martes, 26 de noviembre de 2013
Último Domingo del Año Eclesiástico.
”La humanidad frente a la realidad definitiva de la Cruz”
TEXTOS BIBLICOS.
Primera Lección: Malaquias 3:13-18
Segunda Lección: Colosenses 1:13-20
El Evangelio: Lucas 23:27-43
Sermón
•Introducción
La última lectura del año Eclesiástico que tenemos en Lucas, cierra este ciclo presentándonos el epílogo donde Jesús entrega su vida por los pecados del mundo, y donde algunas de las reacciones finales de los hombres ante su muerte, son como un prototipo de aquellas que encontramos en nuestra sociedad respecto a Él y su mensaje. Es como un cuadro donde podemos ver con detalle cómo enfrentan los seres humanos el hecho definitivo y radical de la Cruz. Porque Jesús no deja a nadie indiferente, ya que ante su obra y su persona, siempre se toma partido. Incluso la indiferencia anuncia ya una actitud, una reacción respecto al ofrecimiento de perdón y reconciliación que el Padre nos ha ofrecido por medio de su muerte y resurrección. Sí, el mundo tomó y toma partido ante Jesús, y así, unos le compadecen, otros le escarnecen, algunos le injurian y pocos, unos pocos, dejan de resistir la acción del Espíritu y se entregan confiados a Él y su obra, recibiendo por medio del arrepentimiento y la fe, el perdón y la promesa de vida eterna junto a Cristo. También hoy se repite la escena del Evangelio, cada día, y aunque Jesús ya no está clavado en una Cruz, aún sigue ésta ante la vista de los hombres, recordándonos que la oferta del Padre sigue en pie para todos, y que a todos abarca.
•Escarneciendo al leño verde
Jesús enfiló definitivamente el camino del Calvario, donde fue cumplida toda Justicia, y donde el decreto de nuestra condenación fue abolido por medio de su sangre. Y entre las muchas explicaciones que los hombres han buscado para explicar la muerte de este inocente, Justo de los justos, podemos empezar ya a descartar algunas de las más habituales. Y no, Jesús no muere como consecuencia de su enfrentamiento con el poder político o religioso de su época, aunque suene muy inspirador y atractivo a determinados grupos sociales; ni tampoco por coherencia ética o moral, para los que buscan a un Jesús a imitación de determinados maestros filosóficos o espirituales. Ni siquiera como demostración de un proceso judicial erróneo o equivocado, para los amantes de la jurisprudencia. No, Jesús muere simple y llanamente para llevar a cumplimiento la necesidad de que prevalezca la Justicia de Dios, donde el pecado recibe como única paga la muerte: “porque la paga del pecado es muerte” (Rom 6:23). Y esto debe quedarnos muy claro, para que podamos conectar esta obra, Su obra en la Cruz, con nuestras propias vidas, con nuestro propio pecado. Pues éramos nosotros los que debíamos estar en aquella Cruz y no Él, pero : “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Cor 5:21). Y dicho esto, todas las causas anteriores sobre la muerte de Jesús, que los hombres hemos ideado y fabricado a nuestra medida, no son más que la constatación de que aún nos resistimos a admitir lo que somos. Pues negando a la Justicia divina su derecho a ser cumplida y buscando otras explicaciones más “racionales” y “lógicas” al hecho de la muerte de este inocente, no tratamos sino de justificarnos a nosotros mismos, y negar el hecho de que esta Justicia, debió aplicársenos en realidad a nosotros y no a Cristo. Y de alguna manera también percibimos esto en los llantos de los hombres y mujeres de Jerusalén por Jesús, pues : “le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él” (v27). Lloraban compadeciéndose de Jesús, pensando que su destino sería terrible, pero ignorando que en realidad era su propio destino eterno lo que estaba en juego, aquello por lo que en verdad hay que llorar y lamentarse: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (v28), son las palabras de Cristo dirigidas a todas las madres y hombres en general de este mundo. Pues sin este sacrificio, y sin este Cristo que camina hacia el Calvario estaríamos ciertamente condenados. Y si el leño verde, la fuente inocente de vida tiene que padecer de esta manera por causa nuestra, “¿en el leño seco, qué no se hará? (v31). Sí, ¿qué será entonces de todos los que endurecen su corazón y rechazan a este Cristo que extiende sus brazos hacia ellos en la Cruz?. Y ¿qué sería de todos nosotros si aquel día Cristo no hubiese emprendido aquel camino hacia el dolor y el sufrimiento en lugar nuestro?. Pero demos gracias al Padre, ya que: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 5:1).
•El Trono de Jehová permanecerá por siempre
Pocos son los gobiernos de este mundo que han tenido y tienen en cuenta la voluntad de Dios a la hora de gobernar. En nuestros días eliminan poco a poco todo vestigio de Su presencia, y se relega a la Palabra a un mero uso decorativo y protocolario la mayoría de las veces. El temor de Dios, en su sentido reverencial y profundo ya no existe en los corazones de muchos de los gobernantes, pues el poder crea la falsa seguridad de haber tocado techo. De que no hay nada superior a la voluntad humana y que todo pasa por los deseos del propio hombre. Y en la época de Jesús no era muy diferente. Para ellos además, la presencia de Dios en medio de su pueblo no significó júbilo ni un sentimiento de amparo y liberación, aún cuando Jesús proclamó en repetidas ocasiones que esta presencia venía a traer paz, alivio a los cargados de corazón y la mano tendida del Padre: “Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz” (Jn 16:33). Los poderes religiosos vieron a Jesús como un peligro para sus propios intereses, y el poder político lo menospreció considerándole uno más de los muchos auto proclamados profetas que pululaban por Israel. Así, aquellos hombres de gobierno y poder, pensaban que su condena a Jesús y su muerte solucionaba sus problemas. Los sacerdotes ya no tendrían que soportar a este incómodo rabí que los ponía en evidencia de sus hipocresías y legalismos, y las autoridades tendrían paz con el díscolo pueblo judío. Y así, el poder humano desde los tiempos en que Dios, por la presión del pueblo de Israel, mandó proclamar rey a Saúl, se ha ido envaneciendo y alejando de esta voluntad divina: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a tí, sino a mi me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1º S 8:7). Pues recordemos que sólo la voluntad de Dios era necesaria para el buen gobierno de Israel, y que gobernantes y reyes eran los que regían sobre los paganos, precisamente por carecer de la guía de Dios en su Palabra. Israel quiso ser gobernada por un hombre y no por la voluntad de Dios, y así hasta hoy los hombres nos sometemos a los hombres y rechazamos la idea de que sea Dios quien nos abra el camino en la vida de los pueblos. Por eso no es de extrañar la reacción ante Jesús de gobernantes y autoridades de su época: desprecio, escarnio y burla. Sin embargo los gobernantes son, aún sin ser conscientes de ello, instrumentos de Dios para llevar a cabo Su voluntad, pues nada escapa a ella en su propia Creación. Y así, lo que se estaba cumpliendo inexorablemente, aún en el escarnio y desprecio de estos gobernantes por Cristo, no eran sino las promesas divinas de restauración y redención que ya anunciaron los profetas: “por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Is 53:12). Pues por encima del poder de los hombres: “tú Jehová, permanecerás para siempre; Tu trono de generación en generación” (Lm 5:19).
•La fe sencilla y sincera del buen ladrón
Jesús fue contado entre los pecadores a la hora de su muerte, y dos malhechores fueron crucificados junto a él. Y estos dos hombres son como el resumen de la conversión del ser humano, donde podemos ver cómo somos antes de que nos alcance el don de la fe, y después de haberla recibido. Así uno de los malhechores increpaba a Jesús injuriándolo: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (v39). En su rechazo a Jesús, este hombre lo ridiculizó aún en la Cruz, tratando de mostrar que no era más que un hombre condenado, que nada podía hacer por él mismo ni por nadie. Así el hombre en su estado natural, considera inútil a Cristo, pues entiende que sólo él con sus propias fuerzas y voluntad es dueño de su destino. El hombre sólo necesita del hombre para caminar en esta vida e interpretarla, o dicho en palabras de los filósofos griegos: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Sin embargo la mera visión de Cristo en la Cruz junto a él fue suficiente para que el otro malhechor viese no a un mero hombre a punto de morir, sino al mismo Hijo de Dios hecho carne entre nosotros. La fe alcanzó a este condenado justo antes de la muerte, y de su arrepentimiento por el pecado y del reconocimiento de Jesús como su salvador nació su vida eterna: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v41-42). Sólo necesitó de la fe para que las puertas del cielo le fuesen abiertas. Y esta es la Buena Noticia que Cristo trae a los hombres: que muriendo Él en la Cruz por nuestras rebeliones, somos justificados ante el Padre por medio de la Justicia de Cristo, la cual se nos imputa por medio de la fe en su obra en la Cruz. Aún así, después de este día los seres humanos nos hemos seguido empeñando en conseguir esta justicia divina a base de todo tipo de obras con la finalidad de acumular méritos ante Dios. Pero un malhechor arrepentido en la hora de su muerte nos enseña esta verdad evangélica de la justificación por la sola fe en Cristo. Una verdad que trae paz y consuelo al corazón de aquellos cuyas conciencias cargadas ponen a los pies de Cristo sus cargas y pecados. ¿Te sientes tú cargado en tu mente y corazón?. ¿Crees que tus pecados son tan grandes que Dios te exigirá un mérito imposible de acumular en esta vida?. Mira pues al buen ladrón junto a Cristo, y en arrepentimiento y fe repite sus palabras a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v42). Escucha luego las palabras que el Señor te dirige, tan ciertas como aquellas que fueron dichas en el monte Calvario, dirigidas ahora también a ti : “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v43). Aférrate a esta promesa divina, cada día, hasta el final de tu vida.
Conclusión
Cristo siempre genera reacción en los seres humanos, y a nadie deja indiferente, sea el pueblo, gobernantes o malhechores. Y esta lectura, donde un malhechor es justificado poco antes de su muerte, debe servirnos de lección magistral acerca de la infinita misericordia y gracia de Dios. Pues nunca es tarde para rendirse a los pies de Cristo, nunca es tarde para recibir en arrepentimiento y fe la promesa de salvación y vida eterna. Y ahora nuestra escalera al cielo, cual escalera de Jacob (Gn 28:12), por donde los ángeles bajan y suben del cielo a la tierra no es otra sino la Cruz de Cristo. Lo fue para el buen ladrón y lo es también hoy para todos nosotros. ¡Que así sea, Amén!.
J.C.G. Pastor de IELE/Congregación San Pablo
domingo, 17 de noviembre de 2013
24º domingo después de Trinidad.
