domingo, 16 de enero de 2011

2º Domingo después de Epifanía.


“¡HE AQUÍ EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO!”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Isaías 49: 1-6

La Epístola: 1 Corintios 1:1-9

El Evangelio: Juan 1:29-41

Sermón

INTRODUCCIÓN:

¿Qué buscáis? ¿Felicidad, comodidad? ¿Tener mucho dinero y un buen trabajo? ¿Tener un buen futuro? ¿Ser aceptado y popular entre amigos, vecinos y compañeros de trabajo? ¿Muchos hobbies con ocio y dinero para desarrollarlos? ¿Un buen retiro con muchos medios y salud para disfrutarlo? ¿Qué estás buscando en la vida? ¿Qué estás intentando encontrar? ¿Tienes grandes sueños y proyectos o te conformas con que pasen los días del modo más benigno posible?

En el versículo 38 del Evangelio de hoy, Jesús se vuelve a los discípulos y les hace una pregunta: ¿Qué buscáis? Fijaros que no les pregunta ¿A quién buscáis? Jesús nos hace una pregunta más profunda que simplemente ¿A quién buscáis? Si nos preguntara ¿A quién buscáis?, podríamos contestar con una cierta pretensión piadosa: A Dios o a Jesús. Pero la pregunta ¿Qué buscáis? Tiene que ver con aquello de ¿Qué es lo que más anhelas en la vida? ¿A qué es a lo que más tiempo y dinero dedicas? ¿Qué es lo que buscas como quien busca un tesoro?.... A esta pregunta no podemos contestar con palabras que suenen piadosas o religiosas. Esta pregunta deja bien al descubierto nuestra búsqueda y deseo de bienes y cosas meramente terrenales y efímeras por delante de Dios. Nos pone en evidencia por lo que somos: pecadores que no quieren que Dios sea lo primero en sus vidas no sea que se nos complique demasiado la existencia. Pero esta pregunta también deja al descubierto lo que realmente necesitamos cuando constatamos lo alejados de Dios que estamos. A pesar de todas las apariencias, no tenemos una necesidad vital de dinero, comodidad, diversión, etc, etc… lo que realmente necesitamos es el perdón de los pecados, lo que verdaderamente necesitamos es que nos quiten de encima nuestros pecados e iniquidades. Esto es lo que el Bautista señaló a sus discípulos y lo que nos señala hoy a ti y a mí. Solamente Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

A-EL TESTIMONIO DEL BAUTISTA NOS INTERPELA PARA QUE ESCUCHEMOS Y CREAMOS

1¿Cuál era el testimonio del Bautista?

Si hubiéramos conocido al Bautista en persona no nos hubiese dejado indiferentes. Sus vestiduras de pelo de camello, su cinturón, su dieta: langostas (no marítimas) y miel silvestre. Su salida del desierto para predicar. Sus valientes diatribas contra fariseos y escribas, llamándoles “raza de víboras”. Imaginaros un predicador equivalente hoy día. No es de extrañar que la gente fuera a oírle, incluso sencillos pescadores como Simón, Andrés, Santiago y Juan. Por encima de todo esto, el Bautista conocía su misión, su vocación que no era otra que la de dar testimonio, en sus predicaciones y ministerio. Su testimonio ha quedado grabado en la Escritura pero también en ese CD maravilloso que tenemos los cristianos y que llamamos liturgia: CORDERO DE DIOS QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO, TEN PIEDAD DE NOSOTROS o SEÑOR DIOS, CORDERO DE DIOS, HIJO DEL PADRE, etc., Cuando el Bautista ve a Jesús dice en términos inequívocos: HE AQUÍ EL CORDERO DE DIOS.

2-¿Por qué debemos escuchar a Juan y creer su testimonio?

Pues porque el mismo dice en el versículo 31 “Y yo no le conocía, para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando en agua”. Es decir Juan no sabía que Jesús de Nazaret era el Mesías, el Cordero de Dios. Jesús era su pariente, es cierto, pero Juan no sabía su misión y ministerio hasta que comenzó a bautizar y Jesús se presentó para ser bautizado. No era por tanto una opinión personal del Bautista sino como vemos en los versículos 32 y 33, Dios mismo se lo había indicado con meridiana claridad cuando comprobó que el Espíritu Santo descendía y permanecía en Jesús. El testimonio del Bautista viene directamente de Dios, por ese motivo lo creemos.

3- ¿Qué tenemos que creer?

Juan da testimonio de que este hombre: Jesús de Nazaret, nacido en Belén y criado en Nazaret es nada menos que el Hijo de Dios. Nacido en el tiempo, su origen es eterno porque es Jehová mismo visitando a su pueblo, solamente así se pueden entender las palabras del versículo 30 “Después de mi viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo”. Este hombre es Dios eterno, Dios de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos y que además se hizo hombre, se hizo siervo para ser el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Este es el contenido del testimonio de Juan el Bautista: Jesús es Dios humanado, Hijo del Padre y Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Para los judíos y para nosotros cristianos ese nombre, Cordero de Dios, recuerda los innumerables sacrificios del Antiguo Testamento donde se derramaba la sangre del cordero para pagar por los pecados. Jesús es el inocente Cordero sin mancha, sin pecado, sin culpa, que es sacrificado para quitar nuestros pecados. Dios mismo en la persona de Jesús se hace el Cordero del sacrificio para pagar por tus pecados y los míos, para dar la solución definitiva a lo que de verdad necesitamos por encima de todo: que nos quieten nuestros pecados como si nunca los hubiéramos cometido. Podemos confesar con toda propiedad que el sacrificio de Dios nos limpia de todo pecado.

B –Andrés invita a otros a ir y conocer a Jesús.

1-¿Qué nos enseña Andrés?

Andrés, hermano de Simón- Pedro y el otro discípulo, probablemente el escritor de este Evangelio, Juan, habían sido discípulos del Bautista y cuando éste les mostró a Jesús, se unieron a Él. Las palabras de Jesús fueron activas y eficaces hasta el punto que Andrés le dijo al encontrarse con su hermano Simón “hemos hallado al Mesías”. No le dice nada que suene a duda. “He conocido a un hombre que anda diciendo que es el mesías” o cosas por el estilo. Andrés después de haber hablado y conocido a Jesús no tiene la menor duda de que es el Mesías. La palabra de Jesús había encendido su fe, su buena nueva le había dado la certeza de que sus pecados habían sido quitados y por eso dice a su hermano “hemos hallado al Mesías” y nos dice la Palabra que “le trajo a Jesús”. Andrés no hace nada más que lo que es “natural” en todo cristiano que se ha encontrado con su Salvador: contárselo a sus allegados, a sus amigos y llevarles a los pies del Salvador. El cristiano tiene esa especie de necesidad de contar lo que tiene en Jesús y guiar a sus seres queridos a Él. Toda lectura o estudio de la Palabra, todo sermón, toda Santa Cena en la que has participado es un encuentro con tu Mesías

2- ¿Cómo podemos dar testimonio de Jesús con nuestras palabras y acciones?

