“Jesús nos da entendimiento”
Textos del Día:
1ª Lección: Hechos 3:11-21
2ª Lección: 1ª Juan 3:1-7
El Evangelio: Lucas 24:36-49
36 Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. 37 Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. 38 Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? 39 Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. 40 Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. 41 Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? 42 Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. 43 Y él lo tomó, y comió delante de ellos.
44 Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. 45 Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; 46 y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; 47 y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. 48 Y vosotros sois testigos de estas cosas. 49 He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.
Sermón
¡Ahora entiendo!, ¡ahora caigo! Esas son frases que usamos cuando por fin llegamos a la comprensión de algo que hasta el momento no lográbamos descifrar. ¡Qué alegría nos da cuando por fin captamos la idea! Nos sentimos liberados.
La falta de comprensión o entendimiento en muchas ocasiones puede generar en nosotros miedo, inseguridad, desconfianza y finalmente la elaboración de una conclusión desacertada y un mito que luego regirá nuestra acción. Un ejemplo de esto es que, cuando se pensaba que la tierra era plana, se creía que tras el horizonte se encontraba el abismo y por lo tanto se evitaba ya que nadie pretendía caer en él. También respecto a Cristo podemos concebimos falsa ideas.
Ya nos han registrado los Evangelios que Jesús achacó a sus discípulos falta de entendimiento sobre asuntos de fe. Uno de esos casos fue cuando les anunciaba su muerte y resurrección: “El Hijo del hombre será entregado en manos de hombres, y lo matarán; pero, después de muerto, resucitará al tercer día. Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle”
Marcos 9:31-32
El entendimiento espiritual es algo que debemos pedir a Dios, pues nuestra mente humana rápidamente se cierra haciéndose nula. “No seas como las mulas… sin entendimiento” Sal 32:9 (ver 1º Jn, 5:20 Ro. 12:2)
14 Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. 1ª Co 2:14
7 Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo. 2ª Timoteo 2:7
Nos cuenta Lucas que los discípulos estaban reunidos comentando la resurrección de Cristo y algunas apariciones que ellos habían experimentado. La última fue a los “discípulos de Emaús”.
La resurrección era un hecho que cada vez tenían más claro. La tumba estaba vacía. Había testimonio de que el Señor andaba por ahí, sin embargo aún no tenían pleno entendimiento de lo que esto significaba. Por lo tanto había confusión, miedo y por supuesto, ocasión para las conclusiones distorsionadas. Y es en base a estas que surgen las falsas doctrinas. Pero gracias a Dios Cristo nos aclara las confusiones con su presencia y su Palabra.
Cuando nos imaginamos de Cristo cosas que no es.
Por aquellos tiempos la gente creía erróneamente que el alma de los muertos podía vagar libremente por la tierra e interactuar con los vivos. Aún hoy día esta idea persiste en la mente de muchos. Los discípulos ya habían dado muestra de este concepto erróneo cuando confundieron a Cristo y le atribuyeron ser un fantasma (Mt. 14:26). Había entonces un gran temor a los fantasmas. Sin embargo era impensable que una persona muerta pudiera aparecerse corporalmente.
Es importante dejar claro en este punto que los muertos no pueden entrar en contacto con el mundo de los vivos. Sin embargo Cristo es distinto, pues él venció a la muerte y ha resucitado. Más que asustarnos, esta noticia debe producirnos mucha alegría. ¡Cristo vive! ¡Cristo está conmigo!
El Jesús resucitado y glorificado no está limitado a barreras físicas. Los discípulos estaban encerrados y Jesús igualmente entró en la habitación donde estaban reunidos. Tampoco lo limitó aquella piedra sellada, ni la guardia romana para salir de aquel sepulcro. Esta noticia es muy consoladora para nosotros. Jesús está presente donde hay dos o tres reunidos en su nombre. Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo y no hay barreras que lo impidan. Jesús se hace presente en cuerpo y sangre a través del pan y el vino en la Santa Cena y no hay impedimento alguno para que esto sea así y se cumpla su Palabra: Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre para perdón de pecados. Así como nosotros palpamos en este misterio su cuerpo y su sangre realmente, así quiso mostrarse a sus discípulos para que no caigan en ideas falsas.
Jesús da luz a nuestro entendimiento
Esto era importante para calmar a estos espantados y atemorizados discípulos. Y así lo hizo. Con su cuerpo glorificado se presento delante de todos los que estaban reunidos.
Su saludo fue familiar a ellos: “Paz a vosotros”. Un palabra que Dios usa con un significado distinto al que damos como sociedades. La paz para nosotros es la ausencia de guerra, de amenaza, de conflicto, de problemas y por lo tanto está restringida a momentos especiales. Sin embargo, lo hermoso que nos trae Jesús es que su paz es permanente y no depende de circunstancias especiales. Su Paz es un estado en el que nos deja a través del perdón que nos da diaria y abundantemente. “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” Juan 14:27. Esta es una paz que no depende de nosotros, ni de lo que hagamos, pues es una paz que nos es dada, una paz que logró Jesús para nosotros al morir por nuestros pecados y resucitar victorioso de la muerte.
La paz que nos trae Jesús es aquella que nos reconcilia con Dios, ahí radica el verdadero sentido de la paz. Estar en paz con el creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible, nos da el verdadero reposo a nuestras atribuladas almas. Esta es la Paz del perdón. Esta es la paz que trae y hace efectiva el resucitado, quien y se hace presente personalmente para anunciársela a sus discípulos. La presencia de Cristo a través de su Palabra y Sacramentos trae paz a nuestras temerosas vidas.
Pero… ¡Cuánta falta de entendimiento sigue afligiendo a las personas! Cuantos mitos y distorsiones acerca de Jesús siguen haciendo que muchos creen, hagan y esperen cosas irreales para su vida de fe. Irreales por cuanto Cristo no lo ha dicho así. Las distorsiones hacen que desconfiemos de las verdaderas promesas de Dios. Generan una imagen errónea de nuestro Salvador ¡Cuántos siguen confiando en sus propias obras o la de otros para obtener la gracia de Dios! ¡Cuántos aun no entienden la obra completa de Cristo en nuestro favor! ¡Cuantos se desentienden de la Palabra y desprecian los sacramentos! Pero no nos aflijamos, pues para eso hay un remedio ¡Cristo se hace presente por su palabra para darnos luz!
¿Por qué estáis turbados?
Jesús plantea preguntas para poder ir al meollo del problema ¿De donde surgen vuestros miedos? ¿De cosas fundadas o infundadas? ¿Por qué vienen estos pensamientos malos a vuestro corazón y os perturban?
Muchas veces en nuestra vida de fe experimentamos desasosiego, confusión, espanto y queremos escapar o encerrarnos. ¡Vemos Fantasmas! Nuestro corazón se turba y es a causa de los pensamientos malos o ideas erróneas que vienen a inquietarnos y hacen que hasta la presencia del mismísimo Cristo pueda ser causa de miedo.
Estos discípulos eran los que deberían llevar adelante la obra de predicación del Evangelio, y miradlos, ahí se encuentran con pensamientos que los afligen en vez de fortalecer su fe en la Palabra de Dios que afirmaba por activa y por pasiva que Cristo resucitaría. La falta de confianza y el temor en asuntos de fe vienen por la falta de apego o entendimiento que nuestra naturaleza humana nos aflige con pensamiento que hacen desconfiar, olvidar o no tener presente la Palabra de Dios.
Por este motivo Cristo se ocupó de dejar bien claro en su Palabra quién es y cuál es la obra que realizó en nuestro favor. No es un Profeta, no es un nuevo legislador, no es un amuleto de la suerte ni un genio de la lámpara. No es un fantasma. Es Cristo resucitado, el que venció a la muerte y al diablo para darte a ti vida. ¡No temas!
Jesús actúa cariñosamente con los asustados discípulos
Jesús los convence de que no es un fantasma. Lo mejor en este momento era mostrarles que conserva los atributos físicos, y por eso les enseña sus manos y come con ellos. ¡Los fantasmas no tienen cuerpo! ¡Cristo sí! El Señor quiere darles la seguridad de su presencia ya que eso echaría por la borda todo temor proveniente de ideas erróneas. Porque “si Dios es por nosotros ¿Quién contra nosotros?” Ro. 8:31. Pues “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré. El Señor es la fortaleza de mi vida ¿de quién he de atemorizarme? Salmo 27:1. “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?... ante todas esas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” Ro. 8:35,37
Por esto es tan importante seguir sosteniendo el principio Biblico “Solo Cristo” Pues quien conoce a Cristo, ya todo lo demás, mitos, miedos, talismanes, etc. le sobra. Esas cosas caen por su propio peso.
En ocasiones nos enzarzamos con luchas intelectuales intentando convencer a los demás de ideas erróneas sobre Cristo, y gastamos mucho tiempo y energía y nos desgastamos con esas cuestiones. Pero lo importante es predicar a Cristo, este quién se presenta vivo y real en tu vida.
Luego se disiparán las dudas, los miedos y los errores. Porque la Presencia de Cristo calmará los ánimos y a partir de la Paz que solo él puede infundir con su Perdón, todo lo que no proviene de él sobrará. Todo lo demás lo estimaremos como pérdida.
La Lucha
Hay una gran lucha en el corazón de los cristianos entre el gozo de creer y entregarse sin miedo y por completo a eso y el temor a ser engañados. Así es como lucha la fe con la duda en el corazón del cristiano. Estas también son tus luchas y las mías.
Ahora bien, Cristo no solo se muestra corporalmente para que vean que es el mismo Cristo que anduvo con ellos, sino que ahora muestra que su mensaje también es el mismo.
Jesús les recuerda que todo su ministerio es un cumplimiento de las Escrituras. Muestra la fidelidad y fiabilidad de su Palabra y su obra. Dios es fiel en cumplir sus promesas y el primero en confiar y experimentar esa fiabilidad fue Cristo que renunciando a todo se entregó por completo en confianza a esa Palabra. ¡Resucitaría! Y de hecho resucitó. Esa confianza en la Palabra es de un valor incalculable.
Cristo nos llama a confiar plenamente en sus promesas, en el cumplimiento de aquello que nos anuncia. En esta confianza el miedo, que nos paraliza o espanta, se disipa para dar lugar al gozo.
¿Cuáles son tus dudas? ¿Cuáles son tus temores? No dejes que los malos pensamientos bombardeen tu corazón y dinamiten tu confianza en la promesa de Cristo. Él resucitó. Él está contigo. Él te perdona y te pone en paz con Dios, contigo mismo y con tu prójimo. Él te asegura su compañía y su asistencia. Cristo te dice que nada te podrá separar de su amor. Él ya te ha preparado un lugar en el cielo para que vivas eternamente. Tu nombre está escrito en el libro de la vida. ¡Confía y alégrate!
La misión
El Señor abre el entendimiento de sus discípulos a través de la exposición de las Escrituras.
Nosotros hoy no lo vemos como ellos lo han visto cara a cara, sin embargo tenemos su Palabra y eso le basta a nuestra fe.
Jesús concluye dándoles a los discípulos un mandato y una promesa que se extiende hasta nosotros. Su tarea sería la de predicar el Evangelio a todas las naciones, dando testimonio de todo lo que han visto y oído. Gracias a que Dios los bendijo en su tarea y fueron fieles en su misión, hoy nosotros podemos conocer a Cristo y considerarnos herederos de la misión y la promesa. El mensaje es: En Cristo hay perdón de pecados para el pecador arrepentido.
Es una tarea muy grande la que Jesús nos da, pero junto a ella nos da también una promesa: Seréis investidos con poder desde lo alto.
El Poder de lo alto, con el cual aquellos discípulos fueron investidos, también tú lo tienes. En el Bautismo has sido revestido de Cristo y el Espíritu Santo te ha hecho nacer de nuevo y te ha dado la fe para que confíes en él y su Palabra. El Evangelio es la buena noticia que te ha dado Cristo y que tú tienes la tarea de anunciar a otros. Este Evangelio es poder de Dios para salvación de los que creen.
Dale gracias a Dios por darte entendiendo para comprender esto y hacerte parte de su misión. Alimenta tu fe en las verdades y certezas que te da la Palabra y los sacramentos y vive en la Paz que Cristo de ha dejado.
Amén.
miércoles, 29 de abril de 2009
sábado, 18 de abril de 2009
2º Domingo después de Resurrección.
Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón Salmo 95: 7b-8
Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
2º Domingo después de Resurrección
“¿Ver para creer o creer para ver?”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Hechos 4:32-35
La Epístola: 1 Juan 1:1-2:2
El Evangelio: Juan 20:19-31
EVANGELIO DEL DIA
Juan 20:19-31
19 Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. 20 Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. 21 Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. 22 Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. 24 Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25 Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 27 Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis
manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. 30 Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31 Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.
Sermón
El Problema con Tomás siempre ha sido su incredulidad. He oído mensajes en los cuales se lo criticaba mucho. Pero me pregunto ¿es necesario ser tan duro con él?
Por mucho tiempo ha sido llamado “el escéptico” o incluso “el incrédulo” por no creer inmediatamente en la resurrección y pedir pruebas al respecto.
Junto con los otros diez discípulos, Tomas ha oído las noticias del ángel dada a las mujeres de que Jesús ha sido levantado de entre los muertos. Por supuesto, ninguno de ellos lo cree al principio. Esa noche, sin embargo, Jesús se aparece ante sus discípulos. Están en un cuarto bien cerrado a fin de que nadie pueda entrar, pero repentinamente, Jesús está en medio de ellos. Él les declara su paz, sopla sobre ellos y les da el Espíritu Santo y pide que prediquen su Palabra, perdonando o reteniendo los pecados a las personas. Los discípulos saben que
Jesús ha resucitado porque lo han visto en persona. Han estado en su presencia. Le han visto a él y le han oído.
Desafortunadamente Tomas no estaba allí.
Cuando los demás le dicen lo que ha ocurrido, Tomás sigue escéptico y renuente a creer: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. El problema con Tomás es que él es un hombre muy pragmático: Ver para creer.
Después de ocho días, Jesús se presenta nuevamente a sus discípulos, y esta vez Tomás está con ellos. Jesús otra vez declara la paz a los suyos y luego habla directamente con Tomás: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”
Eso es suficiente para Tomás: Él ha visto al Salvador resucitado. La Palabra de Dios no queda vacía, produce su fruto en Tomás y le otorga la fe, así que este declara: “¡Señor mío y Dios mío!”.
Pero Jesús no ha terminado con Tomás y una ahora sigue una reprensión: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”.
Es fácil de criticar a Tomás, el escéptico: Él solo creería al ver y tocar a Jesús y el Señor le dio el lujo de ver y de tocarlo. Nosotros no tenemos ese privilegio, pero está bien, porque en definitiva La Palabra de Dios es lo que otorga la fe.
Confesamos que la fe llega por oír la Palabra (Romanos 10:17) y andamos por fe, no por vista (2 Corintios 5:7). Tomás ha recibido la Palabra, antes de la crucifixión, ya que Jesús en varias oportunidades declaró que él moriría y resucitaría.
Después de la resurrección, las mujeres y los discípulos le anunciaron la Palabra de Dios que Jesús ha resucitado. Tomás tuvo la Palabra de Dios constantemente, así como la tenemos tu y yo. Cuando él dudó, consiguió ver a Jesús y su Palabra fue la que afirmó su fe en el resucitado. Cuando nuestra fe flaquea o duda todo lo que tenemos que hacer es ir a la Palabra, allí se nos presenta el resucitado para animarnos y fortalecernos.
Creerás cuando oigas. Muchas personas hoy día utilizan el lema de Tomás: “creeré cuándo lo vea”. ¿Esta tan mal este lema? Después de todo, tú y yo lo practicamos constantemente, nos movemos mucho en “creeré en mis percepciones”. No se compra una propiedad sin primero verla. No creemos al vendedor de un coche cuando dice “confíe en mí, llévelo con los ojos cerrados” o cuando nos llaman ofreciendo los mejores negocios por teléfono, en dónde nos ahorraremos una pasta si hacemos lo que se nos pide. Ni qué decir si hablamos de las promesas de muchos políticos antes de las elecciones. Sin embargo, vivimos nuestras vidas diciendo, “lo creeré cuándo lo vea”. De hecho, en este mundo, éste es un principio sano con el que vivir.
Pero ¿Por qué vivimos diciendo “creeré cuando lo vea”? La respuesta es simple: Somos pecadores. Muchas personas son engañosas, deshonestas y negligentes. Pero también a los que tienen buenas intenciones se les olvida estar a la altura de sus promesas. Éste ya no es un mundo dónde los negocios se cierran con un apretón de manos o donde se toma en cuenta la palabra de la persona, porque las personas no están a la altura de sus palabras y promesas. Hay que tomar recaudos para no ser defraudados. Por eso es que se tiene contrato y seguros para casi todo, así los derechos de las personas quedan amparadas por la ley.
