron y testificaron de las obras y las enseñanzas de Cristo. Escuchemos a Pedro y a Juan en Jerusalén diciendo: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” Capítulo 4:20. Y no sólo ellos, sino todos “los apóstoles con gran poder daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús” Capítulo 4:33. El joven Esteban selló su testimonio con su muerte y otros perseguidos y “esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra”, Capítulo 8:4 llegando hasta Fenicia, Chipre y Antioquía. Capítulo 11:19. En Cesárea en la casa de Cornelio, un centurión romano pagano, oímos a Pedro confesar a su Salvador: “Nosotros somos testigos de todas las cosas que Cristo hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; al cual mataron, colgándole en un madero. A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase” Capítulo 10:39-40. Verdaderos testigos, éstos, no falsos, como algunos de hoy en día que se llaman testigos, pero que hasta niegan la divinidad de nuestro Señor.
Luego San Pablo, el más grande de los apóstoles, con sus compañeros, entre ellos el evangelista San Lucas, llevaron el Evangelio a los confines del mundo civilizado de aquel entonces. Nos faltaría tiempo para mencionar siquiera los nombres de los lugares a que llegaron por tierra y por mar. Nos causa asombro lo que hicieron en tan poco tiempo; no olvidemos empero que fueron impulsados por el poder de lo alto.
“¡Me seréis testigos!” Amigos y hermanos, estas palabras fueron dirigidas también a nosotros, a los Andreses, los Pedros, los Juanes, las Martas y las Marías de este siglo. Bien dijo un consagrado predicador alemán: “Nuestra Jerusalén está cerca de las puertas de nuestra iglesia ¡y no es una ciudad santa en que vivimos!”
Jesús quiere que todos seamos testigos. Nadie debe considerarse demasiado débil o inepto. El retumbo del Salto del Niágara se puede oír desde muchos kilómetros, pero ese salto se compone de distintas gotas que forman el conjunto. Igualmente el magnífico arco iris, que con sus hermosos colores abraza el horizonte, se compone de pequeñísimas gotas. Así nosotros, no importa cuán insignificantes seamos, con el poder de Dios podemos participar en esparcir la luz gloriosa del Evangelio, la obra más importante y bienaventurada que se conoce.
Y hay urgencia en este asunto. Cada segundo, cada vez que respiramos, algún alma tiene que enfrentarse con su Creador. Al contemplar las multitudes que aquí en nuestra patria y en el mundo entero todavía no conocen el camino de la salvación, debemos vivir el llamamiento divino de testificar de Cristo. Luego de aceptar el Evangelio, cada persona debe comunicar a otros el gozo que ha encontrado. Así como esperamos que la vela dé luz al ser encendida y no hasta que esté medio quemada, asimismo debe empezar inmediatamente a esparcir la luz el que se convierte. “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, gente-santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” 1 Pedro 2: 9.
Anunciad la salvación en Cristo cada vez que tengáis la oportunidad. Jesús es nuestro gran ejemplo. En el Nuevo Testamento leemos de unas veinte entrevistas particulares que tuvo con algunas personas. Hasta en la cruz prometió el paraíso al malhechor arrepentido. Así, cada uno de nosotros debe dar testimonio a otros: al vecino, al compañero de trabajo, a las personas con quienes viajamos.
“¿Qué diremos?” han preguntado algunos cristianos. “¿Cómo empezaremos?” Jesús habló acerca del pan a los hambrientos, del agua a los sedientos, del reposo a los cansados. Ser testigo quiere decir participar a otros lo que hemos oído, visto, gustado, percibido, experimentado. “¡Me seréis testigos!” manda Jesús. “Quiero que digáis a otros qué soy para vosotros, y las bendiciones que por mí han experimentado vuestros corazones”.
No es necesario hablar en términos resonantes. Cierto autor cristiano intituló su libro: “¿Qué Valor Tiene Cristo en tu Vida?” y en lenguaje sencillo y sin afectación expone el valor que tiene Cristo en la vida del creyente. No es necesario altercar y porfiar. Con argumentos obstinados y antagonistas no se ganan almas para Cristo. Basta ser testigos, porque nadie puede resistir al creyente que dice: “Sé lo que creo. Sé que Cristo es mi Salvador. Sé que cuando Jesús vino a mi, recibí perdón, vida y salvación. Sé que por medio del bautismo fui regenerado y hecho heredero de la vida eterna. Sé que mi vida está en las manos de Dios y que ‘todas las cosas me ayudan a bien’. Romanos 8:28. Sé que Jesús siempre está a mi lado para oír mis peticiones y para fortalecerme en momentos de tentación. Sé que al fin, por la gracia de Dios y por la fe, llegaré a las moradas eternas.”