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA -
Primera Lección: Malaquías 4:1-6
Segunda Lección: 2º Tesalonicenses 3:6-13
El Evangelio: Lucas 21:5-28
“En Cristo nos erguimos y
levantamos nuestras cabezas”
Otro final se acerca: Otra vez estamos llegando a fin de año, me refiero al año litúrgico. Esta es la época del año en que hablamos específicamente sobre el fin de los tiempos, sobre los últimos días. La palabra que se usa en teológica para esto es “escatología”. Se podría pensar en esto como el día del juicio, la segunda venida de Cristo, o también como el comienzo del reino por venir.
No importa cómo llamemos a ese día y sus acontecimientos, hablar del final hace que la gente, incluso muchos cristianos, se pongan un poco nerviosos. Tal vez muy nerviosos. Siempre surgen muchas preguntas al respecto ¿Habrá realmente tanto pesimismo y destrucción, plagas, terribles desastres y abundantes catástrofes? ¿Tendré que estar en pie delante del trono de Dios y responder por todos mis pecados? ¿Cómo voy a ser juzgado? Estas son algunas de las preguntas que hacen que las personas quieran leer y oír sobre otros pasajes de la Biblia y no pensar en ello, que hay cosas más bonitas sobre las cuales hablar. Esto no nos debería tranquilizar.
Nuestra actitud ante el fin: Lo que dice Jesús en el Evangelio de hoy puede traernos miedo. Porque mientras Él habla, por un lado, sobre la caída de Jerusalén, también anuncia predicciones sobre el día final. Sin embargo, se las arregla para incluirnos a nosotros y a todos los creyentes en sus advertencias y en sus promesas sobre las cosas por venir.
Jesús sabía que sería difícil para sus discípulos y para ti vivir la fe y realizar la tarea encomendada. Sabía que habría todo tipo de problemas y tentaciones. Persecución y trampas. Advierte de las dificultades, no sólo de vivir en este mundo, sino de hacerlo como sus discípulos. La dificultad de evitar los falsos maestros que vienen en su nombre. Los peligros planteados por las autoridades que son hostiles a su enseñanza y al de su pueblo que lo rechaza. Hay muchas cosas en nuestra contra. Todas ellas pueden hacer que desesperemos y bajemos los brazos, desistamos de vivir nuestra fe y certezas.
Sin embargo hay esperanza. Jesús unos versículos más adelante nos dice: “Mira a la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan, viéndolo, sabéis por vosotros mismos que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabéis que el reino de Dios está cerca”. En otras palabras, cuando veas los signos, ya sabrás que el final se acerca y esto es motivo de alegría. Porque este final será un día de alegría para su pueblo, para vosotros. Así que levantad vuestras cabezas y mirad hacia el cielo. Esta vez no vengo como un niño indefenso, sino que vengo con poder y autoridad para rescatar a todos los que me pertenecen. Para los cristianos que viven en este mundo, no habrá dificultad, problemas, penas o dolor… porque todas estas cosas son temporales.
Incluso las cosas más permanentes en este mundo desaparecerán, así como sucedió con el gran y poderoso templo de Herodes, construido con enormes piedras, alto y magnífico, sería derribado en no más de 40 años de la partida de Jesús.
Las Señales de Hoy: Lamentablemente por estadística sabemos que vamos a morir. Sabemos que este cuerpo corrompido que tenemos no durará por siempre, no puede, no debe. La tumba nos espera a todos. No importa cómo llegamos a ella, si es por enfermedad o accidente, porque alguien nos quita la vida, eso no importa. Nuestra vida en la tierra se “termina”, pero la vida eterna es segura y no tiene fin. Nuestro cuerpo puede ser destruido, pero tenemos un Dios que dispone de nuestra eternidad. Tenemos la promesa de que resucitaremos al final y viviremos en cuerpos glorificados, viviremos con el Señor con todo su pueblo para siempre. Ninguno de los problemas de este mundo va a durar para siempre. Incluso la muerte será vencida. Cristo dice que solo sus palabras perdurarán para siempre, aun en medio de nuestras aflicciones y confusiones esa promesa sigue en pie. Creemos, por su gracia, que desde ahora y sobre todo cuando esté llegando el final, que estas promesas nos ayudarán a mantener nuestras cabezas en alto.
Todo el terror y la destrucción que la Biblia describe en estos y otros pasajes, todos los horrores del día final, son todas consecuencias del pecado. Si bien sufrimos las consecuencias del pecado y los dolores de parto de la creación y estos aumentaran hacia el día final, también podemos ver una luz de esperanza y paz en medio de tanto sufrimiento: Jesucristo.
Nuestra Esperanza: Su cruz es el fin del poder del pecado en este mundo. Su sacrificio no es solo la derrota de la muerte, sino que además y en especial es la fuente de tu vida. Las palabras que ha pronunciado allí perdurarán para siempre: “Consumado es” o sea todo está cumplido. El pecado, la muerte, el poder del diablo, han sido derrotados en la cruz. Tu rescate y salvación del juicio final se ha llevado a cabo en el Calvario. Confirmado en la tumba vacía en su resurrección y se cumplirá totalmente el día que Él ha destinado para el fin.
No sabemos cuándo será, pero vemos las señales. La higuera ha brotado, a nuestro alrededor vemos las cosas que Jesús ha anunciado como guerras, terremotos, hambruna y pestilencias. La persecución de los cristianos, incluso podemos sentir que estamos un sitio como la antigua Jerusalén. Miramos a nuestro alrededor y el mundo parece estar en mal estado, nuestro país está en crisis y nuestra vida personal muchas veces es un desastre.
Nuestra Fortaleza: A pesar de esto Levantamos nuestras cabezas. No hay porque temer, sus palabras permanecen para siempre. Nos sigue llamando y dando la fuerza necesaria para soportar, por la fe y estar firmes en su Palabra. Es una palabra segura, de esperanza en medio de todo lo que está cayendo a nuestro alrededor. Es una palabra llena de promesas de que nos lleva a través de oscuros días a esa brillante mañana de la eternidad.
Tienes claras señales que sus promesas son hechas realidad, por ejemplo tu Santo Bautismo. El Mesías estuvo presente allí. Él te ha unido a Él, a su muerte y resurrección. Esa es la clave para el Día del Juicio, en tu Bautismo el Señor te ha dicho: “no vas a morir por tus pecados en el día del juicio, porque yo te he unido a mi muerte y has sido limpiado de tus pecados. Te he unido a mi resurrección, también, así que el cielo es tuyo. Enderézate y levanta la cabeza, porque yo te he rescatado”.
En el altar, en la Santa Cena, allí el Señor se hace presente para darte su cuerpo y su sangre, con los que ha conquistado a la muerte, descendido a los infiernos y manifestado a sus discípulos para ti. No hay destrucción para ti, porque el Señor te ha rescatado, te fortalece y preserva para la vida eterna, porque donde hay perdón de pecados allí hay vida eterna y salvación.
El Señor sigue estando presente en su templo para ti, es por eso que este mundo no está perdido. Es sólo que, en lugar de un templo hecho de grandes piedras, ahora Él mora en el templo de sus medios de gracia, pero Él está con tanta seguridad, totalmente presente como lo estuvo en el templo de nuestro texto. No es de extrañar que los medios de gracia tengan tan poca estima hoy, Cristo mismo fue tratado de la misma manera en Jerusalén. Pero Él está presente y Él no nos abandonará. Cualquier dificultad que veas en ti, en tu vida, en este mundo, recuerda que el Señor está tan cerca de ti como su Palabra y los Sacramentos. No tendrás que pasar vergüenza en el Día del Juicio, sino que podrás enderezarse y levantar la cabeza en presencia de tu glorioso Señor resucitado, porque has sido perdonado de todos tus pecados por su obra.
Nuestra certeza es eterna: Tenemos la salvación por la gracia mediante la fe. Ahora tenemos la promesa de vida eterna, a través de Cristo Jesús, que viene a nosotros y está presente hoy con nosotros. Pero todavía esperamos la perfección que vendrá sólo cuando nuestras almas partan de este mundo. Mientras tanto, seguiremos sufriendo las consecuencias del pecado mediante enfermedades, sufrimientos y finalmente la muerte. Somos concebidos y nacidos en el pecado y nuestros cuerpos tienen que regresar al polvo de donde proceden. Pero estamos seguros, que su redención de estas cosas está acercándose. El mismo Jesús que fue crucificado y murió por tus pecados y resucitó para conquistar tu muerte, volverá en una nube como tu Redentor.
Un redentor es una persona que rescata a otra mediante el pago de un rescate. El rescate que Jesús pagó por tus pecados no fue una suma de dinero. Porque ni todo el oro y plata del mundo podrían haberte llevado al cielo y rescatado. No, lo hizo con su preciosa sangre, su sufrimiento y su muerte. El oficio de Cristo como Redentor ilustra muy bien lo que lo hizo por ti y por mí. Es más específico incluso que Salvador. Porque quien salva lo puede hacer simplemente mostrando el camino o sirviendo como un mero ejemplo para la vida piadosa, o incluso por medio de la lucha sin necesidad de perder nada. En su primera venida, Él te adquirió de la potestad de Satanás, no lo hiso en el templo o en el Monte de los Olivos, ni siquiera por medio de sus sermones, sino en el Gólgota, donde derramó su sangre y murió en la cruz. Cuando venga en su segunda venida, Él te salvará de las consecuencias del pecado. No habrá más pecado, no habrá más tristezas, no más sufrimientos y no habrá más muerte. Hasta ese gran día, la Iglesia seguirá proclamando el mensaje del arrepentimiento y el perdón de los pecados. Lo hacemos al proclamar la Palabra de Dios con fidelidad, recordando lo que Pablo escribió a la iglesia en Roma, que lo que fue escrito en tiempos pasados fue escrito para nuestra instrucción, para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. A medida que el Señor viene a nosotros con sus dones, somos consolados en el conocimiento de su amor y de la redención que nos ha dado. A medida que sufrimos en este mundo, no nos desanimamos sino que levantamos la cabeza con confianza en la redención que está por venir. Ahora, el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz, para que por el poder del Espíritu Santo sea posible que abunden en su esperanza, y que la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestra mente a través de la fe en Cristo Jesús.
Pastor Gustavo Lavia.
Congregación Emanuel. Madrid. Iglesia Evangélica Luterana Española.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Vigésimoquinto Domingo después de Pentecostés.
”Reteniendo la sana doctrina”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Éxodo 3:1-15
Segunda Lección: 2ª Tesalonicenses 2:1-8, 13-17
El Evangelio: Lucas 20:27-40
Sermón
•Introducción Perseverar en la sana doctrina es el llamado de los Apóstoles a los creyentes. Y será esta doctrina, como compendio de la Verdad reflejada en la Palabra de Dios, la que dé contenido y cuerpo a nuestra fe. Pues esta fe, este don que hemos recibido por medio del Espíritu Santo puede llegar a ser frágil como una vasija de barro (2ª Cor 4:7). Su primer enemigo es nuestra propia debilidad, nuestra facilidad para ser influenciados por todo tipo de ideas erróneas, creencias extrañas o dudas.