De manera simple, si fuésemos siempre honestos y fieles a nuestros ompromisos, no tendríamos que exigir primero las pruebas o avales correspondientes.
Podríamos confiar solo en la palabra dada. Pero estamos muy afectados por el pecado, así es que dudamos de la palabra del otro. Necesitamos ver para creer.
Desde esta perspectiva hemos sido un poco duro con Tomás por actuar naturalmente como cualquiera de nosotros.
El problema de Tomás y el nuestro es que este dicho de “creeré cuándo lo vea” tiene sentido en lo que se refiere a personas. Pero cuando Tomás duda en el texto del evangelio de hoy, no está cuestionando la honradez de otra persona influida por el pecado. Él está cuestiona la honradez de Dios y su Palabra.
Éste es el verdadero pecado que encontramos aquí. Exigir pruebas a las promesas de Dios es dudar de la honradez de Dios. Es como decir que el Señor es deshonesto, que no es confiable cien por ciento o que algunas veces se le olvida cumplir su Palabra. Dudar de la Palabra de Dios es cuestionar la integridad de Dios.
Pero la integridad de Dios no está sobre la mesa, porque él siempre dice verdad y siempre cumple sus promesas. Al respecto dice el apóstol Pablo: “De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4). Mentimos cuando decimos “creo” y recitamos el Credo, pero luego exigimos signos
y señales para tener una comprobación de que Dios existe.
Como cristianos, estamos llamados a alegrarnos en que la Palabra de Dios es segura, de que Él cumple sus promesas. No necesitamos más pruebas, porque allí se nos manifiesta sobre el Señor que nos ha redimido a un alto precio y El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? Es verdad que los pecadores, tu y yo incluidos, siempre queremos ver antes de que creer. Hoy día no son pocos lo que demandan de Dios una prueba de su existencia para creer y su amor por medio de milagros y señales: “¿Si existe Dios por qué hay tanto sufrimiento en el mundo, o tanto hambre?” “Si hace que el ciego vea o al sordo oír, o al enfermo curarse, entonces creeré”. O quizá más comúnmente son quienes en los momentos de angustia oran diciendo: “Señor, sácame de este grave problema, tu tienes poder para ello, así podré creer con más firmeza. Cuando vea tu intervención, creeré más”. Pero no necesitas tales señales y milagros para creer. ¿Por qué? Porque tienes la Palabra de Dios y en su Palabra, oyes de los milagros que Jesús ha hecho, el ciego pudo ver, los sordos oír y los enfermos ser restaurados. Tienes el fiel testimonio de que los ha hecho y puede volver a hacer cosas así. Allí tienes su promesa que te dará todo a su tiempo. Más importante aún, tienes su Palabra de que ya te ha salvado de la muerte, del diablo y del pecado. ¿Qué necesidad tienes de más pruebas de la que el Señor te ha dado? ¿Después de pagar el precio de tu rescate con su sangre derramada en la cruz, piensas que ahora será desleal o se olvidará de ti? El Señor ciertamente puede realizar tales milagros hoy, y cuando da vista a los ciegos o audición a los sordos y por ello le damos gracias. Pero no basamos nuestra fe en los milagros ocasionales que se pueden ver. Creemos porque hemos oído la Palabra de Jesús, quien fue crucificado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación eterna, creemos porque nos ha llamado a la fe y nos la ha otorgado, así como llama a todo el mundo y desea otorgarle la fe a todos.
Queda claro que ya no es necesario probar a Dios y su interés por nosotros, ya nos ha demostrado su amor de sobrada manera en Cristo y su obra en nuestro favor. Es por esto que para nosotros los testimonios personales del obrar de Dios son eso, testimonio personales, pero no pueden estar a la altura de la Palabra de Dios y nunca una persona llegará a creer por algo que no sea la Palabra. Le damos gracias a Dios por todas las buenas cosas, por supuesto, pero no creemos en él por los milagros que vemos u oímos. Creemos en él por el gran hecho que
ha realizado para todos nosotros: la redención del mundo en la cruz. No necesitamos más pruebas. No necesitamos que nada más nos convenza, porque él dice en su Palabra que ya nos ha salvado del pecado, muerte y el diablo.
En lugar de exigirle ver milagros, nos alegramos de que tenemos la Palabra de Dios. Su Verbo Santo nos trae la fe ya sea por la proclamación, en la Absolución, añadida a en el agua del Bautismo, o pronunciada sobre el pan y el vino en la Santa Comunión. Es por estos medios que el Señor nos trae a la fe. Una y otra vez, afrontamos el problema de que a menudo somos tentados a dejar estos medios de gracia a un lado para aferrarnos a otro camino dónde parece que Dios realmente está obrando. Somos tentados a creer que deberíamos confiar en Dios por lo que vemos, sentimos o por lo que experimentamos. ¿Pero esto nos trae de nuevo al pecado de Tomás? ¿O es que acaso Dios no ha hecho lo suficiente como para ganar tu confianza? Porque sino para ti tendrá que seguir haciendo más cosas espectaculares. Por eso es bueno oír al Salvador decirnos “Porque me has visto creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
En este mundo, “ver para creer” es una filosofía muy buena porque las personas no dan la vida por lo que dicen. Sin embargo, el Señor si dio su vida por lo que dijo. Él ha muerto para cumplir con su Palabra. Esta Palabra concede fe y perdón. Por consiguiente, oírla es necesario para creer.
Así es que oye este Palabra del Señor: El Señor Jesucristo ha muerto por ti y por cada alma, muerta en pecado, vacilante, desilusionada y descarriada. Como escuchamos el relato de su Pasión semanas pasadas, quienes le crucificaron fueron guiados por sus pecados. Por estos pecados, y por todos los pecados, Jesús murió en la cruz: El mismo ha sido llamado “El testigo fiel y verdadero” (Apocalipsis 3:14) padeciendo por todos los pecados, la infidelidad y mentiras, del género humano. Él ha pagado el precio de todos tus pecados allí. Esto es cierto, porque Dios así lo dice.
Además, el Señor Jesús fue levantado de entre los muertos a fin de que pueda compartir su vida eterna contigo.
En esta lección del Evangelio Jesús sopla sobre los discípulos, los envía como sus embajadores y les dice que deben perdonar los pecados por medio de su Palabra. Es por esto que cuando oyes al pastor u otro cristiano declararte la Absolución, el perdón de los pecados, puedes tener la seguridad de que eres perdonado como si el si Dios mismo te dirigiera tales palabras. Esto es cierto porque es obra de la Palabra del Señor.
También Dios promete que está presente con su perdón en las aguas del Bautismo. Tu sólo ves agua en la fuente bautismal. Pero el Señor declara que allí comparte su muerte y resurrección contigo, a fin de que tengas perdón y vida eterna. También creemos que el Señor está presente en, con y bajo el pan y el vino en la Santa Cena, “para la remisión de los pecados” y “fortalecernos y le conservarnos en la única y verdadera fe hasta el día en que venga”. El Señor viene a perdonar, tan presente como lo estuvo con los discípulos en el cuarto cerrado.
Así, como declaró “Paz a vosotros” a los discípulos, el pastor anuncia que su Señor te dice “la paz del Señor esté a contigo siempre”. Esto es muy cierto porque es Palabra de Dios.
Hay personas que aún así quieren más pruebas. A veces cuando se oye la Absolución, no se siente nada especial, no se percibe que se haya sido perdonado y muchos concluyen que no lo fue. En otras palabras, afirman que “la promesa de Dios no es buena, porque no ha sentido nada”. Otras veces, algunos se reirán de la idea de que el Señor puede estar presente en el pan y el vino para tu salvación.
Pero esto es simplemente una tonta discusión: Hablamos del mismo Señor que estuvo presente en la tierra, con y bajo un cuerpo humano por 33 años más o menos. Hablamos del mismo Jesús que murió y resucitó.
Hablamos del mismo Señor Jesucristo que repentinamente apareció en medio de los discípulos con la puerta cerrada. El Señor puede estar presente en el pan y el vino porque así lo dice. Ésta es la Palabra del Señor.
Además, Jesús te declara que el reino de los cielos y la vida eterna son tuyos porque él ha hecho todo para que sea así. Tu no ves el cielo aún, pero tienes su Palabra de que es así. Sin embargo, el diablo aplicará toda clase de tribulaciones en tu camino y luego susurrará: “Ves, no se puede confiar en Jesús”. Por lo cual si ves con tus ojos, la propuesta del diablo puede parecer razonable. Pero dónde el diablo expresa que “en Jesús no se puede confiar” debes responder “Claro que se puede confiar en él. El Señor nunca se le olvida cumplir su Palabra”.
Todo esto es cierto, porque el Señor dice que lo es. Ha muerto para redimirte y ha resucitado para darte vida.
Él viene a ti en sus medios de gracia para darte perdón, fe y salvación. Él te promete que eres su hijo amado y que el cielo es tuyo. ¿Lo ves con tus ojos? No. Pero ¿Es cierto eso? Sí, porque el Señor lo dice.
¿Aún habrá dudas y querremos ver pruebas? Seguro que si, nuestro viejo Adam se batirá en nosotros hasta el fin de los días. Pero esto no quiere decir que pierdas la fe y la salvación. No, oye otra vez la Palabra del Señor:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”(1 Juan 1:9). El Señor ha muerto por estos pecados de duda, así que no nos desalentamos por ellos.
En lugar de eso los confesamos con palabras como estas: “Padre, confieso que dudo de tu Palabra y tu fidelidad y busco otras pruebas de tu amor. Pero sé por tu Palabra que tu Hijo ha muerto por este pecado. Te suplico que me perdones este pecado, en el nombre de Jesús”. No dejes que tales dudas te convenzan de que estás perdido o ya no te guía la Palabra. Confiésalo y se perdonado, el Señor promete perdonar.
Tenemos Palabra del Señor que declara continuamente el perdón y vida eterna. Por ahora, sólo escucha y lee acerca de estas cosas, camina por la fe, no por vista. Seguramente tendrás que esperar pero verá como el Señor cumple con todas sus promesas, ya verás. Dios te declara “Bendito” porque no has visto y aún así crees. Ve en la certeza de que por la Palabra de Dios, eres perdonado de todos tus pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén
Atte. Pastor Gustavo Lavia
Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
2º Domingo después de Resurrección
“¿Ver para creer o creer para ver?”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Hechos 4:32-35
La Epístola: 1 Juan 1:1-2:2
El Evangelio: Juan 20:19-31
EVANGELIO DEL DIA
Juan 20:19-31
19 Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. 20 Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. 21 Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. 22 Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. 24 Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25 Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 27 Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis
manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. 30 Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31 Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.
Sermón
El Problema con Tomás siempre ha sido su incredulidad. He oído mensajes en los cuales se lo criticaba mucho. Pero me pregunto ¿es necesario ser tan duro con él?
Por mucho tiempo ha sido llamado “el escéptico” o incluso “el incrédulo” por no creer inmediatamente en la resurrección y pedir pruebas al respecto.
Junto con los otros diez discípulos, Tomas ha oído las noticias del ángel dada a las mujeres de que Jesús ha sido levantado de entre los muertos. Por supuesto, ninguno de ellos lo cree al principio. Esa noche, sin embargo, Jesús se aparece ante sus discípulos. Están en un cuarto bien cerrado a fin de que nadie pueda entrar, pero repentinamente, Jesús está en medio de ellos. Él les declara su paz, sopla sobre ellos y les da el Espíritu Santo y pide que prediquen su Palabra, perdonando o reteniendo los pecados a las personas. Los discípulos saben que
Jesús ha resucitado porque lo han visto en persona. Han estado en su presencia. Le han visto a él y le han oído.
Desafortunadamente Tomas no estaba allí.
Cuando los demás le dicen lo que ha ocurrido, Tomás sigue escéptico y renuente a creer: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. El problema con Tomás es que él es un hombre muy pragmático: Ver para creer.
Después de ocho días, Jesús se presenta nuevamente a sus discípulos, y esta vez Tomás está con ellos. Jesús otra vez declara la paz a los suyos y luego habla directamente con Tomás: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”
Eso es suficiente para Tomás: Él ha visto al Salvador resucitado. La Palabra de Dios no queda vacía, produce su fruto en Tomás y le otorga la fe, así que este declara: “¡Señor mío y Dios mío!”.
Pero Jesús no ha terminado con Tomás y una ahora sigue una reprensión: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”.
Es fácil de criticar a Tomás, el escéptico: Él solo creería al ver y tocar a Jesús y el Señor le dio el lujo de ver y de tocarlo. Nosotros no tenemos ese privilegio, pero está bien, porque en definitiva La Palabra de Dios es lo que otorga la fe.
Confesamos que la fe llega por oír la Palabra (Romanos 10:17) y andamos por fe, no por vista (2 Corintios 5:7). Tomás ha recibido la Palabra, antes de la crucifixión, ya que Jesús en varias oportunidades declaró que él moriría y resucitaría.
Después de la resurrección, las mujeres y los discípulos le anunciaron la Palabra de Dios que Jesús ha resucitado. Tomás tuvo la Palabra de Dios constantemente, así como la tenemos tu y yo. Cuando él dudó, consiguió ver a Jesús y su Palabra fue la que afirmó su fe en el resucitado. Cuando nuestra fe flaquea o duda todo lo que tenemos que hacer es ir a la Palabra, allí se nos presenta el resucitado para animarnos y fortalecernos.
Creerás cuando oigas. Muchas personas hoy día utilizan el lema de Tomás: “creeré cuándo lo vea”. ¿Esta tan mal este lema? Después de todo, tú y yo lo practicamos constantemente, nos movemos mucho en “creeré en mis percepciones”. No se compra una propiedad sin primero verla. No creemos al vendedor de un coche cuando dice “confíe en mí, llévelo con los ojos cerrados” o cuando nos llaman ofreciendo los mejores negocios por teléfono, en dónde nos ahorraremos una pasta si hacemos lo que se nos pide. Ni qué decir si hablamos de las promesas de muchos políticos antes de las elecciones. Sin embargo, vivimos nuestras vidas diciendo, “lo creeré cuándo lo vea”. De hecho, en este mundo, éste es un principio sano con el que vivir.
Pero ¿Por qué vivimos diciendo “creeré cuando lo vea”? La respuesta es simple: Somos pecadores. Muchas personas son engañosas, deshonestas y negligentes. Pero también a los que tienen buenas intenciones se les olvida estar a la altura de sus promesas. Éste ya no es un mundo dónde los negocios se cierran con un apretón de manos o donde se toma en cuenta la palabra de la persona, porque las personas no están a la altura de sus palabras y promesas. Hay que tomar recaudos para no ser defraudados. Por eso es que se tiene contrato y seguros para casi todo, así los derechos de las personas quedan amparadas por la ley.
De manera simple, si fuésemos siempre honestos y fieles a nuestros ompromisos, no tendríamos que exigir primero las pruebas o avales correspondientes.
Podríamos confiar solo en la palabra dada. Pero estamos muy afectados por el pecado, así es que dudamos de la palabra del otro. Necesitamos ver para creer.
Desde esta perspectiva hemos sido un poco duro con Tomás por actuar naturalmente como cualquiera de nosotros.
El problema de Tomás y el nuestro es que este dicho de “creeré cuándo lo vea” tiene sentido en lo que se refiere a personas. Pero cuando Tomás duda en el texto del evangelio de hoy, no está cuestionando la honradez de otra persona influida por el pecado. Él está cuestiona la honradez de Dios y su Palabra.
Éste es el verdadero pecado que encontramos aquí. Exigir pruebas a las promesas de Dios es dudar de la honradez de Dios. Es como decir que el Señor es deshonesto, que no es confiable cien por ciento o que algunas veces se le olvida cumplir su Palabra. Dudar de la Palabra de Dios es cuestionar la integridad de Dios.
Pero la integridad de Dios no está sobre la mesa, porque él siempre dice verdad y siempre cumple sus promesas. Al respecto dice el apóstol Pablo: “De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4). Mentimos cuando decimos “creo” y recitamos el Credo, pero luego exigimos signos
y señales para tener una comprobación de que Dios existe.
