domingo, 27 de septiembre de 2009

17º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“La locura de la fe nos mueve a confesar”

Textos del Día:

Primera lección: Isaías 50:4-10

Segunda Lección: Santiago 2:1-5, 8-10, 14-18

El Evangelio: Marcos 8:27-29

27 Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? 28 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas. 29 Entonces él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo.

Sermón

Las cosas claras y el chocolate espeso.

Se dice que el cacao llegado desde America a España no gustó hasta que se le agregó azúcar. A partir de ahí el nuevo producto se extendió por Europa. Esta difusión hizo que el chocolate sufriera cambios en su forma de servirse. De ello resulto el debate de: ¿cómo debía ser en verdad el chocolate? Para algunos, el chocolate se debía beber muy cargado de cacao, por lo que preferían el chocolate espeso, o sea, "a la española"; para otros, lo mejor era "a la francesa", esto es, más claro y diluido en leche. Finalmente prevaleció en estas tierras la idea de que el chocolate es chocolate, bien cargado, y sin diluirlo con otras cosas. ¡Vamos! ¡A la española!, sin más. Por lo que la expresión “las cosas claras y el chocolate espeso” se popularizó en el sentido de llamar a las cosas por su nombre.

Creo que este principio de tener las ideas claras y “llamar a las cosas por su nombre” estuvo siempre arraigado en la idiosincrasia española. Muchas frases y refranes aluden a eso: “No me líes”, “Irse por los cerros de Úbeda”, ¡Aclárate!, “Andarse sin rodeos”, “Ve al grano”, “Al pan, pan, y al vino, vino”. “Mas claro, agua”, “Claridad meridiana”, o “la Biblia en verso”. Desear ser concreto y claro es una gran virtud. La confusión no es un buen ambiente para desarrollarnos. Dios es un Dios de orden y claridad, y en el fondo, todos vemos este principio como bueno aunque no siempre lo practiquemos. Quizás cada vez nos cueste más asumir la claridad. Ya “las cosas no son lo que aparentan”. La ambigüedad se pone de moda y la verdad es relativa. Sin embargo necesitamos y deseamos cosas clara y firmes para movernos seguros. Dios también lo desea para nosotros y nos lo da.

“Las cosas como son”... pero… ¿Cómo son las cosas?

Jesús confronta a sus discípulos ante la pregunta ¿Quién es Jesús para la gente? Muchos son los que tienen referencia de Él, incluso podríamos preguntarnos ¿Qué creen de Jesús los musulmanes, los Judíos, los Budistas, los Testigos de Jehová, la cienciología, los teólogos de la prosperidad o los de la liberación, los agnósticos, lo ateos, o las diferentes iglesia cristianas? ¿Qué cree tu vecino o tu familia sobre Jesús? Difícilmente alguien niegue la existencia del Jesús histórico, pero pronto nos daremos cuenta que Jesús es objeto de diversas definiciones.

Pero ¿quién es realmente Jesús? Si dejamos librado a nuestra propia percepción humana tendremos ideas humanas para todos los gustos y colores, sin embargo no tendremos la verdad absoluta. La gente pensaba que Jesús era un gran hombre, un profeta, un referente, un modelo, alguien elegido por Dios para una misión especial. Y aunque eso no es incorrecto no es la verdad esencial, y por lo tanto no sirven más que para reverenciar a un hombre más.
Jesús, la luz, del mundo, quiere que nos “aclaremos”

Jesús ahora pregunta: Y vosotros ¿Quién decís que soy? Esta es una pregunta que todo Cristiano debe responder ¿Quién es Jesús para ti? Tu respuesta define la relación. Hoy más que nunca debemos recordar que tener cosas claras y fundamentos sólidos en asuntos de fe no es un pecado. "Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina" Ef. 4:14. Es verdad que existen muchas doctrinas diferentes pero Dios quiere mantenernos en la verdad: “Estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido”. 2 Ts 2:15 Cristo es la luz que ilumina aquello que nosotros no podemos ver. Él se presenta como “el camino la verdad y la vida” y dice que su Palabra es la verdad (Jn. 8:31 y 17:17). Por lo tanto Dios, que es claro, nos pide claridad en asuntos de fe. Necesitamos “aclararnos” ¿Qué es lo que creemos en verdad? Debemos definir claramente nuestra fe. Somos luz. Es decir: debemos ofrecer claridad y no confusión a los demás. Debemos llamar las cosas por su nombre.

La confesión de fe de Pedro

Tú eres el Cristo. Eso fue lo que dijo Pedro. Cristo en Griego equivale a Mesías en Hebreo que significa "el ungido". Los reyes de Israel eran ungidos con aceite en el nombre de Dios significando así su investidura con el Espíritu de Dios. Los judíos esperaban al Mesías definitivo, al "rey venidero" prometido por Dios. Pero la espera generó expectativas erróneas. Moldearon en sus mentes un libertador terrenal, un rey esplendoroso a caballo que derrote a los opresores de su pueblo con fuerza y poder. Sin embargo aparece un hombre sin mucha gloria, montado en un burro. Jesús bien podía ser un profeta de Dios ¿Pero el Mesías? ¿El Rey de los judíos? Los líderes religiosos fueron incapaces de identificar a Jesús con el Mesías porque no cumplía sus expectativas. Esta incompatibilidad queda manifiesta en el “irónico” letrero de la cruz “el rey de lo Judíos” Mr. 15:26. Pedro era Judío y también esperaba al Cristo y esa es la noticia que recibe cuando su hermano le dice: "Hemos hallado al Mesías……Rabí, tú eres el hijo de Dios; Tú eres el rey de Israel." Jn 1:41,49 Eso era justamente lo que había que creer y confesar y Pedro lo hizo.

"Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" Jn 20:31.No valía otra confesión o definición de Jesús, pues no llevan a ningún lado. No salva otra fe diferente por más respetable que sea humanamente hablando. NO SALVA. Porque "en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hch 4:12).

Jesús, el Señor, es Dios.

El Mesías ha venido a salvarnos. Él vino a ocupar nuestro lugar en la cruz. Él es el Emanuel, el Dios con nosotros. El es la “locura” del Dios encarnado. La segunda persona de la Trinidad. El verbo que era Dios desde el principio y por medio de quién todas las cosas fueron hechas (Jn. 1:1-3) incluido el ser humano “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” Gn 1:26. Es el mismo Dios que se humilló hasta la muerte (Fil 2) como se profetizó en Isaías 55. Es el mismo Dios que reconoce Tomás y confiesa: Señor mío y Dios mío. Jn 20:28

La iglesia del Nuevo Testamento identifico rápidamente y confesó, por obra del Espíritu, a Jesús, el Cristo, como Señor y Dios (kyrie en Griego), el mismo Señor y Dios confesado en el Antiguo Testamento (Adonai en Hebreo). El “Rey de Reyes y Señor de señores” (Ap. 17:14). Y así fue como se formuló la primera confesión: “Jesús es el Señor” 1º Co 12:3. Confesión que produce la fe salvadora "si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado." Ro. 10:9. Porque al fin y al cabo el día del juicio todos deberán reconocer y confesar esta verdad que hoy proclaman los cristiano "toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor" Fil 2:11. Una vez que Dios se nos muestra en Jesucristo y vemos en él a Dios solo podemos decir: “Señor ¿A quien iremos? tu tienes palabras de vida eterna” Jn. 6:68 y “Señor auméntanos la fe” Lc. 17:6.

Solo Dios nos revela quién es Dios

Pero Pedro no llegó a esa conclusión por ser muy listo (Hch 4:13), ni por las evidencias que había, y que no eran pocas (“los ciegos ven, lo sordos oyen”), pues esas mismas evidencias otros las negaban o se la tribuían al diablo (Lc.11:15). ¡Que fácil resulta manipular y confundir! ¡Qué rápido el caos se hace presente para hacer de lo claro algo oscuro y cambiar el nombre de las cosas! Por eso el reconocer en Jesús a nuestro Dios y salvador no es merito de de nuestra razón, sino que es algo que nos es dado por Dios y por eso firme y seguro. Es Él quien nos hace ver, oír y confesar por fe a Cristo. “Bienaventurado eres, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” Mt. 16:17

En Pedro hubo algo más que simple deducción lógica. Sentía en su interior una certeza, que aun sin poder explicarla racionalmente, la creía firme y segura. La convicción de lo que no se ve (He 11:1). Esa certeza es la que nos hace caminar por fe (2 Co 5:7). Y es una certeza que nos es revelada desde fuera y penetra en lo más profundo de nosotros. ¡Bienaventurado Pedro, esto no te lo reveló carne ni sangre! Solo Dios puede quitar el velo de los ojos. Y ese es un gran milagro que aconteció también en tu vida. Los cristianos podemos y debemos trasmitir el claro contenido del Evangelio porque ese es el medio que Dios usa para revelase de forma personal. Y por ello la obra es segura, porque no depende de otro ser humano sino del Espíritu Santo y por ello podemos fiarnos. Tú eres un bienaventurado. Tú ves a Cristo, a tu Dios y salvador. Muchos leen la biblia pero no ven al verdadero Dios hecho hombre. Tú ves y oyes. Se fiel a Cristo y su Evangelio. No diluyas su Palabra. Recuerda que el mensaje es de Dios y no nuestro.

Confesar es asumir riesgos

La formulación de la confesión implica mucho más de lo que parece. Por eso, lamentablemente, cada vez más las confesiones son genéricas y difusas ¡para que nadie se ofenda por lo que creo y confieso!

Reconocer a Jesús como rey del reino de Dios implica decir que es más que un hombre. Eso traía sus riesgos en la época de Pedro. Era ir contra corriente, contra lo que se espera oír, ya que la postura oficial representada por los líderes religiosos era contraria. Pero no solo era un problema religioso que abarcaba a todo su pueblo y comunidad de fe, sino que también era un problema político. Reconocer que Jesús es Rey y Señor no le causaba ninguna gracia al Cesar que veía amenazado su poder y dominio del pueblo.

En las sociedades democráticas actuales existen muchos “señores” que pretenden nuestro servicio y obediencia camuflados bajo apariencias de libertad. Jesús dice claramente que no podemos “servir a dos señores, porque amaremos a uno y aborreceremos al otro”. ¡La fe nos hace definirnos!

La fe no es privada.

Otro intento de reducir el cristianismo es decir que la fe es un asunto del ámbito privado. Por lo tanto si queremos evitar problemas, mejor no hablar de esos temas. Mejor callar. Esa estrategia la usaron ya en Hechos 4:17-20, 5:28-29 amenazando a Pedro y Juan para que “no hablen”. Sin embargo Cristo nos envía a “anunciar”. Y nosotros “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”, porque “nosotros también creemos, por lo cual también hablamos” 2ª Co 4:13. La fe es personal, eso está claro, pero no está confiscada al ámbito privado. Eso es un engaño. La fe se confiesa. Y todos confiesan lo que creen en todos los ámbitos de la vida, ya que relacionarse es compartir lo que uno tiene dentro. Jesús dijo: “si éstos callaran, las piedras clamarían” Lc. 19:40. Los cristianos necesitamos confesar claramente lo que creemos, sin complejos y sin miedos. Y lo debemos hacer con el más puro y profundo amor. Con respeto y claridad.

