domingo, 3 de marzo de 2013

3º Domingo de Cuaresma.



TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                               

Primera Lección: Ezequiel 33:7-20
Segunda Lección: 1º Corintios 10:1-13
El Evangelio: Lucas 13:1-9

“¿QUÉ HICE YO PARA MERECER ESTO?”

¿Qué han hecho para merecer esto? En medio de la crisis económica que afecta la educación, la sanidad, el trabajo. Donde los problemas de corrupción que estaban ocultos ahora salen a la luz, solemos plantearnos esta pregunta ¿Qué hemos hecho para merecer esto? Es lo que las personas le plantean a Jesús: ¿Qué hicieron estos galileos para merecer esto? Ellos estaban en un lugar de culto adorando a Dios y el político de turno los asesinó.
Pero Jesús no se mete con Pilato, deja a un lado la injusticia humana y habla de consecuencias eternas: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque han padecido estas cosas? Os digo que no; pero a menos que os arrepentís, todos pereceréis igualmente.”
¿Qué NO hemos hecho para merecer esto? De acuerdo con Jesús, quizá no les sucedió algo que no merecían, sino que al resto del mundo les sucede algo mejor de lo que se merecen y presenta otro ejemplo que no tiene nada que ver con Pilato, sino con un supuesto accidente en Siloé. ¿Fueron aquellas personas que murieron por la torre más pecadoras que ustedes? Jesús dice que NO. Así que en lugar de preguntarse: “¿Qué han hecho para merecer eso?”, las personas deberían preguntarse “¿Por qué no nos sucede lo mismo a nosotros?”
Jesús expresa un punto muy impopular en la sociedad e iglesias de aquellos tiempos y también de la actualidad: la paga del pecado es la muerte. Así que toda persona pecadora no se merece la ayuda o el favor del Señor. Por lo tanto, en lugar de preocuparse por Pilato o los políticos, deberían preocuparse más de sus almas: Arrepentíos, porque la muerte tarde o temprano os tomará. Es sólo cuestión de tiempo y necesitas estar listo.
La lección confronta las creencias que nuestro fariseo y viejo adán aman. Solemos creer que “Dios nos ama porque somos mejores que los demás, incluso porque tenemos fe”. Somos seducidos por la creencia de que “si algo malo le sucede a alguien, es porque algo habrá hecho”. Las cosas buenas le suceden a personas buenas y las cosas malas le pasan a la gente mala. Pero ¿Qué nos hace mejores personas a los ojos de Dios? Ciertamente, no es su arrogancia, orgullo o prejuicio. ¿Qué te hace agradable ante Dios?
¿Qué es lo que Jehová quiere de ti? Jesús responde a esta pregunta con la parábola de la higuera. Las higueras tarda algunos años en dar fruto, pero llega un momento en que los higos deberían estar allí. En la parábola, la higuera se ve bien, pero no tiene ningún fruto, por lo que el propietario le dice al viñador que la corte. El cuidador solicita un poco más de tiempo. Él va a trabajar en ella dándole una última oportunidad de dar frutos, pero si no produce será convertida en leña.
En esta parábola, el Señor advierte a las personas que son como una higuera. Pueden verse bien, pero falta el fruto que Dios desea. ¿Cuál es ese fruto? Él lo dijo dos veces: Es el arrepentimiento. Es dolor por tus pecados y confiar en el Salvador, ese es el fruto que el Señor está buscando. Sin embargo, un alto concepto de tí mismo indica que no confesarás tus pecados y tu visión de Jesús como alguien que está a la altura de Pilato indicaría que no lo reconoces como tu Salvador. Para quienes no se han arrepentido y permanecen en su pecado e incredulidad, Jesús anuncia que merecen ser cortados. Sin embargo, Dios sigue dándoles más tiempo para arrepentirse. Pero el juicio vendrá. Parecerá injusto para algunos que Jesús anuncie un juicio para aquellos que no se arrepienten. Pero Dios en su misericordia les da un poco más de tiempo para ello y sobre todo les da a su Hijo para redimirlos. Jesús ha de ser el que es cortado en nuestro lugar por todos nuestros pecados, para que podamos tener el perdón y la vida. Perdonados por Jesús, daremos el fruto de arrepentimiento.