Como cristianos, estamos llamados a alegrarnos en que la Palabra de Dios es segura, de que Él cumple sus promesas. No necesitamos más pruebas, porque allí se nos manifiesta sobre el Señor que nos ha redimido a un alto precio y El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? Es verdad que los pecadores, tu y yo incluidos, siempre queremos ver antes de que creer. Hoy día no son pocos lo que demandan de Dios una prueba de su existencia para creer y su amor por medio de milagros y señales: “¿Si existe Dios por qué hay tanto sufrimiento en el mundo, o tanto hambre?” “Si hace que el ciego vea o al sordo oír, o al enfermo curarse, entonces creeré”. O quizá más comúnmente son quienes en los momentos de angustia oran diciendo: “Señor, sácame de este grave problema, tu tienes poder para ello, así podré creer con más firmeza. Cuando vea tu intervención, creeré más”. Pero no necesitas tales señales y milagros para creer. ¿Por qué? Porque tienes la Palabra de Dios y en su Palabra, oyes de los milagros que Jesús ha hecho, el ciego pudo ver, los sordos oír y los enfermos ser restaurados. Tienes el fiel testimonio de que los ha hecho y puede volver a hacer cosas así. Allí tienes su promesa que te dará todo a su tiempo. Más importante aún, tienes su Palabra de que ya te ha salvado de la muerte, del diablo y del pecado. ¿Qué necesidad tienes de más pruebas de la que el Señor te ha dado? ¿Después de pagar el precio de tu rescate con su sangre derramada en la cruz, piensas que ahora será desleal o se olvidará de ti? El Señor ciertamente puede realizar tales milagros hoy, y cuando da vista a los ciegos o audición a los sordos y por ello le damos gracias. Pero no basamos nuestra fe en los milagros ocasionales que se pueden ver. Creemos porque hemos oído la Palabra de Jesús, quien fue crucificado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación eterna, creemos porque nos ha llamado a la fe y nos la ha otorgado, así como llama a todo el mundo y desea otorgarle la fe a todos.
Queda claro que ya no es necesario probar a Dios y su interés por nosotros, ya nos ha demostrado su amor de sobrada manera en Cristo y su obra en nuestro favor. Es por esto que para nosotros los testimonios personales del obrar de Dios son eso, testimonio personales, pero no pueden estar a la altura de la Palabra de Dios y nunca una persona llegará a creer por algo que no sea la Palabra. Le damos gracias a Dios por todas las buenas cosas, por supuesto, pero no creemos en él por los milagros que vemos u oímos. Creemos en él por el gran hecho que
ha realizado para todos nosotros: la redención del mundo en la cruz. No necesitamos más pruebas. No necesitamos que nada más nos convenza, porque él dice en su Palabra que ya nos ha salvado del pecado, muerte y el diablo.
En lugar de exigirle ver milagros, nos alegramos de que tenemos la Palabra de Dios. Su Verbo Santo nos trae la fe ya sea por la proclamación, en la Absolución, añadida a en el agua del Bautismo, o pronunciada sobre el pan y el vino en la Santa Comunión. Es por estos medios que el Señor nos trae a la fe. Una y otra vez, afrontamos el problema de que a menudo somos tentados a dejar estos medios de gracia a un lado para aferrarnos a otro camino dónde parece que Dios realmente está obrando. Somos tentados a creer que deberíamos confiar en Dios por lo que vemos, sentimos o por lo que experimentamos. ¿Pero esto nos trae de nuevo al pecado de Tomás? ¿O es que acaso Dios no ha hecho lo suficiente como para ganar tu confianza? Porque sino para ti tendrá que seguir haciendo más cosas espectaculares. Por eso es bueno oír al Salvador decirnos “Porque me has visto creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
En este mundo, “ver para creer” es una filosofía muy buena porque las personas no dan la vida por lo que dicen. Sin embargo, el Señor si dio su vida por lo que dijo. Él ha muerto para cumplir con su Palabra. Esta Palabra concede fe y perdón. Por consiguiente, oírla es necesario para creer.
Así es que oye este Palabra del Señor: El Señor Jesucristo ha muerto por ti y por cada alma, muerta en pecado, vacilante, desilusionada y descarriada. Como escuchamos el relato de su Pasión semanas pasadas, quienes le crucificaron fueron guiados por sus pecados. Por estos pecados, y por todos los pecados, Jesús murió en la cruz: El mismo ha sido llamado “El testigo fiel y verdadero” (Apocalipsis 3:14) padeciendo por todos los pecados, la infidelidad y mentiras, del género humano. Él ha pagado el precio de todos tus pecados allí. Esto es cierto, porque Dios así lo dice.
Además, el Señor Jesús fue levantado de entre los muertos a fin de que pueda compartir su vida eterna contigo.
En esta lección del Evangelio Jesús sopla sobre los discípulos, los envía como sus embajadores y les dice que deben perdonar los pecados por medio de su Palabra. Es por esto que cuando oyes al pastor u otro cristiano declararte la Absolución, el perdón de los pecados, puedes tener la seguridad de que eres perdonado como si el si Dios mismo te dirigiera tales palabras. Esto es cierto porque es obra de la Palabra del Señor.
También Dios promete que está presente con su perdón en las aguas del Bautismo. Tu sólo ves agua en la fuente bautismal. Pero el Señor declara que allí comparte su muerte y resurrección contigo, a fin de que tengas perdón y vida eterna. También creemos que el Señor está presente en, con y bajo el pan y el vino en la Santa Cena, “para la remisión de los pecados” y “fortalecernos y le conservarnos en la única y verdadera fe hasta el día en que venga”. El Señor viene a perdonar, tan presente como lo estuvo con los discípulos en el cuarto cerrado.
Así, como declaró “Paz a vosotros” a los discípulos, el pastor anuncia que su Señor te dice “la paz del Señor esté a contigo siempre”. Esto es muy cierto porque es Palabra de Dios.
Hay personas que aún así quieren más pruebas. A veces cuando se oye la Absolución, no se siente nada especial, no se percibe que se haya sido perdonado y muchos concluyen que no lo fue. En otras palabras, afirman que “la promesa de Dios no es buena, porque no ha sentido nada”. Otras veces, algunos se reirán de la idea de que el Señor puede estar presente en el pan y el vino para tu salvación.
Pero esto es simplemente una tonta discusión: Hablamos del mismo Señor que estuvo presente en la tierra, con y bajo un cuerpo humano por 33 años más o menos. Hablamos del mismo Jesús que murió y resucitó.
Hablamos del mismo Señor Jesucristo que repentinamente apareció en medio de los discípulos con la puerta cerrada. El Señor puede estar presente en el pan y el vino porque así lo dice. Ésta es la Palabra del Señor.
Además, Jesús te declara que el reino de los cielos y la vida eterna son tuyos porque él ha hecho todo para que sea así. Tu no ves el cielo aún, pero tienes su Palabra de que es así. Sin embargo, el diablo aplicará toda clase de tribulaciones en tu camino y luego susurrará: “Ves, no se puede confiar en Jesús”. Por lo cual si ves con tus ojos, la propuesta del diablo puede parecer razonable. Pero dónde el diablo expresa que “en Jesús no se puede confiar” debes responder “Claro que se puede confiar en él. El Señor nunca se le olvida cumplir su Palabra”.
Todo esto es cierto, porque el Señor dice que lo es. Ha muerto para redimirte y ha resucitado para darte vida.
Él viene a ti en sus medios de gracia para darte perdón, fe y salvación. Él te promete que eres su hijo amado y que el cielo es tuyo. ¿Lo ves con tus ojos? No. Pero ¿Es cierto eso? Sí, porque el Señor lo dice.
¿Aún habrá dudas y querremos ver pruebas? Seguro que si, nuestro viejo Adam se batirá en nosotros hasta el fin de los días. Pero esto no quiere decir que pierdas la fe y la salvación. No, oye otra vez la Palabra del Señor:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”(1 Juan 1:9). El Señor ha muerto por estos pecados de duda, así que no nos desalentamos por ellos.
En lugar de eso los confesamos con palabras como estas: “Padre, confieso que dudo de tu Palabra y tu fidelidad y busco otras pruebas de tu amor. Pero sé por tu Palabra que tu Hijo ha muerto por este pecado. Te suplico que me perdones este pecado, en el nombre de Jesús”. No dejes que tales dudas te convenzan de que estás perdido o ya no te guía la Palabra. Confiésalo y se perdonado, el Señor promete perdonar.
Tenemos Palabra del Señor que declara continuamente el perdón y vida eterna. Por ahora, sólo escucha y lee acerca de estas cosas, camina por la fe, no por vista. Seguramente tendrás que esperar pero verá como el Señor cumple con todas sus promesas, ya verás. Dios te declara “Bendito” porque no has visto y aún así crees. Ve en la certeza de que por la Palabra de Dios, eres perdonado de todos tus pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén
Atte. Pastor Gustavo Lavia
martes, 14 de abril de 2009
Domingo de Resurrección.
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
“Cree en Cristo”
El Antiguo Testamento: Nahúm 21:4-9
La Epístola: Efesios 2:1-10
El Evangelio del Día: Juan 3:14-21
14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.
Martín Lutero
Sermón para la Fiesta de la Pascua
Fecha: 28 de marzo de 1535
Texto:
Juan 20:11-18.
Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas vé a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.
INTRODUCCIÓN:
Sin duda habéis oído ya más de un sermón acerca del artículo de nuestro Credo que reza: "Al tercer día resucitó de entre los muertos". Y creo que os he enseñado con suficiente claridad y frecuencia cuál debe ser vuestra actitud ante este artículo, ya que hace más de 20 años que vengo predicando en vuestro medio, sin haber faltado por enfermedad en una sola fiesta de Pascua. No obstante, quiero volver una vez más sobre el mismo tema; quizás sea ésta la última vez.
PRIMERA PARTE
Las palabras de amable ironía de los ángeles a la afligida María
1. Si creemos en la resurrección de Cristo, somos compañeros de los ángeles. Me propuse hablaros hoy acerca de María Magdalena y la conversación que tuvo, primero con el ángel y luego con el Señor mismo. ¿Por qué será que estos detalles quedaron grabados con tanta nitidez en la memoria de los discípulos? Seguramente para que os pudieran hacer saber qué es la resurrección de Cristo, y quiénes son sus beneficiarios. En lo tocante a su propia persona, Cristo no tenía ninguna necesidad de manifestarse en público, tampoco había motivo para hacerlo en interés de los ángeles, pues éstos ya le conocían de antemano. Antes bien, todo aquello sucedió y fue escrito para que nosotros aprendiésemos a creerlo y a aferramos a ello. Fijaos, pues, al oír la historia de la resurrección, en la manera amistosa en que los santos ángeles hablan con María Magdalena y las demás mujeres, como si quisieran bromear con Magdalena. Casi parece que, estando ellos mismos tan seguros y tan llenos de gozo, se burlaran un poco de la pobre mujer y su triste llanto, diciéndole: "¡Buena tontita eres con tus lágrimas en momentos en que reina una tan grande alegría!" Hablan con ella como con una compañera de juegos, como una persona amiga con otra, y como si desde chicos se hubiesen criado juntos. María Magdalena es para los ángeles como una querida hermana; virtual-mente ya la ven reunida con ellos en el reino de los cielos. Con esto nos instan a acostumbrarnos al modo de pensar de ellos mismos, como si ya estuviésemos sentados con ellos en el cielo y los tuviéramos por hermanos y hermanas, y como si pudiéramos tratarlos como compañeros de juego a quienes conocíamos desde los días de la infancia. Esto sucede para consuelo y fortalecimiento nuestro, a fin de que nos familiaricemos con ese artículo de la resurrección, sabiendo que ella es un hecho real y concreto, no ya sólo una mera promesa. En efecto: Cristo, la Cabeza, ya subió a los cielos; ya no es, como lo había sido anteriormente, aquel cuya resurrección se esperaba según la letra y las palabras de la Escritura, sino que fue resucitado en persona, fue hecho dueño y señor de la muerte., y venció a la muerte en su propio cuerpo. De ahí que ese artículo esté cumplido en más de la mitad también en lo que concierne a nosotros. De ahí también el trato tan amistoso de los ángeles con la gente, en particular con estas mujeres junto al sepulcro vacío, de modo que en su rebosante alegría bromean' con María y se burlan un poco de ella, como diciéndole: "Éa, María, ¿no eres acaso nuestra compañera en el cielo? Tu llanto está completamente fuera de lugar. Pues no sólo no has perdido a tu Señor, sino que puedes alegrarte con nosotros por toda la eternidad; porque Cristo ya resucitó."
2. Si no nos sentimos alegres como los ángeles, nos gobierna el "viejo Adán".
A esto apunta nuestra fe. Quien no cree que Cristo resucitó, quien no tiene a la resurrección por un hecho cierto, está perdido. Muchos cantan de ella, y mayor aún es el número de los que creen entenderla; pero cuando vamos al grano, vemos que en todos ellos reina más el Adán viejo y muerto que el Cristo viviente. Lo único que saben es gastar bellas palabras, bellas, pero inútiles.
Y sin embargo, quieren saber más de estas cosas que el mismo Espíritu Santo y los ángeles; pero cuando tienen que dar una prueba de su saber, se descubre en ellos el viejo Adán, muerto y pecaminoso. Todavía no le han tomado el gusto a: este artículo, no han penetrado hasta su médula, sino que siguen metidos dentro de su viejo Adán; él es quien les dicta sus
pensamientos y acciones, como lo vemos en los espíritus fanáticos y también en nosotros
mismos, en nuestra avaricia, nuestra altanería, etcétera. Donde es Adán el que manda, junto con
el pecado y la muerte, no hay lugar para Cristo. El gozo inherente en la resurrección de Cristo es
predicado a causa de María y los demás compañeros de los ángeles. Quien no quiere compartirlo,
quédese a un lado. Nosotros empero vimos y oímos este artículo, y sentimos su efecto, de modo
que no tenemos excusa si permanecemos en la indiferencia.
Notemos, pues, en primer lugar, que los ángeles fortalecen nuestra fe y se muestran con
nosotros tan amables como con Magdalena y las demás mujeres. Se comportan con nosotros, los
cristianos, como si ya estuviéramos en el cielo, se acercan a nosotros, toman forma visible,
aparecen en vestiduras resplandecientes, y hacen como si nuestra resurrección para vida eterna ya fuese un hecho consumado. Tampoco hacen diferencia alguna entre nosotros y ellos, y nuestras lágrimas, cuitas y lamentaciones casi las toman a risa. Evidentemente, María Magdalena es imagen y ejemplo nuestro, y en cierto modo nuestra precursora: el comportamiento de ella nos muestra cuan débilmente creemos nosotros en el artículo de la resurrección. María Magdalena está aún envuelta en la vieja piel de Eva; le resulta imposible adaptarse a la vida venidera y a la compañía de los ángeles. Y no obstante, la buena noticia que recibe le despierta el ánimo, y finalmente también ella cree que el Señor resucitó. Quien, al igual que los ángeles, pudiera creer y tomar en serio el mensaje de que Cristo ha resucitado, quien pudiera creer que Cristo el Resucitado está aquí con nosotros de modo que ya no tenemos que "buscar entre los muertos al que vive" (Lucas 24:5), el tal sin duda sentiría también el mismo gozo que sintieron los ángeles.
Cuanto más viva sea la fe en este artículo, tanto más vigor cobrará el ánimo y el espíritu. Ya no
temerá ni al diablo ni a Pilatos ni a Heredes. En cambio, si no experimentamos ese gozo que
experimentaron los ángeles, ello es señal de que no tenemos fe, o no la tenemos en medida
suficiente. ¡Cuídese pues cada cual y examínese, no sea que nos engañemos a nosotros mismos
teniéndonos por buenos cristianos, cuando lo que menos hacemos es creer! En tal case, el que
vive en nosotros es Adán, y Cristo está muerto. Esto significa entonces estar en compañía del
diablo, caer del Cristo viviente en el Adán muerto. Ejemplos para ello no faltan; los podemos ver
a diario.