Somos seres carnales, y por tanto débiles en lo que respecta a nuestras propias limitaciones y a los ataques del mundo. Y este es el segundo enemigo de la fe, un mundo marcado por el pecado y donde se libra una auténtica lucha en muchos creyentes para llegar victoriosos en la fe hasta la meta final de sus vidas. Pues no es fácil en muchas ocasiones salir indemnes en las batallas diarias, y así, el creyente debe acudir asiduamente a la Palabra y al poder regenerador de los Sacramentos para comenzar renovado y reforzado cada nueva jornada. No hacerlo es exponerse a ser víctima de un debilitamiento en esta fe que nos conecta con la obra salvadora de Jesús en la Cruz. Y para ello debemos mantenernos fuertes doctrinalmente hablando, no sólo para traspasar los umbrales de la meta celestial, sino para llegado el caso, resistir los momentos finales donde como nos enseña el Apóstol Pablo, la mentira el engaño y la perdición harán su último intento de arrastrar a muchos en la agonía de su ya anunciada derrota (2ª Ts 2:3).
•La mentira no puede prevalecer La Palabra nos llama continuamente para que permanezcamos en la Verdad, pues a diferencia del mundo secular, donde lo relativo y la falta de una verdad absoluta son la norma común, en el terreno espiritual el cristiano tiene la certeza de que sí existe tal Verdad, y que ésta es alcanzable para nosotros por medio de la fe. Pero al mismo tiempo que existe esta Verdad, otras supuestas “verdades” también disputan por ganar su cuota de mercado, podríamos decir.
Y desgraciadamente, bajo una apariencia de normalidad y diversidad, se esconden muchas falsedades y caminos que conducen al error y la confusión. En la lectura de hoy vemos precisamente un ejemplo en los saduceos, enfrentándose a Jesús a causa de uno de estos errores que ellos propagaban: la negación de la resurrección. Eran también judíos y creían en Jehová al igual que el resto del pueblo de Israel, sí; pero aplicando su lógica humana y desechando partes del Antiguo Testamento y a los mismos profetas, los saduceos negaban la posibilidad de una resurrección futura y otras verdades espirituales (Hch 23:8). De esta manera negaban en el fondo a Dios su señorío absoluto sobre la vida y la muerte, y daban la espalda a la Escritura que claramente enseña esta verdad: que la resurrección será un hecho que ciertamente experimentaremos: “Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío” (Ez 37:13). Y para combatir esta clara doctrina idearon un problema para Jesús, en la confianza de que, en su aparente imposibilidad de ser resuelto, demostrarían llevar ellos la razón: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de ellos será mujer, ya que los siete la tuvieron por mujer?” (v33). Pero la razón del hombre es inútil cuando pretende rivalizar con la de Dios, y Jesús de nuevo nos recuerda que la muerte y la posterior vida celestial rompen con las estructuras sociales de esta vida temporal, y que lo carnal no puede condicionar lo espiritual: “Los hijos de este siglo se casan, y se dan en casamiento; mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento” (v34-35). Nos enseña además que Dios domina no sólo la vida, sino también la muerte, la cual en realidad ya no tiene poder ni es sinónimo de dejar de existir para los que ponen su fe en Él por medio de Cristo: “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (v38). Así con estas respuestas Jesús desmontó y expuso las mentiras de los saduceos. Algunas de tantas como han existido y existen en este mundo, y que desvían y en no pocos casos esclavizan al ser humano cerrando sus oídos a la clara, fresca y pura Palabra de Dios. Pero tengamos en cuenta que en materia de fe no hay muchas verdades, o verdades a medias, y como nos advierte el Apóstol Juan, : “ninguna mentira procede de la verdad” (1 Jn 2:21).
Los saduceos proclamaban el error de negar la resurrección, pero existen muchos más errores que hacen que los hombres en general y también los creyentes, se alejen de los seguros caminos doctrinales que Jesús y los Apóstoles prepararon para la Iglesia. Y vivimos por desgracia en un mundo donde la palabra “doctrina” tiene connotaciones negativas en muchas personas.
El concepto de “doctrina” lleva hoy día aparejado la visión peyorativa del adoctrinamiento, y de aquí el de insertar en la mente de las personas ideas que en realidad no son suyas, y que en muchos casos son impuestas por medio de la presión, el miedo o la ignorancia. Sin embargo la doctrina verdadera es, como se nos recuerda en la Escritura, muy necesaria para no ser presa del error. Pero una sana doctrina cristiana nunca se impone, sino que se recibe como el fruto de la constatación por medio de la Escritura y la acción del Espíritu de su solidez y verdad, tal como hicieron los judíos en Berea: “pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hech 17:11). Así lo entendían los Apóstoles y los primeros creyentes, y así debería ser siempre. Pues sin doctrina, y sin saber argumentar con claridad y en relación a la Palabra aquello que se cree, estaremos perdidos en el mundo espiritual. El Apóstol Pablo era muy consciente de esto y por ello exhortaba siempre a permanecer firmes en las enseñanzas que él había transmitido, con fidelidad y determinación: “Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra o por carta nuestra” (2ª Tes 2:15). Así, negar o relativizar el valor de la doctrina es como cortar el tronco que sostiene a un árbol frondoso, el cual permite a la savia llegar hasta las hojas y los frutos. Su muerte es inevitable. Y del mismo modo que las hojas y los frutos de un árbol, nuestra fe es vigorizada por la doctrina apostólica y las enseñanzas correctas que hemos recibido desde Jesús hasta hoy. Pues sin estas doctrinas plasmadas en la Palabra, nuestra fe no podrá crecer y enriquecerse. Es necesario en definitiva retener la sana enseñanza, la leche no adulterada de la que nos habla el Apóstol Pedro: “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ellas crezcáis para salvación” (1ª P 2:2).
Podemos así decir que, en este mundo donde el error convive con la verdad de manera a veces tan sutil y mimetizada, es una necesidad vital para el creyente estar protegidos contra el mismo y conocer los fundamentos y argumentos bíblicos de aquello que proclamamos como creyentes. •Resistiendo con el escudo de la fe ¿Qué pues necesitamos para no ser presa de tantos errores y falsedades como pululan en nuestro mundo?. Ya se ha dicho que una doctrina bíblica correcta es fundamental para mantener una fe fuerte y sana, pues se puede llegar a un debilitamiento alarmante y peligroso de la misma en ciertos casos. Y para evitarlo el creyente tiene a su disposición el mejor remedio y ayuda posible en la sana predicación de la Palabra y los Sacramentos, y en concreto la participación en la Santa Cena. Estos son los medios que Dios ha dispuesto para distribuir su gracia entre los hombres, y que en el caso del cristiano, le sirven igualmente para alimentarlo y sostenerlo. Porque el esfuerzo espiritual constante contra el error y el pecado requiere, al igual que el propio cuerpo en la carne, buenos alimentos. Y de la misma manera que un cuerpo alimentado con comida de mala calidad no puede subsistir mucho tiempo sin enfermar, así la fe y la vida del espíritu, no pueden vivir desconectadas de la vivificante Palabra de Dios y del poder consolador del perdón de pecados que Cristo nos ofrece con su cuerpo y sangre.
Son estos los mejores alimentos posibles para nosotros, de manera que el escudo de la fe: “con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Ef 6:16), esté fuerte y sólidamente anclado en Cristo. Pero, ¿en qué notaremos esta salud espiritual en nuestra vida?, ¿cómo sabremos si nuestra fe es vigorizada y crece de la manera correcta?. El primer efecto positivo que notaremos será precisamente nuestro aprecio y deleite por compartir momentos de oración y escucha a Dios en su Palabra, tanto personal como comunitariamente. Si esto falla habitualmente, ello será un indicador de que otros asuntos, otras preocupaciones mundanas e incluso otros “dioses” mundanos nos apartan de la fuente de nuestra fe, la Palabra de Dios.
Así, si esto se mantiene en el tiempo, el debilitamiento de nuestra fe estará asegurado. Pero una fe sana y viva, es una fe que produce también frutos, como nos enseña el Apóstol Santiago, pues: “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Stg 2:17), y así si en nuestro caminar diario, la vida y el sufrimiento del prójimo nos son indiferentes o no nos mueven a querer tenderles una mano, ello será igualmente una señal de que la salud de nuestra fe no responde a lo que Dios espera de ella. Hablamos aquí pues de lo que hay y mueve el corazón del cristiano, que debe ser el Amor de Dios, el cual recibimos como un don divino para a su vez, proyectarlo hacia otros desde nosotros mismos: “porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gal 5:6). Así que, el amor por esta Palabra de Vida y el amor al prójimo nos mostrarán inicialmente en un sano equilibrio, el estado y la salud de nuestra fe. ¿Cómo están tus niveles a este respecto?, ¿vives conectado a la Palabra que te sostiene y da vida?, ¿retienes en tu vida de fe la sana doctrina?, y ¿abundan en ti la misericordia y la compasión que nacen de tu fe?. Ora pues para que el Señor te siga fortaleciendo y alimentando diariamente por medio de su “leche espiritual no adulterada”, disfrútala y compártela luego con otros en testimonio y amor cristianos. •Conclusión La negación de la resurrección de los saduceos es unos de los muchos ejemplos de una fe contaminada por el error. Y el error, como ya se ha dicho, no procede de la Verdad ni puede convivir con ella. Perseveremos pues en la sana doctrina, y alimentemos nuestra fe de manera saludable por medio de la Palabra y los Sacramentos. Una fe que apunta a la obra de Jesús por nosotros en la Cruz, y que es nuestra Verdad definitiva y doctrina salvadora, pues: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que perservera en la doctrina de Cristo, ése si tiene al Padre y al Hijo” (2ª Jn 9).
¡Que así sea, Amén!.
J.C.G / Pastor de IELE/Congregación San Pablo
jueves, 31 de octubre de 2013
23º domingo después de Pentecostes.