El Espíritu Santo usa tal testimonio para suscitar en el oyente hambre de poseer lo que nosotros poseemos y de creer lo que nosotros creemos. ¡Y qué satisfacción nos da saber que somos los Instrumentos de Cristo para llevar a otros el mensaje de la salvación! ¡Qué satisfacción proporciona todo esto al Señor Jesús, a los ángeles y a nuestro buen pastor!
Si no confesamos a Cristo, vendrá el día cuando lamentaremos una vida malgastada. ¡Pero con qué gozo podemos contemplar una vida verdaderamente útil en la mies del Señor! ¿A cuántas almas hablarás tú acerca de tu fe? Ganar a diez almas es mejor que cinco; ganar a cinco es mejor que una; ganar a una es mejor que ninguna. Todos sin excepción debemos ser testigos. Ésta es nuestra obra no terminada.
Y cada vez que nos desanimamos en esta obra, debemos mirar hacia el cielo y recordar la gloriosa ascensión de nuestro Señor Jesucristo, recordar su comisión, recordar la promesa que hizo de enviar el Espíritu Santo: recordar que el tiempo es muy breve. “Porque aun un poquito, y el que ha de venir vendrá y no tardará” Hebreos 10:37. Está para cumplirse la promesa de los ángeles a los discípulos en el monte de los Olivos: “Este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Parece que cada segundo que pasa nos dice lo siguiente: “así vendrá... así vendrá... así vendré”. Los cielos están por abrirse y el Hijo del hombre está por aparecer con todos sus santos ángeles. “El fin de todas las cosas se acerca…” 1 Pedro 4:7. Todas las señales de los tiempos proclaman el fin. ¿Qué lo detiene? Sólo el hecho de que en esta undécima hora hay todavía muchas almas que necesitan ser sacadas como tizones del fuego (Amos 4:11). Utilicemos todos los medios a nuestro alcance y hagamos un último esfuerzo por cubrir la tierra con el mensaje de la salvación, porque ha de cumplirse la siguiente profecía de Cristo: “Será predicado este evangelio del reino en todo el mundo por testimonio a todos los gentiles; y entonces vendrá el fin” San Mateo 24:14. Amén.
Bernardo J. Pankow
Adaptado: Gustavo Lavia
sábado, 17 de abril de 2010
2º Domingo después de Resurrección.
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a
La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Estamos en el de tiempo de Pascua de resurrección, que se extiende hasta Pentecostés. La palabra hebrea Pascha tiene el significado de Pasar (por alto o de largo), y rememora la preservación de la vida de los primogénitos judíos en la décima plaga en Egipto Aquí la iglesia cristiana medita sobre la implicancia de la muerte y resurrección de Cristo en la vida de los seres humanos que creen en Él. Se conmemora que Cristo liberó al mundo de la esclavitud del pecado y de la muerte. Esta fiesta se celebra hasta el domingo de Pentecostés.
“El Buen Pastor Conoce sus Ovejas”
Textos del Día:
Primera Lección: Ezequiel 34:11-16
Segunda Lección: 1 Pedro 2:21-25
El Evangelio: Juan 10:11-16
Juan 10:11-16 11 Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. 12 Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. 13 Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas. 14 Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, 15 así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. 16 También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.
Sermón
Hace tiempo, cierto estudiante preguntó a un conocido filósofo:
“¿A cuál de los animales se parece más el ser humano?”
A esto le contestó el filósofo: “Pues, a la oveja.”
“¿A la oveja? Yo pensé que era al gorila. ¿Por qué a la oveja?”
“Bueno”, siguió el filósofo, “los dos son tontos y estúpidos, tanto el hombre como la oveja. Los dos tienen que ser vigilados cuidadosamente; porque si no, se enredan fácilmente. Los dos son fáciles de engañar y de alejar de lo bueno. Y los dos, después de salir de grandes peligros, vuelven a buscar los mismos peligros.”
Estemos de acuerdo o no con dicho filósofo, la Biblia misma nos compara con la oveja por razones parecidas, presentándonos en este cuadro tres personajes más: a Cristo, el Buen Pastor; al diablo, o el lobo; y al falso profeta, o el asalariado.
