domingo, 16 de marzo de 2014

2º Domingo de Cuaresma.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Primera Lección: Génesis 12:1-9 Segunda Lección: Romanos 4:1-8, 13-17 El Evangelio: Juan 3:1-17 “Por qué Cristo es importante para ti” INTRODUCCIÓN: Imagina por un momento que esta semana recibes una llamada de un abogado que te dice que un tío ha muerto. Era un tío que apenas recordabas, que vivía solo en una casa derruida en medio de la nada. El abogado te dice que este tío te ha dejado un regalo de un millón de euros en efectivo. Pero entonces, el abogado te informa que hay una trampa. Este tío ahorro un millón de euros porque vivía muy austeramente; ni siquiera tuvo agua o electricidad en su casa. Lo complicado de esto es que además de pagar todos los impuestos al gobierno, este pariente exige que tengas que vivir de la misma manera durante veinte años antes de que recibas el regalo. Ahora imagine que un vecino muy pobre se acerca un día y te da un plato de galletas como regalo por tu cumpleaños, te sonríe, te desea un feliz cumpleaños y se va. ¿Cuál de estos es un verdadero regalo? Dios quiere que sepas, entiendas y vivas tu salvación como un regalo gratuito que te da, sin ningún tipo de condiciones, sin ningún tipo de obligaciones de ganártela en lo más mínimo. Dios nos enseña esto para que podamos creer en la certeza de la salvación y cada uno pueda confesar: “Soy salvo, no por obras, sino por gracia, por medio de la fe en Cristo”. Soy salvo No por obras. La Carta a los Romanos es el gran libro doctrinal de la Biblia en el que Dios explica la fe cristiana. Pablo da una declaración básica de la fe diciendo al principio del libro que “no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (1:16-17) Entonces Pablo muestra en los dos próximos capítulos cómo necesitamos desesperadamente el poder del evangelio para salvarnos porque no tenemos excusa alguna por nuestros pecados. En el capítulo tres, Pablo nos muestra el poder del evangelio para salvarnos a través de la fe en Jesús como Señor y Salvador y cómo somos justificados, que es un término legal que significa que somos declarados “no culpables” de pecado y se nos atribuye la justicia de Cristo. Esto nos hace santos a los ojos de Dios en el momento que nos lleva a la fe. Dios quiere que entiendas y creas que esto significa que ya eres salvo, no por tus obras, es decir, no hay una acción que puedas aportar para ganarte el favor de Dios, ninguna buena obra te salvará. Para explicar esto, Pablo nos lleva de vuelta al padre del judaísmo, Abraham. Él hace esto porque si alguien obedeció lo suficiente a Dios como para llegar al cielo por sus propias obras, fue Abraham. Dios hizo promesas increíbles a Abraham, diciéndole, en Génesis 12:1-8 “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. La escritura muestra que todas las naciones serían bendecidas por medio del Salvador que vendría de él, pero ninguna de estas promesas se haría realidad si Abraham no recibía primero un hijo. En la lectura de Romanos, Dios nos lleva de vuelta a Génesis 15, donde después de obedecer a Dios e ir a nuevas tierras, Abraham oró a Dios recordando que no tenia herederos y así un extranjero heredaría todo lo que tenía. Su preocupación era que Dios no iba a cumplir sus promesas de darle una gran nación y sobre todo que el Salvador no vendría de él. Dios le dijo a Abraham, cuyo nombre en ese momento era Abram, Génesis 15:1-6 “No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande… Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia”. Pero qué significa que Abraham “creyó a Jehová, y le fue contado como justicia”. Dios explica exactamente lo que significa en la lectura de hoy, donde Dios dice a través de Pablo: “¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia”. Abraham podría haber sido capaz de presumir ante los demás acerca de cómo Dios vino a él e hizo estas promesas. Podría presumir ante los demás que él obedeció a Dios de muchas maneras e incluso abandonó su casa familiar para ir a una tierra lejana que no conocía. Pero ninguno de estos alardes le servirían ante Dios. Dios explica por qué Abraham no tenía de qué jactarse en su presencia, demostrando que la salvación de Abraham fue un regalo. Pablo usa la analogía de recibir el sueldo para enfatizar este punto. Él dice “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”. Después de un duro mes de trabajo, probablemente no aprecies a tu empleador si dice: “He decidido darte esta paga como un regalo”, sabiendo que es el pago que te has ganado y que tu empleador te lo debe. Si Abraham tuvo que trabajar u hacer cosas para ganar su salvación, ya no sería un regalo, sino una obligación por parte de Dios de retribuirlo. Es absurdo pensar que Dios está obligado a dar al pecador, el perdón y la vida eterna por lo que ha hecho. Por esto Dios dice que la fe de Abraham le fue contada por justicia. Esto es lo que Dios dice a los pecadores que son enemigos de Dios, que han sido declarados justificados y libres por medio de la fe en Cristo Jesús. La salvación viene a los que no la buscan por las obras, sino a aquellos que simplemente confían y le creen a Dios, por lo tanto la salvación viene a nosotros a través de la fe sola. ¿Acaso piensas que realmente has hecho algo para ganar la declaración de ser justificado por lo que haces ante Dios? La Vida viene mediante la fe en Cristo. Dios nos trae la certeza de que la salvación es nuestra, a través del don de la fe, nos dice: “Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa. Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión”. Si la promesa de salvación nos llegaría por la ley entonces lo que Dios le hubiera dicho a Abraham sería: “Si haces esto o aquello, entonces voy a hacer de ti una gran nación y todas las naciones serán benditas a través de ti”. Pero Dios hizo sus promesas sin condiciones. Abraham tendría un heredero por medio de quien todo el mundo sería bendecido. Esta fue una promesa para toda la descendencia de Abraham. Más tarde Pablo muestra que la descendencia de Abraham no son los de la línea de sangre de Abraham, sino los que creen en la misma promesa del Salvador que vendría. Como explica Pablo, Abraham y su descendencia no recibieron esta promesa a través de la ley, sino sólo a través de la justicia que viene por medio de la fe. La ley no prevé el acceso a la gracia de Dios, a la misericordia o a la salvación. No se puede llegar a la gracia mediante la observación o la obediencia a la ley. Esto es así porque si uno llega a ser un heredero al obedecer la ley, entonces qué valor tendría el tener fe. La fe no tendría ningún valor en absoluto para salvarte. Esto haría que la promesa de Dios de que somos justificados por la fe sea algo completamente inútil. La razón por la cual la promesa no puede venir por la ley es porque la ley produce ira. Dios se toma en serio el pecado y su castigo, porque ha decretado que el castigo del pecado es la condenación, la separación eterna del amor, la paz y la misericordia de Dios. La ley demanda obediencia perfecta y nadie puede cumplir la ley perfectamente. Si deseas estar seguro de esto piensa en que si no hubiera ninguna ley, no habría transgresión o pecado, pero Pablo ya ha enseñado en Romanos, que la ley existe y es real, porque que Dios no sólo dio la ley escrita en el monte Sinaí, sino que también dio el conocimiento natural en todos los corazones. Por lo tanto, la salvación viene solamente por la fe y por la gracia de Dios, porque no hay otra manera. ¿O crees que de alguna pequeña manera realmente no necesitas la gracia y la misericordia de Dios? Si lo haces, no entiendes su ira contra el pecado, ni entiendes su gracia. La gracia de Dios. Por eso Dios sigue diciendo: “Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros”. Dios nos salva, no porque esté en la obligación de hacer, sino puramente por un asunto de amor y misericordia. Su gracia es su amor inmerecido, un amor tan profundo que es incondicional, abnegado e intencional, que “ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Esta es la profundidad y la belleza de la gracia de Dios. Él nos da la promesa de la salvación por la fe y que la fe es también un regalo para nosotros. Como dice Pablo en Efesios 2:8-9 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Puesto que la fe es un don de Dios, tu y yo no tenemos nada de qué jactarnos delante de Dios, ni siquiera el orgullo que de creer, porque si nosotros mismos creamos nuestra fe, esta no sería un regalo de Dios. Por la gracia de Dios, tenemos la certeza de la salvación que Dios garantiza a todos los descendientes de Abraham, que son todos los que creen en Cristo. Puesto que todos estamos salvados por la misma fe que Abraham, él es llamado padre de todos nosotros. Es por eso que Pablo dice: “como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen”. Cada persona nace espiritualmente muerta y Dios da vida a los creyentes por medio de la fe, esto es lo que significa nacer de nuevo. Él llama a los creyentes santos y sin mancha, aunque cada creyente es todavía un pecador. ¿Qué significa esto para usted? Tu salvación no es un asunto de tienes que hacer cosas para conseguirla, como la herencia del millón de euros, sino que es un regalo, no es algo que te ganas, sino al igual que el regalo de las galletas, se te ha dado libremente y por amor. Estas palabras de Pablo te dan la certeza absoluta de tu salvación en Cristo Jesús, porque es un don que viene a nosotros a través del don de la fe y Dios lo garantiza. Esto significa, en las horas de oscuridad de tu vida y en los momentos más felices, puedes recordarte a ti mismo: “Yo soy salvo: no por obras, sino por gracia de Dios por medio de la fe en Cristo”. Tienes esta certeza porque Dios por medio de su Palabra, de su presencia en el pan y vino, te garantiza el perdón de todos tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Gustavo Lavia. Pastor de la Congregación Emanuel. Madrid. Iglesia Evangélica Luterana Española.

lunes, 10 de marzo de 2014

Primer Domingo de Cuaresma..