Esto es un duro golpe a nuestro orgullo. Él nos dice nuestra vida es mucho más de lo que merecemos, es un regalo de un Dios misericordioso, no algo que hemos ganado. Dios no sólo es misericordioso, sino también nos da su Gracia. Lo ha demostrado al enviar a su Hijo al mundo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. Jesús va voluntariamente a la cruz para que puedas arrepentirte y vivir.
¿Qué has hecho para recibir lo que te sucede?
¿Por qué te pasan cosas malas y por qué le sucede a la gente lo que le sucede? A veces la respuesta se explica por medio del karma, que sostiene que con el tiempo la gente obtiene lo que se merece. Otras veces la respuesta es tomada de falsos predicadores, que dicen que sólo te van a pasar cosas buenas, siempre y cuando tengas suficiente fe. Por supuesto, tarde o temprano algo malo te sucederá, y según estos dos caminos, pensarás que “no eres tan malo como para merecer esto, así que ha sido sólo una casualidad” o que “has perdido la fe y hasta que no la recuperes, estarás perdido”. Muchos no creemos en esto del karma o lo que falsos profetas nos quieren vender, pero nuestras falsas creencias pueden traicionarnos y llevarnos por un mal camino.
Todo lo que tenemos es inmerecido, otorgado por Dios, en su misericordia y no por mérito nuestro. Pero cuando estamos angustiados y con problemas, nuestros pensamientos nos hacen susurrar: “¿Por qué me sucedió esto? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, “¿Por qué tengo que enferman y perderme este día de vacaciones? ¿Por qué la lluvia arruina nuestro paseo?”. Aún podemos afrontar circunstancias más grandes: “¿Por qué me han robado a mí? ¿Por qué tuve este accidente?” O incluso “¿Por qué me ha tocado esta enfermedad? O ¿Por qué mi familia se está desintegrando?”. El diablo deleita con situaciones como éstas, porque nuestro viejo hombre exige respuestas… “¿Por qué? ¿Por qué el Señor permitió que esto le suceda a nosotros? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?”.
Estas preguntas son bastante naturales. Pero en lugar de hacernos estas preguntas a las que el Señor no da respuestas, tenemos una tarea diferente y difícil por delante. Debemos hacer frente la incómoda Ley de Dios. Esa Ley que nos deja sin margen para sentirnos bien con nosotros mismos. Pero recordemos que nuestra razón para escuchar esa Ley es ver la profundidad de nuestro pecado, ver nuestra necesidad y dependencia del Evangelio.
Sé que sonará fuerte, pero no importa tu situación en esta vida, sin duda tu vida es mejor de lo que mereces. No importa cuánto dolor y molestias tengas que soportar, la vida es mucho mejor de lo que eres digno de recibir.
Reconocemos que la paga del pecado es la muerte, porque la Biblia así lo dice, pero no una muerte que llegue después de muchos años de una fructífera vida, muriendo en nuestra cama a una edad avanzada. Esto no es lo que dice la Escritura. No dice “La paga del pecado es muerte, pero como no eres tan pecador, primero te mereces una buena vida”. De acuerdo a la Escritura, los pecadores permanecemos con vida únicamente por la misericordia de Dios, que no nos da de inmediato el castigo que nos merecemos.