Hoy es el Domingo “Misericordias Domini”, que significa: “La misericordia del Señor”. Recibe su nombre latino del introito del día, el cual (basado en el Salmo 33) dice: “De la misericordia de Jehová está llena la tierra”. El evangelio de este mismo día, la historia del Buen Pastor, nos describe fielmente la bondad y el amor del Señor. En el texto que acabamos de leer, tenemos elocuente ejemplo de la misericordia de Jehová especialmente en las palabras del versículo 14: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen”.
He aquí, pues, el tema del mensaje de hoy: El buen pastor conoce sus ovejas.
¡Él nos conoce! Así como un padre conoce a su hijo, asimismo nos conoce Cristo. Aun nuestros padres no nos conocen del todo. Hay cosas en tu vida que te darían pena confesarlas a tu padre terrenal. “¡Espero que no se entere mi padre!” habrás pensado más de una vez en tu vida. ¡Pero Cristo te conoce mejor que tú mismo padre!
É1 conoce, en primer lugar, tus necesidades y debilidades espirituales.
La mayor debilidad de la oveja es que se extravía con facilidad. Se aparta fácilmente del rebaño y se descarría. Tiene los ojos puestos en el suelo, en la hierba que la rodea; no alza los ojos para mirar hacia dónde va. Sin darse cuenta, se aleja.
Es por esta razón que Cristo nos compara con la oveja. É1 conoce nuestra mayor debilidad; nos extraviamos fácilmente. Nos apartamos de Él y empezamos a vagar. Tenemos los ojos puestos en las cosas de este mundo; pocas veces los alzamos hacia el cielo. Al interesarnos tanto por las cosas pasajeras de esta vida, olvidamos a menudo las cosas eternas. Y por tanto, vamos apartándonos y entramos por el camino del pecado.
A los grandes puertos comerciales de diferentes países llegan marineros de todas partes del mundo. Los marineros por lo regular reciben dos o tres días de permiso para ir a tierra. Al pisar tierra, lo primero que a algunos les interesa son los muchos bares, cabarets, o casas de mal vivir.
Hay quien entra en uno de esos lugares y se queda allí varios días. Según nos cuenta cierto capitán, hay marineros que regresan al barco enfermos, sin dinero y sin fuerza moral.
Quizás digas: “Pero, yo no soy así. Mi familia no puede avergonzarse de mi comportamiento, porque nunca me meto en cosas malas. Soy una persona decente”.
¡Bien! En los ojos de los hombres que no te conocen íntimamente, serás buena persona. Cristo empero nos conoce mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos. Él ve todo lo feo que llevamos adentro: el orgullo, la arrogancia, la avaricia, los malos pensamientos, el odio, la envidia, todo eso lo ve. Y cuando decimos una mentira, o blasfemamos contra Él, o maldecimos, o somos respondones a los padres, o peleamos sin razón, todo eso lo oye. Cuando somos culpables de una acción fea, cuando damos la espalda a la iglesia, cuando engañamos al prójimo, todo eso lo sabe.
Nacemos con una naturaleza espiritualmente corrupta. Por eso es tan fácil apartarnos del Buen Pastor. Y el diablo, a quien Cristo llama el lobo, contribuye a este alejamiento.
El diablo adorna lo malo de un atractivo especial y a lo bueno hace aparecer repulsivo. Por ejemplo, a la inmoralidad la viste a veces de “hombría”.
El matrimonio en sí no es malo. Al contrario, es una institución divina. El Creador mandó que el marido y la mujer tuvieran hijos.
Pero el diablo se opone a la voluntad de Dios. Hace creer al hombre que no necesita limitarse por el matrimonio, que no necesita guardarse puro para su mujer, que debe serle infiel para demostrar que es hombre. Así el diablo le convence de que debe ser inmoral para probar que es hombre. En realidad, lo que hace es demostrar ser animal.
Y a lo bueno, el diablo hace aparecer repulsivo. En varios países es raro que los hombres asistan a la iglesia porque el diablo los hace creer que haciéndolo, se rebajan. Los hace cobardes. Los hace temer la crítica de sus compañeros. Hay quien piensa de esta forma: “Adorar al Creador y al Redentor del mundo, eso es para las mujeres. Entonar himnos al que murió por nosotros, ¡que lo hagan los niños! Luchar por extender el reino de Dios en la tierra, eso es trabajo para ancianas y viudas. Yo soy hombre”. Lo que debía de decir tal persona es: “Sinceramente, soy cobarde. Soy esclavo del diablo. Tengo miedo de ponerme públicamente al lado de las ovejas del Señor”.