“Venciendo la tentación con la Palabra de Dios” TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Primera Lección: Génesis 3:1-21 Segunda Lección: Romanos 5:12-19 El Evangelio: Mateo 4:1-11 Sermón •Introducción Estamos inmersos ya en la estación litúrgica de Cuaresma, el tiempo penitencial para el cristiano por excelencia. Un tiempo en el que el Espíritu nos acompaña en nuestro caminar por el desierto de nuestras propias vidas, donde también abundan tentaciones de diversos tipos. Pues a diario somos tentados de muchas y diversas maneras, ya que aunque por medio de nuestra fe hemos sido rescatados de las consecuencias del pecado, aún seguimos siendo vulnerables al mismo. Jesús lo sabe bien, ya que él mismo, incluso siendo Hijo de Dios, sufrió también al tentador. En realidad, la vida del creyente es una lucha constante con la tentación, y esta puede venir en las más distintas circunstancias de la vida. Lo importante es resistirla, y para ello necesitamos la fuerza y el poder de la Palabra de Dios. Este fue el poder que Jesús usó para vencer sus tentaciones, y el que puede ayudarnos a nosotros en las nuestras. Y en esta lucha, no debemos olvidar que siempre tenemos al Espíritu Santo a nuestro lado para sostenernos en ella. •La tentación en las debilidades o necesidades Nos indica hoy la Escritura que el Espíritu encaminó a Jesús al desierto, donde le aguardaba la prueba de la tentación (Heb 2:18; 4:15). Satanás intentaría allí hacer pecar a Jesús, poniendo a prueba su confianza en Dios Padre. Trataría en fín de frustrar el plan del Padre Celestial de redimir al mundo en Cristo. Y para resistir esta prueba, no quiso Jesús hacer uso de sus atributos divinos, y menos aún confió en sus fuerzas o capacidades humanas. En esta empresa, sólo la Palabra de Dios sería su escudo contra los ataques del tentador. Así, después de cuarenta días de ayuno, sus facultades físicas estaban en el límite de lo soportable. Y fue ahí, en su debilidad, donde recibió el primer ataque. Pues en la debilidad o la tribulación, es donde somos más fácilmente vulnerables, ya que ante la experiencia de la debilidad o vulnerabilidad, necesitamos agarraderos firmes, algo que nos dé la solidez que a nosotros nos falta para sostenernos. Y es en esos precisos momentos donde podemos llegar a dudar también de la veracidad de las promesas divinas para nuestra vida, y mirar a otros lugares, buscando respuestas o alternativas. Pero recordemos que Dios no ha prometido una vida sin necesidades, dolor, o sufrimiento, sino una vida en la que, en nuestras cruces personales, Él está junto a nosotros para darnos consuelo y paz, y para sostenernos en nuestras tribulaciones. Para que cuando lleguen las cargas de la vida, las tomemos en la seguridad de que Dios las ha hecho ligera por nosotros en Cristo (Mt 11:30). Jesús resistió su necesidad, su hambre y también la tentación de hacer uso de su poder divino para aplacarla. Él debía resistirla por nosotros, como un humano más, como un hombre que sólo dispone de la Palabra de Dios para poner toda su confianza en ella: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (v4). No, no sólo de las seguridades terrenales vive el hombre. Se puede tener todo en la vida y ante Dios, estar muertos. La fuente de la vida, de la verdadera vida del hombre proviene de la Palabra de Dios, la cual nos revela nuestra necesidad de reconciliación y perdón con el Padre, y nos lleva a los pies de Cristo. Y es allí, cuando el Espíritu abre nuestro corazón y Cristo mora en él para darnos nueva y verdadera vida. Una vida que puede desarrollarse en las más difíciles situaciones y circunstancias, algunas veces penosas y dolorosas, pero que es vida en la plenitud del amor de Dios. No es una vida aparente, ni siquiera necesaria y visiblemente atractiva, pero es una vida más real incluso que esta vida terrenal, pues: “Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3:3). Así, Jesús superó esta primera tentación, quizás la más difícil de soportar desde la carne, pues a la tentación misma se une la debilidad de nuestra naturaleza humana. Por ello y para estar preparados ante las tentaciones que surjan en nuestras debilidades, necesitamos fortalecer igualmente nuestra naturaleza espiritual con los medios de gracia que Dios ha dispuesto para ello: Palabra y Sacramentos. Para que en los días malos, donde parece que estamos solos en medio del desierto, con hambre y sufrimiento, tengamos el consuelo y la absoluta certeza de que Dios está junto a nosotros, aún en las aflicciones: “para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, más de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre” (Dt 8: 3). •La tentación en la confianza y la seguridad Derrotado en su primer ataque, el tentador lo intentó de nuevo, buscando una nueva estrategia para doblegar a Jesús. La tentación de la carne había sido superada y probaría ahora con tentarlo en su seguridad de Hijo de Dios. Pretendía ahora que Jesús pecase poniendo a prueba las promesas divinas, arrojándose desde lo alto del templo para ser recogido por los ángeles sin daño. ¡Satanás usó aquí incluso la misma Escritura para tentarlo! (Sal 91:11-12). Pero una vez más Jesús resistió este nuevo ataque: “Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios” (v7). Él no necesitaba demostrar ni demostrarse quién era, ni dudó un instante de estar bajo el amparo del Padre. Jesús era el Hijo de Dios encarnado y ningún tentador podía cambiar esto, ni hacerle dudar de las promesas divinas. De la misma manera, también nosotros muchas veces somos tentados en nuestra condición de hijos espirituales de Dios. Y esto podemos sufrirlo de varias maneras. Una de ellas ocurre al exponernos irresponsablemente al pecado, pensando que éste no puede afectarnos. Al fin y al cabo, ¿no estamos ya justificados ante el Padre?, ¿no somos herederos de su Reino por medio de nuestra fe?. Todo lo anterior es cierto, pero no debemos olvidar que si bien es cierto que ante Dios somos justos por medio de nuestra fe en Cristo, no es menos cierto que seguimos siendo pecadores y sensibles al mismo. El pecado forma parte de nuestra naturaleza, y si le permitimos tomar una posición cómoda en nuestra vida, aún de la manera más inocente, terminará por dominarnos. De ahí la advertencia del Apóstol Pedro a ser tenida en cuenta siempre: “Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar” (1ª P 5:8). Por tanto, no pequemos tampoco de exceso de confianza en exponernos al pecado, y busquemos siempre aquello que puede servirnos para robustecer nuestra fe y ser un buen testimonio ante otros: “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de confianza, en esto pensad” (Ef 4:8). Otra manera en exponernos a la tentación es creer que por el hecho de ser hijos de Dios, todo debe irnos bien en la vida. Esta es la dañina y errónea teología que proclama la prosperidad y éxito que deben existir siempre en la vida de los creyentes por el hecho de serlo. Pero en realidad, no siempre hay prosperidad o éxito en la vida de los hijos de Dios, y son muchas las ocasiones donde las tribulaciones hacen su aparición, pues ellas forman parte también de la vida del creyente. Recordemos que nuestro Dios es un Dios que se revela precisamente en el sufrimiento de la Cruz, y que no podemos exigirle nada en nombre de nuestra fe, pues todo lo que de Él recibimos, es por pura gracia y sin merecerlo. Nuestra confianza se basa únicamente en las promesas de perdón, vida y salvación que Dios nos ofrece en Cristo. Esperar o exigir algo más, sería tentar a Dios, dudar en definitiva de que Él ya nos ha dado lo mejor que puede darnos para esta vida y la futura: nuestra nueva vida en Cristo. •La tentación de adorar a otros dioses La última tentación del diablo fue más evidente y mostró su verdadero deseo de robar la gloria que corresponde sólo a Dios. Mostrando los reinos del mundo a Jesús, se los ofreció engañosamente a cambio de recibir adoración. Y aquí una vez más Jesús, sólo con la Palabra (Dt 6:13), detuvo este nuevo ataque del maligno: “Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (v10). La estrategia de Satanás no fue muy acertada con Jesús, pero sí lo es sin embargo con muchos en este mundo. Pues, ¿cuántos son los que han convertido el dinero, el poder, el éxito o la fama en nuevos dioses?, ¿y cuántos los que han entregado su alma a ellos adorándolos y robando a Dios la adoración que sólo a Él corresponde?. Recordemos las palabras de advertencia a Israel, también aplicables a nosotros hoy: “no andaréis en pos de dioses ajenos, de los dioses de los pueblos que están en vuestros contornos” (Dt 6: 14). Pues aquello en lo que pongamos nuestra mente y corazón, eso será nuestro dios. Todo lo que nos aparte de la voluntad del Padre y de Cristo, eso será nuestro dios. Y siendo nuestro dios, poseerá y dominará nuestra alma. Pero recordemos que, estos dioses hechos a medida, con un aparente brillo de gloria, en el fondo no son sino máscaras detrás de las cuales se esconde Satanás. Él trata de robar la gloria divina y sobre todo, de impedir que podamos llegar hasta el Reino donde Cristo nos aguarda. Y nada hay mejor para impedirlo que incitarnos a poner nuestra mente y corazón en falsos dioses, en todo aquello que en realidad, no es sino muerte y corrupción. Nada hay en este mundo en lo que los cristianos deban poner su mente y corazón y que les haga apartarlos de Dios. Pues como dice el famoso himno de nuestra Iglesia, “Castillo fuerte”, al final: “todo ha de perecer, de Dios el reino queda”. Sólo Cristo debe ser aquello donde pongamos toda nuestra ilusión y esperanza en la vida, pues si lo hacemos en cualquier otra cosa, nuestro error será grave. Y así, debemos andar por esta vida ciertamente con alegría e ilusión por todas aquellas cosas con las que el Señor nos bendiga, ya sea trabajo, familia, prosperidad, proyectos personales, pero teniendo siempre presentes que todo ello no es sino algo transitorio, y que no determina quiénes somos ni nuestro futuro. Aquellos que han sido bautizados en Cristo (Ga 3:27), ya poseen lo mejor y más importante que pueden llevarse de este mundo: la ciudadanía de hijos de Dios. Una ciudadanía que les permitirá cruzar las ansiadas fronteras del Reino del Padre, donde no existe más sufrimiento, enfermedad o muerte, y donde la única gloria necesaria y que da luz a la ciudad celestial, es la de Dios: “porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (Ap 21:23). •Conclusión Caminamos en esta Cuaresma atravesando nuestros desiertos personales. Desiertos que muchas veces acarrean muchas y diversas tentaciones. Jesús nos enseña hoy que todas ellas se pueden resistir y soportar con la única ayuda de la Palabra de Dios. Aferrémonos pues a Ella en los momentos difíciles, donde las tribulaciones de la vida nos hagan dudar de las promesas divinas y buscar otras salidas. Donde el pecado nos haga creer que no puede dañarnos, ni aún un poco. O donde otros dioses nos quieran atraer con promesas de felicidad terrenal. En estos momentos recordemos que nuestro Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo camina junto a nosotros y nos sostiene en la tentación con su poderosa Palabra. ¡Que así sea, Amén!. J.C.G./ Pastor de IELE/Congregación San Pablo