La locura de la fe

Al ver y confesar de forma clara lo que otros no ven ni creen puedes ser considerado un loco, y llevan razón, lo eres. Eso es la fe. Es “la convicción de lo que no se ve” (He 11:1) que nos lleva a ser “locos” para quienes solo tienen el método racional humano para observar e intentar entender lo divino, es decir para quienes como muchos judío en su época, ven a Jesús con ojos terrenales. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son LOCURA, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” 1 Co 2:14.

Pero no te aflijas, pues esta fe “irracional” a los ojos de la razón es más sensata que cualquier otra cosa: Lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres, (1 Co 1:25).

Esta fe nos mueve a hacer “sensatas locuras” tales como declararnos pública y abiertamente pecadores, débiles y necesitados. Nos lleva a confesamos culpables y no auto justificarnos. Nos convence de que no podemos hacer nada por nosotros mismos para salvarnos. Nos mueve a hacer locuras tales como encontrar sentido a nuestras vidas en un libro llamado Biblia que nos habla del perdón en Cristo. Nos lleva a creer en el poder de la Palabra de Dios para transformar vidas. Creemos la locura de que a través del agua que derramamos en el Bautismo sobre la cabeza de un niño declarando en firme confianza las palabras que Jesús nos envió a creer y proclamar, Dios interviene en esa vida haciéndolo nacer de nuevo, engendrando fe, dándole perdón de pecados, vida y salvación. Nos hace creer en la locura de la presencia real de Cristo con su verdadero cuerpo y sangre que se nos da en, con y bajo el pan y el vino en la Santa Cena.

Creemos en la locura de la cruz. Creemos en la locura de la resurrección y la vida eterna.

Lo sé, son locuras, pero benditas locuras que nos mueve a confesar nuestro Dios, así como lo
movió a Pedro y al resto de apóstoles, y lo seguirá haciendo con más personas. Pablo también tuvo que aguantar que lo tratasen de loco al anunciar el Evangelio: “Festo a gran voz dijo: Estás LOCO, Pablo; las muchas letras te vuelven LOCO. Mas él dijo: No estoy LOCO, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura”. Hch 26:24-25. Sabemos que el gran conflicto que produce rechazo es el contenido puro del evangelio. Se hace pesado de digerir si antes no se nos quebranta con ley. Pero la impaciencia o el deseo de agradar a las masas nos hacen desconfiar de la eficacia de la Palabra de verdad. Y es ahí cuando somos tentados a diluirla para poner cosas de nuestra cosecha que creemos más elocuentes que la propia palabra de Dios.

Pero debemos saber que “la palabra de la cruz es LOCURA a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”. 1 Co 1:18. Debemos imitar a los apóstoles que aún sabiendo eso decían: “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles LOCURA” 1 Co 1:23. Lo hacían porque tenían claro y confiaban en el método y poder de Dios: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la LOCURA de la predicación”. 1 Co 1:21

Bienaventurado los “locos” que creen que Jesús es el Mesías y que con convicción confiesan de forma clara el contenido del Evangelio. Bienaventurados los que llaman a las cosas por su nombre y no diluyen las doctrinas de Cristo por miedo. Bienaventurado tú si en Jesucristo ves al Dios hecho hombre y te rindes en confianza absoluta a su obra redentora. Bienaventurado si crees y confiesas fielmente el contenido del mensaje de Dios. Bienaventurado si confías en el poder regenerador del Bautismo. Bienaventurado si ves a Cristo en cuerpo y sangra bajo el pan y el vino de la Santa Cena. Eres bienaventurado porque eso no te lo pudo revela hombre alguno sino tu Padre celestial. Amén.

Walter Daniel Ralli
“Porque si estamos LOCOS, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros”. 2 Co 5:13:

lunes, 21 de septiembre de 2009

16º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Jesús nos enseña a ser importantes”

Textos del Día:

Primera lección:
Jeremías 11:18-20
La Epístola: Santiago 3:13-4:3

El Evangelio: Marcos 9:30-37

30 Habiendo salido de allí, caminaban por Galilea. Él no quería que nadie lo supiese, 31 porque iba enseñando a sus discípulos, y les decía: "El Hijo del Hombre ha de ser entregado en manos de hombres, y le matarán. Y una vez muerto, resucitará después de tres días." 32 Pero ellos no entendían esta palabra y tenían miedo de preguntarle. 33 Llegó a Capernaúm. Y cuando estuvo en casa, Jesús les preguntó: --¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? 34 Pero ellos callaron, porque lo que habían disputado los unos con los otros en el camino era sobre quién era el más importante. 35 Entonces se sentó, llamó a los doce y les dijo: --Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y el siervo de todos. 36 Y tomó a un niño y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: 37 --El que en mi nombre recibe a alguien como este niño, a mí me recibe; y el que a mí me recibe no me recibe a mí, sino al que me envió.


Sermón

Santiago 4.4 dice una de las lecturas para hoy que “cualquiera que quiere ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios”. Sin duda, se ha transformado en una costumbre que está muy de moda ser los primeros, ser el número uno, ser el más grande,, estar en la cima o en la cumbre. Ya desde niño se nos marca esta tendencia con “todo es mío”, la actitud de servirme primero a mi porque si no vean la que monto. Así como los niños los adultos nos empujamos muchas veces en a la salida del tren o metro para adelantar al otro en la subida de la escalera mecánica, así sea que lo tenga que apartar de un empujón para estar delante de él. Ni hablar al conducir. Pero creo que dónde se manifiesta de manera más palpable es con el amor que tenernos hacia los deportes.

Queremos que nuestro equipo sea el número uno en todo. Pero muchas no decimos “son los primero o los número uno”. Decimos “somos los número uno o vamos primeros”. Como si en realidad nosotros tuviésemos algo que ver con que nuestro equipo esté primero o sea el campeón. Nos gusta ser el blanco de las miradas, requerimos atención, queremos reconocimiento, como dijo una vez dijo un director de cine: “En el futuro todo el mundo será famoso por 15 minutos”. Programas como los reality shows hacen de su comentario una realidad. Por supuesto, casi a todo el mundo le gusta ser popular, una parte ser una parte sobresaliente de la multitud.

Esto es justamente una parte de nuestra naturaleza humana. Por esto es que no deberíamos sorprendernos cuando en la lección del evangelio de hoy se nos dice que los discípulos discutían acerca de ¿Quién era el número uno? ¿Quién era el más importante? Así es que, como un padre con su hijo pequeño, Jesús tiene que educarlos, sentarse ellos y mostrarle que esa no es la forma en que se manejan las cosas en el reino de Dios. Nuestro Señor Jesús también nos habla esta mañana cuando él dice: Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y el siervo de todos.

Así es que si quisiéramos ser los primeros en el reino de Dios debemos ser un criado humilde. ¿Un humilde siervo? ¿No suena muy encantador este tipo de vida y aspiración? Sin duda que no tendremos muchos adeptos a esta manera de vivir, pero sin duda que si el Señor lo dice es por algo.

Y así es que primero debemos comenzar con nuestra actitud. Pero si nuestro pensar no es correcto luego nuestras obras tampoco pueden ser correctas. Como en los días de Jesús, y en todas las sociedades, había una jerarquía de mandos, unas personas de mayor categoría que miraban desde lo alto al resto de la humanidad. Esta jerarquía de mandos era determinada por el dinero, el oficio y el estatus social. Arriba estaban los ricos y poderosos. En el fondo estaban los débiles y los pobres. Pero Jesús estaba más preocupado sobre qué hay en el corazón de las personas y la relación que tienen con Dios. A Él le interesaba más la actitud del orgullo que dice: “soy mejor que tu”. Esta actitud se da en todos los ámbitos sociales. En nuestros días a menudo oímos de políticos abusando de su jerarquía para promocionarse o beneficiarse económicamente y socialmente, en lugar de servir a las personas que los eligieron. No citaré casos específicos pero es cuestión de leer los periódicos para recabar algunos ejemplos. Los directivos de grandes empresas o bancos de envergadura que están muy preocupados sobre la caída de sus millonarias ganancias y beneficios pero no les interesa en lo más mínimo el trabajador común o los clientes a quienes les cobran comisiones usureras. Los niños y los adolescentes no quedan ajenos a esta tendencia, ya que en sus niveles sociales también se hayan muy preocupados sobre su estatus, ver quien es estupendo y quién no lo es, quien se viste de determinada manera o tiene lo último en móviles y demás.

Jesús no quiere esas clases de actitudes en su iglesia. Pero sin duda que muchas veces las podemos encontrar en las personas de la iglesia. Cuantos hombres desean convertirse en pastores por razones equivocadas: El poder, el control, el prestigio o por algunas otras razones que servirían para satisfacer sus propias necesidades y elevarían su propia autoestima. Asimismo los miembros cristianos de las congregaciones, pueden realizar muchas actividades solo para mostrar que su fe es más grande que la de los demás. Nada de esto es nuevo, ha estado en la iglesia desde el principio. En nuestra segunda lectura que correspondía al libro de Santiago habla del orgullo y la arrogancia en una congregación cristiana, cuando él dice: ¿De dónde vienen las guerras y de dónde los pleitos entre vosotros? ¿No surgen de vuestras mismas pasiones que combaten en vuestros miembros? Se supone que la iglesia debe obrar de una manera opuesta a la del mundo como Santiago dice: Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes.

Así es que Jesús dice: “Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y el siervo de todos”. Para asegurarse de que los discípulos entendieron el mensaje, él trajo a un niño y lo puso en el centro. Los niños no tienen poder. Dependen de otros para su supervivencia. Además servir a los niños habitualmente no trae honor, prestigio o poder. Más aun, en nuestra sociedad el ser madre o padre y dedicarse exclusivamente a cuidar de niños no es algo muy impresionante como tener una carrera, ser ejecutiva o tener su propio negocio. Da más prestigio y suena más atractivo realizar cualquier oficio que decir que se afronta diariamente con los retos de cada día de criar a los hijos. Pero aun así si una madre o padre tiene otro trabajo, es necesario que recalquemos que en el reino de Dios el trabajo más importante es el de encargarse de los niños. El punto de Jesús es que los niños deben ser servidos no por los beneficios que nosotros recibimos de eso, sino simplemente por amor y devoción. Esto debe ser así no sólo de parte de una madre o padre sino de todos los cristianos. Pues Jesús puso el ejemplo de un niño para todos sus seguidores. Él nos dice que todos sirvientes en el reino de Dios y que nadie está fuera de nuestro oficio de sirvientes.

Así Jesús dice que cuándo servimos a los débiles y despreciados, si son niños o no, en realidad recibimos a Jesús y al Padre que le envió. Pues Jesús fue también débil y despreciado. El fue verdadero Dios, y verdadero hombre. Pero él no se aprovechó de su estatus y poder. Jesús dice: “El Hijo del Hombre ha de ser entregado en manos de hombres, y le matarán. Y una vez muerto, resucitará después de tres días”. Esto es el por qué Jesús es el más grande en el reino de Dios.

Así es que cuando Jesús nos pide a nosotros que seamos humildes sirvientes, él no nos pide a nosotros que hagamos algo que él mismo no haya hecho.

