domingo, 2 de septiembre de 2012

14º Domingo de Pentecostés.


   Comer para vivir

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                

Primera Lección: Deuteronomio 4.1-2, 6-9

Segunda Lección: Efesios 6.10-20

El Evangelio: Marcos 7.14-23

Sermón

El problema de la contaminación. Durante los últimos tiempos se ha hablado y se ha hecho mucho en lo concerniente a los problemas de contaminación y medio ambiente. Muchas veces los ecologistas parecen extremistas con su accionar, en cierta forma es bueno estar preocupados por el mundo de Dios y nuestra seguridad. Tratan de hacer que no se contamine indiscriminadamente, no se talen bosques o no se pongan en riegos de extinción ciertas especies animales.

Otros también están preocupados por la contaminación moral y quieren limpiar la televisión y el cine. Para otros la oración y la religión en las escuelas públicas o escenas del pesebre de nuevo en lugares prominentes en el tiempo de Navidad son contaminantes a la libre elección que las personas pueden hacer sobre su vida de fe. Desafortunadamente acciones como éstas no son las que harán que la gente sea mejor y las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos muestra por qué.

Contaminados desde el interior. Los fariseos estaban molestos porque Jesús permitió a sus discípulos comer sin lavarse las manos. Si bien nos pasa lo mismo con nuestros hijos, pero por razones diferentes, para los fariseos no era sólo una cuestión de salud, sino que estaban convencidos de que la contaminación espiritual, en realidad, llegaba por el hecho de haber tocado algún objeto que una persona no creyente hubiese tocado. Por esto, comer sin lavarse las manos también era una causa de transmisión de impureza espiritual.

En esta controversia, Jesús se pone del lado de la naturaleza, por lo menos en lo que respecta a la propia contaminación espiritual. Los fariseos culpaban al medio ambiente, a lo que los rodeaba, sin embargo  Jesús dice que el problema no está en lo que nos rodea y condiciona, sino que esta en nosotros mismos. “Eres lo que comes” puede ser una verdad hasta cierto punto, físicamente quizá, pero no espiritualmente. Él no niega que debemos evitar las oportunidades para caer en pecado o que no tengamos que proporcionar un buen ambiente para nuestros hijos. Él no niega que, si nos exponemos a las tentaciones externas o las falsas enseñanzas, podemos  tirar por la borda nuestra vida de fe. Él no niega que depender del alcohol o consumir drogas o persistir en actitudes pecaminosas nos aparta de la vida de fe, aunque queramos seguir siendo cristianos y deseemos llegar al cielo. Pero el problema no es el alcohol, el dinero, el sexo, o la multitud de cosas malas que hacemos. Estas no nos atraerían a menos que estuviéramos contaminados en nuestro interior, algo con lo cual todas las personas nacemos.

Una idea popular es que el hombre nace bueno y que el mal se encuentra en la sociedad que lo corrompe. Otra idea extendida aún entre los cristianos, es que las personas nacen neutrales y que los niños pequeños no son ni buenos ni pecaminosos y su crianza es la que determinará qué tipo de personas van a llegar a ser. Pero para nosotros esto no es así, creemos que el bautismo infantil es algo totalmente necesario e indispensable, porque creemos que somos pecadores desde que somos concebidos y nos perderíamos por siempre sin la fe en Jesucristo que nos es dada en el Bautismo. Lo que muchos no entienden, es el grado de contaminación espiritual que incluso los bebes poseen y el hecho de que el Señor nos hace responsables de nuestros pecados, aunque no los reconozcamos como tales (Romanos 3:19). Mi esposa y yo no enseñamos a nuestros hijos a ser pecaminosos, por lo menos no de manera consciente y voluntaria. Pero adivinen qué: de pequeños parecían inocentes niñas, pero es que ellas no habían crecido lo suficiente o adquirido suficientes conocimientos u oportunidades para ejercer su maldad innata. Cabe recordar una vez más que sostenemos el hecho de que nosotros no somos pecadores porque cometemos pecados, sino que es todo lo contrario cometemos pecados porque somos pecadores. Llevamos a cabo acciones contra la voluntad de Dios porque eso es lo que hay en nuestro corazón. Aun cuando nuestras acciones muchas veces se disfracen de buenas intenciones.

Jesús dice en los versículos 20 a 23: “que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”. De acuerdo a Jesús, el corazón humano es una alcantarilla, en la que todas estas contaminaciones están presentes y están al acecho. No tenemos que pensar en un delincuente o pervertido para aplicar estas palabras de Jesús, sino que cada uno de nosotros somos así por naturaleza. ¿Crees que no eres capaz de hacer algunos pecados terribles?  En la Epístola de Santiago se dice que “cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10). Ninguno de nosotros puede siquiera concebir la contaminación que se esconde en nuestros corazones. Si te analisas ante esta realidad y llegas a decir  que “no puedes evitarlo”, es necesario que sepas que esa es exactamente la conclusión de que Jesús quiere que tengas.

Limpio desde el exterior. Como estamos contaminados por dentro, necesitamos ser purificados desde el exterior. Las alcantarillas en nuestro interior no son auto-limpiantes y todas aquellas cosas que surgen de allí no desaparecerán por arte de magia o con el paso del tiempo, al contrario, si las dejamos seguirán generando más contaminación. Alguien desde el exterior debe hacerlo y hacerlo bien. Muchas religiones y filosofías tienen programas para limpiar tu vida y librarte de los vicios. Pero estas recetas quedan solo en lo superficial, ya que generalmente apuntan a que en ti  está el poder para cambiar y renovarte. Lamentablemente nuestros pecados y vicios siguen estando en nuestro interior, acumulándose y esperando la oportunidad para manifestarse. Puedes matar algunas intenciones pecaminosas todo lo que quieras, pero vendrán más, porque en algún lugar en tu interior hay algo que sigue contaminándote y a menos que se limpie siempre habrá más. El corazón humano es un nido que mantiene la producción de pecados y a no ser que se limpie, nada importante va a cambiar.

Por esta razón es que Dios vino a nosotros desde el exterior y envió a su Hijo al mundo. El Hijo de Dios vino al mundo perfectamente limpio por dentro, Él fue el único con un interior limpio, un corazón limpio, desde que Adán y Eva pecaron. Podemos imaginar a María y a José viendo crecer a su hijo, esperando que tenga su primer rabieta, pero eso nunca sucedió, esperando que les contestara mal, pero nunca lo hizo. Jesús estaba perfectamente limpio, por dentro y por fuera.