Ante cualquier problema podremos preguntarnos: “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” Pero este no es el enfoque adecuado. Cualquiera que sea la vida que tú y yo tenemos, es porque el Señor es misericordioso y Él está trabajando para nuestro bien eterno. Si Dios No fuese misericordioso, tú y yo no tendríamos vida alguna en absoluto. Ya estaríamos eternamente muertos en nuestros delitos y pecados.
¿Quieres estar contento con lo que tienes? Reconoce que todo lo que tienes es un regalo inmerecido de Dios, quien que no crea esto vivirá en una lucha con el descontento y la codicia. ¿Quieres confiar en el Señor en el tiempo de prueba? Reconoce que, a pesar de la prueba, tu vida sigue siendo más de lo que mereces. Si rechazas esta verdad, vivirás resentido en lugar de confiar en el Señor.
¿Cuál es el propósito de esta vida inmerecida? Según la parábola de la higuera, el propósito es arrepentimiento. El Señor sigue obrando en nuestras vidas para que podamos vivir como su pueblo arrepentido y que podamos llevar al arrepentimiento y al perdón a los demás. Porque vivir una vida maravillosa y exitosa en este mundo y hacer todo tipo de actos de bondad, de nada vale si no te arrepientes de tus pecados y vives la gracia en Cristo Jesús. Ante la ley uno se siente tentado a enojarse con Dios, a creer que esto es injusto, pero no te olvides del resto de la historia. En otras palabras, escuchar este Evangelio: Sólo hay uno que no merecía la muerte por sus pecados, porque Él nunca pecó. Hablo, por supuesto, de Jesucristo. Él dio sus frutos perfectos de justicia y obediencia a su Padre, Él no mereció recibir la paga del pecado. De todos modos, la asumió. Fue a La cruz y derramó su sangre, no por él, sino por ti y por mí. El que no tenía que morir por sus pecados murió por nuestros pecados. Él fue nuestro sustituto en la cruz, que ofreció el sacrificio perfecto a Dios.
¿Qué hizo Jesús para merecer la cruz? Nada. No había pecado en su ser. No se merecía ese juicio y muerte, sino que Él lo soportó voluntariamente por ti, pero también resucitó para que tuvieses seguridad de la vida eterna que te da. Él te cubre con su perdón de los pecados. Ahora, ¿qué has hecho tú para merecer tal gracia y favor? Una vez más, nada. Esta gracia es inmerecida, dada libremente, sin ataduras. Y eso es motivo de alegría: cuando reconoces esta Ley y Evangelio, entonces vives con la alegría de la salvación. Si tienes que hacer algo para merecer tal perdón, entonces nunca podrás estar seguro de haber hecho lo suficiente. Pero si Cristo ha hecho todo y lo da todo, entonces Él hace todo el trabajo. Es por eso que su salvación es segura.
Esa salvación llega a ti diaria y abundantemente por medio de su Palabra. Allí Él te muestra quién eres y quién es Él. En la Palabra predicada, oída y enseñada el Señor se hace presente para llevarte al arrepentimiento de tus pecados pero por sobre todas las cosas, otorgarte el perdón de Cristo Jesús. Es por medio de esa Palabra junto al agua del Bautismo que Dios te ha adoptado como su hijo o hija para vida eterna. También junto a la Palabra y el pan y vino quiere atraerte para darte el perdón completo de tus pecados y hacerte participe del banquete celestial.
A veces creemos que nos merecemos la gracia de Dios y no su juicio, sólo por ser quienes somos. Pero es al revés: Nos merecemos su juicio, no su gracia. Sin embargo, la Palabra no se detiene allí, sino que continúa declarando que a pesar de que no merecemos la gracia, Dios nos la da de todos modos por el amor en Cristo Jesús. Por lo tanto, nos alegramos de arrepentirnos. Estaremos encantados de confesar ese pecado que traería un juicio merecido sobre nosotros y nos gloriamos en la Salvador que sufrió en nuestro lugar. Alégrate, porque tan sólo por la gracia de Dios, tú eres perdonado de todos sus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Pastor Gustavo Lavia