Y así es que según nuestro Señor está bien que deseemos ser los primeros, pero para ello debemos seguir los estándares del reino de Dios que nos dice que si queremos ser grandes debemos ser humildes sirvientes. Al tomar esta actitud debemos estar preparados para sufrir dolor y ser incomprendidos. Necesitamos prepararnos para vivir con la falta del aprecio de muchos e incluso sin el honor o la gloria que creemos que recibiremos por nuestra manera de vivir. Pues cosas así a menudo resultan cuando ponemos las necesidades de otros delante de nuestras necesidades. No siempre somos apreciados. No siempre estamos seremos reconocidos por aquellos a quienes ayudamos y servimos. No siempre obtendremos reconocimiento y gloria. Ésta es una lección muy ardua de aprender. Es una lección que debemos aprender nuestra vida entera.

Esto se hizo realidad en los discípulos. Al principio de la lección del evangelio no es relatado que Jesús desea apartar a sus discípulos para enseñarle, deseaba evitar las distracciones de todo el mundo y enseñar sobre su humildad y su muerte, así como también de su resurrección. Pero ellos no captaron el mensaje. No lo entendieron. Todavía pensaban en poder y estatus. Pues todavía pensaban de Jesús en términos de políticas y ejércitos terrenales, pensaban en términos humanos. Muchos cristianos siempre han intentado mezclar la iglesia y política, aun en nuestros días. Pero los resultados siempre son malos para la iglesia. Pues la iglesia se debe dedicar a vivir en un humilde servicio. La política se trata de poder. La iglesia y el evangelio siempre son dañados cuando la política se convierte en una parte de la iglesia. Así es que Jesús tuvo que llevar a los apóstoles a un lado y explicar estas cosas otra vez.

Por esto es que Jesús también nos llama aparte, para estar con nosotros y para enseñarnos. Él hace esto cada domingo. Le llamamos culto, sea familiar o congregacional. Jesús está con nosotros esta mañana. En este santuario que estamos separados por estas paredes de las actividades y rutinas diarias. Aquí nuestro Señor Jesús se hace presente y nos habla a través de su Palabra.

Cada domingo él nos recuerda que él fue crucificado y muerto por nuestro bien y que en el tercer día resucitó de entre los muertos. Además en su cena humildemente viene a nosotros en el pan con su cuerpo crucificado y en el vino con su sangre derramada. Allí, en ese encuentro con él nos da la voluntad y la habilidad para tomar nuestra cruz y seguirle como humildes sirvientes de los demás.

En cada servicio recibimos su bendición, su bendición a fin de que podamos regresar al mundo que es hostil a este tipo de vida y allí ser sus humildes sirvientes. En medio de este mundo Dios nos da muchas oportunidades. En nuestra familia: Los maridos y las esposas pueden ser humildes sirvientes el uno del otro, padres que pueden mostrar a sus niños lo que los humildes sirvientes hacen y dicen. Los niños también pueden aprender a servir a sus padres, con amor y respeto. En escuela: Los estudiantes pueden ver a esos compañeros que necesitan ayuda, aquellos que no son populares y acercarse a ellos para hacerlos conocer del amor de Dios por medio de su compañía. En el trabajo podemos ser humildes sirvientes, haciendo esas cosas que no tenemos que hacer, pero las hacemos porque sabemos que hacen una diferencia, no porque esperamos ser recompensados por nuestros jefes. Con nuestros amigos y nuestros vecinos podemos ser humildes sirvientes haciendo más de la cuenta para ayudarlos. Y aquí en la Iglesia tenemos oportunidades para ser humildes sirvientes buscando formas de ayudar a nuestros hermanos en la fe y cuidar unos de los otros.

Varios años atrás leí la historia acerca de una mujer rica que dio grandes sumas de dinero para ayudar a sostener a una colonia de leprosos. En una oportunidad, ella pudo realizar un viaje para hacer una visita al sitio. Mientras estaba allí ella vio a una enfermera cristiana que tiernamente trataba la piel de uno de los leprosos. La mujer rica fue impactada por la escena que presenciaba.

Se acercó a la enfermera y le dijo que ni por todo el dinero del mundo ella podría hacer lo que la enfermera estaba haciendo. La enfermera muy tranquila le contestó que: “Tampoco yo podría. Lo que yo hago lo hago por amor”. Pues el amor no está relacionado con nuestro ego, sino con el servicio hacia los otros. Por esto recuerda que Jesús fue a la cruz y allí te otorgó el perdón de todos tus pecados. Y éste es el amor que nos hará sirvientes y grandes en su reino. Ve en la seguridad de su perdón, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Pastor Gustavo Lavia.

martes, 15 de septiembre de 2009

15º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Dejad a los niños venid a mí”

Sermón predicado en el Oficio Divino del 13 de septiembre en ocasión del Bautismo de Camila Ralli Lucas

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
1º Lección: Proverbios 22:6
2ª Lección: 2ª Timoteo 3:14-15

Evangelio: Marcos 10:13-16

13. Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. 14. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. 15. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.

Sermón

I. Cristo se relaciona con los niños.

Dejad a los niño venid a mi y no se lo impidan porque de tales es el reino de los cielos

Todos somos influenciados desde pequeños por lo que los adultos nos han enseñado. Yo tengo muy presente en mi memoria que mi padre me enseñó a hacer aviones de papel y estoy seguro que eso se lo enseñaré a mis hijas diciendo: “Cuando era niño mi padre me enseñó esto…”.

También recuerdo que mi abuela y mi madre me enseñaron a orar y a confiar en Cristo. Son
recuerdos que han afectado mi vida y no se borran de mi mente. Cuanta verdad hay en esta frase: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Pr. 22:6

El Apóstol Pablo, conocedor de esta verdad, apeló a los recuerdos de la infancia del joven pastor Timoteo para que de ahí sacara fuerzas y ánimos para afrontar su vida de fe: “trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también”. “Persiste tú en lo que haz aprendido y te persuadiste, sabiendo de quien has aprendido desde la NIÑEZ has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. 2

Ti. 1:5 y 3:15

La niñez es una etapa fundamental para la vida de fe de los niños y Cristo lo sabía bien. Por ello dijo: Dejad a los niños venid a mí y no se lo impidáis. Él quiere enseñar e influir positivamente en la vida de los niños desde sus primeros pasos en esta vida. El bautismo es un punto vital en la relación que el Señor entabla con nosotros y al cual debemos volver siempre como punto de referencia de la relación de amor que Dios entabló con nosotros.

II. Los adultos somos responsables de los niños ante Cristo

Somos la puerta de acceso

Los adultos, somos los responsables de los niños y debemos velar por ellos. Cubrimos sus necesidades y moldeamos poco a poco su persona a través de la enseñanza en valores, actitudes y ejemplos que le vamos dando. Todos influimos en nuestros niños. Lo que le demos, tendrán, y lo que no le demos, pues no tendrán hasta que quizás lo consigan de adultos. Por eso Cristo se dirige directamente a nosotros y nos dice: Dejad a los niños venid a mí y no se lo impidan. El Señor desea que los niños tengan acceso a él y su obra salvadora. Desea que conozcan al Dios Padre creador, al hijo Redentor y al Espíritu Santo Consolador. Quiere que conozcan y experimenten su perdón, paz y amor en el Bautismo, y que sepan y crean que sus vidas tendrán perpetúa bienaventuranzas en la vida eterna que Cristo ganó para ellos. Para ello apela a los adultos y nos dice “dejadlos venir a mí”.

Cristo nos llama a confiar en él

Los niños van dónde los adultos les dejamos ir. Pero ¿Con quien dejamos ir a nuestros niños? Llevamos a nuestros niños a cursillos, a campamentos, al colegio, a cumpleaños, o lo dejamos en la casa de un familiar o del vecino porque nos fiamos de que nuestros hijos van a estar bien y seguros, de lo contrarios no los dejaríamos. La confianza marca las relaciones. Por ello protegemos a los niños de lo que creemos malas influencias o peligros.

El de Cristo es un llamamiento doble. No solo nos pide el Señor que dejemos a los niños ir a él, sino que nos está diciendo a nosotros los adultos: Conocedme y confiad en mí, que soy bueno, soy buena “influencia” para vuestros hijos y para vosotros. En verdad quiere entablar una relación de confianza con nosotros para que así también podamos confiar a nuestros niños y dejarlo ir a él.
Es sabido que nuestras relaciones personales “adultas” afectan a la de nuestros hijos. Si estamos peleados con algún familiar o amigo, nuestros hijos quedan afectados en esa relación ya que o no hablamos de esas personas ni estimulamos su vínculo o directamente hablamos mal de ellos.

Nuestra relación de fe con Cristo también afectará a la relación de nuestros hijos con él. Hubo una publicidad que decía: “Si tú lees, tu hijo lee”, yo agrego, si tu oras, tu hijo ora y si tú confías en Cristo, tu hijo también lo hará. ¡No te prives ni prives a los niños de esta relación!
¡Dejadlo venir a mí, no se lo impidáis!

Los niños van donde les dejamos y si no van a Cristo es por responsabilidad y negligencia nuestra. El Señor nos aplica la ley y es tajante cuando dice: “Cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar”. Mt. 18: 6 Si por el motivo que sea somos un tropiezo o un impedimento para que los niños tengan acceso por la fe a Cristo, eso es lo más vil y trágico que podemos hacer, espiritualmente hablando, a un pequeño.

Sin embargo hoy se nos presenta una nueva oportunidad. “si oyes hoy su voz no endurezcas tu corazón”. Si hoy oyes la voz de Cristo que te dice: Dejad a los niños venid a mí y no se lo impidáis, Dios te está dando una nueva oportunidad si crees que no has sido responsable en este asunto. En Cristo hay perdón y una nueva oportunidad cada día. Tómate en serio esto y aprovéchalo.

III. Cristo quiere que los adultos confiemos como niños

Hacerse como niños

Nuestros complejos razonamientos intelectuales, nuestros miedos, orgullo y egoísmo hacen muy complicada las cosas simples y sencillas de la fe. Si no nos hacemos como niños no entraremos en el reino de los cielos. Lo niños no andan con muchas complicaciones racionales maliciosas. Creen sin más. “Hermanos, no seáis NIÑOS en el modo de pensar, sino sed NIÑOS en la malicia, pero maduros en el modo de pensar”. 1 Co. 14:20. No solo debemos combinar nuestra madurez con la falta de malicia de los niños en asuntos de fe sino también se nos pide que deseemos “como NIÑOS recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” 1 P. 2:2, Esto es la Palabra de Dios.

Conclusión

Dejad a los niño venid a mi y no se lo impidan

Cristo nos pide abierta, clara y directamente que dejemos a los niños ir a él. Y reafirma contundentemente: No se lo impidáis. Por lo tanto nos dice: Traedlos a mí, facilitadles el acceso.
Es un derecho del niño tener acceso a Cristo. Quien se lo niegue, entorpezca o no favorezca está atentando espiritualmente contra los niños y será responsable de ello ante Cristo.

¿Por qué Cristo nos pide que dejemos y facilitemos el acceso de los niños a él?