SEGUNDA PARTE
El consuelo fraternal de Cristo para María y los discípulos
1. Bondadosamente, Cristo llama "hermanos" a sus discípulos.
Aunque el mensaje angelical no es aceptado por la totalidad de quienes lo oímos, algunos
sí lo aceptan. Y éstos disfrutan no sólo de la presencia de los santos ángeles, quienes en la certeza
de que también nosotros resucitaremos de la muerte, se burlan un poco de nuestras
preocupaciones, sino que disfrutan también de la presencia de Cristo mismo quien nos trata de un modo enteramente familiar, aún más de lo que pudieran hacerlo los ángeles, y con quien nos une un Tazo aún más estrecho que con éstos. Pues los ángeles no tienen carne y sangre humanas, y no obstante se portaron como alegres camaradas con Magdalena, es decir, con todos nosotros. Cristo empero, el que adoptó nuestra naturaleza humana, se nos acerca aún más; porque él vino no por causa de sí mismo, sino por causa de Magdalena, y por amor a nosotros. Por eso le dice: "Vé a mis hermanos, y cuéntaselo". Esto va mucho más allá de lo que dijeron los ángeles. Las palabras de Cristo son incomparablemente más bondadosas y amistosas que las palabras de los ángeles quienes en su propia alegría se sienten movidos a risa ante el innecesario dolor ajeno. Si Dios le abriera a uno el corazón para captar esto, el tal nunca más se podría sentir triste, porque siempre tendría presente la bondad con que el Señor trató a María, que había tenido siete demonios (Lucas 8:2) y que era una mujer como cualquier otra, y un ser humano como todos los demás. Asimismo, Pedro y aquellos otros a quienes Cristo llama "hermanos", tampoco eran mejores que nosotros, porque ellos y nosotros hemos sido formados de la misma pasta. Si ellos se destacan sobre otros, no es porque les sea innato, sino que se lo deben a aquel que aquí los llama hermanos, confiriéndoles así un rango especial. Quizás hayan dicho después: "¡Y sin embargo se fue de nosotros y ya no está en esta vida! ¿Por qué nos llama entonces hermanos? Antes sí esto podía haber tenido visos de verosimilitud, cuando Cristo vivía todavía sobre esta tierra, cuando todavía no estaba clarificado ni había entrado en la gloria. En aquel entonces habría sido apropiado, y habría sonado muy bien, que él nos dijera: 'Vosotros sois mis hermanos, y yo el vuestro; mi Padre es vuestro Padre, y vuestro Padre es mi Padre'. Ahora en cambio que se ha producido entre nosotros un distanciamiento tan grande que nosotros estamos aún aquí en el extranjero mientras que él ya se halla en su reino celestial, arrebatado de los lazos de la muerte — ahora nos parece extraño que él nos llame hermanos, y que nos llame así sólo ahora, en especial a Pedro que le había negado, y a los otros que le habían abandonado. Ésta es una gloria que sobrepasa toda otra gloria".
2. También nosotros somos hermanos del que es Señor sobre pecado y muerte.
De esta palabra "hermano" los cristianos podemos asirnos, y fortalecer con ella nuestro
corazón contra el diablo vil y contra la muerte, pues por boca de Cristo mismo se te anuncia: "¡Tú
eres su hermano!" ¿Quién puede expresar con palabras y comprender cabalmente qué gloria se
adjudica con esto al cristiano que es de veras un creyente? Muchos hay, sin duda, que se
consuelan con lo del "hermano"; pero pocos son los que lo aceptan seria y sinceramente, y que
dicen en lo profundo de su corazón: "Esta palabra de que Cristo me llama hermano es incuestionablemente cierta. ¡Qué hombre admirable! ¡Decirme que puedo ir mano a mano con
Pedro y Pablo, que puedo llamarme santo, sabio, puro, justo y grande al igual que ellos!"
Considera pues qué mensaje es el que Cristo encarga a Magdalena: "Vé a mis hermanos". Sin
duda la llamó también a ella "hermana". Pues si los discípulos son llamados por él hermanos, sus
palabras dichas a Magdalena tienen este significado: "Vé, querida hermana, y di a los siervos de
mi Padre y criados de mi Dios que ellos son mis co-hermanos y consiervos y co-señores." ¡Qué
hermanos y hermanas más ricos han de ser aquellos que pueden decir de sí mismos con legitimo
orgullo: "Nosotros somos hermanos de aquel que ya no yace en el sepulcro, y ya no está sujeto a
la muerte y al pecado, sino que es el Señor en persona que arrojó a la muerte a sus pies y condenó el pecado"! ¡Oh, ruegue, quien pueda, que Dios le conceda esta fe!
Pero esto no es todo: esta admirable predicación sale de la boca del propio Cristo, no de la
de los ángeles. Los ángeles no dicen: "Vé y diles a los hermanos del Señor" ni tampoco "a
nuestros hermanos". Antes bien, dejan para él el honor de llamar hermanos a los que le
abandonaron, a los que le negaron, a los que son débiles en la fe. Y en verdad les era muy
necesario que Cristo les hablara en un tono tan amistoso. A pesar de que ya anteriormente les
había dicho: "Vosotros sois mis amigos, a quienes el Padre les ha dado a conocer todas las
cosas", y a pesar de que esto ya había sido honor suficiente: ahora ya no podían esperar tales
palabras. Pedro ya habría estado más que contento con que el Señor le dijera: "No te voy a
rechazar". Pero ¿qué ocurre? No sólo no los rechaza, no sólo les perdona sus pecados y los
vuelve a aceptar como amigos, sino que le dice a Magdalena: "Diles que son mis hermanos". Esto
sí que se llama hablar cariñosamente al corazón, al corazón de un hombre desesperado y afligido,
de modo que éste puede decir ahora: "Cristo es la Boca de la Verdad, la Palabra de la Verdad,
¿no es cierto? Entonces aceptaré como verdad lo que él me dice."
TERCERA PARTE
El mensaje de lo, resurrección exige fe
1. Sobre los que reciben este mensaje con ingratitud, caerá un terrible castigo.
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En cambio, la plaga más grande que uno puede imaginarse es si no queremos aceptar esta
relación de compañeros y hermanos, más aún, si hasta perseguimos a los hermanos de Cristo y
derramamos su sangre, mostrándonos así desagradecidos y mezquinos. Mas los que quieran
aceptarla, guarden este texto en su corazón perpetuamente, para que obtengan la vida eterna.
¿Quién, sin embargo, lo hace? A una predicación tan consoladora y sublime se la trata como si
fueran palabras habladas al aire, o un cuento mentiroso de turcos y tártaros; no las aceptamos
como dichas a nosotros, no nos mueven a la alegría ni a canciones de júbilo, y sin embargo
pregonan una alegría tan grande que incluso los ángeles se llenan de gozo, a pesar dé que las
palabras no fueron dirigidas a ellos. San Pedro escribe a este respecto: "A vosotros se os anuncian
cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles" (1ª Pedro 1:12). ¿Y nosotros, que somos los
destinatarios de esta predicación, habríamos de permanecer indiferentes? No nos engañemos: el
Señor caerá sobre nosotros y castigará nuestra ingratitud de tal manera que se podrán aplicar a
nosotros las palabras aire fueran dichos con respecto a Judas: "Mejor le fuera a este horrible no
haber nacido" (Mateo 26:24).
Nada puede ser más claro que estas palabras: "Yo soy vuestro hermano, y vosotros sois
mis hermanos". ¿O acaso se esconde en ellas una doctrina herética, diabólica? ¡Efectivamente, el
mundo es del diablo, no sólo diez veces, sino cien mil veces! Pues no sólo condena esta doctrina,
sino que ni siquiera le presta atención.
2. Creyendo en el Cristo resucitado, ya, estamos por la mitad en el cielo.
Por esto, ¡alégrese todo aquel que alegrarse pueda! Ríes Cristo no resucitó de entre los
muertos para ser nuestro juez; antes bien: él que va anteriormente había sido nuestro armero
(Juan 15:14), es ahora nuestro hermano: el que ya anteriormente nos había amado (Juan 13:1),
nos ama ahora mucho más aún. Ahora rige lo que dicen las Escrituran: "El que os toca a vosotros,
me tocó a mí, vuestro hermano primogénito". ¿Con quiénes habla Cristo de este modo? Con
cristianos que han sido bautizados, que oyen y creen su palabra para dar intrepidez y vigor a su
fe. María es llamada su hermana, los apóstoles y nosotros somos llamados sus hermanos, a despecho de que también nosotros somos pecadores que, como Pedro, sufrimos más de una caída.
Ahora puede decirse, por lo tanto: el reino de los cielos ya ha entrado en vigencia, pues laresurrección de Cristo ya se consumó; la Cabeza ya está fuera de la muerte, y nosotros, los
miembros, mediante la fe estamos fuera de ella al menos en cuanto al alma; sólo el cuerpo está
sujeto todavía a esta vida perecedera. Todos los cristianos ya han resucitado por más de la mitad;
pues Cristo ya ha sido trasladado a la vida celestial, y con él las almas de los creyentes; sólo el
saco, es decir, el cuerpo en que está metido el alma, se halla todavía aquí. Pero también el cuerpo
resucitará una vez que la Cabeza, Cristo, ha sido llevado de aquí. El alma —podríamos llamarla
también el grano— ya goza de la bienaventuranza, la meta de su fe; la cáscara, o sea el cuerpo,
tampoco quedará atrás. Aprendamos por lo tanto a creer con entera firmeza que resucitaremos
con Cristo y seremos llevados con él al cielo, y que ya por más de la mitad estamos en aquella
vida. Y no dudemos de ello en lo más mínimo, puesto que él es nuestro hermano, y nosotros,
hermanos suyos. ¡El Dios de la misericordia nos ayude a ello, para que podamos creerlo y
gozarnos en tal fe!
“Cree en Cristo”
El Antiguo Testamento: Nahúm 21:4-9
La Epístola: Efesios 2:1-10
El Evangelio del Día: Juan 3:14-21
14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.
Martín Lutero
Sermón para la Fiesta de la Pascua
Fecha: 28 de marzo de 1535
Texto:
Juan 20:11-18.
Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas vé a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.
INTRODUCCIÓN:
Sin duda habéis oído ya más de un sermón acerca del artículo de nuestro Credo que reza: "Al tercer día resucitó de entre los muertos". Y creo que os he enseñado con suficiente claridad y frecuencia cuál debe ser vuestra actitud ante este artículo, ya que hace más de 20 años que vengo predicando en vuestro medio, sin haber faltado por enfermedad en una sola fiesta de Pascua. No obstante, quiero volver una vez más sobre el mismo tema; quizás sea ésta la última vez.
PRIMERA PARTE
Las palabras de amable ironía de los ángeles a la afligida María
1. Si creemos en la resurrección de Cristo, somos compañeros de los ángeles. Me propuse hablaros hoy acerca de María Magdalena y la conversación que tuvo, primero con el ángel y luego con el Señor mismo. ¿Por qué será que estos detalles quedaron grabados con tanta nitidez en la memoria de los discípulos? Seguramente para que os pudieran hacer saber qué es la resurrección de Cristo, y quiénes son sus beneficiarios. En lo tocante a su propia persona, Cristo no tenía ninguna necesidad de manifestarse en público, tampoco había motivo para hacerlo en interés de los ángeles, pues éstos ya le conocían de antemano. Antes bien, todo aquello sucedió y fue escrito para que nosotros aprendiésemos a creerlo y a aferramos a ello. Fijaos, pues, al oír la historia de la resurrección, en la manera amistosa en que los santos ángeles hablan con María Magdalena y las demás mujeres, como si quisieran bromear con Magdalena. Casi parece que, estando ellos mismos tan seguros y tan llenos de gozo, se burlaran un poco de la pobre mujer y su triste llanto, diciéndole: "¡Buena tontita eres con tus lágrimas en momentos en que reina una tan grande alegría!" Hablan con ella como con una compañera de juegos, como una persona amiga con otra, y como si desde chicos se hubiesen criado juntos. María Magdalena es para los ángeles como una querida hermana; virtual-mente ya la ven reunida con ellos en el reino de los cielos. Con esto nos instan a acostumbrarnos al modo de pensar de ellos mismos, como si ya estuviésemos sentados con ellos en el cielo y los tuviéramos por hermanos y hermanas, y como si pudiéramos tratarlos como compañeros de juego a quienes conocíamos desde los días de la infancia. Esto sucede para consuelo y fortalecimiento nuestro, a fin de que nos familiaricemos con ese artículo de la resurrección, sabiendo que ella es un hecho real y concreto, no ya sólo una mera promesa. En efecto: Cristo, la Cabeza, ya subió a los cielos; ya no es, como lo había sido anteriormente, aquel cuya resurrección se esperaba según la letra y las palabras de la Escritura, sino que fue resucitado en persona, fue hecho dueño y señor de la muerte., y venció a la muerte en su propio cuerpo. De ahí que ese artículo esté cumplido en más de la mitad también en lo que concierne a nosotros. De ahí también el trato tan amistoso de los ángeles con la gente, en particular con estas mujeres junto al sepulcro vacío, de modo que en su rebosante alegría bromean' con María y se burlan un poco de ella, como diciéndole: "Éa, María, ¿no eres acaso nuestra compañera en el cielo? Tu llanto está completamente fuera de lugar. Pues no sólo no has perdido a tu Señor, sino que puedes alegrarte con nosotros por toda la eternidad; porque Cristo ya resucitó."
2. Si no nos sentimos alegres como los ángeles, nos gobierna el "viejo Adán".
A esto apunta nuestra fe. Quien no cree que Cristo resucitó, quien no tiene a la resurrección por un hecho cierto, está perdido. Muchos cantan de ella, y mayor aún es el número de los que creen entenderla; pero cuando vamos al grano, vemos que en todos ellos reina más el Adán viejo y muerto que el Cristo viviente. Lo único que saben es gastar bellas palabras, bellas, pero inútiles.
Y sin embargo, quieren saber más de estas cosas que el mismo Espíritu Santo y los ángeles; pero cuando tienen que dar una prueba de su saber, se descubre en ellos el viejo Adán, muerto y pecaminoso. Todavía no le han tomado el gusto a: este artículo, no han penetrado hasta su médula, sino que siguen metidos dentro de su viejo Adán; él es quien les dicta sus
pensamientos y acciones, como lo vemos en los espíritus fanáticos y también en nosotros
mismos, en nuestra avaricia, nuestra altanería, etcétera. Donde es Adán el que manda, junto con
el pecado y la muerte, no hay lugar para Cristo. El gozo inherente en la resurrección de Cristo es
predicado a causa de María y los demás compañeros de los ángeles. Quien no quiere compartirlo,
quédese a un lado. Nosotros empero vimos y oímos este artículo, y sentimos su efecto, de modo
que no tenemos excusa si permanecemos en la indiferencia.
Notemos, pues, en primer lugar, que los ángeles fortalecen nuestra fe y se muestran con
nosotros tan amables como con Magdalena y las demás mujeres. Se comportan con nosotros, los
cristianos, como si ya estuviéramos en el cielo, se acercan a nosotros, toman forma visible,
aparecen en vestiduras resplandecientes, y hacen como si nuestra resurrección para vida eterna ya fuese un hecho consumado. Tampoco hacen diferencia alguna entre nosotros y ellos, y nuestras lágrimas, cuitas y lamentaciones casi las toman a risa. Evidentemente, María Magdalena es imagen y ejemplo nuestro, y en cierto modo nuestra precursora: el comportamiento de ella nos muestra cuan débilmente creemos nosotros en el artículo de la resurrección. María Magdalena está aún envuelta en la vieja piel de Eva; le resulta imposible adaptarse a la vida venidera y a la compañía de los ángeles. Y no obstante, la buena noticia que recibe le despierta el ánimo, y finalmente también ella cree que el Señor resucitó. Quien, al igual que los ángeles, pudiera creer y tomar en serio el mensaje de que Cristo ha resucitado, quien pudiera creer que Cristo el Resucitado está aquí con nosotros de modo que ya no tenemos que "buscar entre los muertos al que vive" (Lucas 24:5), el tal sin duda sentiría también el mismo gozo que sintieron los ángeles.
Cuanto más viva sea la fe en este artículo, tanto más vigor cobrará el ánimo y el espíritu. Ya no
temerá ni al diablo ni a Pilatos ni a Heredes. En cambio, si no experimentamos ese gozo que
experimentaron los ángeles, ello es señal de que no tenemos fe, o no la tenemos en medida
suficiente. ¡Cuídese pues cada cual y examínese, no sea que nos engañemos a nosotros mismos
teniéndonos por buenos cristianos, cuando lo que menos hacemos es creer! En tal case, el que
vive en nosotros es Adán, y Cristo está muerto. Esto significa entonces estar en compañía del
diablo, caer del Cristo viviente en el Adán muerto. Ejemplos para ello no faltan; los podemos ver
a diario.