domingo, 2 de marzo de 2014

Domingo de Transfiguración.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Primera Lección: Éxodo 24:8-18 Segunda Lección: 2 Pedro 1:16-21 El Evangelio: Mateo 17:1-9 “Nuestra transfiguración en Cristo” INTRODUCCIÓN: Prácticamente no tenemos límites, podemos ir dónde se nos ocurra. Más allá de los costes, las distancias ya no son un obstáculo. Hoy no solo volamos en enormes aviones, se dice además que estamos conquistando el espacio. Los medio de transporte son cada vez más veloces. Pero aún queda un sitio al que es imposible acceder para el hombre por sus propios medios: Dios. Hagamos lo que hagamos nunca podremos alcanzarlo. Es por ello que este Domingo de Transfiguración Él nos quiere recordar que viene a nosotros para transformarnos por medio de Cristo. LA LEY DE DIOS: En el Monte de la Transfiguración, vemos la manifestación de Moisés, el hombre llamado por Dios para llevar el mensaje de la Ley de Dios al pueblo. A Moisés, la Palabra le fue dada desde arriba, en el Monte Sinaí Dios le dio los Diez Mandamientos. “La Ley por medio de Moisés fue dada” (Juan 1:17). En la Ley, la declaración de Dios es: “haz esto” y “no hagas aquello”. No hay excepciones y no hay misericordia para todo aquel que infrinja alguno de los mandamientos de Dios. La violación de un mandamiento, por breve o insignificante que sea, es suficiente para condenar eternamente a una persona. Un pensamiento que no es piadoso es suficiente para recibir tan terrible castigo. El mensaje de la Ley requiere la perfección absoluta, sin una segunda oportunidad y no hay perdón para los transgresores. Si tú o yo fuésemos capaces de hacer esto, capaces de cumplir la ley de Dios perfectamente, y así deshacernos de nuestra vieja naturaleza pecaminosa, entonces tendríamos el cielo asegurado. Pero la salvación por el cumplimiento de la Ley es un sueño, que nunca sucederá. “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10) Por ello se nos relata la presencia de Moisés en el Monte de la Transfiguración. Aunque el Señor había llamado a Moisés a su eterno descanso siglos antes, aquí estaba Moisés en su cuerpo glorificado. Él es glorificado, santo y puro. Sin embargo, Moisés no se presentó así porque no tuviese pecado o porque cumpliese perfectamente la ley de Dios. Más bien, Dios dio a Moisés el don de la fe y Moisés confió en el Señor. Por lo tanto ni Moisés, ni la Ley son nuestros salvadores. LOS PROFETAS DE DIOS. En segundo lugar, en el Monte de la Transfiguración, encontramos la manifestación de Elías. Elías, como Moisés, fue un profeta de Dios enviado a proclamar la Ley y el Evangelio. Por medio de Elías llegó el mensaje del Señor, su Dios. Es la palabra de advertencia a todos aquellos que no tienen al Señor como su único Dios, sino que lo sustituyen o reconocen y toleran a otro dios como Baal, el dinero, la fama, el poder, ellos mismos o una religión. En Elías reconocemos que el Señor quiere ser nuestro único Dios, y que no va a aceptar, permitir ni tolerar a cualquier otro en su lugar o en su presencia. Esta fue la Ley que incluyó Elías en su proclamación mientras vivía en este mundo. Pero hay más de parte de Elias: un mensaje de esperanza y una promesa de perdón, salvación y vida. No es el hijo muerto de la viuda, al que resucitó por el poder del Señor a través de la palabra del profeta. En Elías reconocemos que Jehová no quiere que muramos. Él desea que vivamos. Así lo ha manifestado en la vida misma del profeta, ya que Él proporciona una fuente inagotable de alimentos para Elías, la viuda y su hijo. Dios envía el agua de la vida para apagar lo que se había resecado. Anuncia la condena del malvado rey Acab y el profeta proclama la victoria para el pueblo de Dios. Aunque no tuvo una vida fácil, Elías cometió pecados que lo alejaron de Dios, se quejó de Él, huyo por miedo y dudas de la protección divina, pero el Señor a pesar de esto no lo abandonó. Elías no podía ir a Dios, pero Dios podía venir, estar con él y saciar sus necesidades. En un acto de pura gracia y misericordia el Señor envió carros de fuego y Elías fue llevado al cielo. Ahora Elías se presenta en el Monte de la Transfiguración. Aunque el Señor lo había llamado a estar en el Paraíso siglos antes, aquí estaba Elías en su cuerpo glorificado. Él es glorificado, santo y puro. Sin embargo, Elías no se presentó así porque no tuviese pecado o porque cumpliese la ley de Dios perfectamente. Más bien, Dios le dio a Elías el don de la fe y Elías confió en el Señor. Por lo tanto, ni Elías, ni los mensajeros de Dios, ni la Ley son nuestros salvadores. LA GLORIA DE CRISTO. En tercer lugar, en el Monte de la Transfiguración, se manifiesta la gloria de Jesucristo. El apóstol Juan nos dice que, si bien “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.” (Juan 1:17). Alguien mayor que el templo, los profetas, Moisés y los reyes terrenales se hace presente, es Jesús de Nazaret. Pero ¿Quién es Él? Es Jesús el Cristo, es Jehová de Sabbaot, y no hay ningún otro dios. Él es el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Él es Jehová encarnado. El Cristo es verdaderamente hombre a fin de nacer bajo la misma Ley que Él ha escrito en los corazones de cada ser humano. Tuvo que ser hombre bajo la ley, para sufrir y morir en nuestro lugar. Jesús de Nazaret es verdaderamente Dios. El Salvador tenía que ser Divino con el fin de ser un rescate más que suficiente para todas las personas del mundo. ¿Cómo puede Cristo hacer esto? Pensemos por un momento lo que Moisés y Elías no son capaces de hacer. Se quedaron en el cielo cuando el Hijo eterno de Dios dejó el esplendor de esa morada eterna, para descender a este mundo. Jesús viene hacia abajo, al valle de la muerte, sufriendo una muerte inimaginable en nuestro nombre. Sufre el abandono de Dios en la cruz con el fin de facilitar el camino para que nosotros evitemos ése sufrimiento eterno. No podemos llegar a Dios, por eso es por lo que Él viene a nosotros, baja a las profundidades a la cual nos condenaba ley, con sus manos traspasadas por los clavos. La sangre derramada del Salvador clama por nuestro perdón. Cristo viene a los valles de la muerte, las calles de los pobres, la vida de los enfermos del cuerpo y del alma, a los cargados de culpas y cansados de esforzarse por complacer a Dios sin éxito. Jesús dirige a tres de sus discípulos al monte y allí les revela la verdadera gloria que tiene desde la eternidad hasta la eternidad. Mientras están en su presencia, Jesús se transforma. Mientras que Moisés y Elías aparecieron en la gloria, Jesús y “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos” (Marcos 9.3). LA VOZ DE DIOS. En cuarto lugar, en el Monte de la Transfiguración, consideremos la Revelación de Dios Padre. Cómo los tres discípulos del Señor Jesús estaba allí y una gran nube los cubrió y una voz salió de la nube. Dios el Padre habla: “Este es mi Hijo Amado. Escuchadle”. Esto se dice en beneficio de todos los discípulos… Pedro, Santiago, Juan y el resto… tú, yo y la Iglesia toda. Escuchar a Jesús y escuchar lo que Él ha dicho: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). “El Hijo del Hombre no vino para ser servido sino a servir ya dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28). “Vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). “Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.” (Juan 20:21-23). “Tomad, comed, éste es mi cuerpo… Esta es mi Sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mateo 26:26-28). “Nunca te dejaré ni te abandonaré” (Hebreos 13:5). EL MANDATO A LOS DISCIPULOS. Por último, en el Monte de la Transfiguración, es necesario tener en cuenta las palabras que se aplican a Pedro, Santiago y Juan en el día en que Jesús se transfiguró, y que simplemente se aplican a nosotros hoy. A medida que bajaban del monte, Jesús les mandó que no contasen a nadie lo que habían visto, es decir, no hasta que el Señor hubiera resucitado de entre los muertos. Estos discípulos no tenían que difundir y dar testimonio de lo que se había revelado en el día de la Transfiguración. Este silencio fue ordenado por un tiempo limitado antes de la resurrección de Jesús, el Cristo en la mañana de Pascua. Pero Cristo ha resucitado y los seguidores de Jesús no estamos aquí para mantener la boca cerrada. Estamos llamados a anunciar a Cristo a todo el mundo, a ser sus testigos entre quienes nos rodean. El mensaje del Evangelio ha sido confiado a la Iglesia, no para mantenerlo encerrado en una caja fuerte o escondido debajo de un cajón, sino para que sea anunciado según tengamos oportunidad. ¿Por qué? Porque el hombre nunca podrá llegar a Dios y en especial porque Dios viene al hombre en los medio de Gracia, Palabra y Sacramento. Muestra fiel de esta presencia es que, por medio de ellos te han sido perdonados todos tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Gustavo Lavia. Pastor de la Congregación Emanuel. Madrid. Iglesia Evangélica Luterana Española.