Estas y otras muchas debilidades espirituales las conoce perfectamente el Buen Pastor. Pero también conoce al lobo, al diablo, que quiere alejarnos del rebaño y llevarnos a la condenación eterna. Contra él luchó y lo venció. El diablo logró que crucificaran a Cristo. Pero esa misma derrota fue también una victoria. Porque así, Cristo pagó el precio de nuestras rebeliones y nos reconcilió con su Padre celestial. Y el Padre le resucitó de entre los muertos, le sentó a su diestra en el cielo; y ahora rige y gobierna y llena el universo entero. Si estamos cerca del Buen Pastor, el diablo no se atreve a dañarnos. Pero si nos alejamos de Él, el diablo nos vence fácilmente; nos lleva a la perdición. Sigamos, pues, fieles al rebaño del Salvador.
II Él Buen Pastor conoce, en segundo lugar, tus necesidades y debilidades físicas.
El Salvador no ha olvidado que nuestro cuerpo tiene necesidades. Isaías promete que el Señor “apacentará como pastor a su rebaño; en su brazo cogerá los corderos, y en su seno los llevará” (40:11).
Algunas religiones enseñan ideas ridículas en cuanto a las necesidades físicas del ser humano. Afirman que todo lo material es de por sí malo, que el alma es prisionera del cuerpo y que remediar lo que el cuerpo necesita es siempre malo. “Castiguemos el cuerpo para mejorar el alma”, dicen. “Cuanto más pobre y miserable eres, tanto más te amará Dios”, declaran.
Ahora bien, Dios nos creó con ciertas necesidades físicas, que estamos en la obligación de remediar. Es nuestro deber trabajar para tener el dinero necesario para subsistir. Con el dinero vivimos. Con el dinero podemos hacer mucho bien. El creyente que gana bastante dinero, tiene en sus manos un poder para servir a Dios y al prójimo. Todos los días debemos pedir al Buen Pastor: “Ayúdame a ganar dinero, pues quiero sostener mi familia, socorrer al necesitado y contribuir a la extensión de tu reino en la tierra”.
El dinero de por sí no es ni bueno ni malo. La manera como lo ganamos y la forma en que lo usamos determinan la parte buena o mala. Ganarlo honradamente, usar una cantidad para la obra de Dios es fin que persigue todo verdadero creyente.
Pero desgraciadamente, hay quienes ganan su dinero empleando medios que deshonran el nombre de Cristo. El comerciante que se lleva los clientes de otro por medio de la calumnia o el desprestigio, no debe considerarse parte del rebaño del Señor.
Otros gastan su dinero en cosas que deshonran el nombre de Jesús el Buen Pastor. Lo usan para lucirse, para agradar a su propia vanidad, para satisfacer las pasiones bajas.
Hay cosas que el dinero no puede comprar: ni el cielo, ni la reconciliación con Dios, ni una buena conciencia delante de Él. Y los que viven del dinero que lleva la mancha del pecado no tienen tranquilidad. Sobre ellos, así como sobre Judas, el dinero que lleva la mancha del pecado trae la ira del Padre celestial y el desesperar de la misericordia divina.
Ganemos honradamente lo poco y lo mucho; hagamos planes por aumentar siempre nuestros ingresos y después, dejemos el resultado al Buen Pastor, que dijo:
“No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer, o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo; no siembran, ni siegan, ni allegan en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? Además, ¿quién de vosotros puede, por mucho que se afane, prolongar su vida? En cuanto al vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; más os digo, que ni aun Salomón, en todo su esplendor, vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo que hoy es, y mañana la echan en el horno, Dios la viste así, ¿no lo hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? Por tanto, no os afanéis, diciendo: “¿Qué hemos de comer?” o “¿qué hemos de beber?” o “¿con qué nos hemos de vestir?”' Porque en busca de todas estas cosas van los gentiles y vuestro Padre celestial sabe que de todas ellas tenéis necesidad. Mas buscad primeramente el reino y la justicia de Dios, y todas estas cosas os serán dadas por añadidura." (Mateo 6:25-33.)
El Buen Pastor conoce las necesidades y debilidades físicas de sus ovejas y promete remediarlas con buenos pastos.