SEGUNDA PARTE
El consuelo fraternal de Cristo para María y los discípulos
1. Bondadosamente, Cristo llama "hermanos" a sus discípulos.
Aunque el mensaje angelical no es aceptado por la totalidad de quienes lo oímos, algunos
sí lo aceptan. Y éstos disfrutan no sólo de la presencia de los santos ángeles, quienes en la certeza
de que también nosotros resucitaremos de la muerte, se burlan un poco de nuestras
preocupaciones, sino que disfrutan también de la presencia de Cristo mismo quien nos trata de un modo enteramente familiar, aún más de lo que pudieran hacerlo los ángeles, y con quien nos une un Tazo aún más estrecho que con éstos. Pues los ángeles no tienen carne y sangre humanas, y no obstante se portaron como alegres camaradas con Magdalena, es decir, con todos nosotros. Cristo empero, el que adoptó nuestra naturaleza humana, se nos acerca aún más; porque él vino no por causa de sí mismo, sino por causa de Magdalena, y por amor a nosotros. Por eso le dice: "Vé a mis hermanos, y cuéntaselo". Esto va mucho más allá de lo que dijeron los ángeles. Las palabras de Cristo son incomparablemente más bondadosas y amistosas que las palabras de los ángeles quienes en su propia alegría se sienten movidos a risa ante el innecesario dolor ajeno. Si Dios le abriera a uno el corazón para captar esto, el tal nunca más se podría sentir triste, porque siempre tendría presente la bondad con que el Señor trató a María, que había tenido siete demonios (Lucas 8:2) y que era una mujer como cualquier otra, y un ser humano como todos los demás. Asimismo, Pedro y aquellos otros a quienes Cristo llama "hermanos", tampoco eran mejores que nosotros, porque ellos y nosotros hemos sido formados de la misma pasta. Si ellos se destacan sobre otros, no es porque les sea innato, sino que se lo deben a aquel que aquí los llama hermanos, confiriéndoles así un rango especial. Quizás hayan dicho después: "¡Y sin embargo se fue de nosotros y ya no está en esta vida! ¿Por qué nos llama entonces hermanos? Antes sí esto podía haber tenido visos de verosimilitud, cuando Cristo vivía todavía sobre esta tierra, cuando todavía no estaba clarificado ni había entrado en la gloria. En aquel entonces habría sido apropiado, y habría sonado muy bien, que él nos dijera: 'Vosotros sois mis hermanos, y yo el vuestro; mi Padre es vuestro Padre, y vuestro Padre es mi Padre'. Ahora en cambio que se ha producido entre nosotros un distanciamiento tan grande que nosotros estamos aún aquí en el extranjero mientras que él ya se halla en su reino celestial, arrebatado de los lazos de la muerte — ahora nos parece extraño que él nos llame hermanos, y que nos llame así sólo ahora, en especial a Pedro que le había negado, y a los otros que le habían abandonado. Ésta es una gloria que sobrepasa toda otra gloria".
2. También nosotros somos hermanos del que es Señor sobre pecado y muerte.
De esta palabra "hermano" los cristianos podemos asirnos, y fortalecer con ella nuestro
corazón contra el diablo vil y contra la muerte, pues por boca de Cristo mismo se te anuncia: "¡Tú
eres su hermano!" ¿Quién puede expresar con palabras y comprender cabalmente qué gloria se
adjudica con esto al cristiano que es de veras un creyente? Muchos hay, sin duda, que se
consuelan con lo del "hermano"; pero pocos son los que lo aceptan seria y sinceramente, y que
dicen en lo profundo de su corazón: "Esta palabra de que Cristo me llama hermano es incuestionablemente cierta. ¡Qué hombre admirable! ¡Decirme que puedo ir mano a mano con
Pedro y Pablo, que puedo llamarme santo, sabio, puro, justo y grande al igual que ellos!"
Considera pues qué mensaje es el que Cristo encarga a Magdalena: "Vé a mis hermanos". Sin
duda la llamó también a ella "hermana". Pues si los discípulos son llamados por él hermanos, sus
palabras dichas a Magdalena tienen este significado: "Vé, querida hermana, y di a los siervos de
mi Padre y criados de mi Dios que ellos son mis co-hermanos y consiervos y co-señores." ¡Qué
hermanos y hermanas más ricos han de ser aquellos que pueden decir de sí mismos con legitimo
orgullo: "Nosotros somos hermanos de aquel que ya no yace en el sepulcro, y ya no está sujeto a
la muerte y al pecado, sino que es el Señor en persona que arrojó a la muerte a sus pies y condenó el pecado"! ¡Oh, ruegue, quien pueda, que Dios le conceda esta fe!
Pero esto no es todo: esta admirable predicación sale de la boca del propio Cristo, no de la
de los ángeles. Los ángeles no dicen: "Vé y diles a los hermanos del Señor" ni tampoco "a
nuestros hermanos". Antes bien, dejan para él el honor de llamar hermanos a los que le
abandonaron, a los que le negaron, a los que son débiles en la fe. Y en verdad les era muy
necesario que Cristo les hablara en un tono tan amistoso. A pesar de que ya anteriormente les
había dicho: "Vosotros sois mis amigos, a quienes el Padre les ha dado a conocer todas las
cosas", y a pesar de que esto ya había sido honor suficiente: ahora ya no podían esperar tales
palabras. Pedro ya habría estado más que contento con que el Señor le dijera: "No te voy a
rechazar". Pero ¿qué ocurre? No sólo no los rechaza, no sólo les perdona sus pecados y los
vuelve a aceptar como amigos, sino que le dice a Magdalena: "Diles que son mis hermanos". Esto
sí que se llama hablar cariñosamente al corazón, al corazón de un hombre desesperado y afligido,
de modo que éste puede decir ahora: "Cristo es la Boca de la Verdad, la Palabra de la Verdad,
¿no es cierto? Entonces aceptaré como verdad lo que él me dice."
TERCERA PARTE
El mensaje de lo, resurrección exige fe
1. Sobre los que reciben este mensaje con ingratitud, caerá un terrible castigo.
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En cambio, la plaga más grande que uno puede imaginarse es si no queremos aceptar esta
relación de compañeros y hermanos, más aún, si hasta perseguimos a los hermanos de Cristo y
derramamos su sangre, mostrándonos así desagradecidos y mezquinos. Mas los que quieran
aceptarla, guarden este texto en su corazón perpetuamente, para que obtengan la vida eterna.
¿Quién, sin embargo, lo hace? A una predicación tan consoladora y sublime se la trata como si
fueran palabras habladas al aire, o un cuento mentiroso de turcos y tártaros; no las aceptamos
como dichas a nosotros, no nos mueven a la alegría ni a canciones de júbilo, y sin embargo
pregonan una alegría tan grande que incluso los ángeles se llenan de gozo, a pesar dé que las
palabras no fueron dirigidas a ellos. San Pedro escribe a este respecto: "A vosotros se os anuncian
cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles" (1ª Pedro 1:12). ¿Y nosotros, que somos los
destinatarios de esta predicación, habríamos de permanecer indiferentes? No nos engañemos: el
Señor caerá sobre nosotros y castigará nuestra ingratitud de tal manera que se podrán aplicar a
nosotros las palabras aire fueran dichos con respecto a Judas: "Mejor le fuera a este horrible no
haber nacido" (Mateo 26:24).
Nada puede ser más claro que estas palabras: "Yo soy vuestro hermano, y vosotros sois
mis hermanos". ¿O acaso se esconde en ellas una doctrina herética, diabólica? ¡Efectivamente, el
mundo es del diablo, no sólo diez veces, sino cien mil veces! Pues no sólo condena esta doctrina,
sino que ni siquiera le presta atención.
2. Creyendo en el Cristo resucitado, ya, estamos por la mitad en el cielo.
Por esto, ¡alégrese todo aquel que alegrarse pueda! Ríes Cristo no resucitó de entre los
muertos para ser nuestro juez; antes bien: él que va anteriormente había sido nuestro armero
(Juan 15:14), es ahora nuestro hermano: el que ya anteriormente nos había amado (Juan 13:1),
nos ama ahora mucho más aún. Ahora rige lo que dicen las Escrituran: "El que os toca a vosotros,
me tocó a mí, vuestro hermano primogénito". ¿Con quiénes habla Cristo de este modo? Con
cristianos que han sido bautizados, que oyen y creen su palabra para dar intrepidez y vigor a su
fe. María es llamada su hermana, los apóstoles y nosotros somos llamados sus hermanos, a despecho de que también nosotros somos pecadores que, como Pedro, sufrimos más de una caída.
Ahora puede decirse, por lo tanto: el reino de los cielos ya ha entrado en vigencia, pues laresurrección de Cristo ya se consumó; la Cabeza ya está fuera de la muerte, y nosotros, los
miembros, mediante la fe estamos fuera de ella al menos en cuanto al alma; sólo el cuerpo está
sujeto todavía a esta vida perecedera. Todos los cristianos ya han resucitado por más de la mitad;
pues Cristo ya ha sido trasladado a la vida celestial, y con él las almas de los creyentes; sólo el
saco, es decir, el cuerpo en que está metido el alma, se halla todavía aquí. Pero también el cuerpo
resucitará una vez que la Cabeza, Cristo, ha sido llevado de aquí. El alma —podríamos llamarla
también el grano— ya goza de la bienaventuranza, la meta de su fe; la cáscara, o sea el cuerpo,
tampoco quedará atrás. Aprendamos por lo tanto a creer con entera firmeza que resucitaremos
con Cristo y seremos llevados con él al cielo, y que ya por más de la mitad estamos en aquella
vida. Y no dudemos de ello en lo más mínimo, puesto que él es nuestro hermano, y nosotros,
hermanos suyos. ¡El Dios de la misericordia nos ayude a ello, para que podamos creerlo y
gozarnos en tal fe!
viernes, 10 de abril de 2009
Domingo de Ramos.
Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón Salmo 95: 7b-8
Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Domingo de Ramos
“Cristo transforma la Cruz como símbolo de triunfo ”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Zacarias 9:9-12
La Epístola: Filemón 2:5-11
El Evangelio: Juan 12:20-43
20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. 21 Éstos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. 22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. 23 Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24 De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor.
Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará. 27 Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. 28 Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez. 29 Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado. 30 Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros. 31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. 32 Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. 33 Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.
La cruz. ¿Puedes ir a algún sitio sin ver una cruz en tu camino? En la parte superior de una capilla. En una lápida del cementerio. Grabada en un anillo o suspendida en una cadena. La cruz es el símbolo universal de Cristiandad.
¿Una extraña elección, no crees? Es extraño que una herramienta de tortura llegase a ser un símbolo de esperanza. Los símbolos de otras religiones son más positivos o bonitos: La Estrella de
David, la Luna Creciente de mahometismo, la flor del loto para el budismo. Pero ¿una cruz para el Cristianismo? ¿Un instrumento de ejecución como estandarte?. Sería como llevar puesta una silla eléctrica diminuta alrededor de su cuello o una soga de ahorcamiento colgada en la pared.
¿Imprimirías un cuadro con un pelotón de fusilamiento en una tarjeta de presentación. Pero si hacemos estas cosas con la cruz.
Muchos aun hacemos la señal de la cruz cuando oramos. ¿Harías el signo de una guillotina? Está claro que no tenemos la misma percepción entre una señal y la otra.
¿Por qué lo cruz es el símbolo es de nuestra fe? Para encontrar la respuesta no necesitamos ir más allá de la cruz misma. Su diseño no podría ser más simple. Una viga horizontal la otra vertical. Una muestra el alcance del amor de Dios. La otra la santidad de Dios. Una representa la anchura de su amor, la otra refleja la altura de su Santidad. La cruz es la intersección. La cruz está donde Dios perdonó a la humanidad sin dejar de lado su justicia y su Ley. ¿Cómo pudo hacer él esto? Dios puso nuestro pecado en su Hijo y lo castigó allí.
Sermón
SAN JUAN 12:20-33
Nos encontramos en el final del tiempo de Cuaresma. En este tiempo acompañamos espiritualmente a Jesús camino al Gólgota y nos ocupamos en la cruz del Salvador. Seguramente ningún creyente quisiera privarse de este tiempo de meditación, porque la cruz ocupa el primer plano en este tiempo que nos hace recordar la muerte de Cristo y también nuestra propia muerte. Por ello hasta los incrédulos más notorios sienten algo del profundo respeto que infunde la cruz con su mensaje sobre la Pasión y muerte, y llevan una vida de recogimiento al acercarse el Viernes Santo.
Para el creyente el tiempo de Cuaresma no es simplemente un tiempo de compasión y de emoción vaga, sino más bien un tiempo de bendiciones, porque el creyente sabe que de la cruz brota la vida para el mundo, pues el tiempo de Cuaresma es un período preparatorio para la Pascua de Resurrección, la fiesta máxima de la cristiandad.
A fin de obtener el máximo provecho de este tiempo, debemos entender con la mayor claridad la obra de Jesús. Escuchemos a Jesús mismo explicar su obra, en tanto que explica en nuestro texto el Triunfo de la Cruz y como este se manifiesta en la conversión de pecadores; y en la santificación de los mismos.
Jesús fue a Jerusalén por última vez. Había ido con la intención de cumplir “todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del hombre.” (Lucas 18:31.). Así como se pone Sevilla a esta altura del año, la ciudad de Jerusalén estaba dominada por la un gran espíritu festivo, producido por los millares de peregrinos procedentes de todos los países. Habían ido a Jerusalén para asistir a la fiesta nacional de la Pascua judía. El pueblo abrigaba la esperanza de la aparición repentina del Mesías. Los judíos creían que podría acontecer en cualquier momento, en cualquiera oportunidad, porque sentían que había llegado el tiempo predicho por los profetas.
Creían que cualquiera de ellos, ungido por el Espíritu de Dios, podría revelarse como el Mesías prometido. Un grupo entusiasmado preparó la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, como nos lo relata el texto para el Domingo de Ramos. La excepción a este entusiasmo estaba dada por el grupo de los fariseos, que acerbamente comentaron: “He aquí, que el mundo se va tras él.”
Entre los peregrinos que habían llegado para la fiesta, se encontraban ciertos griegos. Habían abandonado la idolatría grosera del pueblo y se habían convertido al Dios vivo. Conocían el Antiguo Testamento y sabían que vendría un Salvador. Por esta razón estaban ansiosos de ver a Jesús y así cerciorarse si era el Cristo. Se acercaron, pues, a Felipe, que les inspiraba simpatía y confianza, por su nombre griego, o quizás porque ya le habían conocido personalmente en Betsaida de Galilea, región donde vivían muchos paganos mezclados con los judíos. Expresaron el siguiente deseo a Felipe: “Señor, quisiéramos ver a Jesús.” No era esto una mera curiosidad, sino el ardiente deseo que sentían de seguirle, si es que era el Mesías, y ser salvos por la fe en Él.
La presencia de los griegos recordó a Jesús que se había cumplido el tiempo de que habían hablado los profetas. (Isaías 2, Génesis 49:10.) La conversión de los gentiles era el principio del endurecimiento del pueblo judío, ante el cual Cristo aparecería por última vez, como reo, entregado en manos de los gentiles. Pero por su Pasión y muerte se convertirían los pecadores y sería glorificado el nombre de Dios. Por lo tanto, habló a los griegos acerca del triunfo de la cruz.
(23 - 24.)
Para hablar de su muerte, Jesús se vale del ejemplo del grano de trigo. El grano debe caer en la tierra, antes de dar fruto. Sería una insensatez guardar el grano en un valioso recipiente, pues nada produciría. Para el hombre ignorante puede parecer insensato echar el trigo en tierra sucia, húmeda, oscura, donde, según su opinión, se echará a perder. Mas la experiencia demuestra que la disolución es necesaria para la reproducción: el exterior del grano se deshace para alimentar el germen que la semilla lleva en sí, para así dar origen a una nueva planta, vida y fruto abundante.
Un Mesías terrenal, como el que esperaba el pueblo, para elevarlo material y políticamente por encima de todas las naciones, para nada serviría respecto a la eternidad. Tampoco habría valido un Mesías espiritual, aunque habría sido glorificado sin ver la muerte y subido al cielo, como Enoc o como Elias, porque su obra no habría sido suficiente para salvar a los pecadores. Pero ahora su vida y su obra desembocarán en la muerte. Su cuerpo será quebrado en la cruz. El que nació de una virgen será puesto en un sepulcro virgen. El que de casualidad hubiera sido espectador, podría haber dicho: “Éste es el fin de su misión.” Pero la cruz triunfa. Por su muerte y resurrección Cristo se manifiesta como Salvador del mundo, que convierte pecadores, transforma vidas, como se observa en el caso del malhechor a su derecha en la cruz, que de malhechor fue convertido en santo digno del paraíso; del publicano Mateo, que fue convertido en apóstol; de la mujer pecadora, que fue convertida en creyente en Jesús. (Lucas 7:36.)