domingo, 16 de febrero de 2014

6º Domingo de Epifanía.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Segunda Lección: 1º Corintios 3:1-9 El Evangelio: Mateo 5:21-37 “Buenas y Malas Noticias en Cristo” Temor a las “malas noticias”. Es una mala noticia porque no suele implicar nada bueno. Preferiríamos no tener que oír malas noticias. No queremos saber que las reparaciones del automóvil costarán mucho más de lo presupuestado. No queremos escuchar que la visita de un buen amigo se ha cancelado a última hora. Nos ha llegado la carta de despido o el doctor encontró algo que le preocupa. Las malas noticias pueden convertir nuestro día o la semana en algo negativo. Nos gustaría pasar el mayor tiempo posible sin tener que escucharlas. Pero si hay algo que se le puede comparar a tener que escuchar malas noticias es la indeseable tarea de tener que ser el que da las malas noticias a otra persona. No creo que los médicos reciban con gran alegría tener que dar una noticia devastadora a sus pacientes. Para la persona que tiene que anunciar los despidos a los empleados. Desde luego, no es fácil decirle a nuestro cónyuge que un pariente de la familia ha muerto. No nos gusta escuchar malas noticias y no nos ser el que tiene que compartir malas noticias con alguien otros. Esto puede tener algo que ver con nuestra aprensión general hablar de la fe a otros. Sabemos que a la gente no le gusta escuchar malas noticias y hablar acerca del pecado con otros es casi seguro hablar de malas noticias, especialmente cuando se trata de un pecado en el que están atrapados. Si le sumamos que en nuestra época todos estamos autorizados a sostener nuestras propias verdades, nuestras propias ideas del bien y mal y así sucesivamente. Eso hace que sea difícil de señalar el pecado a los demás, incluso cuando se hace de la manera más amorosa posible, porque la sociedad de hoy dice que la persona que señala el pecado es por lo menos un intolerante. Este es uno de los motivos del porqué oímos tan poco del pecado hoy en día. Luego está la cuestión del infierno. Después de todo ¿hay alguna noticia peor tener que decirle a alguien que va a ir al infierno? La cuestión del pecado a menudo puede significar una discusión sobre el infierno está cerca de salir y si la gente no quiere oír hablar de las malas noticias del pecado, tampoco quieren tener nada que ver con el infierno. Eso me lleva a creer que muy probablemente Jesús no sería más popular hoy día de lo que lo era en su época. A medida que continuamos con el Sermón de la Montaña, es evidente que Jesús no dejaba de lado el tema del pecado o del infierno. No creo que la gente de hoy lo único que lo considerara justamente tolerante. Las normas por las que Jesús considera qué es un pecado son sorprendentemente menos indulgentes que las normas de la sociedad de hoy en día. Lo que Jesús tenía que decir sobre el asesinato la mayor parte de sus oyentes de entonces y hoy, no tendrían ningún problema con lo que Jesús dijo sobre el asesinato: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio” (v. 21). Hasta ahora, todo bien ¿verdad? En general, nosotros, como sociedad tenemos poca tolerancia hacia los asesinos. Queremos ver como reciben la pena máxima cuando son declarados culpables. La Mala noticia de la Ley de Dios. Qué pasa cuando nos damos cuenta de que para los estándares de Jesús, estaríamos condenándonos a nosotros mismos. Según los estándares de Jesús, la definición de asesinato es mucho más amplia que la de cualquiera. De hecho, Jesús dijo que uno puede cometer un asesinato sin tener que jalar un gatillo o empuñar un cuchillo. “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego”. (v. 22). Hoy se puede llamar a cualquiera de “tonto” o “necio”, a veces en broma, otras veces no. Jesús estaba dejando claro que tales declaraciones son un reflejo lo que hay en nuestro corazón, entonces la persona que expresa esos sentimientos está a la altura de un asesino en serie o un dictador genocida. Su punto era que el asesinato tiene muy poco que ver con el acto de tomar la vida de otro y mucho más que ver con carecer de amor y odiar a los demás en nuestro corazón. De acuerdo con los principios de Jesús, hay una gran cantidad asesinos sueltos en el mundo, más de los que están tras las rejas. Entre nosotros, por ejemplo, estamos llenos de ellos, ¿no es así? Para los estándares de Jesús, también tenemos una gran cantidad de adúlteros. Todos como cónyuges profesamos devoción inquebrantable y fidelidad a nuestra pareja al casarnos. Ante los ojos del mundo, siempre y cuando una aventura sexual no fuera cometida, como cónyuge no has hecho nada malo. Pero de Jesús afirma que ser culpable de adulterio tiene muy poco que ver con el sexo y mucho más que ver con la lujuria y los deseos. “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (v. 27-28). Más malas noticias de parte de Jesús, el adulterio es más sobre lo que está en el corazón de lo que se plasma en acciones. Hablando de eso a pesar de las justificaciones sin fin que el mundo da para poner fin a un matrimonio, Jesús dijo que sólo uno, el adulterio o la infidelidad, está permitido y aun así, desde luego no es agradable. “También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.” (v.31-32). Esto es en cuanto a las justificaciones que se dan para sostener el divorcio “es desagradable conmigo”, “Ya no la quiero” o “nosotros no nos llevamos bien” excusas para justificar el divorcio. Jesús da una nueva estimación para el divorcio: la infidelidad por parte de uno de los cónyuges y en la Escritura en otro lugar el abandono por un cónyuge no creyente es también consideran motivo de divorcio. Romper un matrimonio por cualquier otra razón que eso es pecado. Malas noticias de Jesús en un mundo en que las personas casadas tienen las mismas probabilidades de seguir juntas o de divorciarse, si es que llegan a casarse. Ahora salir a la calle y a compartir las malas noticias sobre el asesinato, el adulterio y el divorcio con los otros, señalando y mostrando las consecuencias del mismo. Creo que mejor debemos ir más despacio. Tal vez deberíamos empezar por a nosotros mismos primero y reconocer que las palabras de condena de Jesús se dirigen a cada uno de nosotros. Sí, es una dura verdad, no es sólo que el mundo puede ser un sitio donde abunde el pecado, según los principios de Jesús, sino que somos una parte importante de la maldad. La dura verdad es que no importa cuánto hubiéramos hecho para minimizar o suavizar nuestro pecado según nuestras propias normas. Jesús deja bien claro que por sus normas todos somos abrumadoramente culpables y que nuestros propios pensamientos, antes incluso de la acción, nos pone a las puertas del infierno. Lo que es más complicado es que cuando no somos capaces de decir a otros sobre sus pecados, no sólo es existe el real peligro de que pudieran terminan en el infierno. Pero a través del profeta Ezequiel, Dios dice que él también nos pedirá cuentas: “Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano”. (Ezequiel 3:18). Dios se toma en serio el pecado. La Buena Noticia de la Vida en Cristo. Lo grandioso de esto es que Dios no nos deja desamparados ante la realidad del pecado. Porque la realidad de las noticias del evangelio de la salvación en Cristo Jesús son mucho más consoladoras. El domingo pasado Jesús nos recordó que su propósito al venir a nuestro mundo era para que se cumpliera la ley y las profecías en las Escrituras (v. 17). ¿Lo hizo eso para su propio beneficio? ¿El Hijo de Dios se hizo hombre y piso la tierra con el fin de servirse a sí mismo? ¡No! Él vino a nuestro mundo por y para nuestro beneficio. Él cumplió la totalidad de la ley para nuestro beneficio. Fue nuestro perfecto sustituto y llevo a cabo la voluntad de Dios por nosotros. Fue a la cruz cargando todos nuestros pecados manifestados en pensamientos, palabras y obras. Por este perdón manifestado en Cristo Jesús es que Dios te ve de manera diferente. Te ve a través de la obra de Cristo en la cruz. Por mucho que conozcamos la dura y fría verdad de nuestros pecados y condena, Dios no ve de esa manera a aquellos que se aferran a Cristo. Más bien, Él ve una vida correcta, según su voluntad. Él ve la vida perfecta de Cristo eclipsando tus fracasos. Él ve la muerte de Cristo en la cruz como el pago satisfactorio por tus pecados. La buena noticia del evangelio es que la salvación es nuestra, porque cuando Dios nos mira, Él ve todo lo que su Hijo perfecto ha hecho por nosotros. El bautismo es su regalo para nosotros, allí tenemos la firma de Dios que garantiza este perdón, porque allí nos ha dado la fe, nos ha hecho parte de su familia y nos ha perdonado todos los pecados. La Cena del Señor es otro regalo que nos asegura de lo misma, porque sus palabras son claras “Come y bebe, esto es mi cuerpo y sangre para el perdón de tus pecados”. Donde La ley de Dios nos mata, la buena noticia de su evangelio nos trae a la vida en Cristo. Somos Sal y Luz. Tal vez has tenido alguna experiencia con otros en los que no parecen tener el mismo aprecio por el evangelio. De hecho, podrían ser francamente indiferentes hacia este. Tal vez te ha pasado que estabas emocionado de hablar con alguien más sobre la alegría que tiene como cristiano en saber que estarás en el cielo porque Jesús vivió y murió por ti. Los expresado de diferentes maneras, pero no entendías por qué la persona a la que le hablabas parecía que no le importaba. Muchas veces uno queda confundido y frustrado de que alguien pudiera ser tan apático al mensaje del evangelio. Pero si esa persona nunca ha oído la ley, entonces ¿por qué tiene que tener necesidad de Jesús? Si no sabe cómo su pecado afectó su estatus ante Dios, ¿por qué tiene que importarle a él que Jesús es la solución al problema del pecado? Es por eso que la ley primero tiene que mostrar a las personas cómo el pecado nos afecta y aparta de Dios y nuestro prójimo y sólo entonces se alegrarán de que Cristo es la cura para tal mal. La ley allana el camino para que el evangelio cambie los corazones y las personas vivan en armonía con Dios. Por esa razón no debemos tener miedo de hablar de la ley y señalar el pecado cuando es necesario. Lo hacemos en el amor, no porque amamos juzgar o condenar o compartir las malas noticias con los demás, sino todo lo contrario, porque nos encanta compartir la buena noticia del Evangelio de que en Jesús hay vida eterna. Qué dulce la buena noticia del evangelio es para los oídos después de haber oído la fría y dura verdad, de la ley de Dios. No dude en hablar de pecado, porque entonces la puerta estará abierta para regocijarse en Jesús Cristo, el que triunfó sobre el pecado con su perdón. Gustavo Lavia. Pastor de la Congregación Emanuel. Madrid. Iglesia Evangélica Luterana Española.