La lista de cosas que dice que hay en nosotros está en los versículos 21 y 22Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez”. Jesús nunca vivió esos pecados, sus acciones y palabras nunca manifestaron estos hechos. Él es el Salvador perfecto, es exactamente lo opuesto de cada uno de nosotros. Por el intercambio que Cristo hizo en la cruz con nosotros, tomando nuestro lugar, Dios ahora nos acredita el corazón no contaminado de Jesús. Todos los pecados que nos contaminaban y en los que vivían nuestros corazones han sido borrados. Jesús los llevó a la cruz y derramó su sangre para pagar por nuestra contaminación y limpiarnos de toda esa maldad.

Así que ahora Dios no ve nuestros pecados, sino la limpieza de Jesús que nos cubre. No podemos entender cómo un Dios perfecto puede pasar por alto nuestros pecados. No podemos entender cómo Dios-hombre, Jesucristo, podía tomar nuestro lugar delante de su Padre celestial y vivir su vida en lugar de la nuestra y pagar nuestras contaminaciones o por qué Él quiso hacerlo. Pero no tenemos que entender que sólo podemos estar agradecidos de que Él hizo todo esto por ti, por mí y por cada persona.

A partir de esta realidad es que podemos pedirle que cree en nosotros un corazón limpio y renueve un espíritu recto dentro de nosotros, como lo hacemos inmediatamente después del sermón casi todos los domingos. Él nos renueva, recicla y limpia cada vez que oímos sus palabras en la Liturgia otorgándonos el perdón de los pecados, como dice en la 1º Carta de San Juan 1:9Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”  y lo hace realidad por medio de su Palabra leída, oída y compartida.  También por medio de su Palabra es que se hace presente en la Santa Cena y te purifica diciéndote una y otra vez “Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. (Mat 26:26-28 R60). En estos medios Dios se hace presente desde el exterior para purificarnos de nuestro corazón corrompido. Allí es donde nos da la posibilidad y las fuerzas para vivir con un corazón que obra según la voluntad de Dios, que lo busca y desea su encuentro diario, que depende de Él a cada instante y que busca servir a Dios y al quienes nos rodean.

Cuando las tentaciones vengan, deja que el diablo te muestre lo impuro y contaminado que eres. Usa la Armadura de la cual habla Pablo en la Epístola de hoy y recuerda y alégrate de que tienes un Salvador que ha pagado con su vida por todos los corazones impuros. Tenemos un Salvador totalmente impoluto que nos ha limpiado y lo continuará haciendo como lo prometió. Ahora ve en paz, sabiéndote perdonado por Dios Padre Hijo y Espíritu Santo. Amén

Atte. Pastor Gustavo Lavia

 

 

 

domingo, 19 de agosto de 2012

12º Domingo de Pentecostés.


   Comer para vivir

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                

Primera Lección: Josue 24:1-2, 14-18

Segunda Lección: Efesios 5:6-21

El Evangelio: Juan 6:51-69

Sermón

Introducción. En nuestra familia siempre nos preguntábamos a la hora de reunirnos si comíamos para vivir o vivíamos para comer. Esto se daba porque siempre había mucha comida y sobraba mucha comida. En la lectura del Evangelio de hoy Jesús habla de que es necesario comer para vivir, pero Él amplia nuestro concepto de vida y de qué es necesario para vivir eternamente. Esta afirmación llevó a muchos de sus oyentes de distancia.

Lo que realmente da vida. Resulta curioso comparar lo que sucede con Jesús en la lectura de hoy, con la sabiduría popular que hay en muchas iglesias con respecto al crecimiento de estas. Jesús tenía a su alrededor una multitud, a quienes les predicaba, pero al final de su sermón, aparentemente se quedó con muy pocos seguidores. Muchos opinan que hay que acomodar el Evangelio a la gente, que la Palabra de Dios tiene que ser expuesta de tal manera que sea más aceptable sobre temas difíciles, no tiene que crear fricción o incomodidad, no debe denunciar el pecado y cosas similares. Jesús, sin embargo, presenta algunas de las cosas más difíciles que alguna vez enseñó a los suyos.

Cuando Jesús dijo que Él es el pan vivo del cielo, explicó que este pan, que da vida al mundo, es su carne. Los judíos inmediatamente preguntaron cómo es que puede dar de comer su carne. ¿Acaso está tratando de promover el canibalismo? En lugar de aclarar esto que era ofensivo, hace una declaración aún más difícil de entender y aceptar: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Esta fue la mayor sorpresa y ofensa para los judíos. El Antiguo Testamento dice que los israelitas tenían estrictamente prohibido comer o beber sangre, porque se creía que la vida de las personas y los animales estaba en su sangre (Levítico 17:10-15). El castigo por desobedecer era que Dios no miraría con agrado a esta persona y que tendría que ser quitado del pueblo de Israel, eliminado de la comunidad del pacto. Por eso es ofensivo que Jesús les dijera que tenían que debían comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna y permanecer en Él. Él estaba mostrando que esta ley del Antiguo Testamento, que prohibía beber sangre, era una preparación para que puedan comer del único que puede dar vida eterna. Él es el pan que nos alimenta para vivir para siempre. Sólo viviendo de la vida de aquel que vive para siempre, nosotros podremos vivir para siempre. 

Cada comida que comemos en esta vida, ya seas carnívoro o vegetariano, es una lección de que vivimos todos los días de la muerte de otra cosa. Todos los alimentos que necesitamos vienen de la muerte de alguna planta o animal. No podemos sobrevivir de las rocas o arena, tenemos que comer algo que una vez tuvo vida. Pero, inevitablemente, incluso comer este alimento no impedirá que algún día muramos. Nuestra vida no puede mantenerse eternamente por este tipo de alimento terrenal, no importa qué tan saludable sea la dieta que elijamos. Pero sólo hay un tipo de alimento, de la cual Jesús habla aquí, que da la vida eterna. Cuando comemos la carne de Jesús y bebemos su sangre, vivimos a causa de Él. Vivimos por la muerte de otro, la muerte de Jesús en la cruz por nuestros pecados. Él ha dado su carne como pan para la vida del mundo. Por eso su carne y su sangre son su vida por nosotros, su vida de resucitado mora en los que comen y beben de Él.

Tratamos de preparar nuestra propia comida. Así de impactante eran las palabras de Jesús en este sermón, que muchos de sus discípulos dijeron: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” En efecto, para ellos Jesús había ido demasiado lejos. ¿Cuantas veces tratamos de persuadir a Jesús para que no nos incomode? ¿Qué cosas te son demasiado difíciles de escuchar? Jesús sabía que ellos se quejarían y dijo: “¿Esto os ofende? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?” Si fue  difícil para ellos creer que Él era el pan del cielo, que era Dios hecho carne, que vino para dar su vida por el mundo y que la vida eterna se encuentra sólo en Él, ¿qué pensarían al ver a Jesús elevarse al cielo? Las obras de Dios son demasiado increíbles para creer. Pero Jesús no les da lugar para ablandar su enseñanza. Es más, luego afirma que estas palabras son espíritu y son vida la carne no sirve para nada.