(Celebración del Día de la Reforma del 31 de Octubre)
“Viviendo en libertad verdadera”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
27-10-2013 Primera Lección: Apocalípsis 14:6-7
Segunda Lección: Romanos 3:19-28
El Evangelio: Juan 8:31-36
Sermón Introducción A lo largo de la Historia han existido numerosos movimientos, revoluciones y guerras con el pretexto de liberar al ser humano de algún tipo de opresión. Pues el hombre, desde los tiempos en el Jardín del Edén, dejó claro su deseo de transitar sus propios caminos según su propio concepto de la libertad. Así, cuando el hombre se somete a una voluntad ajena, lo hace normalmente por el peso de la Ley civil que debe buscar el bien común, o por la imposición forzada de otro tipo de control o de gobierno. Nos sometemos normalmente y de manera voluntaria a la primera opción, sí, pero en el fondo de nuestra alma anida siempre ese deseo de libertad humana que nos impulsa a establecer nuestras propias normas y límites. E incluso en un sistema civil aceptado mayoritariamente, el hombre tratará siempre de moverse con la máxima amplitud posible que le permitan las leyes. Y no en pocas ocasiones incluso más allá de las mismas. Así el hombre podrá soportar vivir con escasez de muchas cosas, pero es cuestión de tiempo que se rebele contra la falta de libertad. La Escritura nos habla de la libertad, como si fuese algo de lo que los hombres en su estado natural, y vivan bajo el sistema de gobierno que vivan, carecen en realidad. Pero, ¿de qué clase de libertad nos habla hoy Jesús?. La Palabra nos enseña que la esclavitud es precisamente la condición del hombre desde su nacimiento, y Cristo anuncia que Él es la solución a este dilema. Él trae liberación para el hombre, pero no de un tipo carnal e imperfecta. Su liberación es plena, definitiva y eterna: “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (v36). Permaneciendo en la Palabra Desde que el mundo es mundo existen en él multitud de palabras que han dado lugar a las más variopintas ideas. Desde la Grecia clásica si miramos Occidente, el hombre ha hecho un esfuerzo enorme por entender el mundo y la realidad que le rodea. Pocos son los objetos del pensamiento que han escapado a su mirada y reflexión. Y habiendo llegado a un gran nivel de conocimiento desde entonces sobre aquello que llamamos la realidad, sin embargo el hombre, sigue siendo aún el mayor desconocido para él mismo. Porque ¿con qué lupa del pensamiento podrá aumentar su imagen hasta verla con nitidez?, y ¿cuál es el elemento con el cual podrá compararse para sacar alguna conclusión válida?. Y cuando lo logre, cuando tenga una visión propia de sí mismo, ¿será definitiva o habrá quien la discuta y cuestione?. La Palabra de Dios nos dice que sí, que ciertamente hay un patrón con el cual el hombre puede no solo compararse, sino que también puede llegar a conocerse. Y este patrón no es otro que la propia Palabra de Dios. Como ya se ha dicho, existen en el mundo infinidad de palabras e ideas, y todas ellas con visos de verdad. Pero la propia voz del Creador nos enseña que sólo ella, la voz definitiva, es confiable, fija e inmutable: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Is 40:8). Una Palabra que no está sometida a la especulación humana, o a la rivalidad con otras palabras creadas por el hombre. Tenemos aquí por tanto una Palabra que puede dar respuesta a las preguntas fundamentales que el hombre se ha hecho sobre la existencia y sobre sí mismo. Y sobre todo, una Palabra que nos ofrece la solución al dilema de la imagen inquietante que el hombre verá de sí mismo reflejada en ella por medio de la Ley. Esta Palabra, creadora y fuente de toda vida nos llama a estar conectados a ella por medio de Cristo, pues sólo en esta Palabra hecha carne puede el hombre hallar verdadero sentido y una esperanza para su futuro: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (v31). Podemos tratar de vivir aferrados a otras palabras sí, pero a la postre serán como los cimientos débiles de una casa que el agua arrastró y derribó. Permanecer en su Palabra es, como nos dice Jesús, ser discípulo, ser y estar en la Verdad. Y ¿no es acaso la Verdad, lo inmutable, aquello que ha sido el objeto de búsqueda y anhelos del hombre desde el inicio de los tiempos?. Alegrémonos pues de que esta Verdad haya salido en nuestra búsqueda y, estando nosotros perdidos, nos haya hallado: “porque éste mi hijo muerto era, y ha revivido, se había perdido y es hallado” (Lc 15:24). ¡Al fín libres! Los judíos son un pueblo orgulloso de sus raíces e historia, pero ¿acaso no lo son todos los pueblos?. Si embargo en su caso, la condición de ser pueblo escogido por Dios y depositario de las promesas divinas, les llevó a tener una conciencia tan elevada de sí mismos que olvidaron su misión de ser luz para el resto de los pueblos de la tierra. Y olvidándolo se enorgullecieron en exceso y adoptaron una actitud de prepotencia incluso respecto a Dios. Así, ante la exhortación de Jesús para que permanecieran en su palabra, y así conquistar la libertad verdadera, se sintieron heridos en su orgullo y le contestaron prepotentemente: “Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?” (v33). Su orgullo los cegó de tal manera que olvidaron su propia liberación por parte de Dios de la esclavitud Egipto, de sus lamentos en Babilonia e incluso de la ocupación y humillación que de hecho sufrían por parte del Imperio Romano. Habían sido esclavos, sí, pero lo peor era que aún seguían siéndolo incluso más profundamente: “Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (v34).El pecado era su amo verdadero, pero en su orgullo ciego eran incapaces de reconocerlo. ¿Te sientes tú como aquellos judíos orgullosos cuando se te recuerda tu pecado?, ¿crees ser inmune a sus efectos y no necesitar que la Ley de Dios te lo muestre y recuerde?. En realidad poco importa lo que creas o sientas sobre ti mismo, ya que la Palabra de Dios nos iguala a todos independientemente de nuestra propia visión de las cosas, enseñándonos que, desde el primero hasta el último ser humano, venimos a este mundo soportando la misma esclavitud. Una esclavitud que no se puede romper simplemente negándola o ignorándola, pues como nos recuerda Jesús sólo hay una solución para ella: que la Palabra de Dios nos libere en Cristo. Y no, no basta ser criatura de Dios, lo cual todos somos desde el nacimiento, creyentes o no, sino que es necesario formar parte de la familia celestial por medio de la fe y el Bautismo: “el que no naciere de agua y el Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3:3). Sólo así podremos recibir la carta de libertad plena que fue pagada por Cristo en el monte Calvario. Y esta carta ahora nos permite tener morada en la casa del Padre, donde como se nos recuerda: “el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre” (v35). Y habiendo pues dejado atrás la esclavitud, hemos alcanzado libertad auténtica por medio de Cristo, nuestro libertador: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.” (v36). ¿Qué Cristo me libera? Jesús proclama una liberación verdadera, definitiva, sin cabos sueltos. La suya no es una liberación pasajera, temporal, sometida al devenir de la Historia o al capricho de los hombres. Lo que Cristo libera, queda en libertad definitivamente: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados” (Col 1:13-14). Ahora bien, hablamos de ser liberados sí, pero, ¿qué Cristo me libera?, ¿es sólo el Cristo ético y moral que me sirve de ejemplo y norma de conducta?, ¿es el Cristo social y contestatario que algunos sectores reivindican?, ¿es el Cristo de la piedad y la contemplación religiosa popular?. Todos estos son visiones de Cristo, pero visiones parciales del mismo, ya que debemos tener presente que el verdadero Cristo que nos libera es el Cristo muerto en la Cruz, aquél que muere despreciado y sufriente en el monte Calvario y que vino a saldar nuestra deuda con la Justicia divina, por tí y por mí. Y este Cristo no podemos hallarlo en aquellos espacios o esquemas que el hombre se ha construido en base a su visión de las cosas, de nuestros propios intereses. Él es sin embargo un Cristo que se halla en los lugares menos deseados por el ser humano: en el sufrimiento, en la enfermedad, en la desgracia y en el dolor, y que sólo se puede llegar a entender por medio de la fe. Es el Dios escondido (Deus absconditus), Dios que no encontraremos en el éxito, en la bonanza personal o económica, o en los placeres de este mundo. Es el Dios en definitiva que se revela donde el hombre no quisiera tener que encontrarlo, en el escándalo de la Cruz, pues “lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es” (1ª Cor 1:28). Pero este Cristo que muere por nosotros, no aprovecha simplemente por escuchar hablar de él, o por tenerlo como un mero modelo como ya se ha dicho. A este Cristo sólo podemos aprovecharlo y apropiarnos del beneficio de su obra por nosotros si ponemos nuestra esperanza y vida en él por medio de la fe. Sólo así Cristo tiene un sentido en nuestra vida, y sólo así, haciéndolo nuestro y viviendo él en nosotros, puede el hombre vivir con una esperanza sólida y cierta de restauración y salvación ante el Padre. Cualquier otro Cristo no será sino una proyección que el hombre se ha construido según su voluntad y deseos, pero éste no será sin embargo el Cristo que otorga liberación y Vida eterna. Como nos recuerda Lutero: “Lo principal y fundamental en el Evangelio, antes de tomar a Cristo por un modelo, es recibirlo, reconociéndolo como un don y obsequio que te ha sido dado por Dios y que te pertenece”. Conclusión La libertad verdadera es un don maravilloso que nos es ofrecido a los hombres en Cristo Jesús. Pues por su mediación los creyentes hemos sido liberados de la esclavitud del pecado, lo cual quiere decir que ya no estamos sometidos a su tiranía. Pecamos aún, es cierto, pues incluso justificados seguimos siendo pecadores en la carne, pero ya existe una batalla permanente en nosotros, y una rebeldía contra la antigua esclavitud. Y habiendo sido sepultados con Cristo en el Bautismo, hemos renacido también a una nueva vida donde el Espíritu Santo nos guía y renueva en la Verdad y en la lucha diaria. Somos ahora por tanto plenamente libres, y discípulos del Señor, y para seguir viviendo en esta libertad que él ganó en la Cruz por nosotros, Jesús nos pide permanecer en su Palabra. Esta Palabra suya es el puro Evangelio de perdón de pecados, y cuyo redescubrimiento para la cristiandad celebramos hoy junto a millones de creyentes. Sigamos pues firmes en esta Palabra, y no nos apartemos nunca de ella, pues esta es la luz que guía nuestros pasos cada día: “Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.” (Sal 119:105).¡Que así sea, Amén!. J.C.G / Pastor de IELE/Congregación San Pablo
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
27-10-2013 Primera Lección: Apocalípsis 14:6-7
Segunda Lección: Romanos 3:19-28
El Evangelio: Juan 8:31-36