Porque todos deberíamos querer y procurar lo mejor para los niños. Cristo se presenta como lo
mejor para nuestros hijos. Él nos amó de tal manera que Dios su vida por nosotros. Nos ofrece Perdón de Dios. Algo fundamental para poder vivir en Paz. Sentirse amado y perdonado por el creador del universo es la mejor herencia que podemos dejar a los niños. Él nos ofrece esperanza y seguridad para andar por la vida sabiendo que el creador y salvador de este mundo está conmigo. Y nos ofrece la vida eterna. Acercar a los niños a Cristo, a sus valores, a su mensaje de amor, perdón y esperanza es el mayor bien que podemos darles.

¿Cómo podemos hacer que los niños vayan a Cristo?

Lo hacemos cuando los llevamos al bautismo y no lo impedimos. Lo hacemos cuando le enseñamos a ser agradecidos y rezar. Cuando le enseñamos a confiar en el Creador. Cuando le compramos una Biblia para niños y se la leemos. Cuando lo instruimos en casa sobre los conceptos básicos de la fe. Cuando lo llevamos a la iglesia. Cuando le enseñamos y trasmitimos el concepto del error (no autojustificación encubriendo sus faltas) y el perdón.

Dejad a los niño venid a mi y no se lo impidan porque de tales es el reino de los cielo. Necesitamos aprender de los niños y su forma natural de confiar. Necesitamos hacernos como niños para relacionarnos con Cristo y ser parte, como ellos, de su Reino. Seamos como ellos en simpleza y no al revés, incitando a los niños a ser complicados adultos que cuestionan a su creador. Observemos su forma de ser, y creer y aprendamos.

Qué Dios nos asista en esta hermosa tarea. Amén.

jueves, 10 de septiembre de 2009

14º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Jesús declara y justifica su amistad con nostros”
Textos del Día:
Primera lección: Proverbios 27:1-11
La Epístola: Romanos 5:6-8
El Evangelio: Juan 15:9-17ç

Juan 15:9-17 9 Como el Padre me amó, también yo os he amado; permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 "Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo. 12 Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. 13 Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15 Ya no os llamo más siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todas las cosas que oí de mi Padre. 16 "Vosotros no me elegisteis a mí; más bien, yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y para que vuestro fruto permanezca; a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre él os lo dé. 17 Esto os mando: que os améis unos a otros. Que la Gracia y la Paz de nuestro Señor y nuestro Salvador Jesucristo, sea contigo.


Sermón

En nuestra sociedad hay muchas palabras que pierden sentido y las aplicaciones a nuestra vida también surgen modificaciones, y la palabra AMISTAD es una de ellas. Muchas personas creen que Jesús es nuestro amigo y que cumplirá cualquiera de nuestros deseos. Hasta se cree que si oramos a nuestro amigo Jesús, él nos lo concederá y nuestros problemas quedarán solucionados.
Pero esta idea no es realmente una idea que se encuentra en la Biblia. Si queremos conocer a Jesús como nuestro amigo el texto para hoy es un buen lugar para comenzar. Hoy vamos a ver cómo es que llegamos a ser amigos de Jesús, lo que Jesús ha hecho para establecer esa amistad y que implicancias tienen esta relación en nuestras vidas. Véase lo que él dice:
14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
¿Crees que Jesús realmente quiere que obedezcas los Diez Mandamientos? ¿Jes´su condiciona la amistad que tenemos con él al cumplimiento de los mandamientos? Muchas veces los luteranos hablamos tan mal de la salvación por las obras, que creemos que intentar cumplir los mandatos de Dios no es para nosotros, nos da miedo decir que Dios realmente quiere que nosotros obedezcamos los mandatos. Por eso la respuesta a la pregunta inicial debe ser un definitivo “¡sí!”.
De hecho eso es lo que nos pide Jesús, es lo que implica ser su amigo, producir los frutos de la fe y obedecer los mandatos. Consideremos los mandamientos del 4º al 10º. Estos nos relacionan con las personas que nos rodean, nuestros amigos, familiares, vecinos y demás. Lutero siempre tiene el cuidado de decir en sus descripciones sobre los mandatos qué no hacer y qué hacer. ¡No mates pero debes proteger la vida! ¡No cometas adulterio, ama a tu novio o novia! ¡No acodicies, ayuda a que otro conserve lo que es de él! Todos éstos son los frutos que Jesús espera de sus amigos.
Eso es lo que Jesús quiere decir cuando él nos habla de dar “nuestras vidas por nuestros amigos”. No hay mejor forma de ser un amigo que hacer todas las cosas que nos dicen los mandamientos que hagamos a las personas que tienen cabida cotidianamente en nuestras vidas. Nuestros amigos, nuestra familia, nuestros vecinos y ¡aun a nuestros enemigos!
La cosa más interesante en este texto es que Jesús llama a sus discípulos sus amigos y describe su relación con ellos de manera específica.
El amor de Dios fluye a través de Jesús. Él es su amigo. Pero hay más cosas aquí que lo que percibimos a primera vista. La definición de un amigo no es completa a menos que miremos a Jesús, quien es nuestro verdadero y perfecto amigo. Nadie hace eso mejor. Miremos a Jesús, el amigo de los discípulos. Él se quita su túnica, se arrodilla y lava los pies de los discípulos.
Juan 13:1-8 Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora para pasar de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. 2 Durante la cena, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas hijo de Simón Iscariote que le entregase, 3 y sabiendo Jesús que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que él había salido de Dios y a Dios iba, 4 se levantó de la cena; se quitó el manto, y tomando una toalla, se ciñó con ella. 5 Luego echó agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido. 6 Entonces llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: --Señor, ¿tú me lavas los pies a mí? 7 Respondió Jesús y le dijo: --Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás después. 8 Pedro le dijo: --¡Jamás me lavarás los pies! Jesús le respondió: --Si no te lavo, no tienes parte conmigo.
Jesús es el cuadro perfecto de alguien que sirve. Recuerda cómo alimentó Jesús a las miles de personas con solo unos panes y un par de peces. O cómo sanó a los enfermos que recurría a él en busca de ayuda. Y cómo resucitó a su amigo Lázaro. ¡Sin lugar a dudas este es el tipo de amigo que tu y yo deseamos tener! Esto es lo que Jesús entiende por AMISTAD. No es una relación entre iguales. Él es el amigo que siempre da. Nosotros somos los amigos que siempre recibimos.
9 Como el Padre me amó, también yo os he amado; permaneced en mi amor.
Para ayudarnos a comprender un poco a Jesús y su concepto de amistad necesitamos para ir a otro texto. En Juan 19, donde Jesús está delante de la multitud que lo quiere ver muerto, mientras Pilato trata de encontrar la manera de soltarlo. Pero los enemigos solicitan a Pilato que sea ejecutado.
Desde entonces Pilato trató de soltarle, pero los judíos gritaron “Si sueltas a éste, no eres amigo del César. Todo aquel que se hace rey se opone al César”. Juan 19:12
Es necesario recordar que Pilato no era amigo del César porque salían a tomar cervezas por la tarde. Sino porque él descubrió un complot en contra el Cesar y lo delató. Ésta no era una amistad de iguales. César estaba por encima y Pilato era su criado. Los enemigos de Jesús lo amenazan con delatarlo. Si tu no matas a Jesús echaremos a perder tu reputación con el César.
Ya no serás su amigo. Pilato acepta y la multitud se apacigua. Jesús es enviado a la cruz. Pilato no está dispuesto a morir por un hombre que está por debajo de él.
Y eso nos lleva a la cruz. Aquí está el centro de la amistad de Jesús. Somos amigos Jesús, pero no porque Jesús dice ser nuestro amigo. Nosotros no estamos en condiciones de llamarnos amigos de Jesús, no somos las personas con las cuales él desearía relacionarse. Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Jesús es nuestro amigo porque él dio su vida por nosotros. Esto es lo asombroso de su amistad. No somos iguales. Es como si el Cesar diera la vida por Pilato. Pilato diera la vida por uno de sus sirvientes. Como si tu dieras la vida por tu enemigo, por aquella persona que secuestró a Madeline o que perpetró los atentados en Londres o Madrid. Jesús muere por sus futuros amigos. Él da todo, nosotros no damos nada. Él se lo da a aquellos que no se merecen nada de él. Jesús es el que da su vida para sus amigos. El Dios del universo, el creador de todo, muere por el bien de aquellos que él mismo creó. El máximo amor allí en la cruz.
¿Qué decir acerca de nuestro amor de nuestra amistad? Pues bien, sin duda que nuestra manera de vivir la amistad es condicional. La damos cuando sacamos algo de eso. Se lo damos a los que pensamos que se lo merecen, a los que tienen códigos en común. No se lo damos a los que pensamos que están por debajo de nosotros, a menos que nos haga sentirnos bien. Muchas veces es condicional. “Si le presto algo, no quiero que lo gasten en tonterías.” “No te ayudo más; ¡Aun no me has dado las gracias de la última vez!” “Los ayudaré si ellos cambian radicalmente.”
Muchas veces nos ponemos en el lugar de Dios, o en lo que creemos que sería el lugar de Dios. Miramos por encima del hombro a personas que necesitan ayuda y la damos solo penando en cómo ello nos beneficiará. Ciertamente eso no es el amor de Dios fluyendo a través de Cristo en nosotros para nuestros amigos y prójimos. Nuestras acciones no están regidas por los Mandamientos, orientadas hacia el bien de nuestros vecinos. Lo que merecemos es no ser los amigos de Dios. En nuestro pecado, eso es exactamente lo que nuestro amor condicional es, somos los enemigos de Dios. Merecemos su recibir su ira. Merecemos su castigo. Merecemos morir. ¡Merecemos Infierno!
¡Pero nuestro AMIGO, Jesús, sufre y muere en la cruz por el perdón de nuestros pecados! Allí la ira de Dios, el castigo que merecíamos es derramado sobre Jesús. Jesús en su amor hacia sus amigos muere como ninguna otra persona lo ha hacho. Cuando él entrega su vida por sus amigos es mucho más que una simplemente muerte, es el castigo eterno de nuestro egoísta pecado.
Jesús es nuestro amigo, el amigo verdadero que entrega su vida por sus amigos. La próxima vez sobre que pienses en la amistad de Jesús, no olvides que está fundada en el perdón de los pecados que obtenemos de por su muerte en la cruz.
Pero Jesús no lo deja allí, va a mas ¿Te asombra que Jesús da todo? Esperoa porque aun hay más para dar. Él lo dice aquí.
16 "Vosotros no me elegisteis a mí; más bien, yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y para que vuestro fruto permanezca; a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre él os lo dé. 17 Esto os mando: que os améis unos a otros.
Damos frutos. Podemos dar frutos porque estamos en la vid. Jesús dice que el amor de Dios fluye a través de él, hacia nosotros y de nosotros hacia… nuestros amigos. ¿Cómo es esto? ¿Dónde comienza? Jesús dice pide cualquier cosa, él lo dará. Pide dar frutos de fe. Pide ser un buen amigo. Pide poder dar de ti mismo como dio Jesús. Pide, ora… que es lo mismo. Jesús dice, pide y te será dado. “Señor, hazme un mejor amigo.” “Jesús, ayúdeme a servir a mi vecino”, “Dios mío no aguanto más a esta persona, ayúdame a cambiar y a que cambie, ayúdame a servirla.” “Jesús haz que vea las necesidades en mi familia, los niños, mi novio/a y en la iglesia.” “Dame un corazón que desee dar y no espere nada a cambio.” “Ayúdeme a ver las necesidades a mi alrededor, en mi comunidad, en mi país, en el mundo.” Eso pone una perspectiva nueva en la oración y en la relación con Dios. “Pida cualquier cosa que necesites para servir a tu vecino, tu amigo y te lo daré.” ¡Así sea!
¿Cómo estar seguros de esto? Solo recuerda tu Bautismo. Allí Cristo te ha cubierto con su sangre, te ha dado vida, perdón y salvación. Esto lo reafirma en la Santa Cena, donde comes su cuerpo y bebes su sangre derramada en la cruz por ti. Allí el te llama por tu nombre, te dice que eres su amigo y que puedes disfrutar de esa amistad y compartirla con otros.
Jesús es nuestro amigo. Él nos da todo; El perdón a través de su vida, su muerte y su resurrección. Esto es todo lo que necesitamos para tener amistad con quienes nos rodean. Viven en el amor y perdón de Dios diariamente porque has sido perdonado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Pastor Gustavo Lavia.







lunes, 31 de agosto de 2009

13º domingo después de Pentecostés

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Jesús, mediador de la justicia verdadera”

Sermón

Sermón vespertino de Pentecostés predicado por el Dr. Martín Lutero, basado en el 3º Articulo del Credo Apostólico: Creo en el Espíritu Santo; la santa iglesia cristiana, la comunión de los santos; el perdón de los pecados; la resurrección de la carne y la vida perdurable.