En esta afirmación Jesús no se está refiriendo a su propia carne, sino estaría en contradicción con todo lo que dijo antes sobre su carne otorgando vida eterna, que su carne es verdadera comida y es pan de vida. Él se refiere a nuestra carne y mente pecadora que no reciben sus enseñanzas. Él está diciendo que nuestra carne pecadora se opone a Dios y no cuenta con Él para nada, ya que rechaza la Palabra de Dios y el obrar del Espíritu. Entonces Jesús se refiere a aquellos que, como Judas, no creen y explica que sólo se puede llegar a Jesús y tener fe si el Padre los atrae hacia Él. Así que esta es la razón por la cual la carne no ayuda para nada, porque no puede comprender o llegar a las cosas de Dios. No tenemos ningún poder en nuestra carne pecaminosa para buscar a Dios. Sólo su Espíritu y su Palabra pueden despertar la fe en nosotros. 

Estas palabras fueron tan escandalosas para los oyentes de Jesús que muchos de sus discípulos se dieron la vuelta y no quisieron andar más con Él. Lo mismo pasa en muchas ocasiones hoy día. La iglesia cristiana no debe cambiar el Evangelio para mantener a los oyentes. Algunos pueden sentirse ofendido por el mensaje y seguir su propio camino. Jesús no va a diluir su Palabra para que nos sea más aceptable. Cuando nosotros tratamos de hacerlo corremos el riesgo de perder y distorsionar completamente el Evangelio. 

Jesús tenía un amor muy profundo por la Verdad de Dios, tanto que Él preguntó a sus discipulos si ellos también lo dejarían. Pedro le contestó con las palabras “Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Damos gracias a Dios que Él crea en nosotros la fe y nos atrae cerca de Él para creer, incluso en una enseñanza sorprendente de que debemos comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna. 

Comer y beber de Cristo para vida eterna. ¿Qué es exactamente lo que quiso decir al comer y beber su sangre y carne, y sobre todo cómo hacemos esto? ¿Quiere decir tenemos que practicar una especie de canibalismo? Es evidente que no. ¿Se refiere al consumo de su carne y sangre en la Santa Cena? ¿O hay otro tipo de alimentación? Se trata de un tipo diferente de comer de lo que hacemos con nuestras bocas y estómagos. Jesús aquí está hablando de un comer espiritual y de una comida que se da por la fe. Así como nuestro cuerpo necesita nutrientes de los alimentos, nuestra alma también necesita este alimento eterno de la carne y sangre de Jesús, la vida del mundo. Jesús habla aquí de un comer espiritual. Él dice que comer y beber de Él es tener vida eterna. En este capítulo, Jesús dice que cualquiera que lo mira a Él y cree en Él tiene vida eterna (6:40), que quien oye y aprende del Padre viene a Él y cree que tiene vida eterna (6:45, 47). 

Así que Jesús a quienes oyen y creen en Él les otorga lo mismo que a quienes comen y beben de Él. Así que comer y beber de Jesús es escuchar y creer en Él y recibirlo como aquel que Dios ha dado para dar vida al mundo, y aferrarnos a esta verdad en todas las dificultades y tentaciones. 

Quedamos satisfechos de Jesús cuando escuchamos la Palabra de Dios, leída, predicada, hablada entre nosotros, cuando recibimos los sacramentos por medio de la fe. Sólo para los que comen y beben de Cristo en este camino espiritual, por la fe, es la vida eterna. Jesús dice que todos los que comen de Él de esta manera tienen vida eterna. Él dice: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”

Además de esta forma espiritual de comer y beber a Cristo por la fe, también hay una segunda forma en que comemos de Cristo, y eso es a través de la Cena del Señor. En esa comida nos da su cuerpo y sangre en nuestra boca, así que lo que comemos en el pan y bebemos en el vino, es realmente el cuerpo y la sangre de Jesús. No como un símbolo, sino con su presencia real, de manera misteriosa. Comemos su cuerpo y sangre para nuestro perdón y vida eterna. Pero incluso esta segunda manera de comer la carne de Jesús y beber su sangre no es de ningún beneficio para nosotros a menos que comamos de Él espiritualmente por la fe. Sin la fe en Jesús como el Hijo de Dios y sin creer en sus beneficios de gracia para nosotros en su muerte en la cruz y en su resurrección, en realidad es perjudicial recibir la Cena del Señor. De hecho, estamos tomando la Cena del Señor para nuestro perjuicio y daño en caso de que la recibamos sin fe, o sin arrepentirnos de nuestros pecados. La escritura advierte que si lo comemos sin discernir el cuerpo, se come y bebe juicio y la participación indebida en realidad nos hace pecar contra el cuerpo y sangre de Jesús (1 Corintios 11:27-32). 

Por lo tanto, Jesús no está diciendo que cualquier persona que pasa y realice la acción exterior de la Cena del Señor se le concede la vida eterna, como si esta acción de comer lo salvaría y no la fe. Solo cuando uno ha comido espiritualmente de Cristo por la fe, entonces los beneficios de la Cena del Señor se derraman también en nosotros. En primer lugar por la fe en el corazón, y el segundo por una alimentación física del cuerpo y la sangre de Cristo, realmente participamos de los dones salvíficos de Dios por nosotros: La sangre de Jesús derramada para el perdón de nuestros pecados. Así los niños o  los creyentes que todavía están pasando por la instrucción en las doctrinas básicas de la fe y aún no han comido la Cena del Señor, tienen los beneficios de la gracia, de la plenitud de Cristo, ya que comen y beben espiritualmente por la fe. No tienen que esperar hasta que hayan recibido la Cena del Señor para tener el don completo de la salvación.

Conclusión: La enseñanza de Jesús es dura y difícil de entender. Se nos invita a creer que el don de la vida eterna viene por medio de la muerte de un hombre extraordinario, que en el aspecto físico no parecía diferente de nosotros. Un hombre que hizo sorprendentes afirmaciones que sólo Dios puede hacer y ofreció su propia carne y su sangre como sacrificio para traernos vida eterna. El comer y beber su carne y sangre, simplemente es vida para nosotros y en nosotros. Muchos de los discípulos de Jesús se apartaron de Él en estas enseñanzas. Es el Espíritu quien nos afirma en la vida eterna por medio de las palabras de Jesús, mientras que el mundo puede ofrecer nada más que un disfrute temporal y muerte. Quiera Dios que nunca le demos la espalda, sino que vayamos a festejar siempre y continuamente en la comida de Jesús como alimento que nos da la vida eterna. A diario, semanal o mensualmente comemos de Cristo para que nos sostenga en el camino a la vida eterna. Hemos creído y llegado a saber que Jesús es el Santo de Dios. Ahora la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús para vida eterna. Amén.