lunes, 10 de febrero de 2014

Quinto Domingo después de Epifanía.

”¡Seamos sal y luz, testimonio de palabra y de vida!” TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 09-02-2014 Primera Lección: Isaías 58:3-9a Segunda Lección: 1ª Corintios 2:1-12 (13-16) El Evangelio: Mateo 5:13-20 Sermón •Introducción ¿Cuál es la diferencia entre un cristiano y alguien que no lo es?. ¿Debe haber algo en su vida que marque la diferencia con respecto a los que no lo son, o esto es algo indiferente?. ¿Cómo es o debe ser un cristiano?. Normalmente, entendemos que todos aquellos que confiesan a Cristo como su salvador, y en fe se acogen a su salvación obtenida en la Cruz, son cristianos. Sin embargo, el cristiano no es sólo alguien que identificamos en relación a su fe, sino también por su testimonio, actitud y ser ante el mundo. Y en la lectura de hoy, Jesús nos exhorta a no conformarnos simplemente con atesorar nuestra fe, sino a dejarla expandirse hasta llegar a impactar la vida de otros a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo donde existen muchas tinieblas, con muchas regiones oscuras en la vida de los hombres. ¿Cómo hacer que la luz llegue hasta ellos?, ¿cómo iluminarlos para que no continúen en la oscuridad?. Jesús nos llama hoy a adoptar una actitud activa, a ponernos al servicio de su Reino, y no sólo de palabra, sino con nuestra vida entera. •Somos sal que preserva y da sabor La sal tiene muchos atributos, entre los cuales y más conocidos están el de preservar y el de dar sabor. Era un bien muy apreciado en la antigüedad, donde a veces era el pago en especie que obtenían los obreros y soldados. De ahí la palabra salario. Y en la lectura de hoy Jesús compara a sus discípulos, a sus seguidores con la valiosa sal: “Vosotros sois la sal de la tierra” (v13). Sí, pues los cristianos no hemos sido tocados por el Espíritu para una conversión que nos encierre en nosotros mismos, y que se enfoque sólo en nuestra propia salvación y nada más. Esto sería un concepto egoísta del Evangelio, cayendo en un individualismo que Dios rechaza. El fin de la obra de Cristo es nuestra salvación, cierto, pero en el contexto de la salvación del mundo, pues el Evangelio es buena noticia para toda la humanidad, y no sólo para unos cuantos elegidos. Dios quiere alcanzar a todos los hombres, pues todos sin excepción están necesitados de su gracia y misericordia: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom 3:23). Y por ello los discípulos y la Iglesia entera son enviados al mundo, para llegar hasta los últimos rincones de esta tierra. La Iglesia cristiana no es, como hemos dicho una Iglesia de élites, de aquellos que se encierran confiados en sus templos y cierran luego sus puertas, dejando fuera al mundo bajo el juicio de Dios. En verdad el templo de los cristianos es ahora el mundo entero. ¿Cómo podemos llevar a cabo esta misión que Cristo nos encomienda?, ¿cómo ser sal allí donde hemos sido llamados a vivir nuestra vida?. En primer lugar y también a semejanza de la sal, preservando el Evangelio de perdón de pecados que hemos recibido de Cristo y los Apóstoles, conservándolo y proclamándolo en su integridad. Pues si lo adulteramos (1ª Ped 2:2), si no anunciamos al mundo que sólo en Cristo pueden obtener los hombres perdón y salvación, no estaremos cumpliendo la función de la sal, de preservar y evitar la corrupción. Debemos pues ser siempre fieles al mensaje que hemos recibido. Pero además, y en segundo lugar, la sal da sabor, hace que lo que es insípido tome cuerpo y llene el paladar. Del mismo modo, si queremos ser fieles a la misión que Jesús nos llama, no podemos conformarnos con atesorar este Evangelio para nosotros mismos, sino que debemos esparcirlo y expandirlo alrededor nuestro. No debemos perder el empuje y la ilusión, pues hay todo un mundo necesitado del sabor del perdón y de la plenitud que Dios provee por medio de Cristo. Millones de hombres y mujeres que necesitan ser tocados por el Espíritu en sus corazones para tener verdadera Vida en sus vidas. Pero, “si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?. No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”. Sí, si somos cristianos tibios, preocupados solo de nuestra propia salvación y nada más, y no testificamos de Cristo, no podremos ser sal de la tierra, y no estaremos sirviendo a los fines del Reino de Dios. Por ello, todos los bautizados, todos los que ahora somos hijos de Dios, estamos llamados a esta labor de trabajar para extender los límites de este Reino, de ensancharlo hasta donde nuestras fuerzas y nuestros dones nos lo permitan. Sal de la tierra, preservadores y propagadores del Evangelio, es lo que hemos sido llamados a ser en Cristo. •La luz que llevamos testimonia de Cristo Dicho lo anterior, queda claro que aquellos que han sido tocados por el Espíritu Santo con el don de la fe, son animados e impulsados a dar un testimonio de Cristo. Pues han pasado de muerte a vida, por pura gracia y misericordia de Dios, el cual: “aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Ef 2:5). Sin embargo, si esto es así y si son millones los llamados cristianos aquí en Europa y en otras partes del mundo, ¿qué está pasando?, ¿por qué entonces la incredulidad avanza sin freno en nuestros días?, ¿por qué disminuye alarmantemente el número de aquellos que confiesan a Jesús como su salvador?. Para empezar planteémonos si la Palabra sigue siendo Palabra de Dios para los hombres, e incluso paradójicamente, para algunas Iglesias cristianas. En este último caso, inicialmente todas lo afirman, es cierto, pero inmediatamente después la matizan, la cuestionan, le ponen límites culturales o históricos para al fin decir: “es solo un libro humano que contiene la Palabra de Dios”. Pareciera que estamos diciendo lo mismo, pero no lo es. Pues la Palabra de Dios, a diferencia de un mero libro que contiene porciones de ella mezcladas con historias e ideas humanas, es el referente para la vida de los cristianos, es la misma voz de Dios que nos habla directamente a nosotros y nos revela a Cristo y su Evangelio del perdón de pecados. Quizás el problema es que para muchos, la Palabra de Dios hace tiempo que dejó de ser la luz y la Verdad que los ilumina y guía: “Lámpara es a mis pies tu palabra,
Y lumbrera a mi camino” (Sal 119:105), y se ha convertido en un mero referente ético y moral en el mejor de los casos. Pero esta Palabra es precisamente la que testifica de Cristo, y la que por medio del Espíritu convierte los corazones. Si la escondemos debajo de nuestras propias ideas morales o sociales, no será ella la que hable, sino el hombre. Y si es el hombre el que habla, no podrá brillar e luminar a otros. “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.” (v14). Sí, los cristianos llevamos una luz, la luz de la Palabra que testimonia de la gracia y misericordia divinas, y esta luz hace que nuestras propias vidas sean a su vez para otros, un reflejo de la luz de Cristo. Pues no damos testimonio de nosotros mismos, sino de Cristo y su Evangelio, y de cómo hemos sido rescatados por medio de Él, de la oscuridad de una vida separada de Dios. Una luz que debe ser mostrada a otros que aún viven en tinieblas para que, por medio de nuestro testimonio, de palabra y de vida, perciban el Amor de Dios por ellos. Pues cualquier obra que hagamos desde la fe, con amor y en beneficio del prójimo, será una muestra de ese Amor divino: “para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos.” (v16). •Toda la gloria sea para Dios El cristiano debe ser pues sal y luz para el mundo, llevando a otros el puro Evangelio y haciendo al mismo tiempo que su vida destaque en buenas obras allí donde viva su vida. Pero tengamos cuidado de no confundir nuestras obras que testimonian del Amor de Dios, con obras fruto de nuestra propia justicia. Lejos de nosotros los cristianos, el arrogarnos mérito alguno delante de Dios por nada de lo que hagamos, ni de mezclar nuestra “justicia” con la Justicia de Cristo. Si así lo hacemos, estaremos haciendo inútil la sangre de Cristo en la Cruz, derramada por nosotros cuando estábamos muertos en nuestros pecados. Pues para los que escogen este camino ante Dios, la Ley los acusa. Ya que la Ley de Dios es santa y perfecta y: “hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (v18). Sin embargo, nuestra capacidad para cumplirla en toda su integridad es inútil, y como nos enseña el Apóstol Santiago: “cualquiera que guardare toda la Ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Stg 2:10). Por tanto las obras que otros ven en nosotros, no deben ser sino, desde la fe, obras de Dios mismo por ellos, y que sirven para que los hombres glorifiquen a su Creador (v16). Así, en la mente del cristiano y en su vida, deben prevalecer siempre las palabras del salmista: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Sal 115:1). No, nuestra justicia no está ni puede estar en nuestras propias obras, incapaces de satisfacer las demandas de la Ley de Dios, y aún así, nuestra vida debe ser siempre un esfuerzo por cumplirla, y enseñar a otros a hacerlo. Pues esta Ley Santa fue dada para que el hombre viva según la voluntad de su Creador, tanto en lo que respecta a Él en los tres primeros mandamientos, como en lo que respecta al prójimo, en los siete restantes. Algunos sin embargo, han tratado de usarla para ganar méritos propios ante Dios, y sin embargo Jesús nos advierte ante esto: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (v20). Sí, necesitamos una justicia mayor que la de aquellos que viven cegados por su propia justicia, por su escrúpulo en mostrar a Dios su propia santidad. Y esta Justicia no es otra que Cristo mismo. Él es quien nos abre las puertas celestiales, quien cubre nuestras faltas con su sangre, y quien nos justifica ante el Padre para vida y salvación. Ahora pues: “aparte de la Ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y los profetas: la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (Rom 3:21). •Conclusión La vida del creyente se basa en un doble testimonio: el de la proclamación del Evangelio y el de su materialización en obras de amor al prójimo. Y son indisolubles. Hemos recibido la Gran Comisión (Mt 28) de llevar la luz de Cristo a otros, y de ser la sal de este mundo, para mayor gloria de Dios. Y como testimonios vivos, encarnamos en nosotros también la entrega al prójimo, para que otros a su vez, glorifiquen a Dios. Así, fe, testimonio y servicio forjan una unión en la vida del creyente, y sólo desde esa unión, podemos ser verdaderos testigos de la gracia y la misericordia divinas. Nuestras vidas deben reflejar pues este espíritu de preservar el Evangelio, de dar sabor y de marcar la diferencia ante el mundo. Por tanto, seamos sal y luz, y: “como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. (1ª Ped 1:15-16). ¡Que así sea, Amén!. J.C.G / Pastor de IELE/Congregación San Pablo