I. Nuestra justicia se basa en el perdón de los pecados logrado por Cristo.

La justicia del cristiano está oculta aún bajo el pecado.

Esta mañana oísteis hablar del Espíritu Santo. Oísteis que la tarea del Espíritu Santo es predicarnos aquella doctrina que nos muestra cómo se obtiene el perdón de los pecados. Y oísteis también que cada cristiano debe poner todo empeño en aprender este artículo del perdón; porque el querer aprenderlo sólo en el momento en que se lo necesite, resultará harto difícil, ya que entonces, Satanás y sus secuaces arremeten tan encarnizadamente contra esta enseñanza que su comprensión se hace poco menos que imposible, aun para aquel que la conoce.

La justicia del cristiano ha de llamarse, pues, "perdón de los pecados". Y este perdón debe entenderse no como una acción que se lleva a cabo en unos breves instantes, sino como una realidad de validez permanente, pero una realidad en la cual hemos sido y estamos colocados, no una realidad que tuviera su origen en nosotros. De la misma manera deben hacerse resaltar los artículos de la resurrección de la carne, y de la vida perdurable.

Debe ponerse en claro: somos santos, y al mismo tiempo no lo somos; tenemos el perdón de los pecados, y por otra parte no lo tenemos; asimismo, hemos resucitado de entre los muertos, y no hemos resucitado; tenemos la vida perdurable, y no la tenemos. Esto es así por cuanto nuestra santidad no consiste en lo que ya hemos alcanzado. Aquel perdón de los pecados existe, es un hecho respecto del cual no cabe la menor duda; pero aún no nos lo hemos apropiado del todo. Así existe también la resurrección de la carne como un hecho innegable, pero todavía no la veo. E igualmente existe la vida perdurable, puesto que existe Aquel que la comenzó en nosotros; donde él está con los creyentes, no hay en ellos ni pecado ni depravación, ni muerte.

Con esto se ha dado respuesta a los que dicen: todo lo que los cristianos predican, debe ser perceptible a los sentidos. ¡No! ¡Cuántas veces ocurre que anda entre nosotros un padre de familia, o un ama de casa, un peón, una sirvienta, y no nos damos cuenta de que en esta persona se nos presenta un santo viviente, y lo que es más, ni esa persona misma se da cuenta de ello! Es que a Cristo no le ves, como tampoco ves mi santidad, y sin embargo, en Cristo yo soy un santo. Para esto tengo las señales del bautismo y de la santa cena que me dicen que aquí no se trata de una justicia que radica en mí mismo; antes bien, la justicia que da forma al cristiano es una justicia que le viene de fuera: el cristiano incorpora a Cristo en sí mismo, por decir así, como objeto de su fe, de modo que tiene a Cristo en lo profundo de su corazón. Ha echado mano de Cristo; y éste es su reconciliador y su perdonador, y por causa de esta fe, el creyente es un santo, a pesar de que en sí es un pecador.

La justicia del cristiano es participación en la justicia Cristo.

Si nuestra salvación depende de la justicia y santidad que se halla en nosotros mismos, estamos perdidos. Lo que necesitamos es una justicia que proviene de Dios. Pero esa justicia de Cristo debe estar dentro de nosotros, no sólo fuera de nosotros. Él mismo es la vid, nosotros somos los pámpanos (Juan 15:5); mediante la fe, él está dentro de nosotros, a pesar de que en sí está fuera de nosotros. En los mismos términos se expresa Pablo a este respecto: "Prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús" (Filipenses 3:12). "Fui asido", pero "ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" (Gálatas 2:20). Algo análogo dice en otra oportunidad en su carta a los gálatas: "Conocéis a Dios, o más bien, sois conocidos por Dios" (Gálatas 4:9). Ya estoy dentro, puesto que he sido bautizado, suelo comulgar, y tengo la palabra de Dios. Pero ahí está lo que me falta todavía: asir todo esto así como yo fui asido. A este punto se refiere Pablo tanto en su carta a los gálatas como también en su carta a los romanos. A los gálatas les escribe: "Nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia" (Gálatas 5:5); y a los romanos: "Vivo de tal manera que mi justicia por la cual he de ser justificado radica sólo en la fe y en la esperanza. No la veo, pero la aguardo en esperanza, y esto mediante la fe y por gracia". Si consulto con la razón, no me puede dar una respuesta; porque siento en mí el pecado, y veo cómo se decapita a los mártires de modo que tienen que morir como si fuesen unos sediciosos. Y no obstante: los que abrigan esta esperanza, son santos vivientes sin pecado alguno; vivos están, y al morir no mueren, puesto que la Escritura nos habla de la esperanza de la vida, esperanza de la salvación, esperanza de la justicia. Las cosas no han de ocurrir según lo que es práctica en el mundo, sino de una manera espiritual. La razón no puede hacerse a la idea de que se puede ser un hombre justo, y sin embargo no ser consciente de ello.

Por esto, la razón, la carne y la sangre deben guardar silencio, llevar cautivo todo pensamiento propio y reflexionar en cómo asir mediante la fe, y esperar mediante la fe, lo que nos ha de ser revelado. Atengámonos pues a la palabra de Dios; fuera de ella no hay quien pueda aconsejarnos y ayudarnos. La única forma como podemos llegar a entender todo esto es mediante la palabra del evangelio, la santa cena, el bautismo. Cualquier otra cosa de que yo quisiera jactarme proviene de Satanás. Es una idea proveniente del diablo si queremos depositar nuestra confianza en algo que ya poseemos. "Esperamos", dice la Escritura, "prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual también fui asido". Nosotros hemos ascendido con Cristo a los lugares celestiales, como leemos en la carta a los efesios, cap. 2 (v. 6), porque de la misma manera como él fue al cielo, iremos también nosotros, puesto que por su resurrección, él entró en sociedad con nosotros para ser nuestra verdadera resurrección y para ejercer el gobierno juntamente con nosotros, a fin de que él sea el que encierra en sí todas las cosas. Lo que falta aún es que yo lo comprenda cabalmente. Pasa con esto como con una madre que lleva en brazos a su hijo: el hijo no se da cuenta de ello, ni tampoco conoce a su madre de la misma manera como ella le conoce a él. Es que el hijo todavía no tiene el entendimiento y la razón suficientes; por lo tanto es incapaz de decir: yo soy tu hijita, y tú eres mi madre. Pero con el tiempo aumenta el entendimiento de la niña, de modo que algún día podrá decir: "Querida madre".

Así ocurrirá también con nosotros.

La justicia del cristiano no se basa en su propia manera de ser.

Por ahora es preciso que creamos, a fin de que nuestra relación con Dios no esté basada en cualidades inherentes a nuestro propio ser, como es el caso con la justicia jurídica. Ésta es, dicen, una voluntad constante y permanente en virtud de la cual cada uno quiere hacer aquello que según su criterio es lo correcto. Bien dicho, sin duda, al menos conforme al modo de ver del mundo y de la razón humana. Pero en lo que atañe a la justicia cristiana, no puedo decir que ésta consista en mi propia voluntad de hacer esto o aquello otro. Antes bien, la justicia cristiana consiste en que yo crea con absoluta firmeza que la resurrección de Cristo, su ascensión y su estar sentado a la diestra del Padre es mi resurrección, mi ascensión, que yo estoy sentado en su regazo y en íntima compañía con él.

Reconocer así a Cristo como justicia mía no puede ser obra de mi voluntad; para esto es necesaria mi fe. Una vez que haya llegado al lugar que Cristo me tiene preparado, se acabará todo lo que todavía es impuro. Cristo debe ser una parte de mi justicia, o sea, una parte de mi justicia debe ser el hecho de que Cristo resucitó, subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre. La otra parte debe ser el hecho de que tú creas esta verdad. Si tal es el caso, posees como propiedad personal tuya esa justicia que da forma al cristiano. Y si entonces todavía hay en ti pecados, estos pecados están cubiertos y tapados; ya no se habla más de ellos, sino que ahora se habla sólo del perdón de los pecados. Esto es lo que nos predica el Espíritu Santo.

II. Nuestra justicia presupone la unión de Cristo con nosotros. Mediante la fe, Cristo está en nosotros, a pesar de nuestros pecados.

Ahora bien: para que todo esto pueda acontecer, no debo tener a Cristo solamente fuera de mi, de suerte que él esté sentado allá en los cielos, y yo siga aquí en mis pecados. ¡No! Yo debo haber salido ya del infierno y del pecado, y sin embargo, vivir aún aquí abajo, en la fe. Cristo permanece allá arriba, no desciende a la tierra; yo en cambio debo desprender y apartar mi corazón de los lazos terrenales y aferrarme al que habita en las alturas. Mediante esta fe, yo estoy con él y él está conmigo, y con esto, ambos ya estamos arriba en el cielo. Si el cristiano está en el cielo, necesariamente tiene que estar libre ya del pecado; y si muere, no permanecerá en la muerte, ya que está sentado con Cristo en el reino de los cielos. Tampoco está sujeto ya a Satanás ni a la muerte ni a la ley. Y no obstante: al observar mi carne, veo que sí estoy sujeto a la muerte y al pecado.