domingo, 24 de febrero de 2013

2º Domingo de Cuaresma.



”Caminando con Cristo hacia Jerusalén”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                      24-02-2013

Primera Lección: Jeremías 26:8-15
Segunda Lección: Filipenses 3:17-4:1
El Evangelio: Lucas 13:31-35
Sermón
         Introducción
El Evangelio lleva siendo proclamado en este mundo casi dos mil años, desde la ascensión de Cristo a los cielos. Y desde entonces han sido miles aquellos hermanos de fe entregados a proclamarlo y a testimoniar con sus propias vidas,  sobre él. En muchas ocasiones este anuncio fue recibido con gozo y alegría por los corazones contritos y arrepentidos. Pero también en muchas ocasiones el rechazo, el desprecio y la persecución fueron los frutos de esta proclamación a los hombres. Pues este Evangelio vino a un mundo que ciertamente lo necesitaba (y necesita), pero no a un mundo que esperase un mensaje  basado en el perdón y la misericordia de parte de Dios. Este mundo como decimos, ha puesto mucho de su parte para expulsar esta Buena Noticia de entre nosotros, de marginarla y frecuentemente también de corromperla hasta hacerla irreconocible. El poder religioso y político de la época de Jesús, trató destruirla matando en último término al Mesías, e igualmente los poderes de nuestro mundo actual tienen sus propias estrategias para combatir a la fe salvadora. Y debemos estar preparados en todo tiempo para hacer frente a esta realidad.
         La proclamación de Dios perseguida por el mundo
A estas alturas del ministerio público de Jesús, era ya evidente que el mensaje de nuestro Señor era incómodo para muchos en Israel. Habiendo dado muestras del poder de Dios mediante milagros y curaciones, también había acusado a las autoridades religiosas de impedir el conocimiento del plan salvador de Dios para su pueblo, e imponerles leyes de hombres basadas en la auto justificación y en no pocas ocasiones en el egoísmo y la hipocresía : “¡Ay de vosotros, intérpretes de la Ley! porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis” (Lc 11: 37-53). Y a estas acusaciones contra el estamento religioso, se unían igualmente las proclamadas sobre la corrupción, impenitencia, impiedad y falta de fe del pueblo en general. Así Jesús, era mirado con odio y desprecio por muchos que trataban de deshacerse de este incómodo e inaudito profeta. Y los fariseos, queriendo animar a Jesús a evitar ir a Jerusalén sin estar clara del todo su intención, le comunicaron que su vida corría peligro de muerte: “Aquel mismo día llegaron unos fariseos, diciéndole: Sal, y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar”. (v31). Fuese o no bienintencionado el consejo, y no habiendo atacado Jesús especialmente al poder político de su tiempo, sí es cierto que había llegado a inquietarlo con sus acciones y su mensaje, temiendo el rey Herodes que Jesús fuese un nuevo Juan el Bautista, a quien se había ya ejecutado, o algún otro enviado religioso incómodo para su reinado (Lc 9:7-9). Así entre unos y otros, el Evangelio del perdón de pecados y Jesús mismo eran el blanco de acusaciones y recelos que iban aumentando conforme se acercaba el tiempo predestinado para su sacrificio. Sin embargo, Jesús no cejó en su misión y de una manera contundente envió un nuevo mensaje a estos poderes que trataban de obstaculizar su obra: “Y les dijo: Id y decid a aquella zorra: He aquí, echo fuera demonios, y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra” (v32). Con uno de los términos más despectivos en el judaísmo (zorra), Jesús responde a esta amenaza y reafirma su misión contra el pecado y la corrupción del hombre, y anuncia además el cumplimiento del plan divino que se llevará a cabo tras su resurrección. Pues ningún poder oscuro, ni tampoco humano podrá impedir el cumplimiento de la reconciliación entre Dios y los hombres en Cristo, siguiendo la voluntad divina. Y ciertamente desde la época de Jesús, estos poderes han estado activos y han desplegado numerosos recursos y estrategias para acabar con la proclamación del Evangelio. Persecución, muerte, corrupción del mensaje, e incluso el sincretismo impuesto desde el poder, han sido amenazas constantes a lo largo de la Historia con un único fin: impedir al hombre recibir el puro Evangelio del perdón de pecados y arrancar de su corazón la esperanza de salvación que tenemos en Jesús por medio de la fe en su obra. En este mundo hostil pues a la Buena Noticia, preparémonos nosotros para dar justificación de este Evangelio, siempre dispuestos a dar testimonio de palabra y con nuestra vida misma, y sobre todo “aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5: 16).
         Caminando hacia Jerusalén tras los pasos de Cristo
Para Jesús, lo más razonable humanamente hablando, hubiese sido escapar y huir del peligro que se cernía sobre él. Es lo que la razón humana hubiese recomendado a cualquier hombre amenazado de muerte, tal como hicieron los fariseos. Sin embargo Jesús vino a cumplir la voluntad del Señor, y su meta no era sólo dejar un mensaje, por muy prometedor que fuese, sino llevar a cabo una obra; la Obra de Dios. Y así respondió a los fariseos: “Sin embargo es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (v33). No, él no escaparía, pues aunque como hombre experimentó los miedos y angustias que preceden a su muerte, era consciente de su misión clave para la salvación del género humano. Su ser carnal sufrió, pero él nos enseña también a nosotros como seres carnales a superar el sufrimiento, fijando nuestra atención en que lo peor para el hombre