Asimismo debemos nosotros ver a Jesús. El que ve en Él sólo un ejemplo que se debe imitar, un mártir de su convicción, un hombre ejemplar, como lo presentan los modernistas y otros que dicen llamarse cristianos liberales, no ha visto a Jesús, como Él mismo se presenta. Para esa persona el mensaje de la cruz es insensatez.
Pero el que ve a Jesús, como lo describen los profetas del Antiguo Testamento y como Él mismo se presenta a los griegos, la cruz le es poder de Dios para la salvación; pues por fe en Jesús alcanza la vida verdadera, la gloria del mundo venidero que es la meta que Dios nos destinó desde un principio.
Por la muerte de Jesús, Dios es glorificado.
Jesús es verdadero hombre para poder, como representante de los hombres, cumplir la Ley, sufrir y morir.
Como hombre, no es insensible, pues su alma se inquieta ante la perspectiva de tener que cargar o llevar los pecados del mundo, y sufrir la muerte, que es la paga del pecado. Por esta razón pregunta “¿Y qué diré?” Acaso pida: “Padre, sálvame de esta hora.” No. Esto no dirá, porque “por esto mismo vine a esta hora.” Según la voluntad de Dios sufrirá la muerte del pecador, por ser el único medio de convertir al pecador y darle ánimo de volverse del pecado hacia Dios.
Por ello es fortalecido por la voz del cielo, que acredita el mensaje de su muerte, por la que Dios es glorificado y el diablo echado de este mundo. Pues la muerte de Jesús es el juicio de Dios sobre el pecado. A causa de ella el diablo pierde el derecho sobre los hombres y es desechado como acusador; pero por medio de ella Cristo entra en su reino para dominar todas las cosas y principalmente gobernar y proteger a su Iglesia. La voz del cielo prosigue en la predicación del Evangelio, que para unos es voz de trueno, u olor de muerte para muerte, pero para otros es voz de ángeles u olor de vida para vida. (2 Cor. 2:16.).
El triunfo de la Cruz se manifiesta en la santificación del pecador (25-26.). Por la conversión, el pecador aún no ha alcanzado el estado de la perfección de la vida cristiana, sino que mientras vive, tiene que luchar contra el diablo, que aunque es desechado como acusador, anda alrededor
como león rugiente buscando a quien pueda devorar. A éste debemos resistir, y proseguir en la lucha, para crecer en la vida cristiana o la santificación. En el ejemplo del grano de trigo debemos ver nuestra propia condición. El que quiere vivir en Cristo debe morir antes a la carne y al pecado.
En Cristo el sentido nuestra vida toma otro camino, esto es, disfruta de otro, rehuir ganancias sórdidas, renunciar a comodidades que impidan servir a Dios, sacrificar nuestro tiempo para trabajar por el bien de la congregación de Cristo y desprendernos de nuestro dinero para divulgar el reino de Dios. Los que así proceden buscan la santificación y es señal de que la cruz del Salvador ha triunfado en ellos. El Salvador también vino, no para hacerse servir, sino para servir y dar su vida por muchos.
El hombre que trata de impedir el triunfo de la cruz, procede de manera diferente, porque ama su vida terrenal. Sólo busca su comodidad y piensa así: “¿De qué me aprovecha ir a la iglesia, contribuir con mi dinero, sacrificar mi comodidad y perder el tiempo? Más valor tiene para mí quedarme en casa y aprovechar el tiempo para aumentar mis ingresos, o descansar de la tarea de la semana.” Cree que está empleando bien su vida, si la aprovecha para su progreso material, y cree que está perdiendo el tiempo que dedica a buscar la santidad. Mas perderá su vida. La perderá tarde o temprano, y si muere sin haber alcanzado la paz de Dios por la fe en Cristo,
perderá también su alma, pues el que no cree, será condenado. Si cuesta mucho el ser creyente, más cuesta el no serlo, porque el impío pierde esta vida y la venidera; “la piedad empero para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera.” (1 Timoteo 4:8.)
Esta santificación es el triunfo de la cruz, en el creyente. Al considerar cómo Jesús aceleraba su obra, aunque ésta significaba su Pasión y muerte, el creyente es impulsado a llevar sobre sí su cruz. Y al pensar en el indecible dolor en cuerpo y alma que sufrió Jesús para pagar nuestras transgresiones, el creyente es impulsado para sacrificar su carne con todas las concupiscencias y malos deseos.
Si se aleja la cruz de la religión cristiana, ésta quedaría reducida a una suma de preceptos morales, como es el caso en las religiones paganas, a las que el diablo usa para que sus adictos no acepten la cruz.
Sin la cruz el hombre pecador no puede entrar en comunión con Dios. Mas ella es el medio de reconciliar el amor de Dios con su santidad. Con ella se quita la pared que separa al hombre de Dios. Por eso dice Jesús: “Y yo”, el Hijo de Dios, capaz de vencer el pecado, la muerte y el diablo, el Hijo del hombre, capaz de sufrir y morir para pagar el castigo como substituto de todos los hombres, levantado de la tierra a la cruz y de la cruz al cielo, “a todos atraeré a mí mismo.” Éste es el triunfo de la cruz.
Es por el Evangelio de la cruz que Dios realmente es glorificado. Puede haber mucha actividad en una iglesia, puede tener mucho éxito aparente un pastor, pero la conversión del pecador se consigue únicamente por medio del mensaje de la cruz. Los hombres fácilmente pueden cansarse de oír hablar aun a grandes oradores sobre hombres famosos, pero jamás se cansará el mundo de oír el mensaje de la cruz, aunque ese mensaje sea presentado con humildad, porque en él está el Espíritu Santo, que toca el corazón.
Aprovechemos pues este tiempo de Cuaresma para buscar a Jesús donde, según su propia promesa, podemos encontrarle, a saber: en su Palabra, la que se debe escudriñar; donde es la voluntad de Dios salvar al pecador mediante la insensatez de la predicación (1 Corintios 1:21); en su Santa Cena, donde Jesús mismo explica el misterio de la cruz, declarando que su cuerpo fue dado y su sangre derramada para la remisión de los pecados.
Y el Señor bendiga su Palabra para que la cruz triunfe en nosotros y se cumpla en nosotros la siguiente promesa de nuestro texto: “En donde yo estoy, allí también estará mi servidor.” Amén.
J. Felahuer.
Adaptado por Pastor Gustavo Lavia.
Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Domingo de Ramos
“Cristo transforma la Cruz como símbolo de triunfo ”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Zacarias 9:9-12
La Epístola: Filemón 2:5-11
El Evangelio: Juan 12:20-43
20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. 21 Éstos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. 22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. 23 Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24 De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor.
Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará. 27 Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. 28 Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez. 29 Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado. 30 Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros. 31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. 32 Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. 33 Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.
La cruz. ¿Puedes ir a algún sitio sin ver una cruz en tu camino? En la parte superior de una capilla. En una lápida del cementerio. Grabada en un anillo o suspendida en una cadena. La cruz es el símbolo universal de Cristiandad.
¿Una extraña elección, no crees? Es extraño que una herramienta de tortura llegase a ser un símbolo de esperanza. Los símbolos de otras religiones son más positivos o bonitos: La Estrella de
David, la Luna Creciente de mahometismo, la flor del loto para el budismo. Pero ¿una cruz para el Cristianismo? ¿Un instrumento de ejecución como estandarte?. Sería como llevar puesta una silla eléctrica diminuta alrededor de su cuello o una soga de ahorcamiento colgada en la pared.
¿Imprimirías un cuadro con un pelotón de fusilamiento en una tarjeta de presentación. Pero si hacemos estas cosas con la cruz.
Muchos aun hacemos la señal de la cruz cuando oramos. ¿Harías el signo de una guillotina? Está claro que no tenemos la misma percepción entre una señal y la otra.
¿Por qué lo cruz es el símbolo es de nuestra fe? Para encontrar la respuesta no necesitamos ir más allá de la cruz misma. Su diseño no podría ser más simple. Una viga horizontal la otra vertical. Una muestra el alcance del amor de Dios. La otra la santidad de Dios. Una representa la anchura de su amor, la otra refleja la altura de su Santidad. La cruz es la intersección. La cruz está donde Dios perdonó a la humanidad sin dejar de lado su justicia y su Ley. ¿Cómo pudo hacer él esto? Dios puso nuestro pecado en su Hijo y lo castigó allí.
Sermón
SAN JUAN 12:20-33
Nos encontramos en el final del tiempo de Cuaresma. En este tiempo acompañamos espiritualmente a Jesús camino al Gólgota y nos ocupamos en la cruz del Salvador. Seguramente ningún creyente quisiera privarse de este tiempo de meditación, porque la cruz ocupa el primer plano en este tiempo que nos hace recordar la muerte de Cristo y también nuestra propia muerte. Por ello hasta los incrédulos más notorios sienten algo del profundo respeto que infunde la cruz con su mensaje sobre la Pasión y muerte, y llevan una vida de recogimiento al acercarse el Viernes Santo.
Para el creyente el tiempo de Cuaresma no es simplemente un tiempo de compasión y de emoción vaga, sino más bien un tiempo de bendiciones, porque el creyente sabe que de la cruz brota la vida para el mundo, pues el tiempo de Cuaresma es un período preparatorio para la Pascua de Resurrección, la fiesta máxima de la cristiandad.
A fin de obtener el máximo provecho de este tiempo, debemos entender con la mayor claridad la obra de Jesús. Escuchemos a Jesús mismo explicar su obra, en tanto que explica en nuestro texto el Triunfo de la Cruz y como este se manifiesta en la conversión de pecadores; y en la santificación de los mismos.
Jesús fue a Jerusalén por última vez. Había ido con la intención de cumplir “todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del hombre.” (Lucas 18:31.). Así como se pone Sevilla a esta altura del año, la ciudad de Jerusalén estaba dominada por la un gran espíritu festivo, producido por los millares de peregrinos procedentes de todos los países. Habían ido a Jerusalén para asistir a la fiesta nacional de la Pascua judía. El pueblo abrigaba la esperanza de la aparición repentina del Mesías. Los judíos creían que podría acontecer en cualquier momento, en cualquiera oportunidad, porque sentían que había llegado el tiempo predicho por los profetas.
Creían que cualquiera de ellos, ungido por el Espíritu de Dios, podría revelarse como el Mesías prometido. Un grupo entusiasmado preparó la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, como nos lo relata el texto para el Domingo de Ramos. La excepción a este entusiasmo estaba dada por el grupo de los fariseos, que acerbamente comentaron: “He aquí, que el mundo se va tras él.”
Entre los peregrinos que habían llegado para la fiesta, se encontraban ciertos griegos. Habían abandonado la idolatría grosera del pueblo y se habían convertido al Dios vivo. Conocían el Antiguo Testamento y sabían que vendría un Salvador. Por esta razón estaban ansiosos de ver a Jesús y así cerciorarse si era el Cristo. Se acercaron, pues, a Felipe, que les inspiraba simpatía y confianza, por su nombre griego, o quizás porque ya le habían conocido personalmente en Betsaida de Galilea, región donde vivían muchos paganos mezclados con los judíos. Expresaron el siguiente deseo a Felipe: “Señor, quisiéramos ver a Jesús.” No era esto una mera curiosidad, sino el ardiente deseo que sentían de seguirle, si es que era el Mesías, y ser salvos por la fe en Él.
La presencia de los griegos recordó a Jesús que se había cumplido el tiempo de que habían hablado los profetas. (Isaías 2, Génesis 49:10.) La conversión de los gentiles era el principio del endurecimiento del pueblo judío, ante el cual Cristo aparecería por última vez, como reo, entregado en manos de los gentiles. Pero por su Pasión y muerte se convertirían los pecadores y sería glorificado el nombre de Dios. Por lo tanto, habló a los griegos acerca del triunfo de la cruz.
(23 - 24.)
Para hablar de su muerte, Jesús se vale del ejemplo del grano de trigo. El grano debe caer en la tierra, antes de dar fruto. Sería una insensatez guardar el grano en un valioso recipiente, pues nada produciría. Para el hombre ignorante puede parecer insensato echar el trigo en tierra sucia, húmeda, oscura, donde, según su opinión, se echará a perder. Mas la experiencia demuestra que la disolución es necesaria para la reproducción: el exterior del grano se deshace para alimentar el germen que la semilla lleva en sí, para así dar origen a una nueva planta, vida y fruto abundante.
Un Mesías terrenal, como el que esperaba el pueblo, para elevarlo material y políticamente por encima de todas las naciones, para nada serviría respecto a la eternidad. Tampoco habría valido un Mesías espiritual, aunque habría sido glorificado sin ver la muerte y subido al cielo, como Enoc o como Elias, porque su obra no habría sido suficiente para salvar a los pecadores. Pero ahora su vida y su obra desembocarán en la muerte. Su cuerpo será quebrado en la cruz. El que nació de una virgen será puesto en un sepulcro virgen. El que de casualidad hubiera sido espectador, podría haber dicho: “Éste es el fin de su misión.” Pero la cruz triunfa. Por su muerte y resurrección Cristo se manifiesta como Salvador del mundo, que convierte pecadores, transforma vidas, como se observa en el caso del malhechor a su derecha en la cruz, que de malhechor fue convertido en santo digno del paraíso; del publicano Mateo, que fue convertido en apóstol; de la mujer pecadora, que fue convertida en creyente en Jesús. (Lucas 7:36.)
Asimismo debemos nosotros ver a Jesús. El que ve en Él sólo un ejemplo que se debe imitar, un mártir de su convicción, un hombre ejemplar, como lo presentan los modernistas y otros que dicen llamarse cristianos liberales, no ha visto a Jesús, como Él mismo se presenta. Para esa persona el mensaje de la cruz es insensatez.
Pero el que ve a Jesús, como lo describen los profetas del Antiguo Testamento y como Él mismo se presenta a los griegos, la cruz le es poder de Dios para la salvación; pues por fe en Jesús alcanza la vida verdadera, la gloria del mundo venidero que es la meta que Dios nos destinó desde un principio.
Por la muerte de Jesús, Dios es glorificado.
Jesús es verdadero hombre para poder, como representante de los hombres, cumplir la Ley, sufrir y morir.
Como hombre, no es insensible, pues su alma se inquieta ante la perspectiva de tener que cargar o llevar los pecados del mundo, y sufrir la muerte, que es la paga del pecado. Por esta razón pregunta “¿Y qué diré?” Acaso pida: “Padre, sálvame de esta hora.” No. Esto no dirá, porque “por esto mismo vine a esta hora.” Según la voluntad de Dios sufrirá la muerte del pecador, por ser el único medio de convertir al pecador y darle ánimo de volverse del pecado hacia Dios.
Por ello es fortalecido por la voz del cielo, que acredita el mensaje de su muerte, por la que Dios es glorificado y el diablo echado de este mundo. Pues la muerte de Jesús es el juicio de Dios sobre el pecado. A causa de ella el diablo pierde el derecho sobre los hombres y es desechado como acusador; pero por medio de ella Cristo entra en su reino para dominar todas las cosas y principalmente gobernar y proteger a su Iglesia. La voz del cielo prosigue en la predicación del Evangelio, que para unos es voz de trueno, u olor de muerte para muerte, pero para otros es voz de ángeles u olor de vida para vida. (2 Cor. 2:16.).
El triunfo de la Cruz se manifiesta en la santificación del pecador (25-26.). Por la conversión, el pecador aún no ha alcanzado el estado de la perfección de la vida cristiana, sino que mientras vive, tiene que luchar contra el diablo, que aunque es desechado como acusador, anda alrededor
como león rugiente buscando a quien pueda devorar. A éste debemos resistir, y proseguir en la lucha, para crecer en la vida cristiana o la santificación. En el ejemplo del grano de trigo debemos ver nuestra propia condición. El que quiere vivir en Cristo debe morir antes a la carne y al pecado.
En Cristo el sentido nuestra vida toma otro camino, esto es, disfruta de otro, rehuir ganancias sórdidas, renunciar a comodidades que impidan servir a Dios, sacrificar nuestro tiempo para trabajar por el bien de la congregación de Cristo y desprendernos de nuestro dinero para divulgar el reino de Dios. Los que así proceden buscan la santificación y es señal de que la cruz del Salvador ha triunfado en ellos. El Salvador también vino, no para hacerse servir, sino para servir y dar su vida por muchos.