El Buen Pastor conoce, en tercer lugar, tus necesidades y debilidades de orden sentimental.
El Buen Pastor no sólo conoce tus necesidades espirituales y físicas, sino que también conoce, en tercer lugar, tus necesidades y debilidades de orden sentimental.
Hace pocos años, los doctores Liddel y Moore, dos científicos norteamericanos, hicieron un experimento muy interesante. Seleccionaron varias ovejas y a cada una, en una pierna trasera, le amarraron un alambre fino. A cada rato, le pasaban por el alambre una corriente eléctrica muy débil. Era tan baja la carga eléctrica, que apenas se sentía. Movían un poco la pierna y seguían comiendo. Después de pocos días, los científicos iniciaron una segunda fase del experimento: tocaron una campanilla antes de poner la corriente eléctrica. Ya las ovejas se molestaron más; pero después de un momento, seguían comiendo otra vez. Pasadas varias semanas, las pequeñas pero constantes molestias afectaron la digestión de la comida. Ya las ovejas perdieron las ganas de comer. Se debilitaron. Con el tiempo, prefirieron sentarse en vez de caminar. Por fin, enfermaron por completo. Y si los científicos hubieran seguido el experimento, las ovejas habrían muerto. Las pequeñas pero constantes molestias afectaron el cuerpo de cada oveja, además de su cerebro y su estado de ánimo.
Así sucede con nosotros. Las preocupaciones de la vida moderna, las pequeñas molestias, los temores insignificantes, el correr para acá y para allá de cada día, van afectando el cuerpo, el cerebro y todo nuestro estado de ánimo.
El Dr. Schindler, Director de la Clínica Monroe de Wisconsin, EE. UU., afirma que el ochenta y cinco por ciento de los dolores que sentimos en el pecho, en el cuello, o en la sección posterior de la cabeza, se deben a las pequeñas ansiedades, preocupaciones y molestias que sufrimos. Los músculos se contraen y se inflaman, lo que resulta en reumatismo de los músculos.
Cuando nos enojamos, se cierra la salida del estómago y la comida se aprisiona allí. Como resultado, se trastorna la elaboración de los alimentos. La presión sube de su condición normal de unos 130 hasta llegar a unos 230. En vez de palpitar unas ochenta veces por minuto, el corazón palpita a una velocidad dos veces más rápida; por tanto, la sangre tiende a coagularse dentro de las arterias, produciendo dolores y hasta daño al corazón. Cuando la ira es demasiado violenta, puede causar la muerte.
Gran parte de nuestros problemas son de orden sentimental. ¿Cómo podemos, pues, resolver las dificultades íntimas de nuestro ser?
Primero, debemos recordar que el Buen Pastor las conoce todas. Él experimentó una ira violenta cuando vio el templo convertido en casa de comercio y cueva de ladrones. Él sintió las espinas de la censura cuando los enemigos le llamaron: “bebedor de vino”, “el que pervierte la nación”. La tristeza, la desilusión, la traición: todo esto lo sintió personalmente.
Segundo, debemos ver en el Buen Pastor el Dios omnipotente que declara: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”. Él salvó nuestra alma. Él cuida nuestro cuerpo. Él calma nuestros sentimientos. Cuando vienen los trastornos, grandes o pequeños, pensemos en el Buen Pastor. Imaginémonos que somos como un cordero en sus poderosos brazos. Allí estamos tranquilos, seguros, cómodos.
Federico Pankow. Pulpito Cristiano.
Adaptado: Pastor Gustavo Lavia
La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Estamos en el de tiempo de Pascua de resurrección, que se extiende hasta Pentecostés. La palabra hebrea Pascha tiene el significado de Pasar (por alto o de largo), y rememora la preservación de la vida de los primogénitos judíos en la décima plaga en Egipto Aquí la iglesia cristiana medita sobre la implicancia de la muerte y resurrección de Cristo en la vida de los seres humanos que creen en Él. Se conmemora que Cristo liberó al mundo de la esclavitud del pecado y de la muerte. Esta fiesta se celebra hasta el domingo de Pentecostés.
“El Buen Pastor Conoce sus Ovejas”
Textos del Día:
Primera Lección: Ezequiel 34:11-16
Segunda Lección: 1 Pedro 2:21-25
El Evangelio: Juan 10:11-16
Juan 10:11-16 11 Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. 12 Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. 13 Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas. 14 Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, 15 así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. 16 También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.