Pastor Gustavo Lavia

domingo, 5 de agosto de 2012

10º Domingo de Pentecostés.


     Jesús el Pan de Vida

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                        
Primera Lección: Éxodo 16:2-15

Segunda Lección: Efesios 4:1-16

El Evangelio: Juan 6:22-35

Sermón

 “Pan” podría ser el título para el sermón de hoy, en el cual Jesús se manifiesta a sí mismo como el pan de la vida. En el pan para el cuerpo piensan los oyentes de Jesús cuando dicen: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto”. Con estas palabras se refieren al milagro que Dios obró en el desierto cuando salieron de Egipto. Después de haber cruzado el mar Rojo, el pueblo de Israel quedó libre de la esclavitud y la servidumbre a la que había estado sujeto. Los israelitas tenían tras sí el mar Rojo y por delante a Canaán, la tierra de promisión y reposo. Pero entre el mar Rojo y Canaán se extendía el desierto que tenían que cruzar. Por su dureza de corazón, que sólo veía siempre con pesimismo todo lo que Dios hacía, la peregrinación por el desierto se prolongó 40 años y el pueblo tuvo que padecer muchas privaciones. Levantaron quejas y acusaciones contra Moisés y Aarón, diciendo: “¿De dónde sacamos pan aquí en el desierto para que comamos?” Esta queja fue seguida de la siguiente acusación: “Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud”. Pero Dios no trató con ellos según los méritos de ellos, sino conforme a su misericordia. Les dijo: “Jehová os dará en la tarde carne para comer, y en la mañana pan hasta saciaros… venida la tarde, subieron codornices que cubrieron el campamento; y por la mañana descendió rocío en derredor del campamento. Y cuando el rocío cesó de descender, he aquí sobre la faz del desierto una cosa menuda, redonda, menuda como una escarcha sobre la tierra. Y viéndolo los hijos de Israel, se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto? porque no sabían qué era. Entonces Moisés les dijo: Es el pan que Jehová os da para comer. (Éxodo 16:8, 13-15)

Con razón la vida del creyente se compara con una jornada por el desierto. Mediante el bautismo, el cual San Pablo lo compara con el paso de Israel por el mar Rojo, Dios nos ha sacado de la esclavitud y librado del diablo y de todas sus obras, de toda su pompa y nos ha hecho promesa de salvación, diciendo: “El que creyere y fuere bautizado será salvo”. Pero así como muchos de aquellos que cruzaron el mar Rojo no lograron llegar a la tierra prometida, sino que murieron en el desierto a causa de su incredulidad (1 Corintios 10:1-5), asimismo hoy no todos los que son bautizados serán salvos; algunos serán condenados a causa de su incredulidad, porque sin Jesús, esta vida es un desierto sin pan. Por eso Jesús en el texto trata de elevar el deseo de sus oyentes del pan terrenal hacía el pan celestial. Tampoco nosotros debemos quedar satisfechos con sólo tener el pan terrenal, sino que debemos buscar el pan celestial para el alma, para tener vida en abundancia. Que Dios bendiga su palabra en tanto que consideramos el siguiente tema: Jesús es el Pan de la Vida:

El pan terrenal baja del cielo. “Pan del cielo les dio de comer”. Con estas palabras se confiesa que Dios, maravillosamente allá en el desierto, cuidó de las necesidades materiales de sus hijos. Esto demuestra que Dios no es un fantasma, suspendido en el aire, que no se preocupa por sus criaturas. Dios es el Dios vivo que alimenta las aves del cielo y viste las flores del campo, y que promete a cada uno de sus hijos: “No te dejaré ni te desampararé” (Hebreos 13:5).

Muchos no creen eso y dicen: Si, en la Biblia está escrito que el Señor dio el maná en el desierto y que Jesús multiplicó maravillosamente el pan, alimentando con cinco panes de cebada a una gran muchedumbre. Pero en la actualidad el pan no cae del cielo, sino al contrario, si quiero progresar en las cosas de este mundo, no debo preocuparme mucho por la religión, porque eso de ir a la iglesia no tiene provecho, y con mucho orar, uno no sacia el hambre. Pero al que cree que es cuento que el pan sea providencia divina, se le debe recordar que Dios todos los días obra los mismos milagros que nos relata la Biblia. Jesús en las bodas de Caná de Galilea transformó el agua en vino y sus discípulos fortalecieron su fe en Él. Dios todos los días transforma el agua en vino: cae la lluvia, entra la humedad en la vid y pasa de allí a las uvas y de éstas se hace el vino. Jesús multiplicó el pan. Todos los días Dios multiplica los granos que sembramos para que haya pan, aun para aquellos que no siembran. Es pueril decir: “Yo compro el pan”. Es cierto que compramos el pan, pero pagamos el pan. Realmente pagamos algo por el trabajo del panadero, algo por el del molinero que transforma el grano en harina, algo por el agricultor que siembra y cosecha, pero el trabajo del trigo, ¿quién lo paga? El agricultor con el camión vacío va al campo y vuelve cargado con trigo. ¿Dónde lo compró? No lo compró; es un don de Dios, un don que bajó del cielo, conforme a la promesa divina: “Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche.” (Génesis 8:22). Por eso Jesús en la Cuarta Petición del Padrenuestro nos enseña a pedir así el pan: “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy”. Lutero explica esta petición así: “Dios, en verdad, da el pan de cada día, aun sin nuestra oración, también a todos los impíos”. Para Dios es cosa tan sencilla concedernos dones terrenales que hasta los da a los que no los piden, porque hace salir su sol sobre malos y buenos, llover sobre justos e injustos. Ya que Jesús nos manda pedir el pan, debemos reconocer el pan como don de Dios y recibirlo con acciones de gracias.

El hombre necesita más que pan. Cuidar solamente del bienestar corporal significa rebajar al hombre al nivel del animal. En el animal se cuida solamente el cuerpo. Pero acerca del hombre dice Jesús “¿Qué aprovechará el hombre si ganare todo el mundo, mas perdiere su alma?" (Mateo 16:26). Aunque el hombre tiene pan de sobra, no puede añadir un centímetro a la estatura de su cuerpo. Por lo tanto el hombre necesita tesoros que no puedan ser consumidos por las polillas ni robados por ladrones, ni que estén sujetos a la pérdida, sino que puedan llevar más allá del sufrimiento, más allá de la muerte, a la eternidad. Por eso Jesús trata de fijar en la mente de sus oyentes la idea del pan de la vida (v. 32). Jesús no niega el milagro de Moisés, sino que lo explica y lo aplica a sus oyentes. No fue Moisés el que dio el maná, sino Dios por medio de Moisés. El maná no fue el verdadero pan, sino un símbolo del pan verdadero que bajó del cielo, que es Jesús. Comparado con este pan de vida, el pan para el cuerpo, como lo era el maná y lo son todas las cosas de este mundo, son pérdida y basura. Sobre esto nos dice San Pablo: “Más aún, todas las cosas las tengo por pérdida, a causa de la sobresaliente excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío, por causa de quien lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para que yo gane a Cristo” (Filipenses 3:8).