El hombre que trata de impedir el triunfo de la cruz, procede de manera diferente, porque ama su vida terrenal. Sólo busca su comodidad y piensa así: “¿De qué me aprovecha ir a la iglesia, contribuir con mi dinero, sacrificar mi comodidad y perder el tiempo? Más valor tiene para mí quedarme en casa y aprovechar el tiempo para aumentar mis ingresos, o descansar de la tarea de la semana.” Cree que está empleando bien su vida, si la aprovecha para su progreso material, y cree que está perdiendo el tiempo que dedica a buscar la santidad. Mas perderá su vida. La perderá tarde o temprano, y si muere sin haber alcanzado la paz de Dios por la fe en Cristo,
perderá también su alma, pues el que no cree, será condenado. Si cuesta mucho el ser creyente, más cuesta el no serlo, porque el impío pierde esta vida y la venidera; “la piedad empero para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera.” (1 Timoteo 4:8.)
Esta santificación es el triunfo de la cruz, en el creyente. Al considerar cómo Jesús aceleraba su obra, aunque ésta significaba su Pasión y muerte, el creyente es impulsado a llevar sobre sí su cruz. Y al pensar en el indecible dolor en cuerpo y alma que sufrió Jesús para pagar nuestras transgresiones, el creyente es impulsado para sacrificar su carne con todas las concupiscencias y malos deseos.
Si se aleja la cruz de la religión cristiana, ésta quedaría reducida a una suma de preceptos morales, como es el caso en las religiones paganas, a las que el diablo usa para que sus adictos no acepten la cruz.
Sin la cruz el hombre pecador no puede entrar en comunión con Dios. Mas ella es el medio de reconciliar el amor de Dios con su santidad. Con ella se quita la pared que separa al hombre de Dios. Por eso dice Jesús: “Y yo”, el Hijo de Dios, capaz de vencer el pecado, la muerte y el diablo, el Hijo del hombre, capaz de sufrir y morir para pagar el castigo como substituto de todos los hombres, levantado de la tierra a la cruz y de la cruz al cielo, “a todos atraeré a mí mismo.” Éste es el triunfo de la cruz.
Es por el Evangelio de la cruz que Dios realmente es glorificado. Puede haber mucha actividad en una iglesia, puede tener mucho éxito aparente un pastor, pero la conversión del pecador se consigue únicamente por medio del mensaje de la cruz. Los hombres fácilmente pueden cansarse de oír hablar aun a grandes oradores sobre hombres famosos, pero jamás se cansará el mundo de oír el mensaje de la cruz, aunque ese mensaje sea presentado con humildad, porque en él está el Espíritu Santo, que toca el corazón.
Aprovechemos pues este tiempo de Cuaresma para buscar a Jesús donde, según su propia promesa, podemos encontrarle, a saber: en su Palabra, la que se debe escudriñar; donde es la voluntad de Dios salvar al pecador mediante la insensatez de la predicación (1 Corintios 1:21); en su Santa Cena, donde Jesús mismo explica el misterio de la cruz, declarando que su cuerpo fue dado y su sangre derramada para la remisión de los pecados.
Y el Señor bendiga su Palabra para que la cruz triunfe en nosotros y se cumpla en nosotros la siguiente promesa de nuestro texto: “En donde yo estoy, allí también estará mi servidor.” Amén.
J. Felahuer.
Adaptado por Pastor Gustavo Lavia.
sábado, 28 de marzo de 2009
5º Domingo de Cuaresma.
Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón Salmo 95: 7b-8
Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
“Cristo vino para servirte”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Jeremías 31:31-34
La Epístola: Hebreos 5:1-10
El Evangelio: Marcos 10:32-45
Marcos 10:32-45
Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
“Cristo vino para servirte”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Jeremías 31:31-34
La Epístola: Hebreos 5:1-10
El Evangelio: Marcos 10:32-45
Marcos 10:32-45
32 Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer: 33 He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; 34 y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán; mas al tercer día resucitará. 35 Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos. 36 Él les dijo: ¿Qué queréis que os haga? 37 Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. 38 Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? 39 Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; 40 pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado. 41 Cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse contra Jacobo y contra Juan. 42 Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. 43 Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 44 y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. 45
Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos..
Sermón
En una de las estaciones de ferrocarril de la ciudad de Chicago se había dado cita una inmensa muchedumbre con el propósito de dar la bienvenida a un ilustre viajero, a uno de los nombres más notables del momento actual, el Dr. Alberto Schweitzer. Entre la multitud se encontraba una comisión de recibimiento.
Cuando el tren detuvo su marcha y mientras la multitud aclamaba al ilustre viajero en tres idiomas distintos, apareció éste en la portezuela de uno de los coches y observó desde allí a una anciana que hacía esfuerzos desesperados para poder salir de la estación. Al verla, el Dr. Schweitzer descendió rápidamente del vagón y,
abriéndose paso entre la multitud, fue hasta donde se encontraba la anciana y tomando entre sus grandes manos la valija e invitándola a seguirle, la llevó hasta el vehículo que la esperaba. Luego, volviéndose, se dirigió hacia
la comisión de recibimiento y le dijo: “Discúlpenme, señores, que los haya hecho esperar; pero tenía que practicar mi pasatiempo cotidiano.” Uno de los corresponsales que presenció la escena la comentó diciendo: “Fue la primera vez que vi un sermón caminando.” El Dr. Schweitzer, ganador del premio Nobel, filósofo, músico, médico y misionero, demostró en esta oportunidad en forma sencilla y sin afectación alguna que los hombres grandes entre los hombres son aquellos que ponen en práctica las palabras de nuestro Señor Jesucristo según se hallan éstas en nuestro texto, palabras que resumiremos así:
1. Jesús, Nuestro Señor, Es la Demostración Objetiva del Espíritu de Servicio que Hay en Dios El que existió desde antes de la fundación del mundo; Aquel por quien todas las cosas fueron hechas, cuando vino el cumplimiento del tiempo, dejó la gloria del cielo, descendiendo a la tierra “anonadándose a sí mismo hasta tomar la forma de siervo” con un propósito definido: “Servir a los hombres llevándolos hasta Dios, ya que los hombres eran incapaces de salvarse a sí mismos.”
Al leer esas cuatro pequeñas biografías de Jesús que han llegado hasta nosotros no nos es difícil descubrir en ellas que la carrera terrenal de Jesús fue una de servicio. En dondequiera que encontraba a alguien en necesidad, la pregunta que se agolpaba en su mente divina era: “¿En qué puedo ayudar? ¿Cómo puedo servir?”
Fue al oír el grito quejumbroso de un ciego que deseaba acercársele para que lo sanara, que mandó que le trajeran hasta él al ciego para darle la vista; fue al ver a Zaqueo, lleno de ansiedad por verle, que le pidió que descendiera del árbol al que se había subido y le rogó que le hospedase en su casa; fue ante un menospreciado de la sociedad, un leproso, que Jesús extendió su mano y le tocó, y al momento ese pobre hombre se sintió curado; fue ante una mujer que trajeron los falsos religiosos de su época acusándola de adulterio que Jesús bajó los ojos
al suelo para no avergonzarla más con su mirada pura y, dirigiéndose a los acusadores, invitó a los que se sintieran libres de pecado a arrojar la primera piedra contra aquel cuerpo pecador. ¡Servir, servir... he aquí el ideal de aquella vida que hace dos mil años estuvo entre nosotros! Y si un epitafio pudiera colocarse sobre su sepulcro, bien podría ser el siguiente: “Pasó haciendo bien”, aunque es verdad que es imposible colocar este epitafio sobre el sepulcro de Jesús porque el sepulcro permanece vacío desde el domingo aquel en que Él
resucitó de entre los muertos.
“Para Jesús”, dice un eminente predicador americano, “Dios no se encontraba encerrado entre las paredes del templo; Dios estaba en medio de las necesidades, en medio de la humanidad pecaminosa, en medio de los hombres que se sentían cansados y agobiados por culpa del pecado y a quienes deseaba ofrecer descanso
permanente.” Y Jesús, “que era uno con el Padre”, no podía sino revelarse en su servir al Padre mismo.
“Religión”, dice el Rdo. Beecher, “significa obrar en un mundo enlodado como el nuestro. Significa peligro; dar golpes y recibirlos.”
Cristo era Dios manifestado en carne. “Quien me ha visto a mí”, dijo en cierta ocasión al apóstol Felipe, “ha visto al Padre.” Cristo fue el credo viviente de Dios.
Nosotros nos llamamos cristianos, y el cristiano anda en las pisadas de Jesús. “Ejemplo os he dado, para que como yo he hecho, así también hagáis vosotros.”
¿Estamos sirviendo, hermanos míos, con tanto entusiasmo y tanto amor como sirvió nuestro Señor y Maestro? ¿Qué efecto está produciendo nuestra religión
ante Dios y los hombres? Recordemos que no todo aquel que dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad del Padre que está en los cielos.
¡Que nunca tenga que decir Dios de ninguno de nosotros los cristianos lo que dijo del pueblo judío en los tiempos de Isaías: “¿Para qué a mí la multitud de vuestros
sacrificios? Harto estoy de holocaustos. ¿Quién demandó esto de vuestras manos? No me traigáis más vanos presentes; cansado estoy de todos ellos.
Aprended a hacer el bien; buscad juicio, restituid al agraviado, oíd en derecho al huérfano, amparad a la viuda.” (Isaías 1:11 y sigs.)
Dios desea que nuestra religión envuelva bondad, que nuestra fe esté saturada del espíritu de justicia. No quiere adoración sin humanidad. El hermano del Autor y Consumador de nuestra religión dijo: “La religión pura y sin mácula delante de Dios y Padre es ésta: Visitar los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo.”
Hermanos, sigamos a Jesús que nos dijo: “El mayor de vosotros sea vuestro siervo.” “Yo soy entre vosotros como el que sirve.” “Cualquiera que oye mis palabras, Y NO LAS PONE EN PRACTICA, lo compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena.” (Mateo 7:26.) “Porque no los oidores de la ley son justos para con Dios, mas los hacedores de la ley.” (Romanos 2:13.) Y agrega Santiago: “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores engañándoos a vosotros mismos.” (Santiago 1:22.)
2. La Misión de Servicio de Jesús
Jesús, nuestro Señor, tenía plena conciencia de su misión de servicio. Repetidas veces le oímos decir: “Yo he venido.” “Para esto he venido.” Y, como dice nuestro texto: “El Hijo del hombre vino para servir.”
En su carrera de servicio hay algo sorprendente y que siempre llena de gozo a nuestros corazones. “Él había venido”, dijo en cierta ocasión, “para buscar lo que se hallaba perdido.”
“Perdido” es una palabra dominante en la vida de Jesús. Lo es porque Él sintió gran tristeza por esa masa de seres humanos que se hallaba perdida en el mundo. Para ellos Él quiso ser Luz, Guía y Salvador.
Cristo miró al mundo y lo encontró perdido en todas las esferas de la vida. El evangelista San Lucas nos presenta esta gran verdad en el capítulo 15 de su Evangelio, recordándonos tres parábolas que pronunciaron los labios divinos de Jesús: la de la moneda perdida, la de la oveja perdida y la del hijo perdido; tres aspectos de la sociedad palestina de los días de Jesús que todavía perduran en todas las sociedades.
La moneda representaba a los escribas, los eruditos del tiempo de Jesús. Esa moneda era pulida, como son pulidos los hombres instruidos de nuestro tiempo, y poseía un valor. Ellos depositaban toda su confianza para lo presente y para lo futuro en una instrucción elevada, materialista y utilitaria, en una instrucción que no
necesitaba estar saturada del Espíritu Santo y de las enseñanzas de Jesús.
Los hombres actuales, como los escribas de antaño, se hallan perdidos en nuestra sociedad contemporánea y a ellos los busca Jesús y les dice: “Venid a mí, sedientos de conocimientos, y yo os saciaré.” La instrucción que no está impregnada de Cristo es de poco valor para el hombre mismo y para los demás hombres. El hombre pulido que confía en el valor de su instrucción está perdido, como la moneda de la parábola.
La segunda clase, representada por la oveja, se refiere a los religiosos del día de Jesús, a los fariseos. Eran ellos los dirigentes espirituales del pueblo y poseían una religión llena de formulismo, pero desprovista del espíritu que caracterizó a los profetas y de lo que en realidad era el propósito que Dios perseguía para con los hombres.
Estos hombres, los fariseos, que en su celo religioso rodeaban tierra y mar para hacer un prosélito; que devoraban las casas de las viudas y de los huérfanos, so pretexto de largas oraciones; que diezmaban la menta y el eneldo y el comino, y no se ocupaban en el juicio, la misericordia y la fe; que se mostraban entre los hombres justos por fuera, mas por dentro estaban llenos de hipocresía e iniquidad; que cerraban, con su dogmatismo, el reino de los cielos a los hombres, y que impedían la entrada a los que eran sinceros o estorbaban a los que estaban entrando, no eran otra cosa que “religiosos perdidos.” Mansos como una oveja, pero perdidos. Ellos, como los escribas, también necesitaban ser buscados y llevados al redil del cual se habían apartado a causa de su hipocresía religiosa. ¡Cuántos de éstos quedan todavía en tu Iglesia, Señor! ¡Cuántos que aún se atreven a acercársete en oración, diciendo: “Te doy gracias que no soy como los demás hombres”, pero que en su orgullo no pueden golpearse el pecho y decirte con sinceridad: “¡Sé propicio a mí, pecador”! ¡Cuántos religiosos perdidos existen en el mundo, semejantes a los fariseos de la antigüedad, perdidos como la oveja de la parábola!
¡Sigue buscándolos, Señor! No descanses en tu esfuerzo hasta encontrarlos y tocarlos y tocarles sus corazones e iluminarles sus inteligencias!
Forman la tercera clase todos esos hijos pródigos que un día, cansados del pan hogareño, dijeron al padre: “Me voy, no puedo vivir más al lado de tu amor y de tu cuidado”, y se fueron de la Casa de Dios, al mundo, para seguir las inclinaciones de su voluntad, para hacer todas las cosas que no podían ni debían hacer, para convivir con los puercos.
El mundo está lleno de ellos. Los que trabajamos en programas radiales religiosos los conocemos por millares.
Un día se divertían escuchando en sus radios un programa profano; pero repentinamente alguien, por medio de esa misma radio, les habló acerca de Dios, del amor de Dios, de ese Dios que había dado a su Hijo para buscar y salvar lo que se había perdido.
Cuéntase de una pobre niña que fue llevada a la ciudad por uno de esos truhanes que viven en las ciudades. Se aprovechó de ella y la abandonó y entonces, la pobre niña, sintiéndose perdida, vagó por los arrabales de la ciudad. Su madre, que, como toda madre, seguía amándola, elevaba diariamente hasta el Trono de la Gracia sus brazos descarnados por el dolor. Cierto día se le ocurrió enviar su retrato a una de las casas de socorro que existían en aquella ciudad. La encargada de la casa hizo una ampliación de la fotografía, la colocó en el comedor, en un lugar bien visible y puso debajo del retrato estas palabras: “Hija, te estoy buscando.”
Una noche de invierno la jovencita entró en la casa de socorro, estaba cansada de vagar y de pecar y sentía su alma asqueada por su miserable condición. Pidió una taza de café y mientras se la servían sus ojos se fijaron en el retrato de su madre.
Se acercó, leyó las palabras que manos caritativas habían escrito al pie del retrato, lloró, se arrepintió y volvió al hogar.
A vosotros los que os sentís cansados y agobiados por el peso que produce una vida de fracasos y de caídas; a vosotros los que os sentís alejados de la casa paterna, la Iglesia de Dios, a vosotros os digo: Cristo os está prestando el gran servicio de deciros que Dios os llama, que Dios os espera, y que os dice: “Volved, hoy, porque hoy es el día de salvación para vuestras almas.”
Cristo, el que vino a servir, está buscando pecadores como tú y sigue llamándolos al arrepentimiento. Si oyeres su voz, no endurezcas el corazón; acude a Él y Él te dará descanso, paz y perdón.
3. Finalmente, Cristo Prestó su Mayor Servicio a la Humanidad Doliente Muriendo por ella sobre la Cruz del Calvario.
Uno de los más sublimes “Yo he venido” de Cristo está expresado en estas palabras: “Yo he venido a salvar lo que se había perdido, dando mi vida en rescate por muchos.”
La corona de la creación, el hombre, se perdió desde el día aquel en el cual su representante, Adán, desobedeció a Dios y con su desobediencia hizo que el cielo se cubriera de nubes, la tierra de abrojos y el rostro de lágrimas.
En aquel día el hombre perdió su alma, porque desobedeció a Dios y se apartó de Él.