no es siquiera, llegado el extremo, la muerte física, sino la muerte del alma: “Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquél que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí os digo, a éste temed” (Lc 12: 5). Y en nuestro mundo, aún hoy día, la persecución y la muerte son ciertamente las amenazas que se esgrimen con frecuencia contra los testigos de la fe, y junto a ellas también la burla, la ironía, el desprecio, la marginación o la discriminación. Todas estas son las armas que los poderes de este mundo utilizan contra los miembros del Cuerpo de Cristo allí donde su acción y proclamación toman cuerpo de manera eficaz. Sin embargo, en nuestra sociedad Occidental puede que estas amenazas no sean tan evidentes, pero sí podemos reconocer en ella no obstante otra estrategia igualmente poderosa y sutil contra el Evangelio: la indiferencia que nace del relativismo. En esta nueva amenaza, el Evangelio debe ahora mezclarse y confundirse con todo tipo de ideas y creencias, siendo asimilado como una más de ellas. La Palabra ya no es considerada la Verdad revelada de parte de Dios para los hombres, ni el Evangelio el anuncio definitivo del perdón y la reconciliación, sino una opción más de creencias entre muchas “verdades” de todo tipo. ¿Cómo es ello posible?, ¿acaso la Palabra ha perdido su eficacia de conversión en el corazón humano?. En realidad la Escritura nos enseña que es precisamente esto lo que debemos esperar y el papel que la Iglesia debe asumir en nuestro mundo. No un papel de poder o influencia masiva sobre las conciencias de los hombres, sino más bien el de un rebaño indefenso y perseguido: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15: 20). Y así Cristo, amenazado y perseguido, llevará finalmente a cumplimiento el plan de Dios dando su vida en Jerusalén, y así nosotros igualmente debemos imitarle llevando a cabo el plan de Dios en este mundo. Caminando hacia nuestra Jerusalén personal, permaneciendo, “hoy, mañana y pasado mañana”, siguiendo al Señor y enfrentando las amenazas que encontraremos en el camino.
         Viviendo en un mundo necesitado de perdón
El corazón del hombre puede ser duro como la roca, siendo necesario que sea el mismo Espíritu quien lo disponga para la conversión. De nada sirve algunas veces el testimonio sincero de aquellos que son enviados por Dios a testificar, o como en el caso del pueblo de Israel, ni la misma presencia del Mesías entre ellos: “Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados” ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas y no quisiste!. (v34).  Y es que el pecado que mora en nosotros hace que el hombre no quiera saber de Dios, que lo vea como un enemigo suyo que limita su plena libertad. ¡Craso error!. Pues es precisamente en Dios, y haciendo nuestra su Palabra donde el hombre es realmente un ser libre en el sentido pleno del término. Ya que fuimos creados para disfrutar de una libertad plena en la compañía de nuestro Creador (Gen 1:26-31), pero nuestra autosuficiencia y desconfianza hacia Dios nos hizo perder este regalo precioso de nuestra libertad. Y ahora sin embargo, creemos ser libres y señores de nuestra vida, pero no podemos siquiera aumentar o retardar uno solo de los minutos que tenemos asignados aquí en la tierra. El hombre es ciertamente un esclavo desde que nace, y sólo la misericordia y la gracia de Dios en Cristo pueden ganar su libertad. Y Jesús a esto mismo vino, pagando con su sangre el precio de nuestra libertad del pecado y ganando para nosotros la liberación eterna de nuestra almas. ¿Qué necesita pues el mundo para creer esto?, ¿qué lo tiene tan cegado que cree poder prescindir de Aquél que es el único en quien puede tener esperanza?. La dureza de corazón y el rechazo al Evangelio tienen consecuencias graves, hay que decirlo con claridad, y por ello Jesús anunció a Jerusalén las oscuras nubes que se cernían sobre ella: “He aquí, vuestra casa os es dejada desierta; y os digo que no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor” (v 35). El pueblo de Israel no sólo no supo ver la libertad eterna que se le ofrecía, sino que a causa de su orgullo perdió también la terrenal. El templo fue destruido por los Romanos en el año 70 de nuestra era, e Israel terminó desecha como la nación que fue. Nosotros vivimos también tiempos difíciles para la fe, con nubes igualmente amenazadoras en el horizonte, pero no nos paralicemos por ello. Tenemos ahora la oportunidad de entrar triunfantes junto a Cristo en la Jerusalén celeste por medio de la fe en Su Obra, y de llevar a otros igualmente este mensaje de salvación: “Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! (Lc 19: 38).
         Conclusión
Estamos ya inmersos en la Cuaresma y la Palabra de Dios sigue llamando a la conversión y el arrepentimiento. Pero este mundo necesitado del perdón de Dios sigue en muchos casos, como en los tiempos de Jesús, rechazando el ofrecimiento divino de reconciliación. Tenemos pues mucho por lo que orar: orar por los que aún no conocen a Cristo, orar para los que conociéndolo lo han rechazado y para que vuelvan a Él, y orar por nosotros mismos, para que el Señor nos mantenga en la fe salvadora y no seamos víctimas del orgullo espiritual. Los poderes del mundo están activos contra el Evangelio, es una realidad, pero “mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Jn 4:4). ¡Que así sea, Amén!.                        
                                           J.C.G./ Pastor de IELE/Congregación San Pablo                                                        