No son nuestras dotes de convicción, nuestros largos sermones o discusiones aunque en algunos casos puedan ser positivos. Lo que realmente va a mover a nuestro prójimo a venir a Jesús es Jesús mismo con su Palabra. Por eso es tan importante hacer que aquellos a los que queremos decir “he hallado al Mesías” los pongamos en contacto con su Palabra, usando todo medio posible: reuniones informales, conversaciones de café, medios audiovisuales, etc. Sin olvidar que para nosotros el modo más eficaz de rodear a nuestros allegados y amigos de la Palabra y la presencia de Jesús es el oficio divino.

Muchas veces no queremos hablar de Jesús con nadie porque pensamos que el testimonio de nuestra vida no es “perfecto” o “ejemplar”; pero ése es precisamente el tema: somos pecadores imperfectos que acudimos diariamente a los pies del Cordero de Dios para que nos quite nuestro pecado. No tengas miedo de tus fracasos o debilidades a la hora de hablar a otros, simplemente confía en tu Salvador que quita todos tus pecados e imperfecciones.

CONCLUSION

Lo que realmente necesitamos es el perdón de nuestros pecados, miserias, flaquezas y debilidades. El mundo, el demonio y nuestra carne nos hacen creer que necesitamos otras cosas, que otras cosas son importantes. El hecho de que Dios el Hijo se haya encarnado y se haya hecho el Cordero de Dios para quitarnos nuestros pecados como Juan el Bautista nos testifica hoy, nos indica con toda seguridad cual es nuestra máxima necesidad. Vive gozoso en ese perdón, Vive confiado en Jesús.

SEÑOR DIOS, CORDERO DE DIOS, QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO, TEN PIEDAD DE NOSOTROS.

Javier Sanchez Ruiz.

sábado, 8 de enero de 2011

1º Domingo después de Epifanía.


“¡Bautismo: Regenerados, renovados y revestidos en Cristo!”

Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Lección: Isaías 42.1-7
La Epístola: Hechos 10:34-38
El Evangelio: San Mateo 3.13-17
Sermón
Introducción

Los cristianos asociamos el hecho del bautismo a un momento importante de la vida del creyente. Por medio de las aguas bautismales y la Palabra de Dios, somos admitidos en la familia divina, recibiendo así el título más grande que se puede recibir: Hijo de Dios. Pero este hecho de tal trascendencia, tiene además otras connotaciones que solemos olvidar con el tiempo, y que son de importancia fundamental no sólo en el momento del bautismo, sino el resto de nuestra vida. El Bautismo nos afecta pues, de tres maneras muy concretas: Regeneración, renovación y revestimiento de Cristo.

Yo necesito ser bautizado

Seguramente la sorpresa para Juan el Bautista al ver acercarse a Jesús fue considerable. Él bautizaba a pecadores, a aquellos que se declaraban arrepentidos y contritos por sus culpas, y aún resonaban en el aire sus gritos contra los fariseos y saduceos: “¡Generación de víboras!” (v7), acusándolos de hipocresía por querer escapar del juicio futuro sin arrepentimiento verdadero, cuando Jesús se acercó hasta el Jordán pidiendo ser bautizado. Juan no pudo menos que negarse en un principio.

Isaías anunció a Jesús como el siervo escogido, aquél sobre el que descansa el Espíritu de Dios y el que traería justicia a las naciones (Is.42:1). Por medio de Él llegaría la Verdad a este mundo, y por medio de ella la salvación para el género humano. Jesús es el pacto y la luz para las naciones (v6). Por eso es comprensible la reacción de Juan, su temor a bautizar a Jesús como a un pecador cualquiera. “Yo necesito ser bautizado, ¿y tú vienes a mí?” (Mat.3:14). El que era sin pecado concebido, fruto de la obra del Espíritu Santo, e Hijo amado del Padre, pedía para sí el Bautismo de perdón de pecados, a él, a Juan, a un pecador. Y quizás lo más desconcertante para él, fue probablemente la respuesta de Jesús a su negativa a bautizarlo: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (v15). ¿Cumplir la justicia bautizando al Justo de los justos?, ¿Cómo es esto posible?

Pablo en su segunda carta a los Corintios (5:21) nos explica que “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hecho justicia de Dios en él”. Es decir, Cristo fue bautizado para ser contado entre los pecadores, para ser uno más entre nosotros, pero uno que cargaría sobre sí los pecados de todo el género humano. Esta es la justicia que había de cumplirse en Cristo, y sólo en Él: (Is. 53: 6, 7, 12) “Más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros… como cordero fue llevado al matadero... por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado entre los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”.

Con su bautismo y sacrificio en la cruz, Jesús nos abrió las puertas de los cielos de par en par, para que, por medio de la fe en su obra, fuésemos contados entre los herederos del Reino, entre los Hijos de Dios.