Pero esto no tiene por qué importarme; si me perturba, estoy en vías de tornarme un papista. Es inevitable que tenga que pelearme con los pecados y la muerte hasta el día en que no los sienta más. Los papistas por supuesto nos dirán: "¿Por qué no hacéis la prueba con arrepentimiento y obras meritorias?" Hablan como el ciego de los colores. Quieren enseñarnos algo a lo cual ellos mismos no le han tomado el gusto. Quieren condenar esta doctrina de justicia, fe y perdón y erigirse en jueces de ella, sin haber entendido de ella un ápice. Son incapaces de combinar a Cristo con la fe del pecador. Para ellos, la justicia tiene que ser una voluntad decidida que se empeña en hacer, junto con nuestro Dios y Señor, lo que los mandamientos de éste demandan. Si oyen a uno hablar de manera diferente, ya piensan que está diciendo herejías. Yo por mi parte no me atrevería a decir en presencia de ellos que nuestra justicia es el perdón de los pecados. Pero así está escrito, que Cristo está en los cielos, y que por la fe, yo llego a estar junto a él y soy hecho partícipe en todos estos bienes. Esto sí: todavía no lo veo, sino que lo que poseo, lo poseo en esperanza; lo que se espera, no se posee aún ni se ve.

La unión con Cristo está basada en la palabra comunicada por el Espíritu.

Cosa asombrosa es que tengamos vida y justicia, y sin embargo no la veamos ni sintamos. Pero sólo así es posible que uno se mantenga firme en la necesidad y en el infortunio. Si siente la miseria de su existencia carnal, terrenal, no desespera, sino que rehúsa tomar en cuenta lo que siente, y lo mismo hace al padecer los embates de Satanás y del pecado.

Mi justicia, dice, es ésta: no debo fijar mi atención en un bien que poseo, sino que debo esperar, en fe y en espíritu, sin cuidarme de lo que diga mi carne y sangre, y aguardar pacientemente a que lo esperado sea manifestado.

Siendo así las cosas, lo único que puede conducirnos a la meta es la palabra; pues "la fe es por el oír" (Romanos 6:17). Por esto es que en el día de Pentecostés, el Espíritu Santo repartió a los apóstoles aquellas lenguas de fuego. Nadie puede llegar a la fe ni ponerse en posesión del tesoro del perdón de los pecados sino por medio de las lenguas de fuego".

De ahí que exista tanta enemistad contra esta palabra del evangelio. El papa la persigue a sangre y fuego y con interpretaciones falsas. En suma: recurre a las medidas más desgraciadas en su insano afán por volver a apagar las lenguas de fuego. Y sin embargo, no tenemos otra cosa que la palabra, y solamente por medio de ella podemos obtener el perdón de los pecados. No obstante, si pueden, algún día dirán que el Espíritu Santo, el Dador de la palabra, no es Dios. Si ya no cuento con la palabra, y si las lenguas de fuego están extinguidas, todo está perdido. Así, todo está basado en esa palabra que nos enseña lo que no vemos: las manos amorosas de Dios que sin embargo ya nos tienen asidos; y si tú permaneces en la palabra, a su tiempo lo verás en rica medida y por tu parte asirás lo que Dios te ofrece. Aprenderás y verás lo que ya ahora eres mediante tu fe. Ahora lo poseemos todo pasivamente. Entonces lo poseeremos en forma activa.

Por Cristo, nuestra justicia ha sido liberada de la ley. El Espíritu Santo coloca al creyente por encima de todas las leyes.

Ya ves cuan incorrectamente explicaban los papistas este artículo de la fe. Sostenían que el Espíritu Santo viene para dar a la iglesia nuevos artículos de la fe, por ejemplo respecto de la manera cómo se debe ayunar, —esto lo puede decidir también un padre de familia y jefe del hogar— o si hay que llevar cogulla gris o negra —esto me lo puede enseñar también mi sastre—. ¡Como si el Espíritu Santo se ocupara en producir tales leyes!

Esto es lo que resulta de la ceguedad de esa gente que no entiende estos artículos: "Creo en el Espíritu Santo", etcétera. En efecto: el Espíritu viene en oposición a la ley, y te quiere ayudar a liberarte de ella. Su voluntad es que tu alma no esté sometida ni a la muerte ni al pecado ni al diablo ni tampoco a la ley. Antes bien, él quiere colocarte por encima de todas las leyes, y te dice que es tuyo el perdón de los pecados, tuyos también la resurrección de Cristo y su estar sentado a la diestra de Dios Padre, y tuya la vida eterna, no porque vivas en obediencia a la ley y te abstengas de comer carne, sino porque Cristo resucitó de entre los muertos y subió a los cielos. Quede entonces tu justicia donde quisiere, de todos modos, Cristo no descenderá de su lugar a la diestra del Padre.

El Espíritu Santo nos ayuda a producir obras buenas.

No puedo decir: El Cristo que resucitó de entre los muertos es una ley. ¡No! Él vive en una vida que está por encima de la ley. Ya no está sujeto a ninguna ley, a ninguna muerte, a ningún pecado, sino que es Señor sobre todo aquello. Así, pues, el Espíritu Santo habla en primer lugar de esto, de que por Cristo hemos sido liberados de la ley, de la muerte y del diablo: y sólo después derrama en nuestro corazón el amor y la misericordia para con el prójimo. Pero al hablar de Cristo, el Espíritu Santo no habla en modo alguno de una ley, sino muy al contrario: se dirige contra las leyes. Por eso, el Papa y sus partidarios estuvieron poseídos por todos los diablos cuando afirmaron que el Espíritu Santo imparte leyes acerca de cómo debe disponer el hombre su vida. Es preciso, por lo tanto, que aprendamos muy bien estos artículos, a fin de que sepamos discernir entre el oficio en que el Espíritu Santo nos enseña a conocer a Cristo, y sus otros oficios. Y bien: enseñen todas las leyes que quieran, siempre que éstas no se conviertan en lazos para la conciencia. Yo por mi parte quiero estar por encima de los Diez Mandamientos.

Quiero poseer una justicia mejor y más santa, y una santidad mayor que la de los Diez Mandamientos. Y esta santidad consiste en que el Hijo de Dios resucitó de entre los muertos y está sentado a la diestra de Dios Padre. Este Cristo posee mayor santidad que los Diez Mandamientos y todas las obras hechas conforme a ellos. De este modo, Cristo mismo es la justicia que forma mi ser.

El Espíritu Santo hace que seamos un solo cuerpo con Cristo.

Cuando el papa oye esto, se vuelve loco de tonta indignación. Ellos inventan un Cristo que está sentado en el cielo jugando con los ángeles. Hacen de él un ser totalmente extraño para nosotros, e incluso un ser que está en oposición a nosotros. El Espíritu Santo en cambio quiere que Cristo llegue a ser un solo cuerpo con nosotros. Ahí tienes una prueba de la desvergüenza con que los papistas enseñaban estos artículos. De esto podéis desprender por qué Cristo llama al Espíritu Santo "el Consolador" (Juan 14:16, 26; 15:26; 16:7): en efecto, ¿qué mejor manera hay de consolar una conciencia afligida, que decirle: "A pesar de que no guardaste los Diez Mandamientos, yo te daré algo mejor"? Yo anduve en cilicio con intención de guardar los Diez Mandamientos y hacer buenas obras y granjearme el favor de Dios; pero todo esto no me trajo consuelo alguno. Y también tú tienes que decirte: "Aunque haya guardado todos los mandamientos, esto no me sirve de nada ante Dios." Pero ahora viene el Consolador y nos dice: Yo te doy algo más grande; en lo que yo te doy no hay mancha, sino justicia perfecta. Si crees en Cristo, tu fe te será contada como si hubieses guardado más que todos los Diez Mandamientos juntos. Pues Cristo será tu resurrección y ascensión, como él mismo lo afirma: "Yo soy la resurrección y la vida (Juan 11:25), la gracia y la verdad". No dice "yo te regalo la resurrección, etcétera", sino "yo soy". El papa empero hace de Cristo un Dios que habita en una región muy remota y que nos envía desde allá algunos dones. Todo lo contrario: Cristo está con nosotros, y nosotros estamos con él en el cielo, y todo esto por medio de la fe y de la palabra.

1ª Corintios 13:8-13

8 El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. 9 Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; 10 mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. 11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. 12 Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. 13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.

Hebreos 11:1-3

1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. 2 Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. 3 Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.

lunes, 24 de agosto de 2009

12º Domingo de Resurrección.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Cristo limpia nuestros corazones”

Textos del Día:

Primera lección: Isaías 29:11-19

La Epístola: Efesios 5:22-23

El Evangelio: Marcos 7:1-16

TEXTO DEL DIA

1. Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido de Jerusalén;
2. los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban.
3. Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen.
4. Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos.
5. Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas?
6. Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, Mas su corazón está lejos de mí.
7. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.
8. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.
9. Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.
10. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.
11. Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte,
12. y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre,
13. invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas.
14. Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended:
15. Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre.
16. Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Atiende tu corazón:
Hebreos 4:7: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros CORAZONES.
Lucas 21:34: Mirad también por vosotros mismos, que vuestros CORAZONES no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día.
Marcos 7:21: Porque de dentro, del CORAZÓN de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios,
Lucas 16:15: Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros CORAZONES; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.
Lucas 10:27: Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu CORAZÓN, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.
1 Timoteo 1:5: Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de CORAZÓN limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida,
Romanos 10:9-10: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu CORAZÓN que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el CORAZÓN se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.
Hechos 15:9: purificando por la fe sus CORAZONES.
Efesios 3:17: para que habite Cristo por la fe en vuestros CORAZONES
Romanos 5:5: y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros CORAZONES por el Espíritu Santo que nos fue dado.
Lucas 6:45: El hombre bueno, del buen tesoro de su CORAZÓN saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su CORAZÓN saca lo malo; porque de la abundancia del CORAZÓN habla la boca.
Colosenses 3:15: Y la paz de Dios gobierne en vuestros CORAZONES, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.
Colosenses 3:16: La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros CORAZONES al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.
Hebreos 13:9: No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el CORAZÓN con la gracia, no con viandas, que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas.
Colosenses 3:22-23: Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con CORAZÓN sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de CORAZÓN, como para el Señor y no para los hombres;
Efesios 6:6: no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de CORAZÓN haciendo la voluntad de Dios;
2 Tesalonicenses 3:5: Y el Señor encamine vuestros CORAZONES al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo.
Hechos 1:24: Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los CORAZONES de todos
Hebreos 4:12: Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del CORAZÓN.
1 Juan 3:17: Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su CORAZÓN, ¿cómo mora el amor de Dios en él?
Hebreos 10:22: acerquémonos con CORAZÓN sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.
Filipenses 4:7: Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros CORAZONES y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
1 Pedro 3:15: santificad a Dios el Señor en vuestros CORAZONES, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;


Sermón

Durante tres generaciones el sabroso pavo al horno era la comida distintiva con que las mujeres de la familia Gonzáles agasajaban a sus maridos e invitados. Una receta que se trasmitía oralmente y una forma indiscutible de prepararlo, que al parecer, daba ese exquisito toque peculiar. Un día, el marido de Sofía, nieta de la pionera de ese arte culinario, cuestionó el hecho de que cortaran las patas del pavo y no las cocinaran, guardándolas para hacer otra comida.

“¡Seguro que estarían muy sabrosas!”. Sofía ofendida dijo: Siempre se ha hecho así. Así es la receta y así seguirá. El marido desconcertado fue a preguntar a la abuela el motivo de tal exclusión, la cual le respondió: “ten por seguro que si mi horno hubiese sido tan grande como el vuestro, yo también hubiese incluido las patas”.

Las costumbres o tradiciones pueden adquirir carácter normativo, aún cuando no lo tienen.

¿Tradición humana o mandato de Dios?

A primera vista, en el Evangelio de hoy, podríamos decir que los fariseos y escribas, exponentes de la religiosidad judía, eran muy escrupulosos con la higiene y los discípulos de Jesús unos descuidados. Nadie discutiría a estos judíos la validez de su norma de higiene, sin embargo ese acto iba más allá.

Esto, que a priori puede ser un debate sobre salubridad, en verdad es un reproche religioso con su correspondiente condena. Estas normas constituían reglas ceremonias de purificación elevadas al rango de mandamiento divino y por lo tanto en su cumplimiento se ponía en juego la fidelidad a Dios. Los fariseos y escribas van a Jesús para acusar a sus discípulos de transgredir estas normas que ellos consideraban vitales para mostrar piedad religiosa, y por ende una buena comunión con Dios. No son pocas las ocasiones que llevamos temas seculares o indiferentes a dimensiones espirituales y hacemos de ellos normas divinas. Mucho daño se produce cuando los seres humanos te exigen en nombre de Dios cosas que Dios no te exige, cortándole así “las patas” al Evangelio sin sentido alguno.

Es un trágico desorden darle prioridad a las ordenanzas de los seres humanos y anteponerlas a las de Dios. El amor propio está encantado de hacer tal cambio y darle a los vasos, jarros y manos la aplicación de limpieza y pureza que Dios pide que se de al corazón. Es mucho más fácil cumplir ciertas ceremonias externas para dejar tranquilas nuestras conciencias delante de los demás. ¡He cumplido! ¿Quién podrá reprocharme algo? Sin embargo ¿Qué hay dentro de nosotros?

Cuando La tradición humana pretende anular el mandamiento de Dios.
A veces actos exteriores intentan cubrir lo interior. Debemos cuidarnos de ello. Las manifestaciones externas no siempre son sinónimos de piedad. En ocasiones lo son de hipocresía o vanagloria, siendo nuestra intención oculta mostrar “lo bueno que somos” y alcanzar así la tan ansiada recompensa del aplauso y los halagos. La religión puede convertirse en un buen escondite o plataforma para ello.

La pseudo piedad puede ser una excusa para hacer lo que realmente nos apetece, que por lo general consiste en saltarnos los mandamientos de Dios para imponer criterios humanos. Y esto lo hacemos aparentemente en nombre de Dios y bajo “un manto” de santidad. ¡Pero la verdad siempre prevalece!

Según nos dice Cristo, estas normas farisaicas eran capaces de anular las leyes de Dios en los diez mandamientos. Un hombre, ante el deber de asistir a sus padres ancianos, podía excusarse diciendo que su dinero estaba destinado como ofrenda a Dios. Y se quedaba tan tranquilo, con la conciencia limpia y desligada de prestar la ayuda exigida por Dios. Lutero decía que esto es como si un hijo en su necedad dijera a su padre: “Padre mío, te daría de buena gana lo que pueda socorrerte en los días de tu vejez, pero he hecho de ello una ofrenda. Vale más que lo consagre a Dios, tú sacarás así mayor provecho”. Definitivamente este hijo necio se está saltando su responsabilidad recogida en el 4º mandamiento, e incluso puede estar incurriendo en la transgresión de la parte positiva del 5º que es hacer todo lo que esté en nuestra manos para el bien de mi prójimo.

1ª Juan 3:17: Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? (Leer también Santiago2:15-16)
Misericordia quiero y no sacrificios.

En ocasiones, por lo abrumador de las necesidades de los demás o simplemente por indiferencia o individualismo, nos hacemos inmunes a los sufrimientos ajenos, incluso con los de nuestra propia casa. Creamos nuestras particulares normas para intentar auto justificarnos y las elevamos al rango de sagradas. Vemos necesidades y decimos: ¡pobre! ¡Qué pena me da verlo así!, ¡mejor me doy la vuelta para no verlo más! Incluso quizás estemos dispuestos a orar por ello, pero con las manos bien metidas en el bolsillo. Y quizás luego nos vayamos a un bar para debatir intensamente de la caótica situación socioeconómica que está imperando y dejando a mucha gente en la necesidad. Pero peor es cuando no ayudamos al prójimo porque no tenemos público.

En muchas ocasiones la presencia de testigos cambia nuestra conducta. Y no me refiero solo a mendigos ocasionales que todos sabemos de su compleja situación. Me refiero a involucrarnos realmente con nuestro prójimo, que no solo es el que pide una moneda en el semáforo. Los cristianos debemos cuidarnos mucho de no colar el pelo y tragarnos el camello.

El texto deja claro que podemos llegar a ser tan miserables que incluso usamos malamente a Dios para intentar cubrir nuestras miserias internas con actos aparentemente nobles. Podemos convertirnos en altruistas religiosos que aparentan santidad a costa de aquellos a quienes verdaderamente Dios pide que ayudemos. Y también, por el otro extremo podemos caer en la actitud farisaica de hacer de la ayuda a los demás un medio de exhibición y publicación de nuestra bondad, que busca en el fondo alimentar el ego. También habló Cristo contra esto suficientemente claro (Mateo 6:1-4)

Hoy también se infiltra esta filosofía y actitudes farisaicas en las comunidades cristianas que ponen nuevas normas y exigen a los feligreses más de lo que Dios pide y tergiversan así los mandatos de Dios, e incluso lo sustituyen por otros propios, más acorde a las necesidades o “visiones” del profeta de turno. Exigen diezmos, peregrinaciones, manifestaciones visibles, presencia en este o aquel acto, purificaciones externas de no contaminarse en este o aquel ambiente, y reclaman todo el tiempo de sus vidas para cumplir las exigencias humanas con pinceladas “bíblicas”, y con eso impiden que se puedan cumplir los verdaderos mandamientos de amor solicitados por Dios.

Adiáforas:

Los rituales, ceremonias o liturgias no son malos en sí. Por el contrario, son un buen y necesario medio que Dios ha preservado para la vida del ser humano que tiende al desorden. Todos los seres humanos necesitamos formas y orden para expresar las cosas de la vida. Lo malo es ponerlas a la altura de mandato de Dios y ocultar tras ellos nuestro sucio corazón. Pero esto se llama hipocresía y no necesita una liturgia formal para cubrirse, ya que ella existe aún en ambientes muy informales.

Por eso en la iglesia Luterana distinguimos entre cosas adiafotas, es decir, cosas que no son ordenadas ni prohibidas por Dios pero que en la libertad cristiana que tenemos las incorporamos porque son útiles para nosotros, y los mandamientos. Hacer la señal de la cruz por ejemplo. Eso no nos hace más o menos cristianos, sino que lo usamos como un signo externo para manifestar nuestro pensamiento en la cruz de Cristo, en la trinidad y como recordatorio de nuestro bautismo. Sin embargo si no lo hacemos no pecamos. Los fariseos “condenaban” a los demás midiéndolos bajo normas propias. Cuando la medida de lo que está bien o es condenable no la pone Dios sino las tradiciones humanas o las interpretaciones convenientes de turno, estamos en grave peligro. ¡Dios nos libre de ello!

Chantaje emocional o extorsión espiritual

“¡Si no haces esto o aquello es que no tienes fe!” Ya bastante tenemos con las pruebas que vienen solas como para tener que lidiar con estas exigencias humanas. Quizás no te lo digan directamente pero la presión y el cuestionamiento se notará en el aire. Ninguna comunidad cristiana está exenta de la hipocresía, ya que la componemos seres humanos, pero las leyes humanas favorecen las actitudes forzadas o simulaciones y fomentan el chantaje.

La confesión privada o auricular es una buena práctica, pero no es una ley condicionante. Elevarla a norma obligatoria ha producido mucha hipocresía en quienes no querían confesarse simplemente por no saber que decir, pero se sentían obligados a hacerlo para poder participar en la eucaristía o bajo presión de condenación, y por ello algunos confesaban banalidades o incluso mentían.

También he visto en iglesias “carismáticas” el requisito tácito de hablar en lenguas como evidencia de que se tiene el Espíritu Santo. Y muchos, para no ser menos y quedarse fuera, simulaban hablar en lenguas, y por consecuencia también el intérprete debía improvisar. Existen normas implícitas de lo que se espera del “buen cristiano” como que no vaya a bailes o beba alcohol, y que de vez en cuando cuente alguna experiencia mística para ver que su fe sigue activa. Una vez me contó un “evangélico” que se inventó un testimonio por la presión que sentía debido a la insistencia de su pastor de oírlo.

Algunas comunidades cristianas, bajo apariencias de santidad, exigen el diezmo a sus miembros o votos similares. Si a alguien le alcanza con el diez por ciento de su sueldo para vivir, si quiere que ponga el 90 % como ofrenda. Pero si la ofrenda, que es libre y voluntaria, se vuelve una carga pesada que mide y condiciona que clase de relación o compromiso tienes con Dios o es el termómetro para medir la fe, esto ya es grave. Pero peor aún, si por hacernos cumplir esa norma desatendemos las responsabilidades que Dios ha establecido para nuestras vidas, como puede ser ayudar a la familia.

La viuda pobre dio todo lo que tenía en la ofrenda y no se lo quitó a nadie más que a sí misma. Sin embargo el hombre rico quizás puso el 10%, pero eso ante Dios, que ve los corazones, no es más que un acto externo, pues dio las sobras, la calderilla, las migajas Dios. Por eso Dice “Cada uno dé como propuso en su CORAZÓN: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”. 2 Co 9:7

El corazón:

Los seremos humanos podemos convertir una sana tradición o costumbre en una ley a causa de la dureza de nuestro corazón. ¿Qué hay de malo en lavarse las manos? Incluso si se hace como una ceremonia religiosa no está mal en sí misma. Lo malo es creernos mejores por hacerlo e imponer esto como cuestión de fe, cargando así las conciencias e invalidando las verdaderas ordenanzas de Dios.

Es imposible no tener adiáforas, normas y órdenes humanos para dirigirnos. Es necesario, y más aún cuando Dios nos dice que él es un Dios de orden. Pero todo lo externo debe ser un canal saludable, sin manipulaciones ni presiones innecesarias, para que nuestro corazón pueda manifestar a Cristo. Adorar en espíritu y verdad es la sana dimensión y esto se expresa en “formas” que también deben ser sanas.

Debemos comprender que lo que contamina, lo que nos hace daño a los seres humanos es la maldad que nace y se produce dentro nuestro. Lo que sale del corazón. Pues de ahí proceden todos nuestros males. El egoísmo, la ambición, la soberbia, malos pensamientos, envidias, rivalidad, etc. Todo eso no lo recibes a través de ningún acto externo, sino que tú ser corrupto lo produce. Por eso necesitamos llenar nuestro corazón de la bondad y misericordia de Dios y esto se hace a través del alimento que el nos da en su palabra. Debemos meditar diariamente de forma concienzuda en la Palabra de Dios, incluso “día y noche” como dice el Salmista, a fin de poder distinguir entre mandamientos de Dios y mandamientos de hombres y denunciar cuando se producen los abusos, tal cual como lo hizo nuestro Señor Jesucristo. Vivir en la libertad de Cristo es maravilloso. ¡Cuidémosla!

Limpia tu corazón a diario:

Tú corazón es el lugar a tener en cuenta y a cultivar con la Palabra de Dios. Lo que ahí siembres a diario, será lo que coseches “de lo que abunda el corazón habla la boca”. Haz como el rey David y dí cada mañana al Señor “Purifícame con hispo y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve… crea en mí, Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” Salmo 51:8, 10.

Lucha a diario, con las fuerzas de Cristo, contra las inclinaciones de tu corazón hacia todo lo malo.

Porque el mandamiento es a amar a Dios con todo el corazón, alma, fuerza y mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Y si en tu corazón habita la Palabra de Dios, seguro que “él cumplirá los deseos de tu corazón” Sal. 37:4 pues tus deseos serán los deseos de Dios. Amén

Pastor Walter Daniel Ralli

lunes, 17 de agosto de 2009

11º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Cristo alimenta nuestro espíritu”

Textos del Día:

Primera lección: Éxodo 16:2-15

Segunda Lección: Efesios 4:17-24

El Evangelio: Juan 6:24-35

Éxodo 16:2-15
2 Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; 3 y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud.
4 Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no. 5 Mas en el sexto día prepararán para guardar el doble de lo que suelen recoger cada día. 6 Entonces dijeron Moisés y Aarón a todos los hijos de Israel: En la tarde sabréis que Jehová os ha sacado de la tierra de Egipto, 7 y a la mañana veréis la gloria de Jehová; porque él ha oído vuestras murmuraciones contra Jehová; porque nosotros, ¿qué somos, para que vosotros murmuréis contra nosotros? 8 Dijo también Moisés: Jehová os dará en la tarde carne para comer, y en la mañana pan hasta saciaros; porque Jehová ha oído vuestras murmuraciones con que habéis murmurado contra él; porque nosotros, ¿qué somos? Vuestras murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Jehová.
9 Y dijo Moisés a Aarón: Di a toda la congregación de los hijos de Israel: Acercaos a la presencia de Jehová, porque él ha oído vuestras murmuraciones. 10 Y hablando Aarón a toda la congregación de los hijos de Israel, miraron hacia el desierto, y he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube. 11 Y Jehová habló a Moisés, diciendo: 12 Yo he oído las murmuraciones de los hijos de Israel; háblales, diciendo: Al caer la tarde comeréis carne, y por la mañana os saciaréis de pan, y sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios.
13 Y venida la tarde, subieron codornices que cubrieron el campamento; y por la mañana descendió rocío en derredor del campamento. 14 Y cuando el rocío cesó de descender, he aquí sobre la faz del desierto una cosa menuda, redonda, menuda como una escarcha sobre la tierra. 15 Y viéndolo los hijos de Israel, se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto? porque no sabían qué era. Entonces Moisés les dijo: Es el pan que Jehová os da para comer.

Juan 6:24-35
24 Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús.
25 Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá? 26 Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. 27 Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre. 28 Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? 29 Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. 30 Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? 31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. 32 Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. 34 Le dijeron: Señor, danos siempre este pan.
35 Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.

Sermón

La reflexión que sigue está tomada del libro “Predicando a Cristo” de CPH. 1º lección y el Evangelio.

PRIMERA LECCIÓN: ÉXODO 16:2-15

Esta lección toca un mal muy generalizado en los distintos campos de actividad, y en especial en el espiritual, el olvidarse del pasado. Muchos dicen: Es cierto, Dios nos redimió enviando a su Hijo al mundo para morir y resucitar al tercer día; pero eso ya hace tanto tiempo. ¿Qué ha hecho entretanto?

Una cosa que sorprende en esta lección es lo olvidadizos que eran los israelitas. Hacía sólo un mes que Dios los había librado de la esclavitud en Egipto. En esa oportunidad ellos habían sido testigos de grandísimos milagros hechos por Dios. Pero ya lo habían olvidado, o se sentían desengañados porque Dios no había hecho nada últimamente, por la falta de comida, en especial de carne, y se ponen a murmurar. No se acuerdan de sus sufrimientos en Egipto, sólo de lo bueno que experimentaron allí. Al mismo tiempo critican los motivos que tuvo Moisés al sacarlos de Egipto.

Murmuraban contra Moisés y Aarón, pero en verdad sus murmuraciones eran contra el Señor, pues ¿quiénes eran Moisés y Aarón para que murmurasen contra ellos?
Pero, cuán instructiva fue para los israelitas la reacción de Dios. Él hubiera tenido todo el derecho de enojarse con ellos por su ingratitud, por poner en duda sus motivos y su amor para con ellos.

Sin embargo, les responde con bondad y compasión, proveyéndoles de pan del cielo para sostener sus cuerpos y vidas. La lección describe el maná y las codornices como el pan del cielo. Cada día les proveía de la porción necesaria para cada día. No debían juntar más que lo que necesitaban para el día, seguros de que Dios les daría mañana otra vez lo necesario. De no hacerlo así, indicarían que no confiaban en Dios. Pero, viviendo así cada día de lo que Dios les proveía, ellos aprenderían a depender de Dios y a confiar en él.

Eso mismo se expresa también en la cuarta petición del Padrenuestro: "El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy." El pan de cada día, no el pan de mañana, o el de pasado mañana, sino el de cada día. Dios nos provee ese pan a diario y en abundancia. Lutero explica en su Catecismo Menor que el pan de cada día significa todo lo que pertenece al sustento y la necesidad de la vida. Pero Dios no nos provee sólo pan para el cuerpo sino también para el alma. El pan físico que Dios proveyó a los Israelitas es como una figura del pan del cielo, Jesucristo (Jn. 4). Y por cierto, hay numerosas analogías entre los dos. A diferencia del maná, Jesús es pan que permanece. A diferencia del pan para el cuerpo, Jesús es pan para vida eterna. A diferencia del pan proveído mediante Moisés, Jesús mismo es el pan de la vida. Este pan se nos da "en, con y bajo" el pan y el vino en la Santa Cena. Él continúa dándonos lo necesario para nuestra peregrinación por esta vida. Nos fortalece para nuestro tránsito a través del desierto de la vida.

Es fácil criticar a los israelitas y, sin duda, fue censurable su olvido, pero ¿Somos mejores? Los domingos vamos a la iglesia, oímos el evangelio, recibimos la absolución y la Santa Cena, somos bendecidos y alimentados espiritualmente por Dios. Pero luego volvemos a nuestra rutina diaria y ¿No será que también nos olvidamos de Dios y vivimos como si Dios no existiera, como si no supiéramos de su gracia? Más aún, murmuramos por problemas económicos, familiares, sociales, etc., aunque sólo unos días antes Dios nos llenó con sus bendiciones. Es hora que no olvidemos lo que Dios no da a diario y en abundancia.

SANTO EVANGELIO: JUAN 6:24-35

En esta lección hay tres palabras claves para entenderla y que, al mismo tiempo, pueden ayudar en el desarrollo del sermón. Esas palabras son "pan", "obra" y "vida". Pero veamos primero las circunstancias bajo las cuales sucedió lo que narra la lección. Jesús le había enseñado a la gente que le había seguido, luego hizo el milagro de la multiplicación de los panes. A la noche, se retiró él solo a la montaña. Entretanto, los discípulos subieron a sus botes para cruzar el lago. Tenían que remar contra fuertes vientos. Mientras hacían eso, Jesús vino a ellos caminando sobre las aguas. Luego subió también al bote y siguió con ellos a Capemaúrn. Al día siguiente mucha gente se juntó cerca del lugar donde Jesús había alimentado a la multitud. Pensaban que debía estar por allí pues había estado una sola barca y Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, pero no lo podían encontrar. Entretanto llegaron algunas barcas.

Entonces la gente se subió a ellas para volver a Capemaúrn y buscar allí a Jesús. Finalmente lo hallaron, y la lección nos narra parte de la conversación que se entabló entonces entre ellos. La gente quería saber cuándo había llegado, pero Jesús no les respondió, pues quería enseñarles algo muy importante, y fue directo al tema. Había un problema, pues la gente tenía un interés y un concepto totalmente: equivocado en cuanto a Jesús y su ministerio.

Jesús les habló con toda honestidad acerca de ello. Les dijo que no lo buscaban porque habían visto las señales que hacía, como la multiplicación de los panes, sino porque habían comido el pan y se habían saciado (v. 26b). Luego les aconseja: "Trabajen, pero no por la comida que es perecedera, sino por la que permanece para vida eterna, la cual les dará el Hijo del hombre.

Sobre éste ha puesto Dios el Padre su sello de aprobación" (v. 27). Con estas palabras Jesús los hizo pensar, de manera que ahora le preguntan: "¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras que Dios exige?" A lo cual Jesús responde: "Ésta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió." Esa fe aún no la tenían.

Los milagros que hacía les venían bien, pero eso era todo por ahora. Por eso le piden que les diera una señal que les ayudara a creer que en verdad vino y les ministraba en lugar del Padre. Y tratan de apoyar su petición con un hecho del pasado. Dicen: "Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto", al cual llaman "pan del cielo". Y preguntan: "¿Qué puedes hacer?" (v. 30).

Jesús les contesta: "Ciertamente les aseguro que no fue Moisés el que les dio a ustedes el pan del cielo. El que da el verdadero pan del cielo es mi Padre. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo" (v. 33). Luego los insta a comer de ese "pan" del cielo que da vida al mundo.

¡Cuánto necesitaban ese pan! Le ruegan: "Señor, danos siempre este pan" (v. 34). Y Jesús les responde: "Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca pasará hambre, y el que en mí cree nunca más volverá a tener sed" (v. 35). Esa fe aún no la tenían. Su ser todavía estaba apegado al pan terrenal, no al pan que era Cristo. Por eso les dice Jesús: "Ésta es la obra de Dios, que crean en aquel a quien él envió" (v. 29). Como puede observarse, esta lección está muy relacionada al tema y la enseñanza de las lecciones previas.

PENSAMIENTO DE LA SEMANA

Un pensamiento que latente en las lecciones de hoy es los falsos motivos por los cuales la gente busca a Dios o a Jesús: curiosidad, materialismo, seguridad camal. Dios conoce esta realidad humana y desea cambiarla.

Relacionado a esto está lo que podría denominarse la vida adicional a la vida física que recibe el cristiano, cuando nace de nuevo, de modo que entonces tiene dos clases de vidas, la física y la espiritual. Y como tiene dos clases de vidas, también necesita ahora dos clases de comidas, el pan físico y el espiritual. Jesús dice que no sólo de pan vive el hombre. Para ambos provee abundantemente Dios. Lo trágico es que ha muchos sólo le apetece el pan físico y desechan o a lo menos relegan el espiritual. Dios quiere que se remedie esa situación y quiere darnos la vida abundante. No descuides tu ser interior, Dios quiere alimentarlo cada mañana con su Palabra. Sé agradecido y reconoce las bondades de Dios. No te quejes tanto, no reniegues tanto, sino mira todas las bendiciones que has recibido a lo largo de tu vida. Y cuando atravieses momentos difíciles, no uses esos lindos recuerdos para renegar del presente, sino que ellos te traigan esperanza y fortalezcan tu confianza en Jesús, el Pan de Vida que ha prometido que nunca te dejará, y que te dará cada día lo que necesites. Amén