domingo, 5 de agosto de 2012

10º Domingo de Pentecostés.


     Jesús el Pan de Vida

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                        
Primera Lección: Éxodo 16:2-15

Segunda Lección: Efesios 4:1-16

El Evangelio: Juan 6:22-35

Sermón

 “Pan” podría ser el título para el sermón de hoy, en el cual Jesús se manifiesta a sí mismo como el pan de la vida. En el pan para el cuerpo piensan los oyentes de Jesús cuando dicen: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto”. Con estas palabras se refieren al milagro que Dios obró en el desierto cuando salieron de Egipto. Después de haber cruzado el mar Rojo, el pueblo de Israel quedó libre de la esclavitud y la servidumbre a la que había estado sujeto. Los israelitas tenían tras sí el mar Rojo y por delante a Canaán, la tierra de promisión y reposo. Pero entre el mar Rojo y Canaán se extendía el desierto que tenían que cruzar. Por su dureza de corazón, que sólo veía siempre con pesimismo todo lo que Dios hacía, la peregrinación por el desierto se prolongó 40 años y el pueblo tuvo que padecer muchas privaciones. Levantaron quejas y acusaciones contra Moisés y Aarón, diciendo: “¿De dónde sacamos pan aquí en el desierto para que comamos?” Esta queja fue seguida de la siguiente acusación: “Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud”. Pero Dios no trató con ellos según los méritos de ellos, sino conforme a su misericordia. Les dijo: “Jehová os dará en la tarde carne para comer, y en la mañana pan hasta saciaros… venida la tarde, subieron codornices que cubrieron el campamento; y por la mañana descendió rocío en derredor del campamento. Y cuando el rocío cesó de descender, he aquí sobre la faz del desierto una cosa menuda, redonda, menuda como una escarcha sobre la tierra. Y viéndolo los hijos de Israel, se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto? porque no sabían qué era. Entonces Moisés les dijo: Es el pan que Jehová os da para comer. (Éxodo 16:8, 13-15)

Con razón la vida del creyente se compara con una jornada por el desierto. Mediante el bautismo, el cual San Pablo lo compara con el paso de Israel por el mar Rojo, Dios nos ha sacado de la esclavitud y librado del diablo y de todas sus obras, de toda su pompa y nos ha hecho promesa de salvación, diciendo: “El que creyere y fuere bautizado será salvo”. Pero así como muchos de aquellos que cruzaron el mar Rojo no lograron llegar a la tierra prometida, sino que murieron en el desierto a causa de su incredulidad (1 Corintios 10:1-5), asimismo hoy no todos los que son bautizados serán salvos; algunos serán condenados a causa de su incredulidad, porque sin Jesús, esta vida es un desierto sin pan. Por eso Jesús en el texto trata de elevar el deseo de sus oyentes del pan terrenal hacía el pan celestial. Tampoco nosotros debemos quedar satisfechos con sólo tener el pan terrenal, sino que debemos buscar el pan celestial para el alma, para tener vida en abundancia. Que Dios bendiga su palabra en tanto que consideramos el siguiente tema: Jesús es el Pan de la Vida:

El pan terrenal baja del cielo. “Pan del cielo les dio de comer”. Con estas palabras se confiesa que Dios, maravillosamente allá en el desierto, cuidó de las necesidades materiales de sus hijos. Esto demuestra que Dios no es un fantasma, suspendido en el aire, que no se preocupa por sus criaturas. Dios es el Dios vivo que alimenta las aves del cielo y viste las flores del campo, y que promete a cada uno de sus hijos: “No te dejaré ni te desampararé” (Hebreos 13:5).

Muchos no creen eso y dicen: Si, en la Biblia está escrito que el Señor dio el maná en el desierto y que Jesús multiplicó maravillosamente el pan, alimentando con cinco panes de cebada a una gran muchedumbre. Pero en la actualidad el pan no cae del cielo, sino al contrario, si quiero progresar en las cosas de este mundo, no debo preocuparme mucho por la religión, porque eso de ir a la iglesia no tiene provecho, y con mucho orar, uno no sacia el hambre. Pero al que cree que es cuento que el pan sea providencia divina, se le debe recordar que Dios todos los días obra los mismos milagros que nos relata la Biblia. Jesús en las bodas de Caná de Galilea transformó el agua en vino y sus discípulos fortalecieron su fe en Él. Dios todos los días transforma el agua en vino: cae la lluvia, entra la humedad en la vid y pasa de allí a las uvas y de éstas se hace el vino. Jesús multiplicó el pan. Todos los días Dios multiplica los granos que sembramos para que haya pan, aun para aquellos que no siembran. Es pueril decir: “Yo compro el pan”. Es cierto que compramos el pan, pero pagamos el pan. Realmente pagamos algo por el trabajo del panadero, algo por el del molinero que transforma el grano en harina, algo por el agricultor que siembra y cosecha, pero el trabajo del trigo, ¿quién lo paga? El agricultor con el camión vacío va al campo y vuelve cargado con trigo. ¿Dónde lo compró? No lo compró; es un don de Dios, un don que bajó del cielo, conforme a la promesa divina: “Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche.” (Génesis 8:22). Por eso Jesús en la Cuarta Petición del Padrenuestro nos enseña a pedir así el pan: “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy”. Lutero explica esta petición así: “Dios, en verdad, da el pan de cada día, aun sin nuestra oración, también a todos los impíos”. Para Dios es cosa tan sencilla concedernos dones terrenales que hasta los da a los que no los piden, porque hace salir su sol sobre malos y buenos, llover sobre justos e injustos. Ya que Jesús nos manda pedir el pan, debemos reconocer el pan como don de Dios y recibirlo con acciones de gracias.

El hombre necesita más que pan. Cuidar solamente del bienestar corporal significa rebajar al hombre al nivel del animal. En el animal se cuida solamente el cuerpo. Pero acerca del hombre dice Jesús “¿Qué aprovechará el hombre si ganare todo el mundo, mas perdiere su alma?" (Mateo 16:26). Aunque el hombre tiene pan de sobra, no puede añadir un centímetro a la estatura de su cuerpo. Por lo tanto el hombre necesita tesoros que no puedan ser consumidos por las polillas ni robados por ladrones, ni que estén sujetos a la pérdida, sino que puedan llevar más allá del sufrimiento, más allá de la muerte, a la eternidad. Por eso Jesús trata de fijar en la mente de sus oyentes la idea del pan de la vida (v. 32). Jesús no niega el milagro de Moisés, sino que lo explica y lo aplica a sus oyentes. No fue Moisés el que dio el maná, sino Dios por medio de Moisés. El maná no fue el verdadero pan, sino un símbolo del pan verdadero que bajó del cielo, que es Jesús. Comparado con este pan de vida, el pan para el cuerpo, como lo era el maná y lo son todas las cosas de este mundo, son pérdida y basura. Sobre esto nos dice San Pablo: “Más aún, todas las cosas las tengo por pérdida, a causa de la sobresaliente excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío, por causa de quien lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para que yo gane a Cristo” (Filipenses 3:8).

Interés material en la religión. Si buscamos una prueba de lo que es el pecado, aquí la tenemos. Es la ceguedad del hombre natural que, sabiendo que es mortal, no se afana por el más allá, sino que busca un interés material hasta en la religión. Para poder creer en Jesús piden de Él un milagro mayor que el que Moisés obró en el desierto. Si Moisés dio el maná en el desierto, entonces Jesús, puesto que es el Mesías, por lo menos debería darles una despensa repleta, dándoles milagros todos los días, un pan mejor que el maná y que los panes de cebada con los cuales los había alimentado. Olvidan los milagros que Dios ha obrado y piden nuevas señales para creer.

He aquí también un cuadro del hombre enceguecido y corrompido de la actualidad. Muchos son los que acuden a Dios para pedirle ayuda material, buena escuela, consejo para progresar en el trabajo, pero pocos son los que, afligidos por sus pecados, acuden a él para consultarle sobre el camino de la salvación. Entonces suena como ironía cuando Dios en su Palabra afirma que en primer lugar la Iglesia no es un instituto de beneficencia, sino que el tesoro de la Iglesia es el Evangelio de Cristo para la salvación de los pecadores y el único camino que lleva a la vida eterna. Jesús es el Salvador del pecado, el cual no quieren dejar. Jesús quiere librarlos del poder del diablo, en cuya existencia no creen; Jesús quiere librarlos de la muerte eterna, a la cual no temen y por lo tanto, Jesús para ellos no cuenta y así como en nuestro texto los judíos citaron falsamente un hecho bíblico para esconder su incredulidad, asimismo hoy en día, con vanas excusas tratan los incrédulos de disimular su incredulidad. A pesar de que Dios al crearlos, ya se ha manifestado en ellos mismos, dándoles ojos, oídos, la razón, y todos los miembros, ellos olvidan este milagro y piden otros. Si hay un Dios, dicen ellos, no debería permitir guerras, miseria, sufrimiento, sino conceder salud y gozo continuo.

Pero Jesús no cede a las exigencias carnales de sus oyentes, tampoco quiere predicarles lo que les agrada, sino lo que les conviene. Aunque el hombre viviera ochenta años y todos los días se las pasara en banquetes y se vistiera de púrpura y lino fino, de nada le serviría todo eso, porque polvo es y al polvo volverá. No es por lo tanto la desgracia más grande que seamos pobres, que estemos enfermos o que suframos cualquiera otra desgracia; la desgracia más grande sería morir para ser condenados como aquel hombre rico de que nos habla Jesús en la historia del hombre rico y Lázaro. Para que esto no suceda, Jesús se presenta a sí mismo como el pan de la vida, que da vida al mundo.

Cristo en otra ocasión, al hablar de su obra redentora, se comparó a sí mismo con un grano de trigo. Sería inútil guardar el trigo sin sembrarlo. Un Mesías como el que ellos esperaban para nada nos serviría. El grano de trigo para dar fruto tiene que ser sembrado en la tierra. La aparente muerte del grano es fuente de nueva vida. Así Jesús, al morir por los hombres, los redimió de la muerte, del pecado y del poder del diablo. Para continuar con este cuadro, se puede presentar la obra de Jesús bajo el símbolo del pan. Para preparar pan el grano tiene que ser molido, triturado, cocido en el calor del horno y puesto a refrescar para ser ofrecido como alimento para saciar el hambre. También Jesús fue triturado por los azotes, golpes, espinos y clavos durante su inocente Pasión. Fue “cocido” en el horno de los sufrimientos, en cuerpo y alma, fue puesto en el sepulcro frío y después de su resurrección, mediante la predicación del Evangelio, ofrecido como pan de vida a los que tienen hambre y sed de justicia, la justicia que vale ante Dios. Como el que tiene hambre recibe el pan, así los pecadores que están afligidos por sus pecados y temen el juicio final, gustosamente aceptan a Cristo y por medio de Él quedan saciados.

Durante su vida aquí en la tierra están contentos con su suerte. Si Dios les da bienes, no son orgullosos, porque saben que los bienes son dones de Dios y los usan para la gloria de Dios y para el bienestar del prójimo. Si son pobres y tienen que soportar sufrimientos, no se desesperan, porque saben que este corto tiempo, que es la vida, comparado con la eternidad, pronto pasará, y por los méritos de Cristo llegarán al lugar donde hay hartura de alegría y delicias eternas y donde no tendrán más sed; ni los herirá el sol, ni calor alguno: porque el Cordero que está en medio, delante del trono, los pastoreará, y los guiará a fuentes de agua de vida; y limpiará Dios de los ojos de ellos toda lágrima. (Apocalipsis 7:16-17)

Dónde encontrar el pan de la vida. Los que oían a Jesús en aquella ocasión se burlaban de Él cuando le pidieron aquel pan, porque seguían en su pensamiento carnal, cayendo así en el juicio del endurecimiento de corazón. Nosotros empero con corazón sincero queremos clamar: “Señor, danos siempre este pan”. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí; no me arrojes de tu presencia, y no me quites tu santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación, y el Espíritu de gracia me sustente”. Y así, cuando llegue nuestra última hora y convencidos de que el pan de este mundo no nos pueda saciar, podamos decir: “Señor, ahora despides a tu siervo en paz”. Con este fin, aprovechemos los medios de gracia instituidos por Cristo. Escuchemos atentamente su Palabra, mediante la cual Jesús se manifiesta a nosotros como el pan de la vida. Leamos la Biblia también en nuestro hogar, porque en ella tenemos la vida eterna, según la propia declaración de Jesús y el Señor mismo sacie nuestra alma con su presencia real en la Santa Cena, en el Pan y en el Vino, para que con el mayor valor pasemos por el desierto de esta vida hasta llegar al reposo eterno del Canaán celestial, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Jacobo Felahuer. Pulpito Cristiano. Adaptado por el pastor Gustavo Lavia

domingo, 22 de julio de 2012

8º Domingo de Pentecostés.



       ¡Dad de comer al mundo!




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     



Primera Lección: Jeremías 23:1-6

Segunda Lección: Efesios 2:11-22

El Evangelio: Marcos 6:30-44



Sermón

  • Introducción

Tener hambre es algo natural, y es un aviso del cuerpo el cual nos indica que necesitamos ingerir alimentos para nutrirnos. Sin embargo si no atendemos este aviso, puede ocurrir que en un espacio de tiempo, el cuerpo deje de enviar esta señal. Seguiremos necesitando nutrirnos, e iremos debilitándonos progresivamente, pero llegado un extremo ya no sentiremos hambre. Es lo que ocurre en los países donde azota la plaga del hambre, las personas mueren al final sin siquiera el deseo de alimentarse y por desgracia, casi sin poder ingerir alimento alguno cuando éste aparece. El espíritu sigue un proceso similar al del cuerpo. Necesitamos nutrirlo por medio de la Palabra, de la leche espiritual no adulterada de la que nos habla el Apóstol Pedro (1 Ped 2:2), para que esté fuerte y no desfallezca. Sin embargo, aquellos que se privan de este alimento espiritual constantemente en sus vidas, se debilitan a tal extremo que la Palabra ya no significa para ellos la fuente de vida que es, y con ello ponen en peligro su salud eterna. En la lectura de hoy sin embargo, Cristo provee alimento abundante tanto para el cuerpo como para el espíritu, y aunque en este mundo no siempre dispondrán los hombres del primero por desgracia, podemos estar seguros que el segundo, el alimento precioso de la Palabra de Dios, no faltará. Es la promesa del Señor a la humanidad, aquella que nos asegura salud y vida eterna para nuestras almas.

  • Salir al mundo, ver el mundo, compadecerse del mundo

Una vez más las multitudes seguían a Jesús y a los discípulos, hasta tal punto que el cansancio hacía mella en los propios Apóstoles. Su ministerio llenaba las horas de cada día, librando la batalla espiritual de proclamar la Buena Noticia, de sanar enfermos, de combatir el mal, de enseñar y testificar con sus obras de la presencia del Reino entre los hombres. Y estos obreros necesitaban su merecido descanso, tal como les indicó Jesús. Así también los creyentes haremos bien en tener momentos de sosiego, de buscar nuestros “desiertos”. Aquellos lugares o momentos donde serenar el espíritu y recargar las fuerzas para continuar la Obra de Dios en la tierra. Los discípulos y Jesús mismo no tenían muchas oportunidades como esta, pues la multitud los seguía allá donde iban. Pero Jesús salió “y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor” (v34). La compasión es la base del Amor de Dios para con los hombres, el fundamento de su Gracia, y aquello que nos hace ver la realidad con los mismos ojos de Jesús. Pues no podemos proclamar el Evangelio si no estamos convencidos de que los hombres lo necesitan en verdad, no como una opción de vida más, sino como una necesidad vital para salvar sus almas. Tenemos que salir y ver las multitudes, pero verlas como Dios las ve, como ovejas lejos de su pastor. Seres que viven en muchos casos según su limitado entendimiento de la vida, sin más referencia que el tiempo que les ha tocado vivir, y sin más objetivo que hacer de la vida misma el objeto de sus esfuerzos y ambiciones. Y por ello es necesario y es la responsabilidad de cada cristiano, contribuir en la medida de sus posibilidades a la proclamación del puro Evangelio de perdón de pecados. De testificar que sólo en Cristo puede el ser humano encontrar un fundamento válido no sólo para esta vida, sino sobre todo para la vida eterna, la verdadera vida. Y esta compasión y este empeño deben acompañarnos cada día, y especialmente debe ser el fundamento de la misión de la Iglesia, y su mayor responsabilidad. Pues si no llevamos a los hombres a Cristo y sólo a Él, estaremos dispersándolos, espantándolos, llevándolos a senderos extraños. Dios pide fidelidad a su Palabra, a su mensaje de salvación, y por ello advierte contra los pastores negligentes: “yo castigo la maldad de vuestras obras, dice Jehová” (Jer. 23:2), pues para el Señor no cuidar adecuadamente de su rebaño es sinónimo de maldad. Al igual que Jesús y los discípulos, hay pues que salir al encuentro, observar, convencidos de la necesidad del Evangelio y finalmente, compadecernos de este mundo, que es lo que nos motiva y moviliza para proclamar y testificar. Para ver en el prójimo no a un extraño con el que no tenemos nada en común, sino a un posible hermano en la fe y coheredero del Reino.

  • ¡Dadles vosotros de comer!

Las horas pasaron rápido, llenas y plenas de la maravillosa enseñanza de Jesús. Una enseñanza nueva, que hablaba de un Dios que en su infinita misericordia, no quiere la muerte del impío, sino que viva (Ez.18:23), y que “habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lc 15:7). Arrepentimiento, conversión del corazón, fe en Cristo y salvación; y todo ello por el Amor de Dios hacia nosotros los hombres. La tarde se echó encima y una vez satisfecha el hambre espiritual de aquellas almas, sobrevino el hambre física, como un resíduo de carnalidad después de haber experimentado un poco del cielo en la tierra por medio de la presencia de Cristo. Los discípulos estaban nerviosos, apartados como estaban de alguna aldea, ¿cómo iba la gente a satisfacer su hambre?, ¿con qué darles de comer?. Y la respuesta de Jesús una vez más es para ellos desconcertante: “Dadles vosotros de comer” (v36). Sin duda en esta ocasión su fe fue puesta a prueba de nuevo, pues ellos, que venían de expulsar demonios, de sanar enfermos y de presenciar milagros maravillosos, aún carecían de la iniciativa para poner en práctica el poder de su fe por ellos mismos: “¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer” (v37). La respuesta de los discípulos presume incredulidad, pues la multitud de personas requería una gran suma de dinero sólo para comprar pan. También a nosotros nos parece que la misión de proclamar el Evangelio es una tarea enorme, desproporcionada en comparación con nuestros recursos. Tenemos falta de obreros para tanta mies, estaría bien tener más y mejores medios. Pero Jesús dice: “Cuántos panes tenéis?” (v38). Los discípulos tenían sólo cinco panes y dos peces. Y con este escaso material Jesús va a producir uno de los más famosos milagros, el de los panes y los peces, donde después de bendecirlos dió de comer a cinco mil personas. ¿Cuántos son nuestros panes y nuestros peces?, ¿cuántos nuestros recursos para alimentar con la Palabra de Dios a los hombres?. Puede que pocos, pero aquí Jesús nos dice: con lo poco la fe puede hacer mucho. ¿y cuánta es nuestra fe?. Recordemos que nada es poco para el Señor, ya que por medio de un hombre Dios liberó a Israel en Egipto frente a un Faraón (Ex 3:12), con un simple pastor derrotó a un poderoso ejército filisteo y levantó a un Rey (1º Sam.17:45), y por medio de un niño nacido en un establo y muerto en una Cruz, redimió al mundo entero. No, nada es poco cuando abunda la fe, pues el poder no está de hecho en los medios, sino en la Palabra de Dios, y la voluntad de usarla para llevar a cabo Su Obra aquí en la tierra. ¿Tenemos pues sólida fe en el Evangelio de Cristo?, ¿tenemos boca, manos y pies?, ¡Adelante entonces!, ¡Demos nosotros pues de comer al mundo!.

·         Comida abundante y sin fin para toda la humanidad

Doce cestas llenas sobraron de aquel banquete milagroso, donde todos comieron y se saciaron abundantemente. Cinco mil personas fueron alimentadas partiendo de cinco panes y dos peces. ¿no es esta comida, este milagro, un anuncio de que Cristo puede satisfacer y llenar igualmente el hambre espiritual del mundo?, ¿no es un testimonio de que Él es verdaderamente el Hijo de Dios que quita el pecado del mundo?. No debemos olvidar sin embargo en este momento, las palabras de Jesús: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda Palabra de Dios” (Lc 4:4). Porque el hambre del mundo carnal es insaciable; hoy comemos, pero mañana tendremos hambre de nuevo. Por contra, la Palabra de Dios satisface por siempre, pues es alimento divino e inagotable para el alma. Y así, el Señor nos nutre y fortalece por medio de ella diaria y abundantemente, y de este alimento, al igual que ocurrió con los panes y los peces, hay de sobra para el mundo entero, para cada uno de los seres humanos que pueblan la tierra. Pues para todos fue proclamada esta Palabra de Vida y salvación. Pero en esta lectura se nos muestra además otro hecho destacable, que nos lleva ineludiblemente a otro milagro, a otro banquete: “Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y repartió los dos peces entre todos” (v41). Pues Cristo, la noche en que iba a ser entregado instituyó otro banquete divino, por medio del pan y el vino (Mc 14:22-25). Un banquete donde se ofrece perdón y salvación, por medio de su cuerpo y sangre, y que también provee comida abundante y sin fin para los creyentes. Por medio de pan y peces Jesús combatió el hambre carnal, y ahora por medio de pan y vino, cuerpo y sangre, combate el pecado y la muerte. Y todo ello por el poder de esta misma Palabra de Dios, y el poder del Espíritu Santo, el cual ablanda los corazones endurecidos, y consuela a las almas que andan en este mundo sin pastor. Tenemos pues un mandato claro de Jesús: dar de comer al mundo. Y este mandato nos obliga como cristianos y como Iglesia, a compadecernos del mundo sufriente, del prójimo necesitado y abatido; pero por encima de todo a alimentar a la humanidad con la comida y bebida celestial que Dios provee en abundancia: “y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:3-4).

  • Conclusión

El mundo padece hambre, hambre física en muchas partes del planeta, una tragedia en estos tiempos de abundancia tecnológica, productiva y consumista. Cristo no fue indiferente a este hecho, y nos llama a ayudar al prójimo necesitado, pues: “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt 25: 40). Su mirada compasiva no era ajena a las necesidades humanas. Pero su mirada abarcaba mucho más que esta vida carnal, y se extendía a la plenitud de la vida eterna, nuestra verdadera Vida. Y es aquí donde el llamado a llevar alimento al alma humana, para que pueda cruzar los umbrales del Reino celestial, cobra toda su relevancia. La Palabra de Dios es el maná caído del cielo, para que los hombres se nutran y vivan, en el sentido pleno de la palabra. Y nosotros los cristianos, somos los sirvientes de Dios para llevar a los hombres este alimento divino. Cristo, el pastor de nuestra almas nos llama a esta tarea de servicio, y no, no necesitas mucho para ello, te basta tu fe. ¡Que así sea, Amén!                                         
J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo                                                           

viernes, 13 de julio de 2012

6º Domingo de Pentecostés.


       FIELES A LA MISIÓN DE CRISTO




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     



Primera Lección: Ezequiel 2:1-5

Segunda Lección: 2ª Coríntios 12:1-10

El Evangelio: Marcos 6:1-13



Sermón

  • Introducción

Vivimos en un mundo donde es evidente y palpable el incremento de personas en las que la fe cristiana ya no tiene un papel fundamental en sus vidas. El secularismo avanza arrinconando a los creyentes y relegándolos a un mero papel anecdótico en la sociedad e incluso atribuyéndoles un papel negativo y obstaculizador para el avance de la misma. En países de Europa donde el cristianismo era hasta hace unos años un elemento fundamental de su esencia espiritual y cultural, se pueden ver iglesias casi vacías, e incluso algunas son vendidas y  reconvertidas en museos o centros sociales o de ocio. La incredulidad florece y crece al parecer de manera significativa, al menos en nuestra sociedad occidental, donde el numero de bautizos desciende de manera alarmante. Pero, ¿vivimos realmente en una sociedad incrédula o es que la gente está poniendo su credulidad al servicio de otros mensajes y opciones de vida?. ¿Por qué la Palabra de Dios no tiene eco en los corazones de muchos hombres y mujeres hoy?, ¿Es esto algo nuevo en realidad o por el contrario ha sido una constante en la historia de nuestra fe cristiana a lo largo de los siglos?, y ¿Qué debemos hacer los cristianos ante este panorama poco alentador en principio?.

  • ¿Incredulidad o rechazo a la Palabra de Dios?

Cuando leemos en el Nuevo Testamento acerca de la reacción de la gente ante Jesús y su mensaje, vemos que existen momentos puntuales donde la muchedumbre acudía en masa a escucharlo. Eran cientos los que se le acercaban buscando aquella luz, aquel milagro, aquella palabra que pudiese cambiar sus vidas. Los pobres, los enfermos, los marginados lo seguían a Él y a sus discípulos buscando algo tan simple incluso como el tocar su manto: “y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos” (Mc 6:56). Sin embargo, aunque las Escrituras constatan la huella profunda que Jesús dejó entre su pueblo, podemos afirmar que el cristianismo y concretamente el Evangelio del perdón de pecados, aún generando reacciones populares impactantes, no fue desde sus inicios un mensaje asumido masivamente. En el Evangelio de hoy, podemos comprobar incluso la desconfianza que mostraron los más cercanos a Jesús respecto de su misión redentora. Teniendo como tenían el conocimiento de las Escrituras para poder ver que en Jesús se cumplían todas las promesas anunciadas a Israel desde la antigüedad, aún así le mostraban un rechazo casi visceral. “Ni aún sus hermanos creían en Él” (Jn 7:5), y para el resto de vecinos o allegados, incluso su cercanía a ellos la convertían en un argumento más para la desconfianza: “¿De dónde tiene este estas cosas?, ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos?” (Mc 6:2) . La acción redentora de Jesús entre sus conocidos no provocó en sus corazones mayor simpatía o alegría, sino todo lo contrario: “se escandalizaban de él” (v3). Jesús proclama entonces un axioma que ya se cumplió entre los profetas de Israel, aquellos que clamaban al pueblo por sus pecados y traiciones a su Dios: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa” (v4). Pues la dureza del corazón humano ante la Palabra de Dios puede ser tal, que incluso la cercanía, la amistad o la familiaridad que en principio pudieran parecer una ventaja para la proclamación, se pueden llegar a usar igualmente para el rechazo, el desprecio o la mofa. El creyente al igual que Jesús, está expuesto a ser ignorado, despreciado o incluso combatido al proclamar la verdad liberadora del Evangelio de Cristo. ¿Has experimentado estas situaciones al tratar de dar un testimonio de tu fe ante otros?. Si ha sido así, entonces que no desfallezca tu ánimo ni tu entrega, pues has experimentado el rechazo no a tí, sino a la Palabra de Dios a causa del pecado. Y ello es prueba evidente de la necesidad de redención del hombre y de la importancia de continuar la Gran Comisión que Cristo encomendó a sus discípulos (Mt 28: 16-20).

  • El rechazo como comienzo de la misión

Jesús inició su misión en la tierra viviendo en su persona el rechazo a su obra y su mensaje. Pero lo que parecía una situación de partida desfavorable, no fue obstáculo para continuar con más ahínco su labor entre su pueblo. Del asombro por la incredulidad que mostraban, pasó rápidamente al trabajo en la vid de su Padre : “Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando” (v6). Y así debe ser igualmente entre nosotros, pues no hemos sido llamados a una labor fácil ni cómoda, sino a arar con decisión campos de dura tierra (Lc 9:62), a pescar en aguas profundas y peligrosas (Lc 5:4), a cargar pesadas cruces (Mt 10:38), a andar sobre aguas amenazadoras (Mt 14:29), a no temer a las tormentas (Lc 8:25), a no callar ante las multitudes (Lc 19:37), y en definitiva a beber llegado el caso de un cáliz amargo como la hiel (Mc 10:39). Estas son las condiciones de nuestra misión, que en resumidas cuentas significan que el mundo no nos recibirá con los brazos abiertos, y que muchas veces hablaremos en el desierto, donde acaso algún alma tocada por el Espíritu nos escuchará. Que los medios de gracia no serán recibidos siempre como la bendición divina que son para el hombre, sino llegado el caso despreciados. Que seremos acusados de ilusos, anticuados, y hasta un peligro para la modernidad. Y para todo ello debemos estar preparados, para que cuando experimentemos estas situaciones nuestra fe y con ella, nuestra tarea apostólica en  la sociedad no se tambalee. Nuestra fe y el trabajo de testimonio que ella implica, requieren tener la claridad de que, en palabras del propio Jesús: “si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros” (Jn 15:18). No, no llevamos un mensaje exitoso para los oídos de esta sociedad, pero aún así este mundo está necesitado de oírlo y de recibirlo, pues hoy como en los tiempos de Jesús, el pecado sigue clavando su aguijón en las vidas de las personas. Siguen siendo todavía muchos los que viven entre los muertos de espíritu (Ef 5:14), ajenos a la gran distancia que los separa de su Creador, y sin que nadie les proclame que en Cristo y sólo en Cristo hay perdón y reconciliación eternas por medio del arrepentimiento y la fe en la Cruz salvadora. Pero todo esto y el rechazo de gran parte del mundo a Cristo, no hace sino confirmarnos lo necesario de seguir sujetando firmemente el arado abriéndonos paso. Sólo así seremos siervos útiles para que el Espíritu Santo siga dando testimonio, sabiendo que la semilla del sembrador divino, unas veces será devorada antes de tiempo, otras se secará por falta de arraigo, otras morirá sin dar fruto, pero finalmente y con total seguridad en muchos casos caerá en buena tierra, dará fruto y producirá cosecha abundante: “Y éstos son los que fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno” (Mc 4: 20).

·         Sin alforja y sin sustento para el camino

El compromiso cristiano no es fácil como hemos visto, por la propia naturaleza de su misión: convencer al mundo de su pecado, de la justicia ganada por Cristo y del juicio por la victoria del Hijo de Dios sobre el mal (Jn 16:8), y todo ello por medio de la proclamación de la Palabra. Y Jesús, para esta complicada empresa conminó a sus discípulos a no llevar :”nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas” (v8). Es decir, fe absoluta en que ellos, sus vidas y su testimonio están totalmente en las manos del Padre, que cuidará de que nada les falte y los sostendrá llegado el caso hasta en el martirio por la fe como el caso de Esteban, el cual mientras era apedreado: “invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hech. 7:59) y aún perdonaba a sus castigadores. Pues los discípulos de Cristo necesitamos como única seguridad para esta misión, el don divino de nuestra fe. Y es precisamente esta fe la que ante el rechazo, la incredulidad y la falta de respuesta al Evangelio de perdón de pecados, hace que perseveremos en esta comisión que ha sido encomendada a la Iglesia de proclamar esta Palabra que nos sustenta, y de administrar los Sacramentos para perdón de pecados y salvación. Poco más necesitamos, aparte de la confianza en  que la Palabra de Dios: “no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Is. 55:11). Con esta promesa de parte de Dios mismo, podemos vivir con la seguridad de que en la aparente incredulidad de esta sociedad, aún hay muchos que responderán a esta Palabra, y que nuestra misión es alcanzarlos allí donde estén. Puede ser entre nuestra propia familia, vecinos, amigos, compañeros de trabajo e incluso personas desconocidas para nosotros. Están ahí, aguardando como el eunuco a que un discípulo del Señor vaya en su busca y que de ese encuentro surja el diálogo que esperan los ángeles para gozarse: “Aquí hay agua, ¿Qué impide que yo sea bautizado?. Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios” (Hech.8:36).

  • Conclusión

Felipe buscó al eunuco en el desierto y lo encontró, y al igual que a él, el Espíritu nos guía también a nosotros en esta vida al encuentro de aquellos que aún no han confesado el nombre de Cristo. No será una misión fácil ni quizás exitosa, pues sobre la Palabra de Dios pretenden alzarse hoy como siempre, otras palabras que atrapan a los hombres y los apartan del Evangelio. Aún así debemos perseverar, como aquellos primeros discípulos que caminaban por caminos de sequedad e incredulidad, pero que aún así: “predicaban que los hombres se arrepintiesen, Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite  a muchos enfermos, y los sanaban” (v12-13). Ellos son el ejemplo a seguir y la demostración de que el Reino en verdad, está cerca. Que así sea, ¡Amén!.
                                          J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla

domingo, 24 de junio de 2012

4º Domingo de Pentecostés.


       Dios sigue llamando a su pueblo




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

Primera Lección: Isaías 40:1-5

Segunda Lección: Hechos 13:13-26

El Evangelio: Lucas 1:57-80



Sermón

  • Introducción

Vivimos tiempos convulsos, de una llamada crisis que hace ya un tiempo está sacudiendo los cimientos de nuestra sociedad. Existe una preocupación general en el ambiente, donde unos tratan de buscar salida a sus problemas, otros miran con recelo al futuro, y algunos han caído ya en la pérdida de confianza y pronostican lo peor para el porvenir. La economía y sus hijos predilectos: los mercados, quieren convertirse así en nuestros nuevos señores, aquellos que aparentemente determinan quien permanece de pie o quién cae. Y así día a día este entorno que nos rodea, nos aprisiona y asfixia de manera tal que, son pocos los que perciben en esta semi-oscuridad social el hecho de que Dios sigue gobernando nuestros destinos. Que no es ningún indicador económico, ningún banco ni ninguna agencia de calificación los que tienen realmente nuestras vidas en sus manos. Pues Dios sigue siendo el Señor de la Historia, y sigue hablando y llamando a Su pueblo, para que escuchen Su voz, la misma voz que proclama que sólo El puede hacer que “lo torcido se enderece y lo áspero se allane” (Is. 40: 4).

  • Escuchando la voz de Aquél que nos llama

Cuando hay mucho ruido en el ambiente, es difícil poder escuchar la voz de la persona que nos habla. Todo se funde en un rumor que embota nuestros oídos, no permitiéndonos distinguir un mensaje coherente. Si a ello añadimos el ser poco cuidadosos o poner poca atención a lo que se nos dice, entonces el fracaso en la transmisión de un mensaje está asegurado. Y así le ocurrió a Israel, en medio del ruido de las ambiciones humanas, las amenazas y los conflictos políticos, este pueblo a menudo cerró sus oídos a la voz de Dios proclamada por medio de Sus Profetas. Pero escuchaban eso sí, otros mensajes, y seguían otras voces, que a la postre complicaban sus vidas y los llevaban a sufrir penurias: amenazas de invasiones, humillación, deportación en Babilonia, etc. Es lo que ocurre cuando desplazamos del centro de nuestras vidas a Dios, y lo suplantamos por el lucro, la avaricia y la ambición a costa incluso de ser siervos del engaño y hacer de la mentira el aliado perfecto. Pero el pueblo de Dios y los creyentes en general necesitamos vivir atentos siempre a la voz de nuestro Creador; estar atentos a los tiempos que nos toca vivir, sí, pero no dejando de oir la única voz que de verdad debe importarnos. No podemos perder de vista que por encima de las crisis, los problemas y la aparente autosuficiencia del mundo presente, nuestro Dios sigue proclamando un mismo mensaje: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios” (Is. 40: 3). Puede parecernos que el mundo vive según sus propias reglas, ahora predominantemente económicas, pero no olvidemos que éste es el mismo mundo necesitado de arrepentimiento y perdón de todos los tiempos desde la caída de nuestros primeros padres. Y aunque muchos siguen cerrando sus oídos a la voz de Dios en Su Palabra, y ponen toda su atención en esta realidad aparente, otros sí han escuchado y entienden que sus vidas necesitan un sentido superior al que esta sociedad puede ofrecerles. Y que este sentido se encuentra sólo en Cristo. Y para estos, todos los días les es proclamada una Buena Noticia, una que ningún problema humano puede acallar o perturbar: “Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado que el doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados” (v2). Dios así nos tiende la mano, nos ofrece perdón, vida y salvación eternas por medio de la sangre de Su Hijo, por encima de nuestros errores y pecados. Una oferta que demanda una inversión razonable, pues sólo requiere arrepentimiento y conversión, pero con el interés más alto que ningún inversor pueda imaginar obtener: la entrada al Reino celestial. Esta es, frente a las ofertas de inseguridad y temporalidad que ofrece el mundo, la oferta de Dios para los hombres. Pero una oferta eso sí, que tiene un plazo limitado para poder acogernos y beneficiarnos de ella: nuestra vida. ¿Puede ofrecernos el mundo algo mejor y más interesante?, ¿Dejaremos pasar pues

esta oportunidad irrepetible?.

  • Escogiendo la mejor parte

El mundo siempre ha conocido problemas de todo tipo, pues siendo el hombre pecador el entorno sufre las consecuencias del pecado. Así hemos vivido cambios sociales, económicos, guerras, revoluciones, hambrunas, epidemias, etc. Situaciones que preocupan y generan confusión e incluso ansiedad. Pero no debemos olvidar que el trasfondo de nuestras preocupaciones y agobios tiene como fundamento únicamente la debilidad en la confianza en que Dios ordena su creación amorosa y misericordiosamente, y de que todo lo que sucede, aunque no lleguemos a entenderlo, está predispuesto para nuestro bien: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Rom 8:28). Y todos conocemos también la historia de Marta y María relatada en el Evangelio de Lucas, y de la advertencia de Jesús a Marta: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas, pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”(Lc 10:41-42). Aquí tenemos un ejemplo claro de que el mundo y sus problemas no deben apartarnos nunca de la escucha atenta de la voz de nuestro Creador. De nuevo, esto no significa vivir de espaldas al mundo, ignorando los acontecimientos  sino todo lo contrario. Debemos mirar y ser críticos con la realidad, tratando de interpretar la acción de Dios en la misma, pero no confundiendo eso sí, el devenir del mundo y su lógica con la de Dios: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Is 55:8). Porque este mundo tiene un único sentido, que es el de servir y alabar a Su Creador viviendo según Su Ley de Amor para con Él y el prójimo; y por eso cualquier otro sentido humano que le apliquemos, seguirá generando frustración y conflictos únicamente. Y aquí es donde los cristianos estamos llamados a seguir perseverando en nuestro testimonio del Evangelio, más allá de los acontecimientos. El Apóstol Pablo es un buen ejemplo de este espíritu, testificando sin cesar, perseguido, maltratado, expulsado, encarcelado y aún así agradecido de darlo todo por el Evangelio: “por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura para ganar a Cristo” (Fil 3:8). Vinimos a este mundo sin nada, y sin nada nos marcharemos de él, por eso, aquello que tenemos y con lo que Dios nos ha bendecido, cuidémoslo. Pero al mismo tiempo cuidemos ante todo de que aquello más importante que poseemos, nuestra fe, no se vea debilitada ante las dificultades de la vida. Que ella sea en Cristo nuestra ancla cuando las aguas desbocadas del mundo parezcan querer sacudirlo todo.

·         Las voces proféticas aún son necesarias

La llamada de Dios a su pueblo es una constante en la historia de la humanidad. Dios no cesa en su empeño de traer redención a este mundo: “Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras” (Sal 19:4), y al igual que el padre en la parábola del hijo pródigo, Él siempre está a la puerta pacientemente esperando el momento de nuestra conversión. Es su naturaleza misericordiosa la que posibilita el que no seamos desechados y abandonados a nuestra perdición. Y por eso, en los momentos clave el Señor ha traído hombres a este mundo que proclamen su Palabra, que hablen por encima del mundanal ruido y sus problemas, y que hagan tomar conciencia de los senderos erróneos que no debemos seguir. Juan el Bautista fue uno de estos hombres escogidos, con una labor difícil y que como en su caso, con frecuencia acarreaba la muerte. Él fue llamado a ir delante del Señor: ”para preparar sus caminos” (Lc 1: 76)  y a predicar en el desierto de una sociedad donde eran pocos los que oían. Pero aún con todos estos condicionantes, Juan cumplió su misión anunciando a Jesús como el Mesías prometido, el Cristo. Y su voz continúa activa aún, por medio de la llamada que desde entonces y hasta hoy lleva a cabo la Iglesia misma y cada creyente que ejerce su responsabilidad de ser testigo del Evangelio. Estos mismos profetas, en la figura de cada uno de nosotros, son/somos llamados hoy a mantener la voz firme y a decir a nuestra sociedad que este mundo, con todas sus problemáticas, crisis y aparente vida propia, sencillamente pasará. Y que más allá de que el mundo pase, una cosa sabemos cierta: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (Heb 13:8), y que la llegada del Reino está próxima. Pretendemos arreglar los asuntos mundanos, dejar atado y bien atado cualquier cuestión laboral, económica o social, pero ¿para cuándo dejaremos el arreglar el gran problema del ser humano?, ¿Qué necesita el hombre para tomar conciencia de que lo trascendente es aquello que requiere de sus máximos empeños y atención?. Una sociedad sorda a la llamada de Dios es una sociedad que navega como un barco a la deriva, expuesta a la colisión con el primer Iceberg o escollo que aparezca en su camino. Por eso la Iglesia no es sólo la comunidad de aquellos que nos congregamos alrededor de la Palabra y los Sacramentos, sino la de los que llenos de esta Palabra e insuflados de poder por medio del Espíritu Santo, salen al mundo y testifican con su vida y su palabra de aquello de: “lo que hemos visto y oído” (1 Jn 1:3). ¿Estás ejerciendo tú esta misión?, ¿permites que el mundo y sus problemas te aparten de tu vocación profética?.

  • Conclusión

Asistimos a situaciones de inestabilidad social, de crisis económica y dudas sobre el futuro de nuestro modelo social. Hay personas que están sufriendo especialmente este impacto, y como Iglesia debemos estar junto a ellos y apoyarlos,  proclamando al mismo tiempo que nuestra sociedad necesita ahora más que nunca la Palabra de Dios, para poner serenidad y esperanza donde reina la confusión. Para denunciar que este mundo tiene un Señor, que no está sometido a ninguna ley financiera, y que sigue llamando al hombre a escuchar su mensaje de perdón y amor en Cristo. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21:33). No, la Palabra de Dios no está sometida a la especulación de los mercados, ni se ve afectada por decisiones políticas. Su validez es eterna y su eficacia es absoluta (Is 55:11). Ella será nuestra mejor inversión, aquella que nos dará “tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones ni minan ni hurtan” (Mt 6: 20). Que así sea, ¡Amén!

                                                         J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla

domingo, 10 de junio de 2012

2º Domingo de Pentecostés.



       “El pecado que no será perdonado


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

Primera Lección: Génesis 3:8-15

Segunda Lección: 2ª Coríntios 4:13-5:1

El Evangelio: Marcos 3:20-35

Sermón

INTRODUCCIÓN

Ser cristiano significa, fundamentalmente, vivir confiados en que nuestra relación con Dios, por encima de nuestras ofensas, transgresiones y en definitiva, de nuestros pecados diarios, ha sido restaurada por medio de la obra de Cristo. Esto es de gran consuelo y ciertamente una buena noticia (Evangelio) para todos nosotros. Ya el profeta Isaías anunció de manera muy gráfica el hecho de que Dios, en su infinita misericordia, es un Dios perdonador y misericordioso:  “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como lana blanca” (Is 1:18). Cualquier persona no podrá sino regocijarse con este anuncio de perdón y restauración de parte de nuestro Creador. Mas nos encontramos hoy en el Evangelio con una situación nueva y desconcertante, donde la acción salvífica de Dios entre los hombres es conscientemente rechazada, atacada y acusada de ser obra del maligno, ni más ni menos. Desconcierta pensar que alguien pueda  deliberadamente, oponerse al amor de Dios que restaura, consuela y trae vida y salvación. Pero por muy desconcertante que sea, ello es también posible. Y ciertamente esto es un pecado, pero no un pecado cualquiera, sino en palabras del propio Jesús, un pecado que no será jamás perdonado.

  • La misericordia y el amor de Dios llama a las multitudes

El Evangelio de Marcos nos muestra desde sus primeros versículos a Jesús enfrentándose al mal y la enfermedad,  y liberando a los hombres de la esclavitud de la misma. Así, lo vemos echando espíritus inmundos, sanando a leprosos, paralíticos y realizando otros milagros por medio del poder de Dios: “ Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios” (Mc 1: 34). Esto equivalía a mostrar a los judíos que, siendo el Mesías prometido y el Hijo de Dios, tenía poder también para luchar contra el pecado mismo y sus consecuencias. Y así, Jesús dió inicio a su ministerio mostrando la misericordia divina entre su pueblo, llevando un anuncio fresco y poderoso de perdón y de liberación. Y las multitudes lo seguían, desde Galilea, desde Judea y desde otros muchos lugares, atraídas por esta enseñanza nueva, donde no solo se proclamaba la Palabra, sino que ésta se hacía viva, evidente y sanadora por medio de su presencia. Muchos reconocían en Jesús a aquél que acercaba el Reino de Dios a los hombres, e incluso los mismos espíritus que expulsaba se postraban ante Él y lo reconocían como Hijo de Dios: “Y los espíritus inmundos al verle, se postraban delante de él, y daban voces diciendo. Tú eres el Hijo de Dios” (Mc 3: 11). Pero aún con todo este testimonio, otros no creían en Él, e incluso sus mismos familiares estaban confusos y dudaban, tratando de apartarle de su ministerio público (Mc 3: 21). La acción de Jesús y el anuncio del Evangelio, provocan como vemos reacciones dispares entre los hombres: o bien su aceptación por medio de la acción de conversión del Espíritu Santo, o el rechazo al puro Evangelio de perdón y salvación. Podríamos pensar quizás en una tercera reacción: la indiferencia, pero en realidad esta no sería sino una manifestación más del rechazo mismo. Pues el hombre en su estado natural vive continuamente rechazando la llamada amorosa de Dios, a causa del pecado, y solo misteriosa y milagrosamente es llevado a la fe salvadora por la misma obra del Espíritu. Y una vez convencido de su condición de perdición ante Dios y de su necesidad de restauración por medio de la Obra de Cristo en la Cruz, el ser humano no puede sino dar infinitas gracias a su Creador por esta gracia inmerecida, fruto del amor de Dios hacia los hombres. Sin embargo cabe mencionar aún otra posible reacción ante el anuncio del Evangelio, una que simplemente nos cuesta imaginar que sea siquiera posible. Pues ¿Acaso no hemos dicho que la Obra del Dios entre los hombres no debería ser sino motivo de enorme alegría?. ¿Cómo sería posible pues que alguien, plenamente convencido de su necesidad de perdón y del amor perdonador de Dios en Cristo, aún así rechazara conscientemente esta oferta de restauración de parte de Dios?. ¿Qué diremos pues si además se acusase a esta acción amorosa de Dios de ser obra del maligno?.

·         Un pecado que no tiene perdón

La Palabra de Dios es poderosa, y en boca de Jesús esta Palabra hacía milagros y prodigios asombrosos. Y esta manifestación del poder de Dios y de su misericordia era tan evidente que, como hemos dicho, hasta los demonios se retorcían proclamando a Jesús como el Hijo de Dios. Sin embargo los escribas, aquellos que era considerados y se consideraban maestros de la Ley de Dios, mostraron una actitud ante Jesús peor incluso que la de los mismos demonios. Pues si estos, aún a su pesar, reconocían a Jesús como el Mesías divino prometido, los escribas lo acusaron de ser él mismo un servidor de los demonios: “Pero los escribas que habían venido a Jerusalén decían que tenía a Belzeebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera a los demonios” (Mc 3, 22). Pero ¿cómo es posible que alguien luche contra sí mismo?, respondió Jesús, ¿cómo un reino se rebelará contra él mismo?, pues: “si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer” (v24). Con esta parábola Jesús indica que no hablamos aquí de un servidor de demonios, sino del verdadero Hijo de Dios, que destruye con su Palabra la realidad maligna en la que viven los hombres. Que lucha y somete a las fuerzas del mal con el poder de Dios: “Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa” (v27). Los escribas sabían y eran conscientes sin duda de que Cristo era el Hijo de Dios, y que sólo por medio del poder de Dios eran posibles todos los milagros que presenciaban. Pero aún así, y con todas estas abrumadoras pruebas, estos hombres en su desprecio absoluto por Cristo y su obra entre los enfermos y desechados de la sociedad de su tiempo, cometieron el mayor de los pecados: blasfemaron contra el Espíritu Santo. Porque toda esta acción de conversión y restauración es precisamente llevada a cabo por medio de la obra del Espíritu Santo. Él es quien convence al mundo de pecado (Jn 16: 8), y el que disemina en el mundo la gracia y el amor de Dios. Así los escribas, al tachar la obra de Dios como obra de los demonios, atacaron y blasfemaron contra el Espíritu divino. Y este pecado nos dice Jesús: “no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno” (v29). Son palabras duras, terribles incluso, pero que señalan que aquel que, una vez consciente de su situación pecaminosa, rechaza y ataca la oferta de salvación y perdón en Cristo Jesús (Evangelio), ya ha sido condenado. Pues la salvación es siempre la obra propia de Dios por medio de su gracia; pero la condenación es responsabilidad exclusiva del hombre llegado el caso, por su incredulidad, su rechazo y su dureza de corazón: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3: 19).

  • Familiares de Jesús por medio de la Fe

Con todo y por encima de los ataques contra Cristo y su obra, los escribas y otras autoridades religiosas de Israel, no pudieron detener al pueblo en su deseo de escuchar a aquél que traía esperanza y una palabra nueva. Y era tal la fuerza de su mensaje, que era frecuente que las casas fuesen desbordadas por el número de personas en ella para escucharle, y que muchos tuviesen que permanecer incluso fuera. Así es como el hombre tocado por el Evangelio, acude a su llamada, sin reparos para sortear dificultades o superar sus propias limitaciones (Lc 19: 3-4), con tal de recibir un rayo de esa luz divina para sus vidas. Y así lo encontraron sus familiares, y mandaron a buscarle al interior de una casa, donde probablemente eran incapaces siquiera de entrar. Pero Jesús contestó ante esta llamada: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” (v33). Puede parecernos una respuesta despectiva hacia sus propios familiares, los cuales como hemos dicho, querían seguramente por temor, protegerlo y apartarlo de su vida pública. Pero Jesús aquí quiere en realidad hacernos reflexionar sobre aquellas cosas que anteponemos a la voluntad de Dios, y que muchas veces nos apartan de una entrega sin reservas a favor del Evangelio. “He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquél que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (V34-35).  Ni siquiera los lazos familiares, quizás los más fuertes que tenemos en este mundo, son pues excusa para no cumplir la voluntad del Padre, y esto Jesús lo mostrará más claramente aún en el Evangelio de Mateo. “el que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí, y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mi” (Mt 10: 37).Pues ésta es en palabras de Jesús la voluntad de Dios, a lo que Él nos llama. A seguir no nuestras propias ambiciones, no nuestros deseos humanos, no aquellas cosas mundanas que dan una felicidad efímera, sino a Cristo mismo en fe. Un Cristo que nos ofrece, no una vida de éxito, no el cumplimiento de nuestras ambiciosas metas, no la abundancia de bienes, sino una Cruz. Pues la vida del cristiano es caminar cada día cargando con las cruces que encontraremos en ella, pero sobre todo vivir con la alegría y el gozo de saber que Cristo nos lleva a una vida de perdón y salvación por medio de la Fe. Que Él pagó nuestra deuda ante el Padre, y que ahora somos contados entre aquellos a los que aguarda una morada celestial en el Reino.

CONCLUSIÓN

¿Qué antepones tú, y qué anteponemos todos a la causa del Evangelio?, es algo que cada día debemos meditar, para que ninguna de estas cosas sea un obstáculo que nos impida ver, como le ocurrió a aquellos  escribas, el gran milagro que cada día Dios lleva a cabo en cada uno de nosotros. El milagro de la vida eterna sellado en nuestro Bautismo, el milagro del perdón llevado a cabo por la Santa presencia de Cristo en el pan y el vino, y el milagro en definitiva de la gracia y el amor de Dios, el cual:”aun estando nosotros muertos en pecados, nos dió vida juntamente con Cristo, por gracias sois salvos” (Ef. 2: 5). Que así sea. ¡Amén!.

                                                         J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla

sábado, 2 de junio de 2012

1º Domingo de Pentecostés.

  “En Jesús nacemos cada día “

Textos del Día:

Primera lección: Isaías 6:1-8

La Epístola: Hechos 2:4ª, 22-36

El Evangelio: Juan 3:1-17

Sermón

Gracia, misericordia y paz de Dios Padre, de nuestro Señor y Salvador, Jesús y del Espíritu Santo. Amén.

Hoy es el primer domingo después de Pentecostés, tradicionalmente domingo de la Trinidad. Generalmente hoy se usa el Credo de Atanasio, credo que esta siempre vigente.

Martín Lutero en 1522, dijo en su sermón para este domingo: “Es cierto que 'Trinidad' es un nombre que no se encuentra en ninguna parte de las Sagradas Escrituras, sino que ha sido concebido e inventado por el hombre. Por esta razón, suena un tanto frío y sería mejor hablar de “Dios” en lugar de la “Trinidad”.

Esta palabra significa que hay tres personas en Dios. Es un misterio celestial que el mundo no puede entender. La fe no debe basarse en la razón o las comparaciones, sino que debe ser entendida y establecida por medio de pasajes de las Escrituras, porque Dios es el único que tiene el conocimiento perfecto y sabe cómo hablar acerca de sí mismo. Aunque las palabras “Trinidad” o “Dios Trino y Uno” no se utilizan nunca en la Escritura, en efecto, la Escritura nos muestra un Dios Uno y Trino. Nuestra lección del Evangelio de hoy nos señala a las tres personas de la Divinidad... El Hijo, quien está hablando con Nicodemo. El Padre, el Dios que envió a su Hijo y al Espíritu Santo, sin cuya acción de dar vida, nadie puede ser salvo. Las tres personas de la Trinidad estaban presentes en el bautismo de Jesús. Jesús emerge de las aguas, el Padre hablando: “Tú eres mi Hijo, en quien tengo complacencia”  y el Espíritu Santo descendiendo del cielo en forma de una paloma.

Hay algunos que afirman que los cristianos no adoran a un solo Dios, sino que adoramos a tres dioses distintos. Ellos ven y oyen, nos hablan de las tres personas separadas de la Trinidad y no pueden entender cómo podemos afirmar que adoramos a un solo Dios. Estas personas, por lo general, simplemente están buscando una razón para rechazar el cristianismo y muchas veces rechazan la existencia misma de Dios. Simplemente buscan cualquier motivo para negar la verdad de la Escritura. Nosotros creemos que la creencia de la Trinidad no esta en oposición a lo que dice Dios: “Oye, Israel: El Señor, nuestro Dios, el Señor uno es” (Deuteronomio 6:4)

Nuestros dos credos más comunes, el Niceno y el Apostólico, simplemente asumen que entendemos y aceptamos la Trinidad como un hecho. Estos dos credos suelen ser transcriptos con un párrafo por persona de la Trinidad. El Credo de Atanasio se dirige específicamente a aquellos que rechazan la Trinidad.

Nuestra fe nos afirma en la verdad bíblica de la Trinidad y acepta la verdad de la Trinidad, a pesar de que nuestra lógica humana, simplemente no puede entender cómo esto es cierto. El Credo de Atanasio es también el único de los credos antiguos que contiene una amenaza de condenación sobre la herejía, por no creer.

La fe es un don de Dios, dada a nosotros por el Espíritu Santo. La fe que cada uno mantenga íntegra y pura, sin duda permanecerá eternamente. Muchos creen que la fe es una decisión racional humana para aceptar estas cosas. Pero no es así, porque la humanidad esta muerta en pecado, nosotros confesamos que “no podemos por nuestra propia razón o fuerza creer en Jesucristo, nuestro Señor, ni venir a Él, sino que el Espíritu Santo nos llama por el Evangelio, nos ilumina con sus dones, santifica y guarda en la verdadera fe; así como Él llama, congrega, ilumina y santifica a toda la Iglesia cristiana en la tierra, y la conserva en Jesucristo en la única y verdadera fe” (Catecismo Menor, Explicación del Credo Apostólico).

Nicodemo parece haber entendido los inicios de este conocimiento. Las declaraciones que hizo a Jesús: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo” y “¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer” (v. 4) están redactadas de tal manera que parecen casi retóricas. Nicodemo sabe estas cosas, pero ¿cuál es la verdadera respuesta? Jesús tiene la verdadera respuesta: “De cierto, de cierto te, que el que no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (v. 5). Nacido de nuevo a través del agua y el Espíritu, son las condiciones del bautismo, en el que Dios viene a nosotros a través de la palabra de Dios junto con el agua, y la fe que confía en dicha palabra de Dios. Porque sin la palabra de Dios el agua es simple agua y el bautismo no existiría. Pero con la palabra de Dios es un bautismo, es decir, un agua de gracia de vida, un lavamiento de la regeneración en el Espíritu Santo.

Jesús prometió el Espíritu Santo a los discípulos: “Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré de junto al Padre”. El Padre envía al consejero, el Espíritu Santo. El Padre, la persona de la Trinidad, que tiene la más corta declaración en el Credo de los Apóstoles: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y la tierra”. Pero, que gran afirmación general en sólo 11 palabras. Todopoderoso, Creador del Cielo y la Tierra, omnisciente y omnipresente. Esto es lo que confesamos en el Credo de los Apóstoles.

Sin embargo, más allá de estas cosas, Él es nuestro Padre, con todo lo que está implícito en esa palabra. Nos reprende, disciplina, si esas cosas están presentes. Sin embargo, un padre, sobre todo este padre, es mucho más que eso. Sí, Él es estricto en sus juicios, nos dice que estamos equivocados. Nos disciplina. Pero lo más importante es la declaración de Jesús a Nicodemo en la lección de hoy: “Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. El Padre, el Todopoderoso, el Creador del Cielo y la Tierra, ha dado a su Hijo unigénito, en sacrificio por nosotros, para lograr el perdón de nuestros pecados.

Nuestra naturaleza humana se rebela a creer esto, exactamente igual que la naturaleza de Nicodemo. Simplemente no quiere creer en el Dios de la Biblia. Queremos construir nuestro propio Dios. Es mucho más fácil de esa manera. Entonces podemos tener un dios que no sea estricto en exigir obediencia a la ley. Podemos tener un dios que simplemente nos dice que todos somos sus hijos y por lo tanto dignos de todos sus dones, incluyendo el don de la vida eterna. Podemos tener un dios que sólo perdona y no corrige a sus hijos por sus pecados. Así podríamos tener un dios que creó el mundo y luego dio un paso atrás y nos dejó evolucionar a nuestro antojo.

Pero este no es el Dios que está en la Biblia. El Dios de la Biblia es severo, es muy exigente y es partidario de la disciplina. El verdadero Dios demanda de nosotros... y no podemos lograr lo que Él exige. Él exige que guardemos su ley y no con regularidad, sino siempre. Él exige que “le amemos con todo el corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente” (Mateo 22:37) y tendemos a amar a las cosas más que a Dios. Él exige que “amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos” y no podemos hacer esto, ya que somos demasiado egoístas y orgullosos. Sin embargo, este es un Padre verdadero, que perdona cuando se lo pedimos. Este es un Padre que ama de verdad a todos sus hijos, incluso a los que van por mal camino.

Este es el Padre que dio a su verdadero Hijo, para ser el sacrificio por nuestros pecados. Pero exactamente ¿qué y por qué, se produjo ese sacrificio? “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree tenga vida eterna” (v. 14-15). Esto es el “qué” del sacrificio. El Hijo del Hombre, Jesús, tiene que ser levantado como Moisés levantó la serpiente en el desierto. Este Jesús, que instruye a Nicodemo, un miembro del Sanedrín, el consejo de gobierno de Israel, que a su tiempo lo condenarán a morir en la cruz.

El paralelismo entre la serpiente de Moisés y Jesús en la cruz es notable. Moisés pidió la liberación para el pueblo de Israel en el desierto cuando Dios envió serpientes venenosas para castigarlos por su incredulidad. Cuando Moisés hizo lo que Dios instruyó y colocó una serpiente de bronce en un palo, cualquier persona que había sido mordida mortalmente podía mirar esta serpiente de bronce en el poste y ser salvo. Ni la serpiente de bronce, ni el poste donde ella estaba, tenían poder para salvarlos, solo la fe de que Dios los iba a perdonar y salvar como lo había prometido.

Nuestra liberación pasa por la misma fe. Jesús fue colocado sobre un poste, una cruz, y colgó en ella hasta la muerte. En su crucifixión y muerte, Él lleva sobre sí todos los pecados del mundo. Todos y cada pecado que tenemos: los pecados que recuerdas, los que has confesado y los que no nos acordamos, también. Todos y cada uno de esos pecados nos llevan al mismo final: la muerte eterna y la condenación. Sin embargo, en su muerte, Jesús pagó la pena que el Padre había pedido por nuestra desobediencia. Así que el Espíritu Santo nos ha traído la fe de la salvación ganada por Jesús en la cruz en el Calvario.

El “por qué” del sacrificio es “para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino que el mundo sea salvo por Él”.

El Dios Uno y Trino decidió crear al hombre a su imagen. Él no quiere destruir su creación. Así que el Padre envió al Hijo al mundo para ser un sacrificio por nuestros pecados y el Espíritu Santo crea la fe en que el Hijo, y en su obra redentora, nos garantizan la vida eterna.

Tenemos esa fe, que nos es dada por el Espíritu Santo, por lo tanto sabiendo que Jesús nos ha “rescatado y ganado de todos los pecados, de la muerte, y del poder del diablo, no con oro o plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente pasión y muerte, para que seamos suyos, y vivamos bajo Él en su reino, y le sirvamos en eterna justicia, inocencia y bienaventuranza, así como Él ha resucitado de entre los muertos, vive y reina en la eternidad” (Catecismo Menor. Explicación del el Credo, 2º artículo).  Esta es la fe que nos fue dada por el Espíritu Santo, fe que no podemos guardar ni callar.

En Cristo. Pastor Gustavo Lavia.