Ahora también se aplican a cada uno de nosotros, las palabras proclamadas en el bautismo de Jesús: “Este es mi hijo amado” (v17), y es por medio de esta nueva condición como hijos del Padre, por la que recibimos el mismo Espíritu Santo que descendió sobre Jesús en el Jordán, y obtenemos nuevas características para nuestra vida y nuestra propia persona.
Regeneración para una nueva relación con Dios
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con la humanidad, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5)
La palabra “Regeneración” significa nacer de nuevo, ser generado otra vez. Y cuando algo es nuevo, lo viejo queda desechado. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. (2ª Co. 5:17). Por medio del bautismo, obtenemos una nueva vida, una vida de libertad plena respecto al pecado. Esto quiere decir que cada nuevo día, y gracias a la reconciliación que tenemos con Dios por medio de Cristo, nuestros pecados nos son perdonados. Cada nuevo día es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad llena de posibilidades de experimentar el amor de Dios. El amor de Dios en nuestra vida, disfrutando de todas las bendiciones que recibimos (salud, familia, bienestar…), y de la posibilidad de amar a otros tal como Cristo nos amó a nosotros (1ª Jn. 4:10). También, de disfrutar de la fuerza y la compasión de Dios para los momentos difíciles de nuestra vida: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10). Gracias a nuestro bautismo, disfrutamos de una relación especial con Dios cada día. Una relación que nos permite acudir a Él en cada momento, tanto para alabarlo como para requerir su auxilio. ¡Qué gran bendición que Dios nos escuche siempre!
Renovación para una nueva vida en el Espíritu
Por medio del bautismo, disfrutamos ahora de una nueva vida, pero también de una nueva personalidad. No somos un mero clon de nosotros mismos, sino una nueva persona, con una mente nueva, que funciona con otros parámetros diferentes: “habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col. 3:9-10). Es decir, personas renovadas y en continua renovación, siguiendo el modelo de Cristo y con el auxilio del Espíritu Santo. Vemos la realidad de una manera nueva y actuamos según una nueva visión: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Ef.4:22-24). La justicia, la santidad y la verdad son ahora las referencias para nuestra vida. Ya no somos como un barco sin brújula y a la deriva, sino que nuestra vida sigue una ruta clara y definida en Cristo. En un mundo tan confuso e inabarcable como el actual, ¡esto es de nuevo una gran bendición!
Revestidos para un nuevo caminar en Cristo
Nos gusta vestir bien, pues una buena vestimenta dice mucho de nosotros, ofrece nuestra imagen de cara al exterior. A nadie le gusta ir mal vestido, y desde siempre las personas han cuidado su vestimenta, gastando mucho tiempo y algunas veces dinero en ella. Pero los cristianos hemos sido bendecidos con la mejor de ellas, la de más calidad y la que más dice de nosotros: “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gál.3:27). Ahora llevamos en nosotros la imagen de Cristo, y esa es la imagen que los demás ven en nuestra persona, la que proyectamos al exterior. Gracias a ella, Dios no ve nuestro pecado, sino la justicia de Cristo (Fil.3:9), y ello nos permite ser declarados justos aún sabiéndonos pecadores. La imagen de Cristo, en forma de testimonio de fe y caridad, es también lo que los demás verán en nosotros, y el sello público y visible de nuestra fe (Stg. 2:18). Gracias a que estamos revestidos de Cristo muchos podrán ver y oír su palabra a través de nosotros, y ¡esto es posible por medio de nuestro bautismo!
Conclusión
Este Bautismo que regenera, renueva y reviste de Cristo es el regalo divino para todas las naciones, para todas las personas, para cada uno de nosotros: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hech. 10: 34). Jesús instituyó este Bautismo de perdón de pecados y salvación, y cada día, gracias a que fuimos llevados a las aguas bautismales, podemos mirar a la cruz con confianza y decir: Cristo me lavó con su sangre, mis pecados son perdonados y cuando Dios me mira, me ve revestido de Cristo. Somos nuevas criaturas, y a pesar de las caídas, los errores y los momentos de dificultad, Dios está con nosotros, manteniendo su pacto de salvación, el pacto que selló por medio de la Palabra y el agua el día de nuestro bautismo. Vivamos pues cada momento con esta seguridad, y recordemos con gozo ese día en que se nos honró con el mayor título que hombre alguno puede llevar: Ser Hijos amados de Dios, regenerados, renovados y revestidos de Cristo Jesús. Que así sea, Amén.
J. C. G.      
Pastor de IELE

domingo, 2 de enero de 2011

Domingo de Año Nuevo.



“¡El Señor Te Bendiga!”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Números 6:22-27

La Epístola: Filipenses 2:9-13

El Evangelio: Lucas 2:21

Sermón

Los padres a menudo invertimos tiempo y dialogamos mucho al tener que escoger un nombre para nuestros hijos. Es una gran responsabilidad elegir el nombre para una persona. Es una difícil decisión, porque es la forma en que alguien va a ser reconocido toda su vida. Muchos tienen una historia especial en torno a por qué se les ha dado su nombre. Los nombres significan algo, identifican y relacionan a las personas. Un nombre puede decir mucho acerca de nosotros.

Nuestro nombre estaba ligado a una maldición: Éramos hijos de desobediencia, y por ello nonecesitamos que nadie nos maldiga, o trate de hacer que nos vaya mal en cuanto a nuestra relación con Dios. Nacimos alejados de Él, fuimos esclavos del pecado y las consecuencias de ello se manifiestan constantemente en nuestras vidas. Así como el pueblo de Israel era esclavo, y estaban atrapados sin remedio en un modo de vida que era opresivo y sin poder liberarse por sí mismos, teniendo sobre sus espaldas una “dura servidumbre”, así también nos encontramos nosotros lejos de Dios. Oprimidos, sin poder salir de las cárceles internas que nos imponen la ley y nuestros pecados. Pero Dios no se queda de brazos cruzados, Él es un Dios que interviene en la historia de su pueblo, no solo para llamarlos y corregirlos, sino que se manifiesta especialmente para bendecirlos y liberarlos.

Dios nos ofrece su nombre: En el Antiguo Testamento se habla sobre cómo Dios ofrece su nombre para bendecir a los israelitas. Bendecir tiene que ver con “bien decir o decir cosas buenas”. El Dios que sacó a Israel de Egipto, el Dios que siempre estuvo con ellos en el desierto, guiándolos y alimentándolos, el Dios que les dio la tierra prometida, éste es el Dios que en primer lugar los salva de la esclavitud. Dios es mucho más que una fuerza superior que provee todo lo necesario para la vida de las personas. Muchos creen que las bendiciones de Dios son solo cosas materiales, pero la mayor bendición es conocer y utilizar el nombre de Dios para ser bendecidos. “Pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré”.

La lección del Evangelio de hoy puede ser una de las lecturas más cortas de todo el año, pero está llena de significado. “Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido”. No es una coincidencia que el nombre de Jesús sirva para recordar y dar la bendición de Dios. Recuerde que Dios mismo escogió el nombre que fue dado a Su Hijo, nacido de la virgen María. “Le pondrás por nombre “Jesús”. ¿Por qué este nombre?, la misma Escritura lo aclara: “Porque él salvará al pueblo de sus pecados” Mateo 1:21.

El nombre de Jesús significa “Jehová salva”. En hebreo se pronuncia YA-SHUA. En el nombre de Jesús se puede oír el nombre dado al pueblo de Israel. El “YA” al principio es del nombre de “YHWH”. “SHUA” significa guardar. Dios se aseguró de que en el nombre de Jesús se reflejara lo que se iba a hacer: Jesús salvaría a su pueblo de la esclavitud. Jesús es Dios mismo, quien salvará a su pueblo de la esclavitud del pecado. Es Dios mismo quien se entrega en la cruz para morir por todos tus pecados. Es Dios mismo que irrumpe en tu vida para decirte que Él te ha rescatado de la esclavitud de la muerte, del pecado y del diablo.