Sermón
Hace tiempo, cierto estudiante preguntó a un conocido filósofo:
“¿A cuál de los animales se parece más el ser humano?”
A esto le contestó el filósofo: “Pues, a la oveja.”
“¿A la oveja? Yo pensé que era al gorila. ¿Por qué a la oveja?”
“Bueno”, siguió el filósofo, “los dos son tontos y estúpidos, tanto el hombre como la oveja. Los dos tienen que ser vigilados cuidadosamente; porque si no, se enredan fácilmente. Los dos son fáciles de engañar y de alejar de lo bueno. Y los dos, después de salir de grandes peligros, vuelven a buscar los mismos peligros.”
Estemos de acuerdo o no con dicho filósofo, la Biblia misma nos compara con la oveja por razones parecidas, presentándonos en este cuadro tres personajes más: a Cristo, el Buen Pastor; al diablo, o el lobo; y al falso profeta, o el asalariado.
Hoy es el Domingo “Misericordias Domini”, que significa: “La misericordia del Señor”. Recibe su nombre latino del introito del día, el cual (basado en el Salmo 33) dice: “De la misericordia de Jehová está llena la tierra”. El evangelio de este mismo día, la historia del Buen Pastor, nos describe fielmente la bondad y el amor del Señor. En el texto que acabamos de leer, tenemos elocuente ejemplo de la misericordia de Jehová especialmente en las palabras del versículo 14: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen”.
He aquí, pues, el tema del mensaje de hoy: El buen pastor conoce sus ovejas.
¡Él nos conoce! Así como un padre conoce a su hijo, asimismo nos conoce Cristo. Aun nuestros padres no nos conocen del todo. Hay cosas en tu vida que te darían pena confesarlas a tu padre terrenal. “¡Espero que no se entere mi padre!” habrás pensado más de una vez en tu vida. ¡Pero Cristo te conoce mejor que tú mismo padre!
É1 conoce, en primer lugar, tus necesidades y debilidades espirituales.
La mayor debilidad de la oveja es que se extravía con facilidad. Se aparta fácilmente del rebaño y se descarría. Tiene los ojos puestos en el suelo, en la hierba que la rodea; no alza los ojos para mirar hacia dónde va. Sin darse cuenta, se aleja.
Es por esta razón que Cristo nos compara con la oveja. É1 conoce nuestra mayor debilidad; nos extraviamos fácilmente. Nos apartamos de Él y empezamos a vagar. Tenemos los ojos puestos en las cosas de este mundo; pocas veces los alzamos hacia el cielo. Al interesarnos tanto por las cosas pasajeras de esta vida, olvidamos a menudo las cosas eternas. Y por tanto, vamos apartándonos y entramos por el camino del pecado.
A los grandes puertos comerciales de diferentes países llegan marineros de todas partes del mundo. Los marineros por lo regular reciben dos o tres días de permiso para ir a tierra. Al pisar tierra, lo primero que a algunos les interesa son los muchos bares, cabarets, o casas de mal vivir.
Hay quien entra en uno de esos lugares y se queda allí varios días. Según nos cuenta cierto capitán, hay marineros que regresan al barco enfermos, sin dinero y sin fuerza moral.
Quizás digas: “Pero, yo no soy así. Mi familia no puede avergonzarse de mi comportamiento, porque nunca me meto en cosas malas. Soy una persona decente”.
¡Bien! En los ojos de los hombres que no te conocen íntimamente, serás buena persona. Cristo empero nos conoce mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos. Él ve todo lo feo que llevamos adentro: el orgullo, la arrogancia, la avaricia, los malos pensamientos, el odio, la envidia, todo eso lo ve. Y cuando decimos una mentira, o blasfemamos contra Él, o maldecimos, o somos respondones a los padres, o peleamos sin razón, todo eso lo oye. Cuando somos culpables de una acción fea, cuando damos la espalda a la iglesia, cuando engañamos al prójimo, todo eso lo sabe.
Nacemos con una naturaleza espiritualmente corrupta. Por eso es tan fácil apartarnos del Buen Pastor. Y el diablo, a quien Cristo llama el lobo, contribuye a este alejamiento.
El diablo adorna lo malo de un atractivo especial y a lo bueno hace aparecer repulsivo. Por ejemplo, a la inmoralidad la viste a veces de “hombría”.
El matrimonio en sí no es malo. Al contrario, es una institución divina. El Creador mandó que el marido y la mujer tuvieran hijos.