Sermón Introducción A lo largo de la Historia han existido numerosos movimientos, revoluciones y guerras con el pretexto de liberar al ser humano de algún tipo de opresión. Pues el hombre, desde los tiempos en el Jardín del Edén, dejó claro su deseo de transitar sus propios caminos según su propio concepto de la libertad. Así, cuando el hombre se somete a una voluntad ajena, lo hace normalmente por el peso de la Ley civil que debe buscar el bien común, o por la imposición forzada de otro tipo de control o de gobierno. Nos sometemos normalmente y de manera voluntaria a la primera opción, sí, pero en el fondo de nuestra alma anida siempre ese deseo de libertad humana que nos impulsa a establecer nuestras propias normas y límites. E incluso en un sistema civil aceptado mayoritariamente, el hombre tratará siempre de moverse con la máxima amplitud posible que le permitan las leyes. Y no en pocas ocasiones incluso más allá de las mismas. Así el hombre podrá soportar vivir con escasez de muchas cosas, pero es cuestión de tiempo que se rebele contra la falta de libertad. La Escritura nos habla de la libertad, como si fuese algo de lo que los hombres en su estado natural, y vivan bajo el sistema de gobierno que vivan, carecen en realidad. Pero, ¿de qué clase de libertad nos habla hoy Jesús?. La Palabra nos enseña que la esclavitud es precisamente la condición del hombre desde su nacimiento, y Cristo anuncia que Él es la solución a este dilema. Él trae liberación para el hombre, pero no de un tipo carnal e imperfecta. Su liberación es plena, definitiva y eterna: “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (v36). Permaneciendo en la Palabra Desde que el mundo es mundo existen en él multitud de palabras que han dado lugar a las más variopintas ideas. Desde la Grecia clásica si miramos Occidente, el hombre ha hecho un esfuerzo enorme por entender el mundo y la realidad que le rodea. Pocos son los objetos del pensamiento que han escapado a su mirada y reflexión. Y habiendo llegado a un gran nivel de conocimiento desde entonces sobre aquello que llamamos la realidad, sin embargo el hombre, sigue siendo aún el mayor desconocido para él mismo. Porque ¿con qué lupa del pensamiento podrá aumentar su imagen hasta verla con nitidez?, y ¿cuál es el elemento con el cual podrá compararse para sacar alguna conclusión válida?. Y cuando lo logre, cuando tenga una visión propia de sí mismo, ¿será definitiva o habrá quien la discuta y cuestione?. La Palabra de Dios nos dice que sí, que ciertamente hay un patrón con el cual el hombre puede no solo compararse, sino que también puede llegar a conocerse. Y este patrón no es otro que la propia Palabra de Dios. Como ya se ha dicho, existen en el mundo infinidad de palabras e ideas, y todas ellas con visos de verdad. Pero la propia voz del Creador nos enseña que sólo ella, la voz definitiva, es confiable, fija e inmutable: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Is 40:8). Una Palabra que no está sometida a la especulación humana, o a la rivalidad con otras palabras creadas por el hombre. Tenemos aquí por tanto una Palabra que puede dar respuesta a las preguntas fundamentales que el hombre se ha hecho sobre la existencia y sobre sí mismo. Y sobre todo, una Palabra que nos ofrece la solución al dilema de la imagen inquietante que el hombre verá de sí mismo reflejada en ella por medio de la Ley. Esta Palabra, creadora y fuente de toda vida nos llama a estar conectados a ella por medio de Cristo, pues sólo en esta Palabra hecha carne puede el hombre hallar verdadero sentido y una esperanza para su futuro: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (v31). Podemos tratar de vivir aferrados a otras palabras sí, pero a la postre serán como los cimientos débiles de una casa que el agua arrastró y derribó. Permanecer en su Palabra es, como nos dice Jesús, ser discípulo, ser y estar en la Verdad. Y ¿no es acaso la Verdad, lo inmutable, aquello que ha sido el objeto de búsqueda y anhelos del hombre desde el inicio de los tiempos?. Alegrémonos pues de que esta Verdad haya salido en nuestra búsqueda y, estando nosotros perdidos, nos haya hallado: “porque éste mi hijo muerto era, y ha revivido, se había perdido y es hallado” (Lc 15:24). ¡Al fín libres! Los judíos son un pueblo orgulloso de sus raíces e historia, pero ¿acaso no lo son todos los pueblos?. Si embargo en su caso, la condición de ser pueblo escogido por Dios y depositario de las promesas divinas, les llevó a tener una conciencia tan elevada de sí mismos que olvidaron su misión de ser luz para el resto de los pueblos de la tierra. Y olvidándolo se enorgullecieron en exceso y adoptaron una actitud de prepotencia incluso respecto a Dios. Así, ante la exhortación de Jesús para que permanecieran en su palabra, y así conquistar la libertad verdadera, se sintieron heridos en su orgullo y le contestaron prepotentemente: “Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?” (v33). Su orgullo los cegó de tal manera que olvidaron su propia liberación por parte de Dios de la esclavitud Egipto, de sus lamentos en Babilonia e incluso de la ocupación y humillación que de hecho sufrían por parte del Imperio Romano. Habían sido esclavos, sí, pero lo peor era que aún seguían siéndolo incluso más profundamente: “Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (v34).El pecado era su amo verdadero, pero en su orgullo ciego eran incapaces de reconocerlo. ¿Te sientes tú como aquellos judíos orgullosos cuando se te recuerda tu pecado?, ¿crees ser inmune a sus efectos y no necesitar que la Ley de Dios te lo muestre y recuerde?. En realidad poco importa lo que creas o sientas sobre ti mismo, ya que la Palabra de Dios nos iguala a todos independientemente de nuestra propia visión de las cosas, enseñándonos que, desde el primero hasta el último ser humano, venimos a este mundo soportando la misma esclavitud. Una esclavitud que no se puede romper simplemente negándola o ignorándola, pues como nos recuerda Jesús sólo hay una solución para ella: que la Palabra de Dios nos libere en Cristo. Y no, no basta ser criatura de Dios, lo cual todos somos desde el nacimiento, creyentes o no, sino que es necesario formar parte de la familia celestial por medio de la fe y el Bautismo: “el que no naciere de agua y el Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3:3). Sólo así podremos recibir la carta de libertad plena que fue pagada por Cristo en el monte Calvario. Y esta carta ahora nos permite tener morada en la casa del Padre, donde como se nos recuerda: “el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre” (v35). Y habiendo pues dejado atrás la esclavitud, hemos alcanzado libertad auténtica por medio de Cristo, nuestro libertador: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.” (v36). ¿Qué Cristo me libera? Jesús proclama una liberación verdadera, definitiva, sin cabos sueltos. La suya no es una liberación pasajera, temporal, sometida al devenir de la Historia o al capricho de los hombres. Lo que Cristo libera, queda en libertad definitivamente: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados” (Col 1:13-14). Ahora bien, hablamos de ser liberados sí, pero, ¿qué Cristo me libera?, ¿es sólo el Cristo ético y moral que me sirve de ejemplo y norma de conducta?, ¿es el Cristo social y contestatario que algunos sectores reivindican?, ¿es el Cristo de la piedad y la contemplación religiosa popular?. Todos estos son visiones de Cristo, pero visiones parciales del mismo, ya que debemos tener presente que el verdadero Cristo que nos libera es el Cristo muerto en la Cruz, aquél que muere despreciado y sufriente en el monte Calvario y que vino a saldar nuestra deuda con la Justicia divina, por tí y por mí. Y este Cristo no podemos hallarlo en aquellos espacios o esquemas que el hombre se ha construido en base a su visión de las cosas, de nuestros propios intereses. Él es sin embargo un Cristo que se halla en los lugares menos deseados por el ser humano: en el sufrimiento, en la enfermedad, en la desgracia y en el dolor, y que sólo se puede llegar a entender por medio de la fe. Es el Dios escondido (Deus absconditus), Dios que no encontraremos en el éxito, en la bonanza personal o económica, o en los placeres de este mundo. Es el Dios en definitiva que se revela donde el hombre no quisiera tener que encontrarlo, en el escándalo de la Cruz, pues “lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es” (1ª Cor 1:28). Pero este Cristo que muere por nosotros, no aprovecha simplemente por escuchar hablar de él, o por tenerlo como un mero modelo como ya se ha dicho. A este Cristo sólo podemos aprovecharlo y apropiarnos del beneficio de su obra por nosotros si ponemos nuestra esperanza y vida en él por medio de la fe. Sólo así Cristo tiene un sentido en nuestra vida, y sólo así, haciéndolo nuestro y viviendo él en nosotros, puede el hombre vivir con una esperanza sólida y cierta de restauración y salvación ante el Padre. Cualquier otro Cristo no será sino una proyección que el hombre se ha construido según su voluntad y deseos, pero éste no será sin embargo el Cristo que otorga liberación y Vida eterna. Como nos recuerda Lutero: “Lo principal y fundamental en el Evangelio, antes de tomar a Cristo por un modelo, es recibirlo, reconociéndolo como un don y obsequio que te ha sido dado por Dios y que te pertenece”. Conclusión La libertad verdadera es un don maravilloso que nos es ofrecido a los hombres en Cristo Jesús. Pues por su mediación los creyentes hemos sido liberados de la esclavitud del pecado, lo cual quiere decir que ya no estamos sometidos a su tiranía. Pecamos aún, es cierto, pues incluso justificados seguimos siendo pecadores en la carne, pero ya existe una batalla permanente en nosotros, y una rebeldía contra la antigua esclavitud. Y habiendo sido sepultados con Cristo en el Bautismo, hemos renacido también a una nueva vida donde el Espíritu Santo nos guía y renueva en la Verdad y en la lucha diaria. Somos ahora por tanto plenamente libres, y discípulos del Señor, y para seguir viviendo en esta libertad que él ganó en la Cruz por nosotros, Jesús nos pide permanecer en su Palabra. Esta Palabra suya es el puro Evangelio de perdón de pecados, y cuyo redescubrimiento para la cristiandad celebramos hoy junto a millones de creyentes. Sigamos pues firmes en esta Palabra, y no nos apartemos nunca de ella, pues esta es la luz que guía nuestros pasos cada día: “Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.” (Sal 119:105).¡Que así sea, Amén!. J.C.G / Pastor de IELE/Congregación San Pablo
domingo, 20 de octubre de 2013
22º Domingo después de Trinidad.
TEXTOS BIBLICOS
Primera Lección: Génesis 32:22-30
Segunda Lección: 2º Timoteo 3:14- 4:5
El Evangelio: Lucas 18:1-8
“Orad sin Cesar por Vuestra Justicia”
Podría contar algunas historias inspiradoras para comenzar el sermón. Historias reales como la de Jacob luchando toda la noche con el Señor y siendo bendecido por este, como habéis oído en la primera lección (Génesis 32:22-30). Tenemos también historias en la Iglesia, como la de Mónica rezando por la conversión de su hijo, que se había apartado de Dios y de cómo ese hijo se convirtió en San Agustín. ¿Y cuántas historias contemporáneas podríamos oír? Testimonios de personas que oraron y el Señor respondió al clamor. El Señor hoy nos quiere mostrar algo fundamental sobre la oración.