Jesucristo, “YHWH (Jehová) salva” ha irrumpido en la Historia de la Humanidad para ofrecernos su nombre de una manera muy especial. Mira tu vida en el último año, quizás encuentres promesas rotas y varios fracasos en sueños y expectativas. No importa cuánto te esfuerces, parece que no puedes hacer que todo funcione de la manera que quieres ¿Por qué, por ejemplo a menudo haces daño a las personas que más quieres? Puedes intentar o desear hacerlo mejor este año, puedes planificar hacer muchas cosas en este 2011, pero tú y yo sabemos que tomar estas resoluciones o proyectos no nos hacen tener el poder necesario para llevarlos a cabo.

De algo puedes estar seguro en este 2011: que Jesús rompió y seguirá rompiendo las ataduras que nos mantienen en la esclavitud del pecado. Al igual que el cordero pascual, cuya sangre salvó de la muerte y liberó a los israelitas de la esclavitud del faraón, así la sangre de Jesucristo, nuestro cordero pascual, nos salva de la muerte y nos libera de la esclavitud del pecado. Jesús derrama su sangre en la cruz por nosotros, para liberarnos. Tal como la sangre en los postes marcados de las casas del pueblo de Dios en Egipto, así la sangre en el madero de la cruz marca hoy al pueblo de Dios. Faraón fue derrotado por la sangre del cordero y al igual que él, Satanás es derrotado por la sangre del Cordero de Dios, Jesucristo. Su nombre nos ha sido entregado, ya que después de todo somos llamados cristianos.

Jehová te bendice. Esta bendición no tiene que ver solo con las circunstancias externas que rodean nuestras vidas. No tiene que ver directamente con la salud, el dinero, el amor, el trabajo. Lo que Dios promete hacer por medio de su bendición en nosotros es: estar a nuestro lado siempre, volver su rostro y tener misericordia hacia nosotros, y darnos la paz. Esto es lo que significa tener labendición del nombre de Dios.

Que nos haya sido dado su nombre implica que en fe podemos recurrir a Él, especialmente cuando tenemos dificultades, y que Él se compromete a escucharnos. Pensemos en el 2º mandamiento y la explicación que da Lutero: No tomarás el nombre del Señor tu Dios. ¿Qué significa esto? Debemos temer y amar a Dios de modo que no usemos su nombre para maldecir, jurar, hechizar, mentir o engañar, sino que lo invoquemos en todas las necesidades, le adoremos, alabemos y le demos gracias.

Jehová te guarda: Dios no solo te rescata por medio de su obra, además nos ofrece su nombre porque desea sostenernos en esa libertad. Él hace que esa liberación llegue a ti y te sostiene en ella. Él te ha dado su nombre, “YHWH salva”. Dios te ha bendecido y comenzado a guardar en esa bendición desde mucho tiempo atrás, cuanto te ofreció su nombre. Quizás no lo recuerdes, pero cuando eras muy pequeño oíste que se dijo sobre ti: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Así es como el nombre de Dios es puesto sobre su pueblo. Así es como Dios comienza a guardar a los suyos. Aquí la atención se centra en Dios y lo que Él ha hecho. La atención se centra en Jesús, en “YHWH salva”.

Él también viene a nosotros en su Palabra, cada vez que nos reunimos “en su nombre”. Aquí es donde encontramos la fuerza y libertad cada vez que en nuestra vida nos encontramos esclavizados por el pecado. Cuando estés luchando con el pecado y sientas o creas que Dios está lejos, distante o te ha abandonado, recuerda que Él prometió estar contigo y bendecirte por medio de su perdón. Invócalo, llámalo por su nombre, ese que te ha sido dado: Jesús, “YHWH salva”. Cuando las mentiras de Satanás se ciernan sobre tu corazón y te hagan dudar del amor de Dios por ti, dirige tu mirada hacia Jesús y acuérdate del significado de su nombre, de su obra y de cómo ha hecho que llegue a ti.

Jehová hace resplandecer su rostro sobre ti y tiene de ti misericordia: El Señor viene a ti para tener misericordia. Vino a ti en tu bautismo, viene por medio de su Palabra y de manera especial viene a ti en la Santa Cena. Allí Él se presenta una vez más como “YHWH salva” y te da su misericordia, perdonándote todos tus pecados por medio de su cuerpo y sangre. Allí Él se presenta en, con y bajo el pan y vino, para declararte una vez más que Dios te está bendiciendo y guardando, que Dios no se ha apartado de ti por tus pecados, sino que viene y te los perdona.

Jehová alza sobre ti su rostro, y pone en ti paz: El Espíritu Santo trae paz a tu corazón. Por medio de la Palabra y los sacramentos, el Espíritu Santo vuelve su rostro hacia nosotros, nos convierte de nuestro camino de incredulidad y muerte. Él nos vuelve hacia Jesús. Él abre nuestros ojos para ver su rostro, su resplandeciente gracia. Trabaja en nuestros corazones para confesar: “Lo que Jesús hizo en la cruz lo hizo por mí. Me reconcilió con Dios. Me trae la paz a través del perdón de mis pecados”. Esto es obra divina. Esta es la obra de YHWH, el Señor. Porque el Espíritu Santo, junto con el Padre y el Hijo, es verdadero Dios.

Durante más de dos mil años y en cientos de idiomas, a través de estas palabras Dios habendecido a su pueblo. La bendición que se proclama al final de nuestro Oficio es el recordatorio de que has sido liberado del poder del pecado sobre tu vida. “YHWH te bendiga y te guarde”. Se trata de YHWH, el Señor, reafirmando y enviándote a vivir bajo su promesa.

Conclusión: ¿Qué puede hacer un nombre? Mucho, si es el nombre de Dios. En el nombre de Dios se encuentran muchas promesas y una nueva realidad para ti, día a día. Él ha puesto su nombre en ti. Esto significa que Él te da sus promesas y una nueva vida por medio de Jesús, “YHWH salva”. La bendición de Dios te confiere los beneficios que el nombre de Dios pone a disposición del hombre. Que así sea, Amén.

Atte. Pastor Gustavo Lavia

lunes, 27 de diciembre de 2010

1º Domingo después de Navidad.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

1º Domingo después de navidad

“Huyendo con Cristo de los peligros”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Isaías 63.7-9

Segunda Lección: Gálatas 4.4-7

El Evangelio: San Mateo 2.13-15, 19-23

Sermón

INTRODUCCIÓN

Hay un dicho que dice: “Soldado que huye sirve para otra guerra”. Si bien la frase tiene varias interpretaciones y aplicaciones, a mi entender ella no es una apología a la cobardía en su sentido deshonroso (deserción), sino un alegato a la sensatez. Huir a tiempo puede que no siempre sea de cobardes, sino de sabios.