domingo, 17 de febrero de 2013

1º Domingo de Cuaresma.


Textos del día:

Antiguo Testamento: Deuteronomio 26:1-11

Nuevo Testamento: Romanos 10:8-13

Santo Evangelio: Lucas 4:1-11

“Jesús Nuestro Camino de Salvación frente a las Tentaciones”

Si está tratando de perder peso, no es nada aconsejable pasar mucho tiempo en una pastelería. Si eres una persona alcohólica que se está recuperando, es un gran problema ir a un bar de copas con amigos. Si acabas de salir de prisión por robo de vehículos, es una mala idea para trabajar como aparcador coches de lujo en un restaurante.

Existen muchas situaciones que nos colocan bajo una gran tentación para hacer el mal o por lo menos no hacer el bien. Pero ¿cómo hacer si la gran mayoría de nuestras situaciones son una tentación? ¿Cómo se puede evitar la tentación si cada día ofrece una gran cantidad de tentaciones irresistibles?

El Evangelio de hoy describe nuestra vida. No importa donde estés viviendo y las situaciones que afrontes, las tentaciones abundan. Quizá comer en exceso no sea tu tentación, pero tal vez lo sea la lujuria o la avaricia. El alcohol para muchos no representa ningún problema, pero quizá la tentación viene por medio del orgullo o un lenguaje desagradable y agresivo. Muchos piensan que el robar no es una tentación, pero tal vez no se dan cuenta de que los asecha la pereza.

No importa quién y las situaciones de vida que afrontas, Satanás tiene tentaciones especialmente diseñados para arrastrarte al pecado. Lamentablemente en la mayoría de los casos, no resistimos las tentaciones. Bajamos la guardia y quedamos vulnerables. Fantaseamos con el placer de entregarnos a esas tentaciones. Con las satisfacciones, poder o paz que nos dará cometer tal o cual acción. Nos convencemos de que “nadie saldrá herido. Sólo lo haremos una vez más. Luego dejaré de hacerlo”. Pero nunca nos detenemos. Seguimos pecando y poniendo excusas por nuestros pecados.

Así que es necesario que la ley de Dios nos confronte con nuestras excusas. Solo la ley de Dios nos puede convencer de nuestro pecado. La ley de Dios nos abre los ojos al mostrarnos la condena que acarreamos por nuestros pecados. Entonces clamamos con Pablo: “Miserable de mí ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Romanos 7:24.

En busca de respuestas a esta pregunta insoportable acudimos a la Palabra de Dios. La misma nos muestra una y otra vez a Jesús. Jesús se enfrentó a tentaciones muy poderosas durante toda su vida, tentaciones tan reales como las que tenemos a diario. Satanás se lanzó sobre Él en su peor momento. Pero Jesús se mantuvo firme.

Así que, aunque nosotros no somos capaces de resistir la tentación, tenemos la victoria sobre la tentación y el mismo tentador. Un verso del himno de Lutero “Castillo Fuerte”, explica nuestra esperanza y confianza: “Mas por nosotros pugnará de Dios el escogido”. Jesús es nuestro de Dios el Escogido, “Él lucha a nuestro lado”. Para ganar nuestra salvación Jesús venció a Satanás y todas sus tentaciones perversas.