¿Cuál es el motivo de “orar siempre y no desmayar”?
Uno de los mayores desafíos para el cristiano es no pasar por alto las necesidades reales que tenemos en nuestra vida y suplicar a Dios conforme a ellas. Cuando oramos esperamos que las respuestas sean claras y rápidas. ¿Será que las oraciones que no son contestadas rápidamente, nunca lo serán? ¿Por qué da la sensación que las oraciones son contestadas rápidamente en una película de dos horas, pero en la vida real no es así?
A veces la respuesta de Dios es “Espera. Todavía no”. Entonces podemos entender que la perseverancia en la oración es buena. Allí nos centramos en mantener la confianza y depositar nuestra esperanza en el Señor. Pero y si su respuesta es “No”. ¿Qué hacer? Hay ciertas súplicas que dejamos de orar y no debemos persistir en ellas.
Por otro lado ¿Cuánto tiempo hay que orar para que alguien se enamore de ti? ¿Cuánto tiempo debe una pareja infértil orar para ser capaces de concebir? ¿Qué pasa con las oraciones para lograr mejores calificaciones o un trabajo más agradable o una casa mejor o vecinos amigables o simplemente tener paz? ¿Qué sobre el dolor o la enfermedad que cada vez va a peor? ¿Cuánto tiempo hay que persistir en pedir al Señor que la quite? ¿O sólo debemos pedir que nos dé fuerza para soportar? ¿Debemos pedir para que nuestro ser querido se cure o sea llevarlo a la casa celestial?
El hecho de que “debemos orar” no aborda realmente esta lucha de qué pedir o cómo hacerlo ¿verdad? Y lo peor son las falsas ideas que se ponen alrededor de la oración: “si eres lo suficientemente persistente, obtendrás lo que estás pidiendo, además estás orando por algo bueno”, “necesitas hacer una oración poderosa”. Necesitamos pensar más profundamente acerca de las palabras de Jesús y aferrarnos a ellas.
¿Quién es tu enemigo y por qué es tan malo? ¿Cuál era causa de la viuda? “Hazme justicia de mi adversario” (Lucas 18:3) ¿Quién es tu adversario? ¿Un profesor de colegio, ese vecino que es molesto, un compañero de trabajo egoísta, ese empleado desagradable, el jefe que es duro? A veces las personas más cercanas a nosotros, a nuestros propios familiares nos causan mayor adversidad. O tal vez no piensas en una persona como tu adversario, sino la dureza de la vida, las tragedias y los desastres que te golpean, o tus propias luchas con la infelicidad, el fracaso o la desesperación. Muchos llegan a pensar: “Yo soy mi peor enemigo”.
Pero esta viuda no tiene muchos adversarios que cambian con el tiempo. ¿Quién es tu adversario desde el momento en que fuiste concebido hasta el día de tu muerte? Su nombre es Satanás. Su mismo nombre significa adversario. Él es el que te acusa delante de Dios, señalando tus muchos pecados. Él es el que usa los problemas de esta vida para sembrar la duda en su corazón. Él es el que te seduce con la promesa y los placeres de este mundo. Él es el que ataca tu fe con falsas enseñanzas. Es el Adversario que se rebeló contra Dios y ahora lucha en contra el pueblo escogido. El resto de las fuerzas del mal, los demonios del reino espiritual, las fuerzas hostiles a Cristo, los lobos con piel de oveja que actúan como cristianos y enseñan en las iglesias, pero llevan a la gente a poner su confianza en sus propios esfuerzos para estar en paz con Dios, son enemigos trabajando con tu adversario, Satanás.
¿Te das cuenta de lo grande que es tu adversario? ¿En tu vida de oración se refleja esta verdad? Muchas veces sabemos algo en la cabeza, pero no lo ponemos en práctica. Nunca te rindas orando en contra de Satanás y sus aliados. El estímulo de las Palabras “Ora siempre y no desmayes” no es un tópico vacío, sino vital y aquí tienes la promesa de Dios que va a responder: “Os digo que pronto les hará justicia”(Lucas 18:8).
Pasar por alto y olvidarnos de nuestro adversario es algo peligroso. Si te centras en tus oraciones solo en las necesidades básicas y materiales de tu vida, nuestro adversario podrá colarse con sus mentiras. Porque no siempre gozarás de la felicidad que deseas, ¿verdad? No me malinterpretes: Dios quiere que todas nuestras ansiedades descansen sobre Él, las grande y las pequeñas, lo espiritual y lo terrenal. Pero no dejes que lo terrenal te ciegue de tu verdadero adversario, Satanás. Sigue orando para que Dios haga justicia contra tu adversario.
La Epístola del día de hoy nos da una clave fundamental de cómo permanecer con esta claridad de oración: “Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.” 2º Timoteo 3:14-4. Permanecer en la Palabra de Dios es la clave para saber lo que realmente importa en nuestra vida, para conocer nuestras verdaderas necesidades y presentárselas a Dios en oración.
¿Cuándo Jesús hacer justicia contra nuestro adversario y líbranos?
Pero ¿cuándo llegará esta justicia? Antes y después de esta parábola, Jesús habla de su venida. En el último día, cuando Jesús venga a juzgar a los vivos ya los muertos, Satanás no tendrá escapatoria. La justicia final se llevará a cabo en contra de él y todos los que le siguieron, incluso algunos que pudimos haber sentido cerca en esta vida. Satanás y todos los que no han creído en Jesús como su Divino Salvador, como el que ha pagado por sus pecados. Dios no puede ser burlado. Sigan orando por la justicia contra su adversario. Jesús responde y responderá.
Para ti y para mí, Jesús bien podría responder mucho antes del último día. Pero toda nuestra vida terrenal como cristianos es una lucha contra Satanás, contra el pecado y los deseos del mundo. Jesús te libera personalmente de tu adversario y te da la justicia cuando se te lleva al hogar celestial. Esta liberación no se basa en las exigencias de la ley. Se recibe por la justicia que viene por la fe en Jesucristo. Dios la pronunció cuando Jesús murió y resucitó de entre los muertos, es su veredicto de justicia: Ya no hay deuda, no hay acusación para los que están bajo Cristo Jesús. En Jesús estás absuelto porque Él ha pagado por tus crímenes y pecados. Satanás no te puede acusar, porque Jesús es tu abogado. La Justicia que Dios hace te declara “inocente”, “no culpable” por causa de Jesús, no importa de lo que tu adversario te acuse. Puedes decir con Pablo: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. (Romanos 8:33-34). Él es tu Abogado.
¿Está preparado para la respuesta de Dios?
La gran liberación, la respuesta que Dios trae es a través de la muerte y del juicio final ¿no es así? Tal vez no somos tan persistentes en esta oración, porque no estamos preparados para este tipo de respuesta. Pues cuando la muerte se acerca, Satanás te atacará con todas sus fuerzas. Es la última oportunidad que tiene. Allí necesitas toda la armadura de Dios para ser sostenido en la justicia en Cristo Jesús contra su adversario.
Sigue orando porque Dios te sostenga en su justicia contra tu adversario Satanás, cuando ores la oración del Señor: “Mas líbranos del mal”, ora con la confianza de saber que Dios responde una vez y para siempre y te garantiza la bendición de que al terminar esta vida te llevará del mundo de dolor, de este valle de lágrimas, a su presencia en el cielo. Él respondió rápidamente en el momento justo, adecuado, ya que “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. (2 Pedro 3:9).
¿Qué estímulo no las palabras de Jesús nos dan para mantener esta oración?
Sigue orando por la justicia contra el adversario. Debemos orar lentamente, listos para su respuesta. Así que vamos a tomar en serio la promesa que Jesús nos da cuando dice: “acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?” (Lucas 18:7). Por supuesto que lo hará. Porque no es un juez injusto, sino todo lo contrario. Ya que Jesús es “quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”. (Romanos 3:25-26). Así que “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24) clamamos día y noche agradeciendo nuestra Justicia que es Cristo. ¡Qué estímulo!
Es más, tú no eres una viuda insignificante. Eres uno de sus elegidos, su hijo adoptivo. Desde toda la eternidad Él te eligió de acuerdo a su amable y buena voluntad. Él envió a su Hijo para redimirte a través de su sangre. Él te trajo a la fe a través del agua y de la palabra en el Bautismo otorgándote los beneficios en Cristo. Él te da la riqueza de su gracia en su Palabra y Sacramento para mantenerte en esa fe. Porque eres parte de los elegidos, de sus escogidos, sus hijos e hijas renacidos. Así que sige orando por la justicia contra su adversario. Tu Padre celestial contestará rápidamente, ya que has sido perdonado de todos tus pecados y rescatado de la muerte y del poder del diablo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.Amen.
Pastor Gustavo Lavia.
Congregación Emanuel. Madrid. Iglesia Evangélica Luterana Española.
domingo, 29 de septiembre de 2013
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 29-09-2013
Primera Lección: Daniel 10:10-14, 12:1-3
Segunda Lección: Apocalipsis 12:7-12
El Evangelio: Mateo 18:1-11
“¿Reinos y grandeza?”
I. La grandeza en el reino de Dios
¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Eso es lo que los discípulos quieren saber. Esta discusión sucede varias veces en los Evangelios y la pregunta la podemos interpretar de diferentes maneras.
Una interpretación negativa sería que esté relacionada a la ambición de poder. En ese caso el centro de la pregunta es: “Señor, vemos que eres muy poderoso, por lo que queremos ser parte de tu reino. Queremos tener parte de ese poder para nosotros, porque nos gusta el respeto y el reconocimiento que trae. Entonces, ¿cómo podemos ser grandes y poderosos como tú?” La interpretación positiva sería en el sentido de una búsqueda de la excelencia, de querer sacar el máximo provecho de ser un seguidor de Jesús. En ese caso, la pregunta sería algo así como “Señor, queremos ser los mejores discípulos que puedas tener. ¿Cómo podemos hacer esto?”
Sea cual sea la carga de la pregunta, Jesús responde llamando a un niño hacia él y diciendo a sus discípulos: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”.