Tiempo de huir:

El Evangelio hoy nos muestra que José tuvo que huir con su familia. Dios en su sabiduría prevé todo, incluso contempla una “huida” para luego regresar llevar a cabo su plan salvífico. Podemos estar tranquilos ya que Él tiene todo bajo control. La salvación está en buenas manos y es segura. Cristo la llevó a cabo y nos redimió del pecado, la muerte y nuestra propia carne, aunque para realizarlo tuvo que incluir una huida a Egipto.

· Pero ¿huir de qué?

Los psicólogos nos hacen huir de las “emociones” que nos atan y no nos dejan en paz. Los filósofos quizás dirían que hay que huir de la ignorancia. Los estafadores huyen de la ley. Muchos intentan huir de la crisis y la pobreza. Otros huyen de la moral cristiana y hay quienes directamente huyen de Dios ¿Y tú?, ¿huyes de algo?

Huir significa alejarse deprisa de algo o alguien que suponga una amenaza para nosotros y nuestro estado de bienestar. Y cada uno tiene su propio parámetro de bienestar y de los peligros que pueden atentar en su contra. Se puede huir del compromiso, de los estereotipos, del consumismo o del “qué dirán”. Podemos huir de la envidia, la codicia, o el odio. Se puede huir de los vicios, del cotilleo, de los créditos bancarios, de nuestra familia, de nosotros mismos, de la vejez o de la muerte.

Nuestro Señor Jesucristo huyó de Herodes, que encarnaba el diabólico plan para torcer la voluntad salvífica de Dios en Jesucristo. Pero ¿acaso no es que Jesús iba a morir de todas formas? Sí, pero ese no era el tiempo. La muerte temprana de Jesús hubiese supuesto el incumplimiento las profecías y que “aquel Ángel de su faz” que salvó y redimió en amor y clemencia a quienes en la antigüedad creyeron (Is. 63:9) no hubiese podido llevar a cabo la redención que hoy a nosotros nos hace ser hijos de Dios por la fe en la obra de Jesucristo (Gá 4:4-6). Pero la salvación de Dios es segura en Cristo y está por encima de los poderes espirituales malignos y por encima de los poderes terrenales que se asocian a la causa de intentar combatir la obra de redención.

· Huir sin sentido

Es verdad que en ocasiones las personas podemos mal vivir huyendo continuamente de todo sin un sentido. El miedo infundado y las inseguridades pueden convertirnos en “escapistas” profesionales. Debemos saber que es insensato huir de todo, siempre y porque sí. Hay que huir cuando hay que huir, pero con sentido, con razón. Para ello hay que conocer cuáles son los verdaderos peligros que nos acechan. Los que confiamos en Cristo y su Palabra tenemos parámetros saludables y sólidos para medir los riesgos en nuestra vida. El creyente tiene las promesas de Dios donde descansar sin miedo. Dios es nuestro refugio donde huir de todo mal y peligro. En Cristo “todo lo podemos”, en su amor “no hay temor” y si Dios es con nosotros “¿quien en contra?”. También es cierto que todo esto mal aplicado puede generar cristianos “kamikazes” que arremeten contra todo y justifican así sus delirios de poder. Por eso no hay que perder la perspectiva de la Palabra y hay que aprender a discernir cuándo es tiempo de huir y cuando no. Confiar en el Dios todopoderoso no excluye la “huida”, y la sagrada familia es una clara muestra. Necesitamos ser mansos y “astutos” también.

· Saber huir a tiempo puede salvarnos la vida

Hay tiempos para cada cosa se nos dice en Eclesiastés, y el tiempo de huir de la tentación hay que conocerlo. Hay que saber leer los momentos, ponernos en manos de Dios en oración y dejarnos guiar por su Palabra, la cual el Espíritu Santo usa para dirigir nuestras vidas. Debemos saber que Dios nos preserva de peligros haciéndonos tomar otros caminos. Y no debemos confundir el retirarnos de una situación con el negar a Jesús. José no negó su fe en Jesús al huir, sino que la reafirmó anteponiendo la voluntad de Dios a la suya propia.

Ya no somos esclavos (Gá 4), sino hijos redimidos y por tanto herederos. En nuestro corazón habita el Espíritu el cual nos posibilita huir del pecado que nos quiere someter nuevamente a esclavitud. “HUYE también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor”. 2ª Ti 2:22. Por fe huimos del pecado hacia el perdón en Cristo. Huimos para refugiarnos en su misericordia.

· ¿Qué nos impide huir?

Parece deshonroso huir, pero en verdad es un ejercicio muy valiente de humildad. Hay que ser valiente para plantarle cara a nuestro orgullo y a fuerza de humildad, sensatez y dominio propio huir de sus prisiones. Perdemos muchas batallas que podríamos ganar si, guiados por los frutos del espíritu nos retirásemos a tiempo.

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar. Por tanto, amados míos, huid de la idolatría. Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo. 1ª Co 10:12-15

Nuestro orgullo muchas veces nos ciega y nos creemos dioses todopoderosos y autosuficientes.

Queremos probar nuestra fuerza, nuestro coraje. Nos exponemos y en ocasiones nuestra valentía sólo es síntoma de torpe imprudencia. Muchas discusiones intelectuales vanas sobre Dios, muchas ofensas, muchos homicidios, muchos adulterios, muchas familias rotas, muchos pecados se evitarían si doblegáramos nuestro orgullo narcisista y en humildad evangélica oímos a Dios y huimos por un tiempo a “Egipto”. Cómo José debemos aprender escuchar a Dios. La sabiduría que nos da la Palabra es para aplicarla en beneficio nuestro y de nuestra familia.

· ¿Quiénes quieren matarnos?

El diablo como león rugiente anda buscando a quien devorar. El Rey Herodes representa ese exponente de maldad que se extiende hasta nuestros tiempos y amenaza la obra que Dios ha hecho contigo. Es decir, la fe que Él te ha dado en tu Bautismo. Eso es realmente lo que se desea matar y destruir. Deseoso de lograr su objetivo el diablo pone todos los medios que están a su alcance para acabar con el plan salvador de Dios en ti. No pudiendo con Cristo ahora ataca su Palabra, la cual es la fuente de vida de tu fe. La tergiversa e intenta que te expongas tontamente a las tentaciones haciéndote creer que eres muy valiente. Pero nuestro enemigo no sólo está afuera, sino que también en nosotros mismos. Nuestra naturaleza corrupta que constantemente se quiere revelar ante la voluntad de Dios es el lugar donde el Diablo quiere ganar las batallas.