sábado, 1 de febrero de 2014

4º Domingo de Epifanía.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Primera Lección: 1 Samuel 1.21-28 Segunda Lección: Hebreos 2.14-18 El Evangelio: Lucas 2.22-40 “Paz por la presencia de Cristo” En estos días los niños han celebrado el día de la Paz en los colegios. Es interesante oírlos hablar sobre este tema. Es interesante oír hablar a los mayores sobre este tema. En ambos casos me da la sensación de que creemos que la paz es la ausencia de muchas cosas exteriores que nos perturban y la presencia de otras que nos dan seguridad. Ausencia de guerra, de peleas, de hambre, de injusticia, de igualdad. Por otro lado muchas veces creemos que tendremos paz al poseer ciertas cosas, como estabilidad económica, reconocimiento social, estar libres de deudas y un etcétera muy largo. Pero también terminamos dependiendo de cuestiones externas a nosotros. Ya hemos pasado el primer mes del año y los deseos para este año se comienzan a concretar o aún no, ¿Qué tienes planeado? ¿Qué va a pasar en este 2014? Puede haber un montón de buenas noticias: nuevos integrantes familiares, una graduación, encontrar el verdadero amor, estabilidad económica. También pueden surgir problemas no deseados: conflictos en el trabajo, desempleo, desacuerdos en la familia, problemas de salud y más. ¿Qué va a pasar? Tenemos algunos planes, pero no sabemos mucho a ciencia cierta qué es lo que realmente pasará. Entonces ¿de qué podemos estar seguros para vivir en paz? La Paz de Simeón es nuestra paz. Simeón es un hombre misterioso que andaba por el templo, no sabemos mucho sobre él. Sabemos su nombre, pero eso es todo. Se lo ha representado como un anciano, pero no lo sabemos. Podría ser un joven de diecinueve años. No sabemos si se había casado, si era viudo, si gozaba de buena salud o estaba enfermo, si tenía hijos o nietos. Si llevaba una buena o mala vida. La Biblia no nos dice nada. Nos dice que su nombre era Simeón y que “Este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viera al Ungido del Señor.” Es por eso que él está en el templo, sabe que va a ver al Mesías. De repente, el Señor se le presenta. El Mesías tan esperado está allí, no sólo es un ser humano, sino que el Hijo de Dios hecho carne, el Salvador del mundo está haciendo su primera visita a la casa de su Padre. La profecía se ha cumplido. El Mesías está en el templo y nadie se da cuenta. A nadie parece importarle. Pero si a Simeón, que lo esperaba, porque el Espíritu Santo se lo había prometido. Con confianza se acerca al Mesías, toma en sus brazos al Salvador y en medio de toda la actividad del templo, canta para que todo el que escuche sepa que “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra,porque han visto mis ojos tu salvación,la cual has preparado en presencia de todos los pueblos;luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”. El Señor mismo ha llegado a su templo para anunciar y traer la salvación, ha venido a redimir a su pueblo. Es una gloriosa y divina verdad, de modo que Simeón canta esta canción de alabanza. Los asistentes al Templo han venido a adorar al Señor Todopoderoso que hizo los cielos y la tierra. Allí en medio, este Simeón celebra con un bebé de 40 días en sus brazos, custodiado por la imponente custodia de, bueno, los pobres padres. Ahora a Simeón no le preocupa el Lugar Santísimo, donde se pensaba que estaba el Señor en su gloria. Ahora está compenetrado mirando al bebé en sus brazos y cantando la más extraña de las canciones de cuna: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra…”. Este bebé es su Señor. La Paz viene a nosotros en Cristo. Ya hablamos de esto en Navidad: Si te dejas guiar solo por tus ojos, es muy probable que te pierdas de ver al Salvador. Solo te encuentras con Él por medio de lo que el Espíritu Santo dice a tus oídos sino no lo veras. Las personas buscan una gloriosa exhibición de poder para demostrar la presencia de Dios, descartarán este encuentro y pasarán de prisa por al lado del bebé y seguirán buscando. Pero por la fe, Simeón lo sabe. La carne y la sangre que acuna en sus brazos es el Hijo de Dios encarnado. Él es Emanuel, “Dios con nosotros”, presente con su pueblo como Dios y hombre. Él está con su pueblo para dar paz, salvación, luz, revelación y gloria. No dejes que la cabeza calva y los diminutos dedos de los pies te engañen: Este es el Señor del cielo y de la tierra. Y a pesar de que la boca sin dientes no puede formular palabras, sin embargo, ha estado hablando desde la eternidad. Él está allí. Por la fe, Simeón reconoce a su Salvador y se regocija en su salvación. Él abraza la Palabra hecha carne y es perdonado de todos sus pecados. Esta es la razón por la que puede partir en paz. Él sale en paz y ¿qué sucede con Simeón? Nuevamente tenemos que decir “No lo sabemos” pues desaparece de la Escritura. Tradicionalmente, se supone que es un hombre viejo, que muere y es llevado a la gloria de Dios. Por otra parte, él podría haber vivido muchos años más. Tal vez una buena vida, tal vez no. Pero Simeón sale en paz porque Dios es fiel: Ha mantenido sus promesas hechas a través de los profetas. La Virgen ha concebido y dado a luz un Hijo y Su nombre es Emanuel. Ese Señor vino al templo, donde Simeón lo contempló. Las profecías para lograr la paz seguirán siendo cumplidas. El Mesías hará que los ciegos vean, los sordos oigan, los mudos canten y los cojos salten de alegría. También será azotado, herido y afligido por nuestras iniquidades. Él será el hombre maldito en un madero. Todo esto se llevará a cabo, de manera que las otras promesas de Dios se cumplirán: Las promesas de perdón y paz, abundante gracia para los pecadores arrepentidos. Dios es fiel y las promesas se mantendrán, por eso Simeón sale en paz. Él sabe que la vida no será de color rosa o una sublime vida. Todavía se enfrenta a la muerte, todavía está en este mundo de pecado. Pero él está en paz porque Dios es fiel y lo ha puesto en paz. Él ha enviado al Salvador, no lo ha abandonado, sino que lo ha redimido. El Señor ha cumplido sus promesas y Simeón sabe el final de la historia. El final de la historia es la vida eterna porque el Hijo ha venido. La Paz disponible hoy y Siempre. Podemos hacer un balance de nuestra vida. Has llegado hasta aquí y quizá no estés seguro de qué te depara el futuro, incluso con una cuidadosa planificación. Simplemente suponemos o deseamos que sucedan ciertas cosas, pero no tenemos muchas certezas. Habrá todo tipo de tentaciones, serás tentado a preocuparte, si bien una preocupación piadosa es buena, preocuparse demasiado a menudo se convierte en duda de la voluntad y la fidelidad de Dios. Serás tentado a decepcionarte cuando las cosas no salgan como deseas, el mayor pecado aquí es preferir nuestra voluntad sobre la del Señor, que obra todas las cosas para nuestro bien. No nos gusta no saber, porque no saber significa que tenemos que vivir confiando. La fe no es algo natural, de hecho, es imposible creer a menos que sea dada por Dios. Pero Dios te da la fe, es un bendito regalo que has recibido. El Espíritu Santo te ha dado esto a ti, no a través de alguna visión o la escritura de una frase mística, sino por su santa e inspirada Palabra. Su Palabra te anuncia que el bebé en los brazos de Simeón creció y llevó tus pecados a la cruz. Ese mismo cuerpo fue atravesado y su sangre derramada, para luego ser colocado en el sepulcro. Ese mismo Salvador, ha resucitado al tercer día. También es quien antes de ascender al cielo, envío a sus discípulos a bautizar y enseñar. Él habla por medio de la Palabra y los Sacramentos y allí nos hace llegar sus promesas: “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Él está contigo en su Palabra y Sacramentos. Fue Él quien te lavó y limpió del pecado en las aguas de Santo Bautismo. Es Él, el Verbo hecho carne, quién está presente en su Palabra cuando es proclamada. Es Él quien te dice: “Toma y come, esto es mi cuerpo… Toma y bebe, esta es mi sangre, para el perdón de los pecados”. El mismo cuerpo y sangre que Simeón alzo en sus brazos. Él fue a la cruz, resucitó y subió al cielo. Al igual que Simeón, contemplas hoy a tu Salvador. No ves diminutos dedos o un bebe indefenso, solo aprecias un hombre que predica y luego pan y vino. Pero la fe dice otra cosa: Dios cumple sus promesas, su Hijo ha venido, muerto y resucitado, como había prometido. Su Hijo está aquí, en estos medios, de perdonar, como lo había prometido. Esto es por fe, no se aprecia por la vista. Por ello cantamos el himno de Simeón casi al final del Oficio Divino. Has oído la Palabra y el Espíritu Santo te ha revelado al Salvador. Acabas de recibir el cuerpo y la sangre del Señor para el perdón de los pecados. El canto de Simeón es tu confesión, tu himno. La Paz te lleva a cantar, porque el Salvador ha venido a ti también y entonces partes en paz. Te vas en paz, aunque no en una paz como el mundo imagina, con esta paz corres el riesgo de ser ridiculizado a lo largo del camino. Si Simeón parece raro al cantar al bebé, vamos a dibujar algunas miradas extrañas al decir que nuestra paz está en, con y bajo el pan y el vino, el agua y la Palabra. Algunos te dirán que has perdido tu cordura religiosa o tu fe. Pero sabes que Cristo está allí porque Él lo ha prometido y Él siempre cumple sus promesas. Tienes su Palabra para que ir en paz, reconciliado con Dios, contigo mismo y con quienes te rodean. La verdadera paz no es cosa tuya. No es tu justicia, ni tus obras las que te hacen un heredero del reino de los cielos. Aun seguirás afectado por el sufrimiento y el dolor como espera para la herencia que será revelada. Pero la paz es tuya, porque “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos.” (Gálatas 4:4-5). Rescatado por el sacrificio de Jesucristo, el primogénito de entre los muertos, ya te encuentras entre la asamblea de los primogénitos Tu vida aún tiene muchos capítulos por ser vividos, gracias a Dios en Cristo ya sabes el final de la historia. Este final es la vida eterna. Por esto puedes partir en paz a vivir tu vida. El que sufrió, murió y resucitó está contigo, te hará salir de tus sufrimientos y de la muerte a la vida eterna. ¿Qué nos deparará el mañana? No se puede saber. Confiamos nuestro mañana al Señor, confiando en que Él hará que todas las cosas sean para nuestro bien. Él se ha comprometido a hacerlo por sus siervos, así como ha prometido que Su Hijo ha muerto por ti. No sabemos mucho acerca de lo que está por venir, pero si sabes que tú eres suyo y así conoces el final de la historia. Por lo tanto, incluso ahora, sales en paz: Porque por Cristo has si perdonado de todos sus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén Gustavo Lavia. Pastor de la Congregación Emanuel. Madrid