Interés material en la religión. Si buscamos una prueba de lo que es el pecado, aquí la tenemos. Es la ceguedad del hombre natural que, sabiendo que es mortal, no se afana por el más allá, sino que busca un interés material hasta en la religión. Para poder creer en Jesús piden de Él un milagro mayor que el que Moisés obró en el desierto. Si Moisés dio el maná en el desierto, entonces Jesús, puesto que es el Mesías, por lo menos debería darles una despensa repleta, dándoles milagros todos los días, un pan mejor que el maná y que los panes de cebada con los cuales los había alimentado. Olvidan los milagros que Dios ha obrado y piden nuevas señales para creer.

He aquí también un cuadro del hombre enceguecido y corrompido de la actualidad. Muchos son los que acuden a Dios para pedirle ayuda material, buena escuela, consejo para progresar en el trabajo, pero pocos son los que, afligidos por sus pecados, acuden a él para consultarle sobre el camino de la salvación. Entonces suena como ironía cuando Dios en su Palabra afirma que en primer lugar la Iglesia no es un instituto de beneficencia, sino que el tesoro de la Iglesia es el Evangelio de Cristo para la salvación de los pecadores y el único camino que lleva a la vida eterna. Jesús es el Salvador del pecado, el cual no quieren dejar. Jesús quiere librarlos del poder del diablo, en cuya existencia no creen; Jesús quiere librarlos de la muerte eterna, a la cual no temen y por lo tanto, Jesús para ellos no cuenta y así como en nuestro texto los judíos citaron falsamente un hecho bíblico para esconder su incredulidad, asimismo hoy en día, con vanas excusas tratan los incrédulos de disimular su incredulidad. A pesar de que Dios al crearlos, ya se ha manifestado en ellos mismos, dándoles ojos, oídos, la razón, y todos los miembros, ellos olvidan este milagro y piden otros. Si hay un Dios, dicen ellos, no debería permitir guerras, miseria, sufrimiento, sino conceder salud y gozo continuo.

Pero Jesús no cede a las exigencias carnales de sus oyentes, tampoco quiere predicarles lo que les agrada, sino lo que les conviene. Aunque el hombre viviera ochenta años y todos los días se las pasara en banquetes y se vistiera de púrpura y lino fino, de nada le serviría todo eso, porque polvo es y al polvo volverá. No es por lo tanto la desgracia más grande que seamos pobres, que estemos enfermos o que suframos cualquiera otra desgracia; la desgracia más grande sería morir para ser condenados como aquel hombre rico de que nos habla Jesús en la historia del hombre rico y Lázaro. Para que esto no suceda, Jesús se presenta a sí mismo como el pan de la vida, que da vida al mundo.

Cristo en otra ocasión, al hablar de su obra redentora, se comparó a sí mismo con un grano de trigo. Sería inútil guardar el trigo sin sembrarlo. Un Mesías como el que ellos esperaban para nada nos serviría. El grano de trigo para dar fruto tiene que ser sembrado en la tierra. La aparente muerte del grano es fuente de nueva vida. Así Jesús, al morir por los hombres, los redimió de la muerte, del pecado y del poder del diablo. Para continuar con este cuadro, se puede presentar la obra de Jesús bajo el símbolo del pan. Para preparar pan el grano tiene que ser molido, triturado, cocido en el calor del horno y puesto a refrescar para ser ofrecido como alimento para saciar el hambre. También Jesús fue triturado por los azotes, golpes, espinos y clavos durante su inocente Pasión. Fue “cocido” en el horno de los sufrimientos, en cuerpo y alma, fue puesto en el sepulcro frío y después de su resurrección, mediante la predicación del Evangelio, ofrecido como pan de vida a los que tienen hambre y sed de justicia, la justicia que vale ante Dios. Como el que tiene hambre recibe el pan, así los pecadores que están afligidos por sus pecados y temen el juicio final, gustosamente aceptan a Cristo y por medio de Él quedan saciados.

Durante su vida aquí en la tierra están contentos con su suerte. Si Dios les da bienes, no son orgullosos, porque saben que los bienes son dones de Dios y los usan para la gloria de Dios y para el bienestar del prójimo. Si son pobres y tienen que soportar sufrimientos, no se desesperan, porque saben que este corto tiempo, que es la vida, comparado con la eternidad, pronto pasará, y por los méritos de Cristo llegarán al lugar donde hay hartura de alegría y delicias eternas y donde no tendrán más sed; ni los herirá el sol, ni calor alguno: porque el Cordero que está en medio, delante del trono, los pastoreará, y los guiará a fuentes de agua de vida; y limpiará Dios de los ojos de ellos toda lágrima. (Apocalipsis 7:16-17)

Dónde encontrar el pan de la vida. Los que oían a Jesús en aquella ocasión se burlaban de Él cuando le pidieron aquel pan, porque seguían en su pensamiento carnal, cayendo así en el juicio del endurecimiento de corazón. Nosotros empero con corazón sincero queremos clamar: “Señor, danos siempre este pan”. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí; no me arrojes de tu presencia, y no me quites tu santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación, y el Espíritu de gracia me sustente”. Y así, cuando llegue nuestra última hora y convencidos de que el pan de este mundo no nos pueda saciar, podamos decir: “Señor, ahora despides a tu siervo en paz”. Con este fin, aprovechemos los medios de gracia instituidos por Cristo. Escuchemos atentamente su Palabra, mediante la cual Jesús se manifiesta a nosotros como el pan de la vida. Leamos la Biblia también en nuestro hogar, porque en ella tenemos la vida eterna, según la propia declaración de Jesús y el Señor mismo sacie nuestra alma con su presencia real en la Santa Cena, en el Pan y en el Vino, para que con el mayor valor pasemos por el desierto de esta vida hasta llegar al reposo eterno del Canaán celestial, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Jacobo Felahuer. Pulpito Cristiano. Adaptado por el pastor Gustavo Lavia

domingo, 22 de julio de 2012

8º Domingo de Pentecostés.



       ¡Dad de comer al mundo!