· Diferentes tipos amenazas

Podemos sufrir amenazas a nuestra integridad física por enfermedades o terceros que quieran producirnos daño. No debemos exponernos ni provocar situaciones que nos pongan en peligro.

Podemos sufrir amenazas a nuestra integridad emocional. Hay cosas que nos desestabilizan y traen graves perjuicios. Proteger nuestra estabilidad emocional puede significar huir de aquello que nos hace mal. Y aún hay una tercera que es el área espiritual. El área de la fe en Cristo.

Conociendo las amenazas que nos acechan, debemos aprender a huir de ellas, así como sabiamente les enseñamos a nuestros hijos a huir de los peligros. No debemos exponernos a la tentación, más bien huir de ella, porque nuestra fe está en juego. El mal quiere que la voluntad de Dios o sea hecha en ti.

“porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre”. 1ª Timoteo 6:10-11

· Cristo, no huyó de la cruz.

Hay cosas necesarias y otras innecesarias. Era innecesario que José se quedase en Belén ya que Herodes iba a matar a Jesús, y fue necesario huir a Egipto. Esta sabia huída posibilitó que Cristo creciera y pudiera cumplir su propósito salvador. Pero cuando tuvo que quedarse y asumir esa misma muerte que José le evitó a temprana edad, Cristo lo hizo. Aún cuando muchos lo tentaban a rehuir de su tarea salvadora y le decían: “si eres el hijo de Dios bájate de esa cruz” Cristo no rehuyó. Se enfrentó a la muerte y la venció por nosotros para redimirnos.

CONCLUCIÓN

Dios es nuestro Egipto donde huir del peligro. En Él encontramos refugio. Su Palabra nos guía hacia la verdad. Su perdón nos limpia de pecado. La dirección de huída ante la tentación y el peligro siempre deber ser la Palabra y los Sacramentos. Ni te quedes a pelear solo, ni huyas hacia otro lugar lejos de Dios. Amén
Walter Daniel Ralli Pastor de IELE

lunes, 20 de diciembre de 2010

4º Domingo de Adviento.

Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón Salmo 95: 7b-8

1 Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“¡Regocijaos en el Señor Siempre!”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Isaías 7:10-14

La Epístola: Romanos 1:1-7

El Evangelio: San Mateo 1:18-25

Sermón

Para muchos, estos días de fiestas y la alegría impuesta por el entorno son motivo de tristeza y depresión.

Detrás de estas fiestas asoman demasiada hipocresía, superficialidad y comercialismo. Para otros en estos días no hay nada que celebrar ya que el nacimiento de Dios como hombre es un mito piadoso. Otros, en fin, piensan que esta es otra buena ocasión para comer, beber y pasarlo un poco mejor que el resto del año y por tanto hay que aprovecharla. Tal vez otros miran al cielo buscando consuelo y esperanza en medio de la incertidumbre de estos momentos, quizás otros no ven ningún aliciente en ese término tan empalagoso como superficial llamado el espíritu de la Navidad… En fin, los sentimientos sobre la Navidad son muchos y variados, pero no es ese el tema central de la predicación de hoy, cuarto domingo de Adviento.

El tema que nos ocupa hoy no es ningún análisis sociológico de la Navidad sino que se centra en torno a las palabras que Dios mismo nos dirige por medio del apóstol Pablo en Filipenses 4:4 REGOCIJAOS EN EL SEÑOR SIEMPRE.

Motivo de nuestra Alegría: Si dijera REGOCIJAOS solamente diríamos que es un mero slogan del
marketing navideño, pero la Palabra dice EN EL SEÑOR, y esto hace que esta sea una exhortación que el mismo Dios te dirige a ti y a mí. El ángel del Señor dijo a los pastores. “Os traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo .Porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el SEÑOR”. La alegría de la que nos habla la Palabra es una alegría anclada en nuestro Dios y Salvador Jesús y su buena noticia, en su Evangelio. Es en Él en quien debemos regocijarnos, cualquiera que sean nuestros caducos sentimientos estos días, porque Dios nos dice que nos alegremos en su Hijo siempre y además lo repite con énfasis. Es como si dijera: no hagáis caso a vuestros sentimientos o a lo que veis sino miradle a Él, fuente de gozo.

¿En qué Señor nos alegramos? Este SEÑOR en quien debemos regocijarnos es JESÚS, Dios de Dios, que recibió un cuerpo humano de la Virgen María. Jesús es el eterno y todopoderoso Dios.

¿Qué es lo que significa esto para ti? Tal vez pienses que es precisamente esto, que Jesús es Dios todopoderoso, lo que te hace tenerle miedo. Es verdad que El entregó las tablas de la Ley a Moisés y que si no manipulas y retuerces los Mandamientos te acaban acusando de lo imperfecto y sucio que estás y eres delante de Él. Es verdad que es Él el Dios que no permitió a Moisés que viera su gloria, es Él, el que se apareció a Moisés en la zarza ardiente; es Él, el que vendrá dentro de poco a juzgar a los vivos y a los muertos. Jesús, Dios Todopoderoso conoce todos tus pensamientos, planes, intenciones secretas. No hay nada que puedas esconderle….

Si te acercas a Jesús teniendo presente únicamente que Él es Dios, entonces siempre va a salir la Ley por medio como único ingrediente de todo. Pero la Escritura nos dice una y otra vez que Jesús es además nuestro Salvador y esto hace que todo sea diferente, que todo sea regocijo.

Pablo dice en el versículo cinco "el Señor está cerca” y es verdad que Jesús está cerca de varias maneras.

Jesús para ser nuestro Salvador vino como un niño indefenso, débil y humilde. Hoy día sigue viniendo a nosotros y por nosotros en su Palabra y su Sacramentos, medios nada ostentosos. Él viene a nosotros cada vez que suplicamos su perdón, misericordia y amparo. Él vendrá en gloria, no escondido, para juzgar a los vivos y a los muertos. Los que han creído en su primera venida, los que le han reconocido en el pesebre, en la cruz y en el sepulcro vacío; los que le han reconocido al oír la Palabra y “al partir el pan”, no tienen miedo alguno a esa segunda venida física, no tienen ansiedad por el futuro, no tienen ningún miedo a la cercanía de Jesús. Se
regocijan, se alegran en Jesús. No les preocupa que Él pueda venir en cualquier momento, se
alegran en esa venida.

Si Jesús no hubiera venido en la forma escondida en la que vino para ser nuestro Salvador no tendríamos acceso a Dios ¿Te imaginas un Dios aparte del que nos revela Jesús? ¿Te imaginas un Dios del que no tuviésemos ninguna certeza que nos ama, nos perdona, nos escucha, nos es propicio y lleno de bondad?