domingo, 19 de enero de 2014

2º Domingo de Epifanía.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Primera Lección: Amos 9:11-15 Segunda Lección: Efesios 5:22-33 El Evangelio: Juan 2:1-11 “El gran Milagro de JESÚS: Nuestra Fe” La temporada de Epifanía nos muestra la manifestación de Jesús y cómo Él se da a conocer. En Navidad, se revela su llega y durante la Epifanía hace saber que Él ha venido a salvar. En el Evangelio de la semana pasada, escuchamos sobre el bautismo de Jesús y que vino a tomar el lugar de los pecadores. Allí Dios el Padre declaró que Jesús es Su Hijo amado, también el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma. Esta semana oímos que Jesús va a una boda y convierte el agua en vino. Pero hay mucho más en este texto donde Jesús que el hecho de convertir el agua en vino. Esto fue un milagro, algo sobrenatural, pero allí Jesús está manifestando algo muy importante acerca de sí mismo. Nuestra Voluntad vs. La de Dios: En el dialogo entre el Señor y su madre, ella le dice: “No tienen vino”. Quizá la respuesta de Jesús es un poco desagradable: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. Reconocemos que María ha tenido el increíble honor de concebir a nuestro Señor, pero también recordamos que ella es un ser humano necesitada de redención. Al parecer, quiso utilizar su posición como madre de Jesús para que use su autoridad divina. Aunque Él es el autor del mandamiento de “Honra a tu padre y a tu madre”, también es el Hijo de Dios, con sabiduría y voluntad divinas, que ni María ni nosotros podemos comprender. Él no está aquí para hacer la voluntad de María ni la nuestra, aun cuando nuestras peticiones estén hechas con la mejor de las intenciones. Ha venido a hacer la voluntad de Su Padre que está en los cielos: ir a la cruz para morir por los pecados del mundo y la de no “rescatar” del escándalo al servicio de bodas que no se han preparado para esta ocasión. Él hará el milagro, aunque con un propósito diferente: lo hará para que su gloria sea conocida. Aquí la Ley nos muestra una valiosa lección: una de las mayores tentaciones que enfrentamos, cuando estamos metidos en cualquier crisis, es la tratar de influir en el Señor para que haga lo nosotros deseamos. Si el Señor no permitió que su propia madre le influyera, Él no va a dejar que su santa voluntad sea alterada. En cambio, la fe nos lleva a orar y a confiar en lo que oramos regularmente: “Hágase tu voluntad”. Nuestra Fiesta eterna. En Deuteronomio 18:18, fue profetizado que el Mesías sería un segundo Moisés enviado por Dios que pondría sus palabras en su boca y todos los que le escucharan y creyeran se salvarían. Jesús fue el segundo Moisés. Al comienzo de su ministerio público, Moisés convirtió el agua en sangre ante el Faraón. Se trataba de un anuncio del juicio de Dio por la incredulidad del rey, una advertencia de que debía dejar en libertad al pueblo de Dios. La primera plaga trajo la muerte a los peces del Nilo, así el milagro de Moisés tornó el agua en un elemento de juicio y muerte. Al comienzo de su ministerio público, Jesús convierte el agua en vino, pero esto no es un anuncio de juicio, sino un anuncio de alegría y gracia. El Señor está en una boda, allí su milagro transmite una promesa. El abundante vino es un símbolo de redención y restauración (Amós 9:13-14) pero ahora el nuevo pacto es por su muerte y resurrección, Jesús restaurará al hombre llevándolo a la relación íntima con Dios, aquella que tenía en el Edén. A la vida en la eternidad se la conoce también como “la fiesta de Bodas del Cordero”. Por lo tanto, Jesús, “el segundo Moisés”, no es como el primero. El primero advirtió Faraón de juicio, mientras que el segundo llegó a lograr y dar la redención. Algunos nos dirán que Jesús tiene que ver con juicio, prohibiciones o castigos, que su cruz es una razón más para que nos sintamos culpables por nuestros pecados. Pero nosotros sabemos que Él trae perdón y vida, por el derramamiento de su propia sangre. Que no vino a traer culpa y vergüenza sino a morir en nuestro lugar para que puedas ser liberado del pecado y llevado a la vida eterna, al banquete de bodas del Cordero. Volviendo a las reglas de Dios. Jesús usa grandes tinajas de aguas que se usaban para los ritos de purificación. Podemos ver en otros evangelios la insistencia en los ritos (Marcos 7:3-4) de lavarse las manos, utensilios, vasos e incluso la mesa antes de comer, eran leyes que habían hecho los hombres, quienes decían lo que había que hacer para estar limpios. Ellos creían que así se ganaban el favor de Dios y podían alcanzar el cielo, teniendo que cumplir un montón de leyes. Pero el lavarse las manos o los cubiertos no nos libra del pecado, por lo que Jesús tiene un mejor uso de esas tinajas: Tienen que llenarlas con agua y esa agua será convertida en vino por Su Palabra. Es otra faceta del milagro: Jesús reemplaza el agua con vino, una declaración visual de que Él es el que limpia, purifica. Reemplaza las reglas del hombre que nunca podrían salvar con las de Él, que va a morir por los pecados del mundo. Hay algunos cristianos que declaran que el consumo del alcohol es un pecado y se llega a decir que cuando Jesús convirtió el agua en vino, era vino sin alcohol o en realidad era sólo agua a la que se llamó “vino” de una manera bondadosa. Pero eso no es lo que dice la Palabra. Es vino. Por lo tanto, la doctrina de que todo el consumo de alcohol es un pecado, es una doctrina falsa. No afirmamos que se debería beber sin control ni mucho menos. La mayor lección es la siguiente, no debemos inventarnos leyes que Dios no nos ha dado, mucho menos atar las conciencias de las personas a ellas. Haciéndolo se crea una falsa culpa y orgullo, además se convierte al Evangelio en una nueva Ley y las personas nuevamente son esclavos en lugar de liberarlos por medio de la gracia. A excepción de María, sus discípulos y algunos sirvientes, no hay pruebas de que otros supieran el milagro que se ha producido. A ellos y a ti, la gloria de Jesús se ha manifestado. Pero ¿cómo un invitado de la boda iba a saber que algo así había sucedido? El encargado de la fiesta pensó que el novio había abierto un nuevo tipo de vino, porque todo lo que sabe es que los criados le trajeron un poco de vino para degustar. No hubo