Para apreciar cuán grandes fueron las tentaciones de Jesús, vamos a compararlo con la situación que vivieron Adán y Eva. En el Jardín del Edén, Adán y Eva tenían todas las ventajas. Dios les había hecho puros y santos, a su propia imagen. Ellos vivían en el paraíso. Ni siquiera estaba el mal en ello. Además de todo esto, Dios les había dado sólo una prohibición: “No debes comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”. Por el contrario, si consideramos a Jesús. Esto nos lleva a pensar que superar las tentaciones ha sido mucho más fácil para Él porque creemos que es verdadero Dios. Pero Jesús se humilló como sirviente, siendo también verdadero hombre. Cuando Jesús sufrió las tentaciones de Satanás, no estaba en el paraíso. Ya había pasado treinta años en un exilio autoimpuesto en este planeta, rodeado de todas las bondades y miserias del mismo. Entonces se nos dice, después de haber “ayunado cuarenta días y cuarenta noches en el desierto, tuvo hambre”.

Por lo tanto, Adán y Eva disfrutaban de todas las ventajas del paraíso. Además, ni siquiera necesitaban la fruta prohibida de comida. Por otro lado, Jesús sufrió todas las desventajas posibles. Jesús estaba hambriento, débil y solo. Lógicamente, Adán y Eva no deberían de haber caído en la tentación de Satanás, sino que Jesús debería haber sido una presa fácil. Pero cuando Satanás vino con la tentación, Jesús fue valiente y firme, permaneciendo en la Palabra de Dios, no así Adán y Eva.

Volvamos a escuchar cómo Jesús venció a la tentación de Satanás. Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios. Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos. Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás. Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden; y, En las manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.

Cada vez que Satanás lo tentó, Jesús resistió esa tentación y prevaleció. Jesús venció las tentaciones con la Palabra de Dios. Cuando Satanás trató de torcer la Palabra de Dios, Jesús usó la Palabra de Dios correctamente.

Ahora, a veces usamos esta lección como una manera de fomentar el uso de la Palabra de Dios contra Satanás y sus tentaciones. Esa es una lección válida. Es correcto pensar que “Si tan sólo pudiera usar la Palabra de Dios como Jesús lo hizo, entonces las tentaciones de Satanás no funcionarían en mí”.

Eso es cierto. Pero todavía hay un problema. No utilizamos la palabra de Dios como lo hizo Jesús. Somos mucho más parecidos a Adán y Eva que a Jesús. A pesar de que tenían todas las ventajas en contra de Satanás, se aferraron al engaño de Satanás y la distorsión de la Palabra de Dios. Nosotros, los hijos de Adán y las hijas de Eva no somos mejores que nuestros primeros padres. Así que no, no usamos la Palabra de Dios perfectamente. Pecamos. Pecamos incluso al querer adquirir más conocimiento de la Biblia. Nos apresuramos a pecar incluso cuando tenemos el pasaje de la Palabra de Dios justo frente nuestro.

Así que, agradecemos a Cristo el ejemplo de cómo usar la Palabra de Dios para luchar contra la tentación. Pero, si Jesús sólo vino para ser nuestro ejemplo y nuestro maestro, Él no sería el Salvador que necesitamos o queremos.

Supongamos que vas al médico, ya que tu apéndice está a punto de estallar. El médico te examina y dice: “Sí, ese apéndice está infectado. Hay que sacarlo urgentemente”. Entonces el médico saca su libro de medicina y comienza a decir: “Ahora estoy un poco ocupado, por lo que tendrás que hacer tu mismo tu apendicetomía. No te preocupes. Todo está en este libro. Sólo tienes que seguir las instrucciones y todo irá bien”. Pues bien, cuando se necesita extirpar el apéndice, tú no necesitas una lección de medicina. Necesitas con urgencia un cirujano. El cirujano es quien tiene que hacer la operación.

Del mismo modo, cuando nosotros, los pecadores no podemos utilizar la Palabra de Dios correctamente, necesitamos algo más que un buen ejemplo. Necesitamos algo más que una lección de cómo usar la Biblia. Cuando los pecadores caemos en la tentación de Satanás, necesitamos un Salvador y sólo Jesucristo se ajusta a este requisito.