¿Podríamos regocijarnos en el Señor si no conociéramos las buenas nuevas de gran gozo? La verdad es que nadie puede conocer y amar a Dios, mucho menos regocijarse en Él, sino le conoce en la persona de su Hijo Unigénito e hijo de María.

Ciertamente Jesús es Dios todopoderoso, como tal es justo y santo. Él debe castigar a los que desobedecen su santa ley. Pero lo realmente impactante es que Él no vino para llevar a cabo esos cometidos. No vino para juzgarnos, acusarnos o castigarnos. Él vino para ser amigo de pecadores y publicanos, es decir, para ser amigo tuyo y mío. El Santo de Israel al que ningún mortal podía ver y seguir viviendo se hace hombre, escondiendo su gloria por nosotros, para amarnos y librarnos del castigo que justamente merecemos.

Alegría que procede de la fe. Vemos, por tanto, que la Palabra, con todo fundamento, nos exhorta a regocijarnos en Jesús, porque si tienes a Jesús tienes verdadero motivo para regocijarte. Si no sabes que tus pecados e iniquidades han sido perdonados por causa de Jesús, no te puedes regocijar en Él. Si tu confianza está puesta en Él, tienes motivos para regocijarte, pero si tu confianza está puesta en tus bondades, habilidades, riquezas, salud, conocimiento, etc, etc, entonces no puedes regocijarte, la alegría que tengas es una alegría edificada sobre arena. El regocijo verdadero procede de la verdadera fe y ésta solamente procede de la Buena
Nueva porque ahí y solamente ahí podemos conocer al Dios verdadero. Este es el motivo por el que acudimos a la iglesia: para recibir al Dios verdadero, el Dios que se hizo hombre en el vientre de María, el Dios que fue envuelto en pañales y colocado en un pesebre, el Dios que fue crucificado para limpiarnos de todo pecado. En este Dios encarnado nos regocijamos.

Regocíjate en el Señor siempre porque Él nunca deja de ser bondadoso. Nunca olvida la sangre de Jesús.

Alégrate porque tus pecados son perdonados. Alégrate porque la puerta del cielo está abierta, alégrate porque sabes que aunque tus pecados abundan, Dios no se deja ganar en misericordia.
“Vuestra bondad sea conocida por todos los hombres”. La bondad, gentileza y paciencia del cristiano surgen de su estar en paz con Dios. ¿Para qué entrar en contiendas, discusiones necias, recelos puntillosos….con nuestros semejantes cuando estamos en paz con Dios? El cielo está abierto, Dios te ama y te perdona ¿Por qué irritarnos cuando nuestro ego u orgullo es herido, si sabemos que Dios no recibe y perdona a pesar de nuestra indignidad?

“Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios”. No tenemos motivos para estar angustiados, ni siquiera la incertidumbre de estos tiempos. ¿Para qué tomarse los problemas demasiado en serio? El Dios que se hizo hombre por nosotros, que obedeció su santa ley por nosotros, que murió por nosotros, sabe perfectamente lo que necesitamos y nos cuida con su mano protectora.

Tienes peticiones, necesidades, afanes etc. dáselas a conocer a Dios. No importa la fórmula que uses como si de esa fórmula dependiera que Dios te escuchara y tú le pudieras manipular.

Presenta tus peticiones a Dios porque Él es tu Padre y Amigo y quiere darte mucho más de lo que le pides. No olvides que el Dios que ha hecho tanto por ti es el mismo Dios que está escuchando tu oración y en Él no hay cambio ni variación como nos ocurre a los hombres.

Confiamos en su promesa de que contestará nuestras oraciones, no solamente porque y cuando
vemos los resultados, sino porque Él ha prometido contestar a nuestras peticiones. Los resultados que podamos ver no son la base de nuestra confianza al orar sino la simple promesa que Dios ha hecho de escucharnos.

“Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús”. Dios te dará la paz que nadie puede entender plenamente, como tampoco el amor que Dios nos tiene puede entenderse. Dios nos da su paz cuando oímos la Buena Nueva, cuando oímos las palabras de la absolución, cuando nos viste con la justicia de Jesús, cuando recibimos su Cuerpo y su Sangre junto con el pan y el vino. Tal vez tus preocupaciones y sentimientos no te permitan sentir esa paz, pero está allí. Es una paz, que aunque no la sientas, guardará tu corazón y tu mente libre de la falsa paz que el mundo, el diablo y tu propia
carne se afanan en darte. Es la paz que da el saber que tus pecados han sido perdonados no por la obra o las hazañas de ningún hombre sino por la obra y las hazañas del mismísimo Dios manifestado en carne. Regocíjate en el SEÑOR siempre. Amen.

Javier Sanchez Ruiz.

sábado, 11 de diciembre de 2010

3º Domingo de Adviento.