No intentaré dar una definición del alma humana, ni intentaré mostrar que el hombre tiene alma. Como cristiano me aferró a las palabras de Cristo y creo firmemente que tengo alma, que ella es la fuente del amor, de las esperanzas, de las plegarias, de las creencias, de las aspiraciones, de las tentaciones, de los pecados, del arrepentimiento. Creo que esa alma mía podía ser salvada porque se encuentra perdida. Ésa es mi conciencia y ésa sigue siendo. Al igual que el apóstol San Pablo he descubierto que hay en mí dos hombres que están continuamente en guerra, la ley de la carne y la ley del espíritu, que algo anda mal en mí, como en todos los otros hombres, que había sido creado para la gloria del universo, pero que por mi culpa llegué a convertirme en una vergüenza. ¡Mi alma, mi yo, descubrí que estaba perdido, perdida eternamente!
¿Qué podría hacer por mi alma?... En lo más recóndito de mi mente sabía y entendía que no podía ofrecer a Dios mis lágrimas más puras, ni mi arrepentimiento más sincero, ni mis oraciones más ardientes.
Una noche entré en un salón evangélico en la ciudad de Buenos Aires. Alguien estaba dirigiendo un culto para jóvenes. Escuché atentamente sus palabras, y cuando dijo: “Una gota de la sangre de Cristo puede limpiar al pecador de todos sus pecados y darle paz y descanso”, mis ojos se clavaron por la fe en la cruz, y aquella noche mi alma confío en las manos del que pendía de la cruz.
Sí, esa noche descubrí que Cristo me había prestado un gran servicio. Había llevado sobre el madero de la cruz mis propios pecados, había gustado la amargura de la agonía y la más infame de las muertes... todo por mí.
Había muerto el justo por el injusto, el santo por el pecador. Sí, Él había dado su vida para redimirme. Cierto viernes a la tarde, hace dos mil años, moría clavado en una cruz que se alzaba en el Calvario, Jesucristo, el Hijo de Dios. Su muerte fue expiatoria, por los pecados del mundo.
Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz cayó sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores.
En ese viernes Jesucristo, Cordero de Dios, nos prestó el mayor de sus servicios, pues todo aquel que lo mira con arrepentimiento y fe y se apropia su muerte, salva su alma. ¿Lo miras así? ¡Que el Espíritu de Dios ilumine tu corazón y abra tu vista pura que así sea! Amén.
A. L. Muñiz. Pulpito Cristiano.
miércoles, 25 de marzo de 2009
4º Domingo de Cuaresma.
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
“Cree en Cristo”
El Antiguo Testamento: Nahúm 21:4-9
La Epístola: Efesios 2:1-10
“Cree en Cristo”
El Antiguo Testamento: Nahúm 21:4-9
La Epístola: Efesios 2:1-10
El Evangelio del Día: Juan 3:14-21
14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.
Sermón
14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.
Sermón
¿Creemos los seres humanos en algo?
“Creer y/o tener fe” son palabras muy usadas en nuestro lenguaje y no son exclusividad de las religiones. Ambas tienen un denominador común que es la confianza. Y nuestro mundo está basado en la confianza y esta a su vez nos brinda certezas, convicciones y seguridades. El simple hecho de pisar el suelo y caminar sin miedo por él es un acto de fe. Estamos seguros y convencidos de que el suelo es firme, al menos el nuestro, y que no se abrirá a nuestro paso. De no tener tal confianza deberíamos andar tanteando a cada instante como hacen los que caminan sobre palcas de hielo que deben corroborar a cada momento si soportará su peso.
Los seres humanos utilizamos y ejercitamos la fe mucho más de lo que nos podemos imaginar. Es más, me atrevería a decir que nuestra vida toda es un acto de fe. Cuando abro la llave del gas en mi cocina y acerco una cerilla confío en que se encenderá normalmente como siempre y no pienso en que va a explotar. Espero que suceda aquello que estoy convencido de que sucederá. Esa convicción se basa en la seguridad que me trasmitió el técnico de que todo está bien. Confío en algo que quizás yo no entienda como funcione o que no he comprobado por mí mismo. Confió en la veracidad del técnico y en la fiabilidad de la cocina y la instalación.
La Real Academia Española define creer como: “Tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado. Dar asenso, apoyo o confianza a alguien. Dar crédito a alguien. Confianza, buen concepto que se tiene de alguien o de algo”.
Y define fe como: “Creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice o por la fama pública. Palabra que se da o promesa que se hace a alguien con cierta solemnidad o publicidad. Seguridad, aseveración de que algo es cierto. Documento que certifica la verdad de algo”.
Por lo tanto tener fe no es algo malo sino necesario, y no deberíamos dejar que se menosprecie el acto de fe ni a la persona que dice creer o reconoce la necesidad de creer. Posiblemente esa persona sea más sincera que la que diga no creer en nada. Los seres humanos necesitamos creer, necesitamos confiar, necesitamos tener fe y aunque mal les pese reconocerlo a algunos, todos tenemos debemos ejercerla en este mundo para vivir. Nuestro sistema de vida se basa por completo en la confianza, no ciega (por eso pedimos garantías y responsabilidades), basada en la palabra de recibir lo pactado y esperar en ello.
La necesidad de creer
Vivimos días cada vez de más inseguridad. Hay timos y estafas por todos lados y a todas horas, necesitamos tomar más precauciones, sin embargo si queremos vivir medianamente bien y no volvernos paranoicos, necesitamos creer y confiar. Pues creer es una necesidad que nos mantiene “cuerdos”. Cuando desconfiamos de las cosas nos volvemos a una tensión constante.
Podemos convertirnos en obsesivos. Los casos de corrupción política en España están generando un mal cuerpo en los ciudadanos. Aquellos en quienes confiamos nuestros impuestos y confiamos nuestro bienestar social, son también seres susceptibles de corromperse. Sin embargo necesitamos seguir confiando y descansando en que la justicia actuará y el resto de los políticos lo harán bien.
Confiamos en la estabilidad y la seguridad aunque a veces nos den motivos de desconfianza. Deseamos y debemos confiar en el sistema financiero, en los bancos, en la seguridad social, en el fontanero que hará bien y honradamente su trabajo. Aunque debemos ser precavidos y tomar los recaudos necesarios.
Confiamos en la ciencia. Nos ponemos en manos de los médicos. Creemos que saben lo que hacen. Pero sabemos que la ciencia es cambiante y lo que hoy se descubre puede dejar obsoletas medicinas del pasado, incluso a veces se descubre que no hacían tan bien como parecía y las quitan del mercado. Sin embargo necesitamos ir al médico y tomar la medicina cuando estamos enfermos.
Todos tenemos que creer y confiar, pues de lo contrario sería imposible vivir. Cuando conducimos nuestro coche vamos seguros, aunque precavidos. Confiamos y esperamos en que el resto de los conductores vayan igual de atentos y concentrados. Esperamos que el otro cumpla su parte del compromiso que asumió al sacar el carnet.
En el matrimonio nos prometemos fidelidad hasta que la muerte nos separe, ya sea en las buenas, ya sea en las malas. Las partes esperan, confían y creen que será así y lucharan para mantener esa promesa.
Cuando vamos a un restaurante confiamos en que lo que nos traen es bueno, y lo ingerimos. Aunque no hayamos visto el proceso de elaboración, confiamos y no pensamos más que en comerlo. Por lo tanto la fe es muy habitual y necesaria para poder vivir y relacionarse en este mundo.
¿Que se necesita para tener fe?
Creer o tener fe en definitiva es depositar nuestra confianza en alguien o algo que nos infunda respeto, credibilidad, seguridad y nos de garantía de poder cumplir una promesa dada. Para creer debe existir: una necesidad, un acercamiento, una promesa u ofrecimiento, un acuerdo, contrato o pacto dónde las partes se comprometen a algo y luego viene la confianza en que se deposita en el compromiso asumido por el otro.
Lo importante para creer es que se me trasmita y genere confianza. La fe la genera el otro en mí. Es decir, mi confianza en alguien nace a partir de que el otro me trasmite seguridad y confianza. Por lo tanto el tener fe no es un acto de mi creación, sino que nace a partir del otro. Luego, una vez nacida esa fe, soy yo quien la ejerzo.
Para que exista fe debe mediar siempre una palabra (promesa o idea propia) que nos asegure algo. Esa promesa se convierte en un pacto en el cual depositamos nuestra confianza. Subir a un avión puede ser un acto de fe. Confío y espero que no se caiga pues de lo contrario no sé si subiría y confiaría mi vida ahí. Confío en que los mecánicos, técnicos, inspectores y pilotos saben lo que hacen y lo hacen a conciencia. Yo no controlo todo eso y me pongo en sus manos confiando en que cumplirán su promesa de llevarme a mi lugar de destino.
Tener fe es tener la plena seguridad y certeza de que voy a recibir aquello que se me prometió y espero. El tiempo de espera que pasa entre la promesa y el cumplimiento es tranquilo en virtud de la confianza. Si mi esposa me encarga que compre el pan, ella descansará de esa preocupación pues yo le di mi palabra de que lo compraría. Ella ya no tiene que comprarlo. Se desentiende de ese asunto y espera. Cree que lo haré, aunque puede ser que yo me olvide o que alguna eventualidad impida que lo compre. Hay probabilidades de que incumpla con mi compromiso, pero a priori confía en que lo haré pues me he comprometido a ello. En definitiva, fe es confiar que un pacto se cumplirá y mientras esperamos ese cumplimiento no dudamos en que se realizará.
Seguridades absolutas
Los seres humanos somos imperfectos, y eso está más que demostrado. ¿Quién nos puede brindar en este mundo seguridades 100% garantizadas? Por lo tanto la imperfección no puede brindarnos la plenitud absoluta, ni la certeza absoluta y por eso existe un grado de duda en nosotros. Debemos confiar entre los ser humanos pero no confiar plenamente. Es decir que tenemos que contar con el margen de error y en la buena voluntad, sin dejar de lado el saber que también existe la mala voluntad. Confío en que cuando salgo a la calle no me va a suceder nada malo, pero a pesar de los recaudos necesarios no tengo garantizado completamente que nada me sucederá.
En el ser humano no hay seguridad ni estabilidad absoluta pues no controlamos todo ni tenemos el conocimiento perfecto de todo. Incluso si lo tuviéramos en nosotros hay una tendencia a la corrupción que hace que hasta lo más básico o noble sea susceptible de que lo estropeemos. Por lo tanto confiamos en y entre nosotros pero no plenamente. Hay un margen de duda, de incertidumbre o incredulidad por nuestra imperfección.
Fe depositada en cosas o ideas
En ocasiones la fe no se basa en pactos que hacemos entre los seres humanos. Es sabido que la fe también se puede basar en ideas que nosotros nos hagamos de las cosas y estas convertirse en supersticiones: “Creo que si paso por debajo de una escalera tendré mala suerte”. Hay personas que se toman muy en serio esta idea que alguien le trasmitió y la consideran un pacto modificando su conducta al punto de esquivar todas las escaleras.
Algunos atribuyen al destino el control de sus vidas, al poder de la naturaleza o a los astros. Otros lo hacen en objetos como pueden ser imágenes creadas artesanalmente. Son objetos que por alguna razón ellos establecieron que le van a dar seguridad y por ello depositan su confianza.
Muchos crean sus propios medios de seguridad a través de amuletos, ritos, fijaciones. Confían en el “poder” del ritual que ellos creyeron regidor de sus vidas y depositan su confianza de bienestar en ellos: “Si le prendo todos los días una vela al santo me irá bien, si fallo con mi parte del trato me irá mal”. Y también están los que confían sus vidas en las riquezas.
Otros confían en el “azar”, en el futuro, en el juego, en la astrología. Otros lo expresan en forma de deseo y dicen con convicción de fe “creo que me va a ir bien o espero que me vaya bien”.
Mayormente esta “esperanza” solemos usarla cuando las cosas van mal o deseamos que suceda algo que no está en nuestras manos resolver. “hay que tener fe, hay que esperar y confiar en que puede ser posible”. Tener fe está asociado a la ilusión, al ánimo, a la esperanza. Dejamos la puerta abierta a que lo improbable sea posible.
Otros confían en su instinto, presentimientos o sensaciones. No tienen una promesa ajena que les da la seguridad sino sus propias percepciones de la realidad. Estos son los que te dicen “venga confía en mí tío” y tú le dices ¿pero explícame porqué? Y él te dice “no sé, tío, pero confía”. Están los que dicen confiar exclusivamente en sus razonamientos o lógica y otros en su experiencia. Pero todos nos debemos fiar de algo para vivir.
Fe salvadora
Nuestro Señor Jesucristo aborda el tema de la “creencia” y dos veces en nuestro texto repite que vino a dar su vida “para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (vrs. 15-16) y en una ocasión dice “el que en él cree no es condenado” (vrs. 17). Para Jesús el hecho de creer en él maraca la diferencia entre la vida y la muerte. Pero ¿cuál es el pacto que hace con nosotros? ¿Cuál es mi parte en el pacto? ¿Qué se me pide? A diferencia de los pactos que hacemos los humanos con condiciones, Cristo hace un pacto que solo requiere de nosotros que le creamos y ejercitemos esa fe “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” Mc 16:16 “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y tu casa” Hch. 16:31 “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” Mc 9:23.
Cristo vino a este mundo y fue a esa cruz para saldar nuestra deuda. Ahora él nos promete salvación asumiendo él el coste íntegramente. Nos perdona nuestros pecados y no nos pide nada a cambio, pues aunque quisiéramos no tenemos nada para dar a cambio a Dios por nuestra salvación. Es un regalo. Es gratis.
En el contexto Jesús habla a Nicodemo del Bautismo: “nacer de nuevo por el agua y el Espíritu”. Ahí él hace un pacto y nos da una nueva vida. Gratuitamente. Él se compromete a ser nuestro Señor y salvador, a estar con nosotros todos los días del mundo, a que nunca nos dejará desamparados o nos faltará lo que él considere necesario. Nos dice que ha preparado un lugar en el cielo a fin de vivir eternamente a su lado y en su compañía.
Para obtener la promesa Cristo demanda fe y engendra fe en él generando confianza a través de su acercamiento con la Palaba y el Espíritu Santo. Pues Jesús es “el autor y consumador de la fe” He. 11. Es él quien genera la confianza a través de su palabra. Necesitamos conocer las promesas de Dios. Necesitamos oír aquello que tiene para decirnos ya que “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” Ro. 10:17. Es por eso que el Señor nos envía a predicar el Evangelio a toda criatura (Mt. 28:19-20 y Mr 16:15-16) Y esta fe viene por el oír la Palabra de Dios que es el medio por el cual el Señor se manifiesta y se da a conocer a las personas. La confianza se va retroalimentando y va generando una relación cada vez más estable. Así es como la relación que Dios restablece con nosotros a través de la Palabra va creciendo en confianza. Nuestra fe va aumentando.
En asuntos de vida eterna no podemos confiar en los seres humanos, ni dejar nuestra suerte hachada al azar. Debemos dejar de lado las supersticiones. Las promesas de perdón y vida eterna pertenecen a Cristo y él es quien nos las da. Dice Jeremías 17:5 “¡Maldito el hombre que confía en el hombre… mientras su corazón se aparta del Señor!” Ningún ser humano, incluido tú mismo, debe manipular, desvirtuar o desestimar las promesas de Dios. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Hch. 4:7-12. Jesús dice, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” Juan 14:6. ¿Crees otras cosas respecto a Dios? ¿Crees en otros caminos para ser salvo? ¿Crees que necesitas hacer algo para obtener la salvación que Cristo da gratuitamente? Replantéate tus creencias a la luz de la Palabra de Dios que contiene las promesas que él ha estimado vitales para que los seres humanos seamos salvos.
La incredulidad es lo único que nos priva de poder recibir lo prometido. Al no creer damos la espalda a Dios, su pacto y sus promesas para establecer nuestros propios pactos con otras cosas.
Esto es muy importante tenerlo en claro. El que no cree ha sido condenado. No puede ser parte del pacto si no hay confianza y se espera aquello que se promete. Si bien Cristo vino enviado por el amor de Dios Padre, y no ha venido a condenar al mundo sino a salvarlo, solo se pueden apropiar de esa promesa de salvación los que creen en Cristo y el que no lo hace se queda sin esa promesa.
¿Conoces tú las promesas de Dios? ¿Las crees? Pues si las crees ya las tienes ¡Disfrútalas! Alimenta esa confianza leyendo cada día la Palabra de Dios y participa en la Santa Cena donde Cristo mismo se hace presente en cuerpo y sangre para fortalecer tu fe anunciándote el perdón de pecados. Anima o otros a conocer las promesas salvadoras de Cristo. Amén.
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