ningún rayo, trueno, fuerte viento o luz cegadora. Nada sobrenatural parece haber ocurrido. De hecho, si hubieras estado allí para ver el milagro, lo que hubieras visto es a Jesús hablando con los sirvientes para que llenaran algunas tinajas de agua. Que tomen un poco de agua y la lleven al maestresala. Cuando el maestresala lo degusta comprueba que es un muy buen vino. Pero esta simpleza no disminuye el milagro, allí Jesús manifiesta su gloria. Aun cuando no se ve nada glorioso en absoluto. Algo así como su nacimiento en el pesebre, como lo sucedido en la cruz. Así es como Jesús trabaja para salvarnos, manifestando su gloria no como esperamos, sino como a Él le place, por medio y de manera simple y sencilla. Gran consuelo para nosotros y para este mundo. Jesús está presente allí en la boda y Él realiza un milagro. Él usa su Palabra para hacerlo y usa a unos sirvientes como sus instrumentos. Los criados no hacen nada milagroso, pero sin embargo, fue por este milagro que Jesús manifiesta su gloria. Es por este milagro que sus discípulos creyeron en Él. Cada uno de nosotros tenemos el privilegio creer en Él y de ser uno de los criados de la fiesta. Cada cristiano es un instrumento de Dios. No eres un hacedor de milagros, pero si eres las manos y la boca del Señor. Cuando compartes la Palabra y hablas o llevas a otros a los sacramentos, el Señor está presente para dar perdón, vida y salvación. Quizá no lo veas, no sientas y habrá momentos en los que tendrás que estar con las personas en situaciones extremas. Pero esto no se trata de ti, tú eres un siervo que está haciendo lo que el Señor te ha dicho que hagas. Se fiel a ese llamado y déjale los milagros a Él, que obrará las maravillas y manifestará su gloria como le parezca adecuado. Jesús se hace presente en nuestra realidad. Nos reunimos en los Oficios o en torno a su Palabra porque Cristo está presente entre nosotros. No le vemos, pero Él promete estar allí. Escuchamos su Palabra y recibimos su Cena y porque Él nos da el perdón de los pecados allí, es un servicio anticipo de la fiesta por venir, el banquete de bodas del Cordero en la eternidad, cuando estemos en la presencia de Jesús. Quizá no veas a tu glorioso Salvador con los ojos, o habrá veces que desearas un milagro, de sanidad, para arreglar conflictos, para que las cosas sean como antes, para sacarte de la situación donde estas metido, del miedo, del dolor o de la incertidumbre y cuando confrontado por la aflicción, estés tentado a impacientarse y a orar para que el Señor te libre ahora mismo. Sabemos que Él puede hacerlo si así lo desea, hay muchos milagros en las Escrituras donde el Señor obró de manera espectacular para que todos lo vean. Pero cuando es tu turno de sufrir el tiempo se hace eterno, el diablo nos tienta a ser impacientes con Dios, a cansarnos de esperar que Dios obre milagros. No hay que olvidar que fe significa confiar en lo que no se ve, a menudo, a pesar de lo que haces. Romanos 8:24-25. El Señor es fiel, incluso cuando tú no ves los milagros. Prueba de ello es la cruz, porque si Dios ya ha sacrificado a su Hijo por ti, Él no te abandonará ahora. El mayor de los milagros. El mensaje de las bodas de Caná no es la paciencia, no es la espera de un milagro. Cuando se le dijo que el vino se estaba acabando Jesús no dijo: “Ten paciencia y no te preocupes que en el cielo hay suficiente vino”. Él hizo un milagro en ese momento, a pesar de que muchos no se dieron cuenta del milagro. El Señor está presente aquí, contigo y cuando el Señor está presente, Él está obrando milagros. Los milagros que obra son mayores al de convertir el agua en vino: Él está convirtiendo personas pecadoras y muertas espiritualmente en hijos de Dios. Es lo que sucede en el Bautismo, somos llevados del pecado y la muerte a la vida y salvación. El diablo es echado fuera y Cristo es ahora nuestro rey. En las películas cuando se hacen exorcismos, el diablo es echado fuera por medio de todo tipo de maravillas y señales sobrenaturales, pero tú no recibes tu fe de las películas. Es por medio de la Palabra que se te asegura que Cristo estaba presente en tu bautismo. Él hizo algo milagroso, por eso el Bautismo es que hemos resucitado de la muerte a la vida eterna. No desestimes la predicación de la Palabra, ya sea el sermón proclamado o leído. El diablo intentará que creas que no sirve de nada, que es puro mito y que es algo que hay que soportar y evitar de ser posible. Pero se trate de un sermón o de su lectura, la Palabra de Dios es su poderosa Palabra, la misma Palabra de Dios que creó los cielos y la tierra, la misma palabra que Jesús pronunció para sanar a los enfermos y resucitar a los muertos. Por esa Palabra, Él todavía crea la fe y perdona los pecados. Cuando tú lees o hablas de la Palabra es el Señor el que está obrando por su Palabra para dar vida. Eres la boca de Dios y el Señor es el que obra el milagro de la vida eterna a los demás. No nos atrevemos a dejar de lado la Cena del Señor, porque Jesús está sin duda presente allí. La recibimos a menudo porque Jesús nos dijo que lo hagamos con frecuencia. Pero con el tiempo viene el desprecio y la tentación de pensar que es sólo otro rito o algo que se hace en el servicio. Pero una vez más, allí Cristo da perdón y vida. Es allí donde el cielo y la tierra se unen. Allí dispones de un anticipo de la fiesta por venir. El hombre puede llegar a todo tipo de descubrimientos espectaculares, pero sólo Cristo puede dar la vida eterna y Él lo hace allí. Después de esta lectura el Señor va contigo. Vuelves a la vida familiar, la escuela, el trabajo, cualesquiera que sean tus vocaciones. Algunas de las cosas que tengas que hacer serán frustrantes y decepcionantes. Pero recuerda que eres un hijo de Dios, viviendo una vida santificada, que eres la voz y las manos de Dios para cuidar de otros. Él te usa en el servicio a los demás. Esa es la lección de las bodas de Caná, donde Jesús realizó su primer milagro, manifiesto su gloria y casi nadie se dio cuenta. El mismo Señor está contigo, presente para salvar, obrando para darte el milagro de la vida eterna y Él manifieste su gloria porque has sido perdonado de todos tus pecados por su obra. Gustavo Lavia. Pastor de la Congregación Emanuel. Madrid. Iglesia Evangélica Luterana Española.