“Jesús es aquel que había de venir”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Isaías 35.1-10
Segunda Lección: Santiago 5.7-10
El Evangelio: San Mateo 11.2-11
Sermón
Introducción
Jesús y su Reino son una incógnita para muchas personas, y algunas veces nos hacemos una imagen de ellos a la medida de nuestras circunstancias personales. Ello puede generar confusión y frustración al creyente, por lo que es importante tener claro quién es Jesús, para qué vino al mundo y cuáles son las señales de su Reino. Sólo así podremos seguirlo con fidelidad y sin que nuestra fe peligre ante las dificultades de la vida.
  • El Reino apunta a la cruz
Las horas probablemente se hacían interminables en la cárcel para Juan el Bautista, la desesperación y la posibilidad de su muerte lo atenazaban. Y su situación lo llevó a formularse una pregunta que, probablemente no fue fácil para él plantearse, ¿es éste Jesús realmente el Mesías? Este Juan que afirmó no ser digno de desatar las correas de las sandalias de Jesús (Mc.1:7), que lo anunció públicamente como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn.1:29), y que tuvo reparos para bautizar a Jesús por reconocerse un pecador ante Él (Mt.3:14); este mismo hombre ahora, bajo la presión de sus circunstancias y en la oscuridad de la cárcel y de su propio corazón, duda sobre quién es en realidad Jesús. Su seguridad se derrumba, y la desconfianza lo corroe. ¿Qué le ocurrió a Juan?
Probablemente Juan esperaba un Jesús libertador del pecado, pero de una manera más contundente, más directa podemos decir. Las palabras que emplea refiriéndose a la liberación del pecado así lo indican: hacha, cortar, echar al fuego, quemar. Todo ello parece indicar que Juan esperaba una transformación social radical, inmediata. Jesús acabaría con el pecado y sus consecuencias en breve. Y he aquí que el profeta sufre prisión y el Mesías no hace nada aparentemente por liberarlo. Tampoco se perciben grandes cambios a su alrededor y Juan no lo entiende, duda y quiere respuestas. Pero Jesús no ha venido a resolver cuestiones terrenas, no ha venido a traer paz social, ni tampoco a impartir justicia tal como nosotros la entendemos. Pues su reino no es de este mundo (Jn. 18:36), su Justicia no es nuestra justicia, y su camino no es el camino de la gloria a la manera humana, y mucho menos es el camino del éxito: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc. 9:23). Por tanto cada día junto a Jesús, es un camino de cruz donde él promete estar junto a nosotros, sostenernos, aliviarnos, fortalecernos en nuestra lucha contra el pecado. Pero un camino, que en algún caso como el de Juan el Bautista, pasa incluso por el valle de la muerte.
· Las señales del Reino son evidentes
Los discípulos de Juan corrieron a Jesús a preguntarle: “¿Eres tú aquél que había de venir, o esperaremos a otro?” (v3). Nuestro maestro está en la cárcel y tú no haces nada, parecen decir los discípulos a Jesús. ¿Por qué no blanden Él y sus discípulos la espada?, ¿por qué no hay alboroto, lucha o enfrentamiento?, ¿es éste el cambio que anunciaron los profetas? Pero, ¿realmente Jesús no hace nada? El profeta Isaías anunció con claridad las señales de la instauración del Reino de Dios: “los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad. El lugar seco se convertirá en estanque, y el sequedal en manaderos de aguas; en la morada de los chacales, en su guarida, será lugar de cañas y juncos” (Is.35:5-7). Y Jesús responde a los discípulos de Juan y a Juan mismo, ¿acaso no es esto lo que veis?, ¿no reconocéis lo anunciado por los profetas?, “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, y los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (v5). El Reino está aquí (Lc. 17:21) y ¿no sois capaces de verlo?, ¿tan ciegos estáis?. Podemos imaginar la escena: los discípulos de Juan se miraron unos a otros confusos, sin entender nada, y sin saber quizás muy bien qué explicación darle a su maestro, volvieron a ver a Juan con el mensaje liberador de Jesús: Él es Aquél que había de venir, el Cristo anunciado en las Escrituras y su reino ya está en marcha. Este reino espiritual, no sacaría a Juan de la cárcel ni le evitaría la cruel muerte que padeció, pero sí dejaría al profeta lleno de certidumbre y paz, ya que la confirmación de Jesús aclaraba la duda que le carcomía, y le permitía dejar este mundo con la seguridad de que el Mesías prometido estaba en la tierra instaurando su Reino.
· El Reino de Cristo es la victoria sobre el pecado y la muerte eterna
¿Alguna vez una circunstancia personal nos ha hecho dudar de Jesús?, ¿nos han asaltado las mismas inseguridades que a Juan el Bautista?. En realidad todos somos Juan en algún momento, pues al igual que él sabemos quién es Jesús, lo reconocemos como aquél que había de venir (el Cristo), y sin embargo ante la presión y los problemas de la vida, la duda y la inseguridad aparecen de repente. ¿Es este Jesús realmente el Mesías?, ¿será en verdad el Hijo de Dios? Queremos un Jesús que nos libre del sufrimiento, que haga desaparecer los problemas de nuestra realidad, que acabe con aquello o aquellos que se enfrentan a nosotros y nos oprimen. Queremos en definitiva un Jesús a la medida de nuestras necesidades terrenales, queremos que Él sea lo que nosotros queremos que sea, en función de nuestras prioridades. Y desorientados por la vida y sus dificultades, terminamos desesperados, nos enfadamos con Dios, queremos respuestas a nuestros problemas inmediatos, y damos la espalda a Jesús alejándonos de su presencia. Pero tengamos esto claro: lo que en realidad Jesús trae al mundo, es una lucha espiritual contra el pecado y su consecuencia más terrible: la muerte eterna. ¿Cómo identificar claramente entonces su Reino entre nosotros?. Las señales de éste Reino de Jesús aquí y ahora, son la proclamación del Evangelio del perdón de pecados, su espada es la Palabra de Dios, y la liberación que trae es la de las cadenas de la muerte y la condenación eternas. No esperemos pues solución inmediata a las dificultades de la vida, porque para esto Jesús nos promete consuelo y amor divino. Nosotros esperamos sin embargo algo mucho más importante: la solución al problema de la vida eterna junto a nuestro Creador, vida que Cristo ganó para nosotros con su muerte y resurrección.
El Bautista tuvo que pasar las puertas de la muerte, no sin antes haber escuchado cómo las promesas de Dios se cumplían en Jesús. Igualmente nosotros tendremos que vivir en esta vida afrontando dificultades, dolor y sufrimiento, pero con la alegría y la confianza de que en la consumación de este Reino de Cristo, seremos definitivamente liberados de todo dolor y sufrimiento, para vivir eternamente junto a Él. Como anticipo de ello, junto a Jesús los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos saltan; pues el pecado ha sido vencido por medio de la sangre de Cristo (Ef 1:7), y con ello hemos sido liberados de la esclavitud del mundo (Gal 4:3).
Juan era el profeta más grande, y sin embargo Jesús dice que el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. ¿Cómo entender esta afirmación?, ¿quiénes son estos pequeños? Jesús nos lo aclara en su Palabra (Mt 18:1-5) cuando poniendo a un niño en medio dice: “cualquiera que se humille como éste niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (v4). Ésta es la clave y la llave de la vida eterna: la fe simple y sencilla como la de un niño. Una fe que confía sólidamente en Cristo, y que ante los problemas de la vida, se entrega con confianza a la providencia divina. La misma fe que nos ha sido dada por medio del Bautismo.
Conclusión
Por tanto hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía” (St. 5:7). Esperar la consumación del Reino, perseverar en la fe, afirmar el corazón (v8), tomando como ejemplo de aflicción y paciencia a los profetas (v10). Esta es la exhortación que nos hace el Apóstol Santiago en su epístola, para que el día de la consumación del Reino, podamos presentarnos ante Jesús con la humildad y la fe sencilla de un niño. Y cuando en esta vida las aflicciones hagan tambalearse nuestra fe, hagamos como Juan el Bautista, pongamos nuestras dudas ante Jesús y dejemos que Él nos dé Paz y luz para nuestra vida. Que Él calme todas nuestras inquietudes y miedos, y que el Espíritu Santo nos fortalezca en esta batalla espiritual diaria. Amén.
J. C. G.   Pastor de la IELE.