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     



Primera Lección: Jeremías 23:1-6

Segunda Lección: Efesios 2:11-22

El Evangelio: Marcos 6:30-44



Sermón

  • Introducción

Tener hambre es algo natural, y es un aviso del cuerpo el cual nos indica que necesitamos ingerir alimentos para nutrirnos. Sin embargo si no atendemos este aviso, puede ocurrir que en un espacio de tiempo, el cuerpo deje de enviar esta señal. Seguiremos necesitando nutrirnos, e iremos debilitándonos progresivamente, pero llegado un extremo ya no sentiremos hambre. Es lo que ocurre en los países donde azota la plaga del hambre, las personas mueren al final sin siquiera el deseo de alimentarse y por desgracia, casi sin poder ingerir alimento alguno cuando éste aparece. El espíritu sigue un proceso similar al del cuerpo. Necesitamos nutrirlo por medio de la Palabra, de la leche espiritual no adulterada de la que nos habla el Apóstol Pedro (1 Ped 2:2), para que esté fuerte y no desfallezca. Sin embargo, aquellos que se privan de este alimento espiritual constantemente en sus vidas, se debilitan a tal extremo que la Palabra ya no significa para ellos la fuente de vida que es, y con ello ponen en peligro su salud eterna. En la lectura de hoy sin embargo, Cristo provee alimento abundante tanto para el cuerpo como para el espíritu, y aunque en este mundo no siempre dispondrán los hombres del primero por desgracia, podemos estar seguros que el segundo, el alimento precioso de la Palabra de Dios, no faltará. Es la promesa del Señor a la humanidad, aquella que nos asegura salud y vida eterna para nuestras almas.

  • Salir al mundo, ver el mundo, compadecerse del mundo

Una vez más las multitudes seguían a Jesús y a los discípulos, hasta tal punto que el cansancio hacía mella en los propios Apóstoles. Su ministerio llenaba las horas de cada día, librando la batalla espiritual de proclamar la Buena Noticia, de sanar enfermos, de combatir el mal, de enseñar y testificar con sus obras de la presencia del Reino entre los hombres. Y estos obreros necesitaban su merecido descanso, tal como les indicó Jesús. Así también los creyentes haremos bien en tener momentos de sosiego, de buscar nuestros “desiertos”. Aquellos lugares o momentos donde serenar el espíritu y recargar las fuerzas para continuar la Obra de Dios en la tierra. Los discípulos y Jesús mismo no tenían muchas oportunidades como esta, pues la multitud los seguía allá donde iban. Pero Jesús salió “y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor” (v34). La compasión es la base del Amor de Dios para con los hombres, el fundamento de su Gracia, y aquello que nos hace ver la realidad con los mismos ojos de Jesús. Pues no podemos proclamar el Evangelio si no estamos convencidos de que los hombres lo necesitan en verdad, no como una opción de vida más, sino como una necesidad vital para salvar sus almas. Tenemos que salir y ver las multitudes, pero verlas como Dios las ve, como ovejas lejos de su pastor. Seres que viven en muchos casos según su limitado entendimiento de la vida, sin más referencia que el tiempo que les ha tocado vivir, y sin más objetivo que hacer de la vida misma el objeto de sus esfuerzos y ambiciones. Y por ello es necesario y es la responsabilidad de cada cristiano, contribuir en la medida de sus posibilidades a la proclamación del puro Evangelio de perdón de pecados. De testificar que sólo en Cristo puede el ser humano encontrar un fundamento válido no sólo para esta vida, sino sobre todo para la vida eterna, la verdadera vida. Y esta compasión y este empeño deben acompañarnos cada día, y especialmente debe ser el fundamento de la misión de la Iglesia, y su mayor responsabilidad. Pues si no llevamos a los hombres a Cristo y sólo a Él, estaremos dispersándolos, espantándolos, llevándolos a senderos extraños. Dios pide fidelidad a su Palabra, a su mensaje de salvación, y por ello advierte contra los pastores negligentes: “yo castigo la maldad de vuestras obras, dice Jehová” (Jer. 23:2), pues para el Señor no cuidar adecuadamente de su rebaño es sinónimo de maldad. Al igual que Jesús y los discípulos, hay pues que salir al encuentro, observar, convencidos de la necesidad del Evangelio y finalmente, compadecernos de este mundo, que es lo que nos motiva y moviliza para proclamar y testificar. Para ver en el prójimo no a un extraño con el que no tenemos nada en común, sino a un posible hermano en la fe y coheredero del Reino.

  • ¡Dadles vosotros de comer!

Las horas pasaron rápido, llenas y plenas de la maravillosa enseñanza de Jesús. Una enseñanza nueva, que hablaba de un Dios que en su infinita misericordia, no quiere la muerte del impío, sino que viva (Ez.18:23), y que “habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lc 15:7). Arrepentimiento, conversión del corazón, fe en Cristo y salvación; y todo ello por el Amor de Dios hacia nosotros los hombres. La tarde se echó encima y una vez satisfecha el hambre espiritual de aquellas almas, sobrevino el hambre física, como un resíduo de carnalidad después de haber experimentado un poco del cielo en la tierra por medio de la presencia de Cristo. Los discípulos estaban nerviosos, apartados como estaban de alguna aldea, ¿cómo iba la gente a satisfacer su hambre?, ¿con qué darles de comer?. Y la respuesta de Jesús una vez más es para ellos desconcertante: “Dadles vosotros de comer” (v36). Sin duda en esta ocasión su fe fue puesta a prueba de nuevo, pues ellos, que venían de expulsar demonios, de sanar enfermos y de presenciar milagros maravillosos, aún carecían de la iniciativa para poner en práctica el poder de su fe por ellos mismos: “¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer” (v37). La respuesta de los discípulos presume incredulidad, pues la multitud de personas requería una gran suma de dinero sólo para comprar pan. También a nosotros nos parece que la misión de proclamar el Evangelio es una tarea enorme, desproporcionada en comparación con nuestros recursos. Tenemos falta de obreros para tanta mies, estaría bien tener más y mejores medios. Pero Jesús dice: “Cuántos panes tenéis?” (v38). Los discípulos tenían sólo cinco panes y dos peces. Y con este escaso material Jesús va a producir uno de los más famosos milagros, el de los panes y los peces, donde después de bendecirlos dió de comer a cinco mil personas. ¿Cuántos son nuestros panes y nuestros peces?, ¿cuántos nuestros recursos para alimentar con la Palabra de Dios a los hombres?. Puede que pocos, pero aquí Jesús nos dice: con lo poco la fe puede hacer mucho. ¿y cuánta es nuestra fe?. Recordemos que nada es poco para el Señor, ya que por medio de un hombre Dios liberó a Israel en Egipto frente a un Faraón (Ex 3:12), con un simple pastor derrotó a un poderoso ejército filisteo y levantó a un Rey (1º Sam.17:45), y por medio de un niño nacido en un establo y muerto en una Cruz, redimió al mundo entero. No, nada es poco cuando abunda la fe, pues el poder no está de hecho en los medios, sino en la Palabra de Dios, y la voluntad de usarla para llevar a cabo Su Obra aquí en la tierra. ¿Tenemos pues sólida fe en el Evangelio de Cristo?, ¿tenemos boca, manos y pies?, ¡Adelante entonces!, ¡Demos nosotros pues de comer al mundo!.