Pero el diablo se opone a la voluntad de Dios. Hace creer al hombre que no necesita limitarse por el matrimonio, que no necesita guardarse puro para su mujer, que debe serle infiel para demostrar que es hombre. Así el diablo le convence de que debe ser inmoral para probar que es hombre. En realidad, lo que hace es demostrar ser animal.
Y a lo bueno, el diablo hace aparecer repulsivo. En varios países es raro que los hombres asistan a la iglesia porque el diablo los hace creer que haciéndolo, se rebajan. Los hace cobardes. Los hace temer la crítica de sus compañeros. Hay quien piensa de esta forma: “Adorar al Creador y al Redentor del mundo, eso es para las mujeres. Entonar himnos al que murió por nosotros, ¡que lo hagan los niños! Luchar por extender el reino de Dios en la tierra, eso es trabajo para ancianas y viudas. Yo soy hombre”. Lo que debía de decir tal persona es: “Sinceramente, soy cobarde. Soy esclavo del diablo. Tengo miedo de ponerme públicamente al lado de las ovejas del Señor”.
Estas y otras muchas debilidades espirituales las conoce perfectamente el Buen Pastor. Pero también conoce al lobo, al diablo, que quiere alejarnos del rebaño y llevarnos a la condenación eterna. Contra él luchó y lo venció. El diablo logró que crucificaran a Cristo. Pero esa misma derrota fue también una victoria. Porque así, Cristo pagó el precio de nuestras rebeliones y nos reconcilió con su Padre celestial. Y el Padre le resucitó de entre los muertos, le sentó a su diestra en el cielo; y ahora rige y gobierna y llena el universo entero. Si estamos cerca del Buen Pastor, el diablo no se atreve a dañarnos. Pero si nos alejamos de Él, el diablo nos vence fácilmente; nos lleva a la perdición. Sigamos, pues, fieles al rebaño del Salvador.
II Él Buen Pastor conoce, en segundo lugar, tus necesidades y debilidades físicas.
El Salvador no ha olvidado que nuestro cuerpo tiene necesidades. Isaías promete que el Señor “apacentará como pastor a su rebaño; en su brazo cogerá los corderos, y en su seno los llevará” (40:11).
Algunas religiones enseñan ideas ridículas en cuanto a las necesidades físicas del ser humano. Afirman que todo lo material es de por sí malo, que el alma es prisionera del cuerpo y que remediar lo que el cuerpo necesita es siempre malo. “Castiguemos el cuerpo para mejorar el alma”, dicen. “Cuanto más pobre y miserable eres, tanto más te amará Dios”, declaran.
Ahora bien, Dios nos creó con ciertas necesidades físicas, que estamos en la obligación de remediar. Es nuestro deber trabajar para tener el dinero necesario para subsistir. Con el dinero vivimos. Con el dinero podemos hacer mucho bien. El creyente que gana bastante dinero, tiene en sus manos un poder para servir a Dios y al prójimo. Todos los días debemos pedir al Buen Pastor: “Ayúdame a ganar dinero, pues quiero sostener mi familia, socorrer al necesitado y contribuir a la extensión de tu reino en la tierra”.
El dinero de por sí no es ni bueno ni malo. La manera como lo ganamos y la forma en que lo usamos determinan la parte buena o mala. Ganarlo honradamente, usar una cantidad para la obra de Dios es fin que persigue todo verdadero creyente.
Pero desgraciadamente, hay quienes ganan su dinero empleando medios que deshonran el nombre de Cristo. El comerciante que se lleva los clientes de otro por medio de la calumnia o el desprestigio, no debe considerarse parte del rebaño del Señor.
Otros gastan su dinero en cosas que deshonran el nombre de Jesús el Buen Pastor. Lo usan para lucirse, para agradar a su propia vanidad, para satisfacer las pasiones bajas.
Hay cosas que el dinero no puede comprar: ni el cielo, ni la reconciliación con Dios, ni una buena conciencia delante de Él. Y los que viven del dinero que lleva la mancha del pecado no tienen tranquilidad. Sobre ellos, así como sobre Judas, el dinero que lleva la mancha del pecado trae la ira del Padre celestial y el desesperar de la misericordia divina.
Ganemos honradamente lo poco y lo mucho; hagamos planes por aumentar siempre nuestros ingresos y después, dejemos el resultado al Buen Pastor, que dijo:
“No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer, o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo; no siembran, ni siegan, ni allegan en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? Además, ¿quién de vosotros puede, por mucho que se afane, prolongar su vida? En cuanto al vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; más os digo, que ni aun Salomón, en todo su esplendor, vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo que hoy es, y mañana la echan en el horno, Dios la viste así, ¿no lo hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? Por tanto, no os afanéis, diciendo: “¿Qué hemos de comer?” o “¿qué hemos de beber?” o “¿con qué nos hemos de vestir?”' Porque en busca de todas estas cosas van los gentiles y vuestro Padre celestial sabe que de todas ellas tenéis necesidad. Mas buscad primeramente el reino y la justicia de Dios, y todas estas cosas os serán dadas por añadidura." (Mateo 6:25-33.)
El Buen Pastor conoce las necesidades y debilidades físicas de sus ovejas y promete remediarlas con buenos pastos.
El Buen Pastor conoce, en tercer lugar, tus necesidades y debilidades de orden sentimental.
El Buen Pastor no sólo conoce tus necesidades espirituales y físicas, sino que también conoce, en tercer lugar, tus necesidades y debilidades de orden sentimental.
Hace pocos años, los doctores Liddel y Moore, dos científicos norteamericanos, hicieron un experimento muy interesante. Seleccionaron varias ovejas y a cada una, en una pierna trasera, le amarraron un alambre fino. A cada rato, le pasaban por el alambre una corriente eléctrica muy débil. Era tan baja la carga eléctrica, que apenas se sentía. Movían un poco la pierna y seguían comiendo. Después de pocos días, los científicos iniciaron una segunda fase del experimento: tocaron una campanilla antes de poner la corriente eléctrica. Ya las ovejas se molestaron más; pero después de un momento, seguían comiendo otra vez. Pasadas varias semanas, las pequeñas pero constantes molestias afectaron la digestión de la comida. Ya las ovejas perdieron las ganas de comer. Se debilitaron. Con el tiempo, prefirieron sentarse en vez de caminar. Por fin, enfermaron por completo. Y si los científicos hubieran seguido el experimento, las ovejas habrían muerto. Las pequeñas pero constantes molestias afectaron el cuerpo de cada oveja, además de su cerebro y su estado de ánimo.
Así sucede con nosotros. Las preocupaciones de la vida moderna, las pequeñas molestias, los temores insignificantes, el correr para acá y para allá de cada día, van afectando el cuerpo, el cerebro y todo nuestro estado de ánimo.
El Dr. Schindler, Director de la Clínica Monroe de Wisconsin, EE. UU., afirma que el ochenta y cinco por ciento de los dolores que sentimos en el pecho, en el cuello, o en la sección posterior de la cabeza, se deben a las pequeñas ansiedades, preocupaciones y molestias que sufrimos. Los músculos se contraen y se inflaman, lo que resulta en reumatismo de los músculos.
Cuando nos enojamos, se cierra la salida del estómago y la comida se aprisiona allí. Como resultado, se trastorna la elaboración de los alimentos. La presión sube de su condición normal de unos 130 hasta llegar a unos 230. En vez de palpitar unas ochenta veces por minuto, el corazón palpita a una velocidad dos veces más rápida; por tanto, la sangre tiende a coagularse dentro de las arterias, produciendo dolores y hasta daño al corazón. Cuando la ira es demasiado violenta, puede causar la muerte.
Gran parte de nuestros problemas son de orden sentimental. ¿Cómo podemos, pues, resolver las dificultades íntimas de nuestro ser?
Primero, debemos recordar que el Buen Pastor las conoce todas. Él experimentó una ira violenta cuando vio el templo convertido en casa de comercio y cueva de ladrones. Él sintió las espinas de la censura cuando los enemigos le llamaron: “bebedor de vino”, “el que pervierte la nación”. La tristeza, la desilusión, la traición: todo esto lo sintió personalmente.
Segundo, debemos ver en el Buen Pastor el Dios omnipotente que declara: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”. Él salvó nuestra alma. Él cuida nuestro cuerpo. Él calma nuestros sentimientos. Cuando vienen los trastornos, grandes o pequeños, pensemos en el Buen Pastor. Imaginémonos que somos como un cordero en sus poderosos brazos. Allí estamos tranquilos, seguros, cómodos.
Federico Pankow. Pulpito Cristiano.
Adaptado: Pastor Gustavo Lavia
Suscribirse a:
Entradas (Atom)