Tenemos que aclarar qué significa y qué no significa esto. No se trata de comportamiento, Jesús no está diciendo, “Tienes que dejar de ser adulto y empezar a ser respetuoso y obediente como este pequeño niño”. De hecho, no tenemos idea de cómo ese niño ha estado comportándose, puede haber sido un terror para sus padres la mayor parte del tiempo. Algunos niños se comportan mejor que otros. Jesús no está hablando de la inocencia o la bondad de los niños. Él no está diciendo: “Dadas las condiciones de los niños, tenéis que limpiar vuestras mentes, deshacerse de las sospechas y empezar a actuar como personas ingenuas, como los niños que una vez fueron”. En el mundo antiguo, con sus realidades de esclavitud, el infanticidio y la violencia, es muy discutible cómo podría ser un niño. Por lo tanto Jesús no está hablando acerca de la conducta o la inocencia de los niños. Él está hablando de algo completamente distinto. Para establecer el escenario, consideremos el niño en el texto. En primer lugar no hay nada en el griego que nos diga que el niño no sea una niña. Ahora, esto sí que sería una sorpresa para los discípulos y serviría a los fines de Jesús así: si quieres ser grande en el reino de los cielos, se igual a esta niña. En el tiempo de Jesús, las niñas no tenían ningún poder en la sociedad. No tienen derechos, no recibirán herencia. Tenían que ser protegidas de algunos hombres hasta que alcanzaban la edad adecuada y luego eran casadas con alguien sin tener mucho que decir en el asunto. Ningún derecho, ni poder, ni riqueza, no decidían cómo serían sus vidas: ¿cómo alguien así puede ser grande en el Reino de los cielos?
Debido a que la grandeza en el reino de los cielos es completamente diferente a la grandeza de los reinos de este mundo. La grandeza en el reino de los cielos se mide en términos de necesidad, debilidad y vulnerabilidad. Vale la pena repetirlo: el mayor en el reino de los cielos es el más necesitado, más débil y más vulnerable. ¿Por qué? Porque el más necesitado, más débil y más vulnerable es el que va a confiar en Cristo con todo su ser. Considere la posibilidad de un niño y una niña en la época de Cristo. El muchacho se levantó con el conocimiento de que él va a tener derechos, tal vez recibirá una herencia y tiene potencial para mejorar su situación por lo que trabaja duro para ello. Por ser quien es, su destino es algo para él, por lo menos mucho más que su hermana. Sin derechos, poder, riqueza o algo que decir en su vida, la niña es vulnerable: no tiene más remedio que confiar en sus padres durante su infancia y luego confiar en su marido cuando está casada. Por supuesto, para la chica en los reinos de este mundo puede funcionar bien o no, porque en los que ella debe confiar son personas imperfectas: sus padres pueden ser crueles y su marido podría ser un cerdo. Pero cuando se trata del reino de los cielos, en quien debemos confiar es totalmente digno de confianza, porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia.
El que está en el reino de los cielos, es una persona de las más necesitadas, las más débiles y las más vulnerables, es quien va a confiar en Cristo, porque no tiene nada más en qué confiar y el que confía en Cristo es el más grande es el reino de los cielos. Tú eres de los más necesitados, de los más débiles y de los más vulnerables en el reino de los cielos. Pero tú puedes sentir y creer otra cosa, así que vamos a hacer un breve cuestionario: ¿Eres santo y perfecto sin Cristo? No. Eso te hace pobre en justicia y santidad. ¿Eres pecador? Sí. Eso te hace demasiado débil para salvarte a ti mismo. ¿Puede levantarte a sí mismo de entre los muertos? No. Eso te hace vulnerable a la muerte y el infierno.
Esto es el motivo por el cual vives una vida de arrepentimiento, confesando tus pecados. Por esto sigues diciendo: “Yo no puedo salvarme a mí mismo, pero Jesús es mi Salvador”. Por eso, cuando se trata de tus acciones, dices con Pablo “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Y es por eso que nos maravillamos y expresamos nuestra acción de gracias por esta asombrosa verdad: el mayor en el reino de los cielos es Jesucristo. ¿Esto implicaría afirmar que Jesús es el más necesitado, más débil y más vulnerable? Sí, en la cruz. Como quien lleva los pecados de todos en el Calvario, allí Jesús es el más necesitado y el más injusto, el más débil, el más pecador y el más vulnerable. Sufre la muerte y el infierno por todos. Confiesa esto con sus palabras: “Tengo sed” y “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Hasta el momento, la Ley afirmaba que tú eras el más necesitado, el más débil pecador, el más vulnerable y que nunca podrías entrar en el reino de los cielos. El Evangelio es que Jesús se convirtió en el más necesitado pecador, débil y vulnerable en tu lugar para que el reino de los cielos sea tuyo. Como redimidos, a vivir una vida diciendo: “Por naturaleza, sigo siendo necesitado, débil y vulnerable. Es por eso que necesitamos a Cristo, su gracia y su victoria sobre el pecado y la muerte”. Esto prepara el escenario para el resto de nuestro texto.
En el reino de este mundo, obtienes grandeza aprovechándote de las debilidades de tu oponente, y en una vista previa a la segunda parte de este sermón, y no es necesariamente una mala cosa. Pero en el reino de los cielos, está prohibido. Esa es la razón por la que Jesús dice: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños”. En el reino de este mundo, la debilidad es rechazada y despreciada. Es curioso ver en los colegios como se arman los equipos para competir entre compañeros. Nadie quiere a los patosos, a los que no son atléticos. Imaginaos como es la selección en un nivel más profesional. Se dice que la cadena en este mundo es tan fuerte como el eslabón más débil, por lo que la debilidad es despreciada y evitada. Si una oveja se pierde, es probable que los lobos se la fueran a comer de todos modos. Pero no es así en el reino de los cielos. Si una oveja se pierde, Cristo va tras ella. ¿Por qué? Debido a las ovejas que dicen: “Estoy perdida”, son las que saben que son vulnerables y necesitan del Pastor. Y por eso Jesús sigue hablando de la disciplina eclesiástica, sobre qué hacer cuando tu hermano peca contra ti. Si tu hermano se niega a arrepentirse es porque dice: “Yo no soy tan débil. Yo puedo tener este pecado y ser bueno con Dios. El resto de vosotros sois demasiados débiles para vivir el pecado sin arrepentimiento en sus vida, pero yo puedo manejarlo”. Cuando un cristiano no se arrepiente, sus hermanos y hermanas en Cristo, van hacia él y le dicen: “Está engañándote a ti mismo. No eres fuerte, sólo estas engañado. Confiesa tu pecado y confía en Cristo, para que puedas estar en el reino de los cielos una vez más.” En el reino de este mundo, la cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. En el reino de los cielos, el más grande es el más vulnerable de todos. Si vas a ser grande en el reino de los cielos necesitas ser como un niño pequeño.
Ora y sigue adelante
Habiendo dicho todo esto, también debes darte cuenta de que, como cristiano, te encuentras actualmente en dos reinos, estás tanto en el reino de los cielos como en el reino de este mundo. El reino de Dios es un reino de gracia, donde se te dan todas las cosas buenas. El reino de este mundo es un reino de la ley, en la que trabajas para obtener ganancias. Cuando se trata del reino de los cielos, se vive como uno que es débil y depende completamente de la gracia de Cristo. Cuando se trata de reino del mundo, tienes que dar todo lo que tienes.
Así que hay que aplicar un excelente proverbio ruso: orar duro y seguir remando. Confiesa tus pecados y debilidades ante Dios y luego haz todo lo que puedas en la medida de tus capacidades en este mundo. Sería un error terrible para, por ejemplo, un estudiante de la escuela secundaria decir: “Ya que el pastor dijo que soy débil, ni siquiera voy a tratar de pasar Algebra porque soy cristiano”. Sería un error para un cristiano decir: “Como yo soy necesitado y Dios provee todo, ni siquiera voy a tratar de ganarme la vida, sino que voy a vivir del trabajo de los demás”, o para un padre que decir: “Como yo soy un pobre y miserable pecador, ni siquiera voy a tratar de criar a mis niños”. También sería erróneo decir que los cristianos no deben aspirar a posiciones de liderazgo en este mundo, ya que deben mantener su vulnerabilidad. Estos son más que errores, estos son ejemplos de falsa doctrina, una confusión de vivir en dos reinos. He aquí cómo funciona la naturaleza pecaminosa para que las cosas queden totalmente al revés: en la naturaleza, la gente quiere trabajar por un lugar en el cielo y al mismo tiempo conseguir cosas gratis en este mundo sin mover un dedo por ellas. Eso es precisamente lo contrario de cómo Dios ordenó que las cosas sean.
Dios ordenó este mundo para que funcione conforme a su ley. Esto es así antes de la caída en pecado. Él le dio a Adán y Eva cosas que hacer, leyes a seguir como el cuidado de la tierra y no comer de cierto árbol. La diferencia es que, antes de la caída, el parto era una delicia para la mujer. Después de la caída, no lo sería, y después de la caída el trabajo tendría todo tipo de espinas y cardos, a causa del pecado. Tenemos que ser claros en esto: si no te gusta el trabajo, la razón por la que no quiere trabajar duro en este mundo no es un deseo piadoso de ser como un niño vulnerable de Dios. La razón por la que no quiere trabajar duro en este mundo es porque el trabajo es un don de Dios y tu carne no quiere hacer uso de ese don. Como aquellos que entienden que todo es un regalo de Dios, los cristianos se esfuerzan por la excelencia en todo lo que les es dado a hacer. Para decirlo de otra manera, Dios te ha dado dones y habilidades para que podáis estar al servicio de los que te rodean. Decir que para demostrar mi necesidad, no voy a hacer uso de estos dones para servir a los demás, es estrangular tu fe con la falta de amor. Cuando se trata del reino de los cielos, tú eres el más necesitado de todos. Cuando se trata del reino de este mundo, tú eres el instrumento de Dios para trabajar por el bien de los demás. Esto nos lleva a un aspecto más de este mundo. Este mundo no tiene injusticias porque Dios ha ordenado que se ejecute de acuerdo con la ley, Dios da su ley para frenar el mal. Este mundo tiene injusticias porque los pecadores abusan de la Ley que Dios da. En lugar de trabajar duro en el servicio a los demás, la tentación es trabajar duro para servirse a sí mismo. Debido a que este es un mundo de pecado, de las personas vulnerables son explotadas, abandonadas, asesinadas o utilizadas por los poderosos. Pero como cristiano, trabajamos duro en el servicio a quienes nos rodean. Salimos en defensa de los no nacidos, ayudar a personas con discapacidad y al cuidado de los más débiles y frágiles. Lo hacemos porque tenemos voz y capacidad para ello, pero sobre todo porque Cristo salió a nuestro encuentro en su camino a la cruz para darnos vida y fuerza. Así que a rezar mucho y seguir remando. Recuerda que estás en el reino de este mundo y el reino de los cielos a la vez. En este mundo, trabaja duro para utilizar los talentos y habilidades que tienes en la búsqueda de la sabiduría, la excelencia y el servicio, y brinda lo mejor en cada cosas que haces en el mundo. Pero siempre recuerda que también eres un niño en el reino de los cielos, donde la grandeza del mundo no cuenta para nada. Allí, sigues siendo el más necesitado, más débil, más vulnerable. Allí, Cristo declara que Él ha ido a la cruz para morir por tu pobreza de justicia, tu debilidad frente a la tentación y la impotencia frente a la muerte. Él ha tomado tu lugar en la muerte, para que pueda tener el reino de los cielos para siempre. Ese reino es tuyo. Es todo tuyo, porque Aquel que murió por tu pecado ha resucitado de nuevo para darte su reino con estas simples palabras: estás perdonado de todos sus pecados. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
lunes, 23 de septiembre de 2013
Decimoctavo Domingo después de Pentecostés.