Necesitamos aferrarnos a la victoria de Cristo sobre las tentaciones del diablo. Puesto que Jesús no cayó en las tentaciones de Satanás, podemos decirle a Satanás: “Por supuesto, Satanás, que me has hecho pecar. Pero no has podido contra Jesús. Y Jesús es mi Salvador. Jesús me cubre con su santidad y me protege con su perfecta vida. Jesús me ha rescatado y llevado a vivir en su Santa Iglesia. Ahora, su victoria es mi victoria. Así que aléjate de mí. Podrás ganar muchas batallas contra mí. Pero Jesús te ha derrotado. Jesús ha ganado la guerra, muriendo en la Cruz y resucitando al tercer día para lograr mi salvación”.

Como somos unidos a Cristo en esta batalla contra Satanás, estamos llamados a usar todas nuestras armas contra la tentación. Sí, sobre todo a usar la Palabra de Dios contra Satanás. Estudiar y memorizar la Palabra. Oírla y aprenderla de buena gana. Recibirla en los medios de Gracia, que son el Bautismo y la Santa Cena. Allí donde Jesús nos dice: No desesperes, yo he vencido por ti: Tus pecados te son perdonados. También estamos llamados a usar nuestra fe y el sentido común. No corramos hacia situaciones tentadoras, donde Satanás fácilmente puede arruinarnos por arrastrarnos al pecado. Por el contrario, cuando caemos en pecado, corramos a Jesús. Él venció a Satanás. Con Jesús como tu Salvador podrás estar firmes contra el pecado y Satanás. Jesús te da de su perdón y su santa victoria sobre el tentador, para que proclames con alegría: “Dañarnos no podrá; pues condenado es ya, por la Palabra Santa”. Es condenado por esa misma Palabra que dice que en Cristo tenemos el perdón de todos nuestros pecados, vida eterna y salvación. Que en este tiempo de Cuaresma seas afirmado en esta verdad y victoria que Dios te da en Cristo.

Atte. Pastor Gustavo Lavia

miércoles, 13 de febrero de 2013

Miércoles de Ceniza.

Estamos en el borde de la tumba, mirando hacia abajo y El sacerdote dice esas palabras bien conocidas y características de un funeral "Ahora encomendamos el cuerpo de nuestro hermano a la tierra. Tierra a la tierra, cenizas a las cenizas, polvo al polvo ... "
Ahora que nos encontramos allí, mirando la muerte tan de cerca nos damos cuenta de que toda nuestra vida pasó delante de nosotros. Allí en el borde de la tumba recapitulamos y proyectamos nuestra vida y muerte, porque sabemos que también asistiremos a nuestro propio funeral. La muerte nos reclama.
Hoy es Miércoles de Ceniza. En varias iglesias alrededor del mundo, los pecadores arrepentidos se acerquen al altar para recibir una señal que recuerda la muerte. El sacerdote o pastor usa el pulgar para marcar en la frente con una señal con cenizas en forma de cruz. Las palabras pronunciadas generalmente son "Acuérdate, oh hombre, que polvo eres y al polvo volverás." Una vez más se nos recuerda de la tumba de nuestro futuro. Se nos recuerda en un simple símbolo que "la paga del pecado es muerte." Todos los que pecan, mueren.
Sin embargo, hay buenas noticias. Las cenizas se depositan en la frente en forma de la cruz. Es la cruz que nos recuerda la muerte de nuestro Salvador. Con el corazón arrepentido recordamos el precio pagado por nuestro Salvador para salvarnos de nuestra muerte. Jesucristo sufrió y murió en la cruz para pagar las deudas de nuestros pecados. Jesús muere la muerte de todos los pecadores. Dios, el Padre, depositó sobre él el castigo que merecíamos. Él fue crucificado, muerto y sepultado. Y Jesucristo resucita a una nueva vida. Después de tres días en la muerte, Él resucitó. La muerte, la paga del pecado, es pagada en su totalidad con el sacrificio perfecto de Jesús. La muerte no puede mantenerlo cautivo. Él la ha derrotado. Jesucristo también nos promete una nueva vida. Las cenizas en forma de cruz cuentan esta historia. Cualquier cruz que veamos nos recuerda esta historia. A través de la cruz, Jesús nos trae el perdón del pecado que necesitamos. A través de la cruz y su resurrección, Jesús promete la resurrección a todos los que lo miran sólo a ÉL en busca de salvación. Las manchas oscuras en forma de cruz nos recuerdan que nuestra muerte se acerca, pero también que nuestra vida es nueva en Cristo.
"Acuérdate, oh hombre, que polvo eres y al polvo volverás" (Génesis 3:19)
“Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26)