·         Comida abundante y sin fin para toda la humanidad

Doce cestas llenas sobraron de aquel banquete milagroso, donde todos comieron y se saciaron abundantemente. Cinco mil personas fueron alimentadas partiendo de cinco panes y dos peces. ¿no es esta comida, este milagro, un anuncio de que Cristo puede satisfacer y llenar igualmente el hambre espiritual del mundo?, ¿no es un testimonio de que Él es verdaderamente el Hijo de Dios que quita el pecado del mundo?. No debemos olvidar sin embargo en este momento, las palabras de Jesús: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda Palabra de Dios” (Lc 4:4). Porque el hambre del mundo carnal es insaciable; hoy comemos, pero mañana tendremos hambre de nuevo. Por contra, la Palabra de Dios satisface por siempre, pues es alimento divino e inagotable para el alma. Y así, el Señor nos nutre y fortalece por medio de ella diaria y abundantemente, y de este alimento, al igual que ocurrió con los panes y los peces, hay de sobra para el mundo entero, para cada uno de los seres humanos que pueblan la tierra. Pues para todos fue proclamada esta Palabra de Vida y salvación. Pero en esta lectura se nos muestra además otro hecho destacable, que nos lleva ineludiblemente a otro milagro, a otro banquete: “Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y repartió los dos peces entre todos” (v41). Pues Cristo, la noche en que iba a ser entregado instituyó otro banquete divino, por medio del pan y el vino (Mc 14:22-25). Un banquete donde se ofrece perdón y salvación, por medio de su cuerpo y sangre, y que también provee comida abundante y sin fin para los creyentes. Por medio de pan y peces Jesús combatió el hambre carnal, y ahora por medio de pan y vino, cuerpo y sangre, combate el pecado y la muerte. Y todo ello por el poder de esta misma Palabra de Dios, y el poder del Espíritu Santo, el cual ablanda los corazones endurecidos, y consuela a las almas que andan en este mundo sin pastor. Tenemos pues un mandato claro de Jesús: dar de comer al mundo. Y este mandato nos obliga como cristianos y como Iglesia, a compadecernos del mundo sufriente, del prójimo necesitado y abatido; pero por encima de todo a alimentar a la humanidad con la comida y bebida celestial que Dios provee en abundancia: “y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:3-4).

  • Conclusión

El mundo padece hambre, hambre física en muchas partes del planeta, una tragedia en estos tiempos de abundancia tecnológica, productiva y consumista. Cristo no fue indiferente a este hecho, y nos llama a ayudar al prójimo necesitado, pues: “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt 25: 40). Su mirada compasiva no era ajena a las necesidades humanas. Pero su mirada abarcaba mucho más que esta vida carnal, y se extendía a la plenitud de la vida eterna, nuestra verdadera Vida. Y es aquí donde el llamado a llevar alimento al alma humana, para que pueda cruzar los umbrales del Reino celestial, cobra toda su relevancia. La Palabra de Dios es el maná caído del cielo, para que los hombres se nutran y vivan, en el sentido pleno de la palabra. Y nosotros los cristianos, somos los sirvientes de Dios para llevar a los hombres este alimento divino. Cristo, el pastor de nuestra almas nos llama a esta tarea de servicio, y no, no necesitas mucho para ello, te basta tu fe. ¡Que así sea, Amén!                                         
J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo                                                           

viernes, 13 de julio de 2012

6º Domingo de Pentecostés.


       FIELES A LA MISIÓN DE CRISTO




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     



Primera Lección: Ezequiel 2:1-5

Segunda Lección: 2ª Coríntios 12:1-10

El Evangelio: Marcos 6:1-13



Sermón

  • Introducción

Vivimos en un mundo donde es evidente y palpable el incremento de personas en las que la fe cristiana ya no tiene un papel fundamental en sus vidas. El secularismo avanza arrinconando a los creyentes y relegándolos a un mero papel anecdótico en la sociedad e incluso atribuyéndoles un papel negativo y obstaculizador para el avance de la misma. En países de Europa donde el cristianismo era hasta hace unos años un elemento fundamental de su esencia espiritual y cultural, se pueden ver iglesias casi vacías, e incluso algunas son vendidas y  reconvertidas en museos o centros sociales o de ocio. La incredulidad florece y crece al parecer de manera significativa, al menos en nuestra sociedad occidental, donde el numero de bautizos desciende de manera alarmante. Pero, ¿vivimos realmente en una sociedad incrédula o es que la gente está poniendo su credulidad al servicio de otros mensajes y opciones de vida?. ¿Por qué la Palabra de Dios no tiene eco en los corazones de muchos hombres y mujeres hoy?, ¿Es esto algo nuevo en realidad o por el contrario ha sido una constante en la historia de nuestra fe cristiana a lo largo de los siglos?, y ¿Qué debemos hacer los cristianos ante este panorama poco alentador en principio?.

  • ¿Incredulidad o rechazo a la Palabra de Dios?

Cuando leemos en el Nuevo Testamento acerca de la reacción de la gente ante Jesús y su mensaje, vemos que existen momentos puntuales donde la muchedumbre acudía en masa a escucharlo. Eran cientos los que se le acercaban buscando aquella luz, aquel milagro, aquella palabra que pudiese cambiar sus vidas. Los pobres, los enfermos, los marginados lo seguían a Él y a sus discípulos buscando algo tan simple incluso como el tocar su manto: “y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos” (Mc 6:56). Sin embargo, aunque las Escrituras constatan la huella profunda que Jesús dejó entre su pueblo, podemos afirmar que el cristianismo y concretamente el Evangelio del perdón de pecados, aún generando reacciones populares impactantes, no fue desde sus inicios un mensaje asumido masivamente. En el Evangelio de hoy, podemos comprobar incluso la desconfianza que mostraron los más cercanos a Jesús respecto de su misión redentora. Teniendo como tenían el conocimiento de las Escrituras para poder ver que en Jesús se cumplían todas las promesas anunciadas a Israel desde la antigüedad, aún así le mostraban un rechazo casi visceral. “Ni aún sus hermanos creían en Él” (Jn 7:5), y para el resto de vecinos o allegados, incluso su cercanía a ellos la convertían en un argumento más para la desconfianza: “¿De dónde tiene este estas cosas?, ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos?” (Mc 6:2) . La acción redentora de Jesús entre sus conocidos no provocó en sus corazones mayor simpatía o alegría, sino todo lo contrario: “se escandalizaban de él” (v3). Jesús proclama entonces un axioma que ya se cumplió entre los profetas de Israel, aquellos que clamaban al pueblo por sus pecados y traiciones a su Dios: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa” (v4). Pues la dureza del corazón humano ante la Palabra de Dios puede ser tal, que incluso la cercanía, la amistad o la familiaridad que en principio pudieran parecer una ventaja para la proclamación, se pueden llegar a usar igualmente para el rechazo, el desprecio o la mofa. El creyente al igual que Jesús, está expuesto a ser ignorado, despreciado o incluso combatido al proclamar la verdad liberadora del Evangelio de Cristo. ¿Has experimentado estas situaciones al tratar de dar un testimonio de tu fe ante otros?. Si ha sido así, entonces que no desfallezca tu ánimo ni tu entrega, pues has experimentado el rechazo no a tí, sino a la Palabra de Dios a causa del pecado. Y ello es prueba evidente de la necesidad de redención del hombre y de la importancia de continuar la Gran Comisión que Cristo encomendó a sus discípulos (Mt 28: 16-20).