”Siervos fieles de Cristo”
Primera Lección: Amós 8:4-7
Segunda Lección: 1ª Timoteo 2:1-15
El Evangelio: Lucas 16: 1-15
Introducción
Administrar algo implica una responsabilidad y exige poner nuestra atención en cuidar de aquello sobre lo que tenemos la potestad. Y si es algo que nos ha sido dado o dejado a nuestro cargo en nombre de otro, la responsabilidad aumenta por el hecho de la confianza que se ha depositado en nosotros. En la administración pues debemos poner atención en hacer una buena gestión de lo que nos ha sido encomendado a nuestro cuidado, demostrando que hemos somos fieles administradores y que la confianza que se ha depositado en nosotros estaba justificada. Pues haciéndolo nos haremos merecedores del respeto y la consideración como hombres íntegros y confiables. Ahora bien, ¿podemos aplicar esta misma idea en lo que se refiere a nuestra vida personal?, ¿cómo la administramos?, y lo más importante, ¿qué uso hacemos de todos aquellos bienes que el Señor ha puesto a nuestro cuidado?. Pues aquí está la clave, en entender que todo lo que somos y tenemos, no es sino un depósito que el Señor ha dejado temporalmente bajo nuestra administración. ¿Administramos nuestros bienes pues sirviendo a los intereses de nuestro Señor?, ¿o servimos por el contrario a otros señores?. Reflexionemos sobre si, como el siervo infiel, estamos trabajando ahora por administrar de manera inteligente y sabia los bienes que nos han sido dejados bajo nuestra tutela en esta vida, y teniendo presente el futuro eterno.
•Todo proviene de Dios
Nos encontramos en la lectura de hoy con una parábola que contiene una gran sabiduría, y donde un mayordomo es descubierto haciendo un mal uso de los bienes de su señor: “y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes” (v1). En primer lugar dice la Palabra que este hombre los disipaba, o lo que es lo mismo, los malgastaba sin su consentimiento. Ya de por sí esto demuestra que este mayordomo confundía gravemente el hecho de que aquellos bienes, aún siendo él su administrador, no eran suyos en realidad sino de su amo. Pero descubierto el engaño, la realidad se impuso para él y fue destituido de su cargo: “Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás ser más mayordomo” (v2). Todo lo tenía, y todo lo perdió por su mal comportamiento y su deslealtad. Detengámonos sin embargo ahora a reflexionar un momento sobre nuestra propia vida, y sobre todo aquello que tenemos. Pues es fácil perder el sentido de la realidad muchas veces por el uso y abuso del término posesivo “mi”. Solemos decir a diario: mi casa, mi familia, mi coche, mi dinero, mi vida, y un largo etcétera de “mies” que nos hacen pensar que los bienes que poseemos son nuestros por derecho y mérito propios. Olvidamos así que en realidad todo ello y nuestra vida incluida, no pertenecen a otro sino a Dios mismo, y que sin su voluntad nada tendríamos, ni siquiera nuestra existencia. Este Universo y en particular este mundo donde habitamos con todo lo que contiene, son creación de Dios en Cristo, y nosotros vivimos esta vida en esta tierra gracias al favor y el Amor de Dios. Él nos entregó este mundo para habitarlo y disfrutarlo sabiamente, y esta sabiduría incluye el no olvidar quién es en realidad el Señor de esta viña, y que en cualquier momento él puede reclamar lo que es suyo: “Jehová dió y Jehová quitó” (Job 1:21). Sin embargo el mayordomo cometió otra grave falta contra su señor. Disipó los bienes de su amo. Es decir, no solo se enseñoreó de ellos creyendo poder usarlo cual si fueran suyos, sino que además no los usó sabiamente ni con un fin noble. Sencillamente los derrochaba. Sí, el pecado del hombre hace que sea seducido a menudo por los bienes materiales, y así, transite los caminos del egoísmo y la insensatez. Pues es insensatez pensar que estos bienes nos han sido dados para el derroche, y no para ponerlos al servicio de una vida dedicada a vivir según la voluntad del Señor. Y suele ocurrir que la dura realidad se impone cuando, como a este mayordomo infiel, el Señor nos hace entender que no hemos sido fieles administradores de Sus bienes y que debemos ser destituidos y destronados del pedestal que nos habíamos construido torpe e insensatamente los seres humanos: “mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos” (2ª Tim 3:9).
•Usando los bienes con sabiduría
La lectura explica que, sabiéndose descubierto en su engaño, el mayordomo visitó a los deudores de su amo para rebajarles su deuda. Pensaba que así se aseguraba el favor de estos en un futuro y que podría ser ayudado por ellos y recibido en sus casas. La sagacidad humana en las cuestiones mundanas es rica e imaginativa: “porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de la luz” (v8). Mas en realidad todos somos, a causa del pecado, mayordomos infieles de los bienes de Dios. Y son muchas las ocasiones en que no hacemos un buen uso de ellos. Pues aquí está una de las claves de esta parábola, en buscar las maneras de usar los bienes que hemos recibido con sabiduría y con la mira en que sirvan de la mejor manera posible a los deseos del Señor para nuestra vida y, desde ella, a la de nuestro prójimo. Recordemos que Dios espera que nuestra vida en toda su extensión, sirva a Su voluntad y que pongamos nuestra inteligencia y recursos no solo al servicio de nuestras necesidades personales, sino también de la extensión del Reino y del Amor de Dios para este mundo. Y cuando hablamos de bienes, no hablamos solo de recursos materiales o simplemente dinero. También los dones o habilidades que tenemos, o sencillamente nuestro tiempo pueden ser útiles y valiosos para este fin. Pero ¡solemos excusarnos y quejarnos tantas veces de tener poco de esto o aquello!. Sin embargo para el Señor poco nunca es poco realmente, y valora siempre ante todo la sinceridad de un corazón entregado y generoso pues: “el que es fiel en lo muy poco; también en lo más es fiel” (v10). Y para esto nada mejor que seguir el modelo que para nosotros es Cristo, el cual fue el primero en disponerse al servicio fiel a favor de la humanidad, no escatimando nada y entregando voluntariamente hasta la última gota de su sangre por nosotros. Tengamos en definitiva en mente siempre que nada hemos traído a este mundo, y nada nos llevaremos del mismo; todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios nuestro Creador, y en realidad, como proclama el Ofertorio en cada Oficio: “todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”. Recordemos además y es importante tenerlo presente, que cuando hacemos un buen uso de los bienes terrenales, no buscamos con ello recompensa alguna de parte de Dios. No, pues nuestra recompensa se halla en aquella Cruz que nos liberó de la muerte y el pecado y a partir de ella, todo lo demás brota de la fe en la obra de Cristo y sus promesas. Confundir esto sería errar gravemente, y quitaría a Cristo el mérito que sólo a Él pertenece. Y nuestro mérito, nuestra Justicia ante Dios es precisamente Cristo y sólo Cristo (Gal 2:16).
•Sirviendo a un solo Señor
Administrar lo ajeno ya hemos dicho que es una responsabilidad. Y cuando alguien demuestra celo en ello, se le considera persona confiable y fiel, y digna de recibir mayores responsabilidades. Jesús nos enseña sobre este hecho en relación a nuestra salvación: “Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?, y si en lo ajeno no fuisteis fieles ¿quién os dará lo que es vuestro?” (v11-12). Es decir, si en la administración de los bienes terrenales demostramos insensatez y falta de responsabilidad, ¿cómo podemos pretender recibir y apreciar el bien supremo que es la salvación eterna?. Y si no reconocemos a Dios en nuestra vida y en todo lo que hemos recibido de Él en ella, ¿cómo lo reconocemos cuando estemos en su presencia en las moradas celestiales?. El ser humano es advertido así de su responsabilidad sobre cómo administrar todo aquello con lo que el Señor lo bendice en su caminar en la Tierra. Sin embargo, otro de los peligros para nosotros a la hora de ejercer nuestra mayordomía es, como le ocurrió al mayordomo infiel y les ocurría a algunos fariseos avaros, sucumbir al amor por las riquezas. Pero el esplendor de ellas, lo “sublime” como es llamado por Jesús, especialmente cuando sirve al egoísmo o la avaricia no es ante Dios sino abominación. Pues llegados a este punto, el hombre se ha convertido en realidad en un esclavo, y ya no sirve al verdadero Dios, sino que está atado a lo material, a lo corruptible. ¡A todo aquello que no es sino podredumbre y muerte!. De nuevo Jesús nos advierte: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt 6:19.21). No, debemos tener presente que nuestra riqueza, nuestro tesoro no está aquí en la Tierra, y que no hay nada en ella que pueda ni deba ser el objeto de nuestros anhelos más profundos. Nuestro tesoro está en el Cielo, y tenemos aquí en esta vida un anticipo del mismo en las promesas de vida y salvación que Cristo nos ofrece. (Jn 6:47). Y especialmente tenemos un anticipo de este tesoro del Cielo aquí en la Tierra, en el cuerpo y sangre que Cristo nos ofrece en cada Oficio para donarnos vida y salvación: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn 6:54). ¿Quién sería pues tan insensato de buscar otros tesoros mayores o servir a otros señores?, pues ¿qué puede darnos mayor plenitud que sabernos herederos del Reino celestial?.
•Conclusión
Por tanto preguntémonos cada uno a nosotros mismos: ¿Cuáles son los bienes con los que he sido bendecido en esta vida?, y ¿a quién sirven estos bienes?. Es indudable que aquello que Dios nos ha dado, lo ha dado para que hagamos uso y disfrute de ello, pero un uso con sabiduría. Sin embargo también estos bienes deben servir llegado el caso al prójimo, al necesitado, a aquél donde Cristo se nos manifiesta en su necesidad. No verlo así implica una concepto de la vida egoísta y lejos del Amor que, como cristianos, deberíamos proyectar alrededor nuestra. Somos por tanto mayordomos de Dios aquí en la Tierra, y estamos llamados a administrar con fidelidad los bienes con que Él nos ha bendecido. Y de entre todos el mayor es la gracia y el Amor que disfrutamos en Cristo. Al mundo puede parecerle poco, pero para nosotros es nuestro tesoro más preciado: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25:21). ¡Que así sea, Amén!. J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo
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