  • El rechazo como comienzo de la misión

Jesús inició su misión en la tierra viviendo en su persona el rechazo a su obra y su mensaje. Pero lo que parecía una situación de partida desfavorable, no fue obstáculo para continuar con más ahínco su labor entre su pueblo. Del asombro por la incredulidad que mostraban, pasó rápidamente al trabajo en la vid de su Padre : “Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando” (v6). Y así debe ser igualmente entre nosotros, pues no hemos sido llamados a una labor fácil ni cómoda, sino a arar con decisión campos de dura tierra (Lc 9:62), a pescar en aguas profundas y peligrosas (Lc 5:4), a cargar pesadas cruces (Mt 10:38), a andar sobre aguas amenazadoras (Mt 14:29), a no temer a las tormentas (Lc 8:25), a no callar ante las multitudes (Lc 19:37), y en definitiva a beber llegado el caso de un cáliz amargo como la hiel (Mc 10:39). Estas son las condiciones de nuestra misión, que en resumidas cuentas significan que el mundo no nos recibirá con los brazos abiertos, y que muchas veces hablaremos en el desierto, donde acaso algún alma tocada por el Espíritu nos escuchará. Que los medios de gracia no serán recibidos siempre como la bendición divina que son para el hombre, sino llegado el caso despreciados. Que seremos acusados de ilusos, anticuados, y hasta un peligro para la modernidad. Y para todo ello debemos estar preparados, para que cuando experimentemos estas situaciones nuestra fe y con ella, nuestra tarea apostólica en  la sociedad no se tambalee. Nuestra fe y el trabajo de testimonio que ella implica, requieren tener la claridad de que, en palabras del propio Jesús: “si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros” (Jn 15:18). No, no llevamos un mensaje exitoso para los oídos de esta sociedad, pero aún así este mundo está necesitado de oírlo y de recibirlo, pues hoy como en los tiempos de Jesús, el pecado sigue clavando su aguijón en las vidas de las personas. Siguen siendo todavía muchos los que viven entre los muertos de espíritu (Ef 5:14), ajenos a la gran distancia que los separa de su Creador, y sin que nadie les proclame que en Cristo y sólo en Cristo hay perdón y reconciliación eternas por medio del arrepentimiento y la fe en la Cruz salvadora. Pero todo esto y el rechazo de gran parte del mundo a Cristo, no hace sino confirmarnos lo necesario de seguir sujetando firmemente el arado abriéndonos paso. Sólo así seremos siervos útiles para que el Espíritu Santo siga dando testimonio, sabiendo que la semilla del sembrador divino, unas veces será devorada antes de tiempo, otras se secará por falta de arraigo, otras morirá sin dar fruto, pero finalmente y con total seguridad en muchos casos caerá en buena tierra, dará fruto y producirá cosecha abundante: “Y éstos son los que fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno” (Mc 4: 20).

·         Sin alforja y sin sustento para el camino

El compromiso cristiano no es fácil como hemos visto, por la propia naturaleza de su misión: convencer al mundo de su pecado, de la justicia ganada por Cristo y del juicio por la victoria del Hijo de Dios sobre el mal (Jn 16:8), y todo ello por medio de la proclamación de la Palabra. Y Jesús, para esta complicada empresa conminó a sus discípulos a no llevar :”nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas” (v8). Es decir, fe absoluta en que ellos, sus vidas y su testimonio están totalmente en las manos del Padre, que cuidará de que nada les falte y los sostendrá llegado el caso hasta en el martirio por la fe como el caso de Esteban, el cual mientras era apedreado: “invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hech. 7:59) y aún perdonaba a sus castigadores. Pues los discípulos de Cristo necesitamos como única seguridad para esta misión, el don divino de nuestra fe. Y es precisamente esta fe la que ante el rechazo, la incredulidad y la falta de respuesta al Evangelio de perdón de pecados, hace que perseveremos en esta comisión que ha sido encomendada a la Iglesia de proclamar esta Palabra que nos sustenta, y de administrar los Sacramentos para perdón de pecados y salvación. Poco más necesitamos, aparte de la confianza en  que la Palabra de Dios: “no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Is. 55:11). Con esta promesa de parte de Dios mismo, podemos vivir con la seguridad de que en la aparente incredulidad de esta sociedad, aún hay muchos que responderán a esta Palabra, y que nuestra misión es alcanzarlos allí donde estén. Puede ser entre nuestra propia familia, vecinos, amigos, compañeros de trabajo e incluso personas desconocidas para nosotros. Están ahí, aguardando como el eunuco a que un discípulo del Señor vaya en su busca y que de ese encuentro surja el diálogo que esperan los ángeles para gozarse: “Aquí hay agua, ¿Qué impide que yo sea bautizado?. Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios” (Hech.8:36).

  • Conclusión

Felipe buscó al eunuco en el desierto y lo encontró, y al igual que a él, el Espíritu nos guía también a nosotros en esta vida al encuentro de aquellos que aún no han confesado el nombre de Cristo. No será una misión fácil ni quizás exitosa, pues sobre la Palabra de Dios pretenden alzarse hoy como siempre, otras palabras que atrapan a los hombres y los apartan del Evangelio. Aún así debemos perseverar, como aquellos primeros discípulos que caminaban por caminos de sequedad e incredulidad, pero que aún así: “predicaban que los hombres se arrepintiesen, Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite  a muchos enfermos, y los sanaban” (v12-13). Ellos son el ejemplo a seguir y la demostración de que el Reino en verdad, está cerca. Que así sea, ¡Amén!.
                                          J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla