domingo, 14 de octubre de 2012

20º Domingo de Pentecostés.


”Heredando la vida eterna por medio de la Fe”

 

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     
 

Primera Lección: Amós 5:6-7

Segunda Lección: Hebreos 3:12-19

El Evangelio: Marcos 10:17-22

Sermón

         Introducción

Todos los creyentes y probablemente muchos que no lo son, se han planteado en alguno o muchos momentos de sus vidas la cuestión de la vida eterna. Y al igual que los discípulos (Mc 10:26), y el joven rico del Evangelio de hoy, es posible que aún se pregunten: ¿Qué haré para ganarla?, ¿cómo conseguirla y por cuáles obras o medios?. Porque la mente natural del hombre tiende a creer que esta vida eterna hay que ganarla, y por nuestros propios medios meritorios. Que debe existir un mecanismo aquí en la tierra para ser merecedores de la misma. Sin embargo, la Palabra nos dice precisamente algo muy diferente: que la vida eterna no puede ser ganada ni siquiera por los que se creen fieles cumplidores de la voluntad de Dios y su Ley. Pues esta vida eterna en definitiva no está al alcance del hombre por nada que él pueda humanamente hacer en ella, y que la salvación es un asunto que Dios ya ha resuelto en Cristo para la humanidad. Y si no entendemos esta verdad evangélica, el Evangelio del perdón de pecados seguirá siendo desgraciadamente mal entendido entre los mismos cristianos y “locura a los que se pierden” (1 Cor. 1:18).

         ¿Cómo heredar la vida eterna?

La pregunta del joven rico en el Evangelio de Marcos es quizás, entre los creyentes de todos lo tiempos, la más repetida y la que ha suscitado más momentos de meditación y reflexiones. ¿Cómo alcanzar los umbrales del cielo?, ¿qué hacer para agradar a Dios y ganar su favor?. En la época que le tocó vivir a Lutero, este problema suscitó amplias y grandes polémicas, y hasta engaños terribles como las indulgencias compradas con dinero. Además la muerte era algo mucho más cercano a los seres humanos e inesperada, y pensar en la muerte llevaba inevitablemente a pensar en la vida eterna, y principalmente, en como ser merecedores de la misma. Y al igual que en aquellos tiempos, el ser humano incluso hoy, sigue pensando en gran medida que esta vida celestial hay que merecerla, y para ello ganarla. “¿Qué haré para heredar la vida eterna?” (v17), es la pregunta que el joven le dirige a Jesús, y fijémonos que la pregunta no empieza con un “cómo heredar” sino con un “qué haré”. Pues este joven judío piadoso, estaba acostumbrado a una relación con Dios basada en ganar el favor divino por el cumplimiento de la Ley; y una Ley que él mismo afirmaba cumplir. Con lo cual podemos suponer que simplemente esperaba de Jesús la confirmación de que él ya era de hecho merecedor de esta vida celestial. Por contra Jesús inicia su discurso ante la bondad atribuida hacia su propia persona por el joven rico, con una afirmación rotunda: “Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios” (v18). Con esta frase Cristo iguala a todos los seres humanos en un problema común: que en verdad no hay nadie que pueda jactarse ante Dios de ser bueno y un fiel cumplidor de Su voluntad. Y esto es así a causa de un elemento también común a los seres humanos: el pecado. Pues mientras caminamos por esta tierra no podemos ser otra cosa que pecadores, ya que está en nuestra naturaleza el querer vivir de espaldas a Dios y su voluntad y regir nuestra vida según nuestra propia visión y voluntad: “He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal 51:5). Por tanto si queremos plantearnos la posibilidad de la vida eterna, es necesario primero mirar hacia nosotros mismos y vernos no como creemos que somos, abundando en nuestra propia justicia, que fue lo que le sucedió al joven, sino como Dios nos ve en realidad. Y para ello nada mejor que usar como espejo la propia Ley de Dios: “los mandamientos sabes” (v19), nos dice Jesús. Pero ¡ojo!, los mandamientos no son simple letra que enumera meras actitudes y comportamientos. Si lo entendemos así, la Ley de Dios no nos será de utilidad para ver nuestro reflejo real  en ella. Por contra, la Ley de Dios tiene un espíritu que impregna cada uno de sus preceptos, y es este espíritu el que discierne las verdaderas intenciones de nuestro corazón.  Pues es en el corazón donde radica la sinceridad y el por qué de aquello que hacemos. El joven rico podía creer tener resuelto el problema de su salvación, pero se encontró conque su situación de partida no distaba mucho de la de otros a los que él podría considerar pecadores impenitentes. ¿Cómo entonces podremos nosotros ser merecedores de la eternidad prometida?. ¿No es suficiente la Ley de Dios para ello?. ¿No basta tratar de cumplirla aunque sea de manera imperfecta?.

         La Ley y el Evangelio

Muchas personas creen que la Ley de Dios, al ser un compendio de mandamientos, es algo que con esfuerzo y determinación debería ser fácil de cumplir. Al fin y al cabo esta Ley nos habla de cosas que hay que hacer y de otras que no hay que hacer. Se pudiera pensar entonces que su cumplimiento es algo relacionado con la voluntad humana y nada más. Y ciertamente la Ley podría llegar a ser relativamente fácil de cumplir si nos quedásemos en lo exterior meramente, de lo que se ve al ojo común. Sin embargo la Palabra nos enseña que la voluntad de Dios para los hombres tiene más que ver en realidad con aquello que anida en nuestros corazones: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre“ (Mr 7:21-23). Y siendo así, la Ley de Dios nos exige una intención pura y perfecta del corazón en cada momento, y además el cumplimiento íntegro de la misma y de cada uno de sus mandamientos: “ni una jota ni una tilde pasará de la Ley” (Mt 5:18). Y ya hemos visto cómo este joven rico afirmaba cumplir los mandamientos de Dios, lo cual desde una óptica humana era probablemente cierto. Sin embargo Jesús no lo alabó por este hecho, ni tampoco le garantizó la entrada al Reino por ello, sino que viendo las profundidades de su corazón le mostró que estaba lejos del cumplimiento íntegro de la Ley. Y es que cualquier cosa que atrape nuestra voluntad y deseo, será el dios que gobierne nuestra vida, y el obstáculo para cumplir no ya toda la Ley de Dios, sino siquiera como en este caso el primer mandamiento de la misma: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Dt 5:7). Pues este joven tenía en realidad otros dioses terrenales, que en la práctica eran en su vida más poderosos que la Ley de su Dios: sus riquezas. Los discípulos quedaron aterrados ante esta situación pues, si un aparentemente joven justo no puede ganar el cielo con esta justicia: “¿quién pues podrá ser salvo?” (Mr 10:26). Los cristianos sabemos sin embargo, que para nosotros el cumplimiento íntegro de la Ley es imposible, pues nuestra voluntad pecaminosa lo impide. La Ley es perfecta, pero nosotros estamos lejos de serlo. ¿Cómo obtener entonces esta herencia divina por medio de Ella?, ¿por cuál medio agradaremos a Dios entonces?. Y aquí es donde entra en juego la fuerza liberadora del Evangelio, pues no es por nuestra propia justicia o santidad por lo que podremos traspasar los umbrales de las moradas celestiales. Sólo pues la fe en la obra de Cristo en la Cruz será la llave que abra estas puertas para nosotros, pues Él y sólo Él ha cumplido de manera perfecta la Ley por y para nosotros, y pagado el precio de nuestra salvación con su sangre. Él “que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes  y sacerdotes para Dios, su Padre” (Ap 1:5-6). ¿Eres consciente de tu incapacidad en cumplir de manera perfecta la Ley de Dios?, no desesperes y aférrate a la Cruz, la nueva Ley del Amor de Dios en Cristo. Pues esta Ley sí puede salvarte aún en tus errores y pecados, ya que está rebosante de la gracia y misericordia divinas para tí.

         La Fe es la respuesta

El Señor le indicó al joven rico dónde radicaba el pecado en su vida, aquél que hacía que de hecho no cumpliese la Ley de Dios. No le indicó sin embargo un mandamiento nuevo, como se pudiera pensar, sino que compendió los mandamientos en uno sólo: amar a Dios y al prójimo sobre cualquier otra cosa en este mundo, incluidas sus muchas riquezas: “anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás tesoro en el cielo” (v21). Y Jesús, amando a este joven como querida oveja de su rebaño, lo llamó también a seguirle: “ven sígueme, tomando tu cruz” (v21). Este Amor es el que nos llama al seguimiento también a nosotros, y a dejarlo todo llegado el momento. ¿Y cómo seguirle si no nos impulsa a ello la fe?, pues seguir a Cristo no es cuestión simplemente de querer tener un modelo ético-moral a imitar, o convertirlo en un icono inspirador para los momentos difíciles. Quien hace esto con la figura de Cristo desperdicia la mejor parte de su obra y la esencia del por qué vino a este mundo. Seguir a Cristo sin embargo, implica entregar por medio de la fe nuestra vida presente y futura en sus manos, confiando en que por medio de su sacrificio en la Cruz, fuimos comprados a gran precio para salvación y vida eterna: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:20). Pues no olvidemos que el cristiano no vive en la incertidumbre de su salvación futura, sino en la seguridad de que esta salvación ya lo ha alcanzado y es suya por medio de la fe en Cristo: “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom 10:9). No hay por tanto obra que tú puedas hacer para agradar a Dios en relación a tu salvación, pues no hay obra más grande que aquella realizada por Jesús en el Calvario en beneficio de toda la humanidad. Y para hacer tuyo el beneficio de la obra expiatoria de Cristo sólo necesitas una cosa: fe. Pide pues como los discípulos: ¡Señor, auméntame la fe! (Lc 17:5).

         Conclusión

El joven rico se fue triste, pues su corazón estaba con sus riquezas, y por ello lejos de Dios, pues “donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lc 12:34). En su confusión pensó que podía ganar la vida eterna por su propia justicia, por sus propias obras, sin ser consciente de que el hombre está incapacitado para cumplir de manera perfecta y por tanto válida la Ley de su Dios a causa del pecado. Sin embargo aquella pregunta trascendental“¿qué haré para ganar la vida eterna?”, obtuvo una respuesta clara de Cristo: Déjalo todo y sígueme; deja de aferrarte a la felicidad de este mundo y sígueme; ama a Dios y al prójimo sobre todas las cosas y sígueme; déja de intentar ganar el cielo por tí mismo y sígueme. Cristo es pues la respuesta definitiva a esta pregunta, para el joven rico y para toda la humanidad, pues sólo Él hace posible la salvación y vida eternas para el mundo entero por medio de la fe en su Obra. ¡Que así sea, Amén!                                               

                                      J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo                                                            

domingo, 7 de octubre de 2012

19º Domingo de Pentecostés.


“Jesús, el matrimonio y el divorcio”

Antiguo Testamento: Génesis 2:18-25

Nuevo Testamento: Hebreos 2:1-13

Santo Evangelio: Marcos 10:2-16

 

Sin duda este tema puede ser uno de los temas más impopulares que podríamos hablar. Se podría buscar otros temas para predicar, por ejemplo sobre el antiguo Testamento o la Epístola. Pero no podemos dejar pasar por alto el hecho de que el tema de la lectura del Evangelio nos rodea y muchas veces nos toca de cerca. El divorcio nos ha tocado a todos de una u otra manera, con familiares, amigos o personalmente. Todos sabemos de matrimonios rotos, divorcios e infidelidades. ¿Cómo es posible hablar de Dios creando al hombre y a la mujer para estar en una relación de matrimonio para toda la vida sin cargar de culpa a la gente que se ha divorciado? ¿Incluso a los que han tenido problemas en el matrimonio y lo han pensado? Este texto no responde a todas las preguntas que tenemos sobre el matrimonio y el divorcio. Jesús solo dice sólo una cosa al respecto: el divorcio es un pecado.

Nuestro problema. Creo que, si de verdad queremos escuchar lo que Dios tiene que decir al respecto, tenemos que dejar que su Palabra hable. Tenemos que ver lo que Jesús está haciendo en este texto. Tenemos que ver el propósito por el cual dice lo que está diciendo. Observemos primero con la claridad el texto Marcos, allí se nos dice lo que pasa. La primera frase es: “los fariseos y le preguntaron, para tentarle”.

Estas personas, estos fariseos, querían “probar” a Jesús. Es necesario saber que esta pregunta sobre el divorcio era un gran debate teológico en aquellos días. Algunos de los líderes religiosos argumentaban que Dios sólo permite el divorcio por razones de “infidelidad y abandono”. Otros opinaban que el divorcio estaba posible por muchas otras razones, como por ejemplo que “no les gustaba la comida que hacia su mujer”. No tenemos nada que envidiar con las posturas que tenemos hoy día. La pregunta que se plantea es “¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?” Pero sabemos que a los fariseos no les interesaba saber sobre el divorcio y si es legal separarse, sino que estaban poniendo a prueba a Jesús por medio de esta discusión. Ellos quieren atraparlo, ya que cualquier respuesta que pudiera dar o argumentar sería un motivo para crear escandalo y acusarlo de “hereje”. Quieren dejarlo entre la espada y la pared. Pero no es una buena idea la de tratar de atrapar a Jesús en esta clase de retorica, porque en su lugar Él da vuelta esta situación y devuelve la trampa a los fariseos para que ellos sean los que estén en una situación desesperada. Lo hace por medio de una pregunta: “¿Qué os mandó Moisés?” Es una pregunta que se puede responder de manera muy simple: “Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiarla”. El caso parece zanjado y finalizado, pero Jesús va más allá y ahonda en el tema.

Jesús les  cito otra de las cosas que Moisés había escrito por inspiración de Dios: “Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. Marcos 10:5-9

 Jesús, en realidad, recuerda una parte diferente de la Biblia, como diciendo “estáis buscando y leyendo en el lugar equivocado”. Ante situaciones complejas, lo mejor es volver a lo básico, hay que volver a los orígenes. Jesús les plantea que antes de hablar de divorcio es necesario hablar de la creación del matrimonio.

Dios creó al hombre y a la mujer para unirse en matrimonio para toda la vida, siendo una sola carne. En su creación Dios no permite el divorcio por algún motivo en particular,  no se permite el divorcio en absoluto. Así es como Jesús pone el razonamiento humano patas para arriba.

Escuchamos a Jesús y nos estremecemos al igual que lo hicieron los fariseos. Los fariseos querían conocer las excepciones a las reglas de Dios. Nosotros también queremos saber las excepciones a las reglas de Dios. Por eso preguntamos: “¿Qué pasa cuando el cónyuge es infiel? ¿Qué pasa cuando un matrimonio es realmente malo y dañino? ¿Qué pasa cuando la vida de una mujer está en peligro? ¿Qué pasa cuando yo no la quiero? ¿Y qué si.…?” Pero Jesús no responde a todas estas preguntas. Él no habla de todas las situaciones pecaminosas que pueden acontecer en el matrimonio, no va a las cosas rotas, a lo egoístas que somos los seres humanos, a  las violencias psíquicas, emocionales y físicas que puede haber en las relaciones. Él no está hablando de cómo el pecado destruye lo que Dios ha unido. Él está hablando acerca de cómo Dios diseñó la unión permanente del matrimonio. Él está hablando sobre lo que Dios quiere para los casados.

Lo que tenemos en común con los fariseos es que queremos hablar de excepciones. Queremos saber cuándo podemos divorciarnos. Queremos saber cómo hacerlo correctamente y de manera legal ante Dios. Pero muchas cosas en nuestro entorno son “legales o licitas”. La pornografía es legal. El aborto es legal. El matrimonio homosexual es legal. La cosa es que, sólo porque sea legal no significa que sea correcto ante Dios.

Jesús respondió desde la creación perfecta del mundo. La respuesta de Dios es: No lo hagas, nunca. En otras palabras el divorcio nunca es la voluntad de Dios para el matrimonio. Esto no quiere decir que el divorcio nunca pueda suceder. Pero este no es el punto que Jesús trata aquí. No se puede entrar en una discusión de “excepciones” sin hablar sobre la elección entre males. A veces tenemos que aceptar el divorcio como el menor de dos males. A veces, en este mundo por causa del pecado el divorcio será una realidad. Pero el divorcio siempre es pecaminoso. El problema es que todo el mundo piensa que su situación puede llegar a encajar dentro de las excepciones y en lugar de utilizar el divorcio como un mal menor, el pecado más pequeño se convierte en el más grande. Jesús pasa por alto toda discusión sobre las excepciones. Pero nosotros todavía queremos averiguar más. Queremos justificarnos a nosotros mismos, a nuestros familiares, a veces incluso a nuestros hijos. Pues bien, los discípulos tenían las mismas preguntas. Más tarde, al estar solos con Jesús, le repiten nuevamente la pregunta. Y Jesús les da otra respuesta muy clara. Él les dijo: “Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio. Marcos 10:11-12.

Jesús lo dice aún más claramente. Lo dice incluso con más fuerza y lo más políticamente incorrecto. Tal vez Jesús ponga todo tu mundo patas arriba y comiences a preguntar: “Bueno pero… ¿qué pasa con esta situación o una situación así?” Jesús sólo nos dice lo que Dios espera. Para nosotros es difícil escuchar esto, porque nos muestra que estamos en serios problemas. Esta es la ley de Dios, que nos mira directamente a la cara. Queremos usar el regalo del matrimonio de manera distinta a como Dios nos lo da. Dios es el creador del matrimonio y es quien nos da las indicaciones para usarlos y tratarlo de la mejor manera, a fin de que dure y cumpla la función para lo cual fue creado. Pero siempre volvemos a la caída de Adan y Eva. Es la esencia del pecado, querer saber más que Dios. Es el centro mismo del pecado decir que queremos decidir por nosotros mismos lo que es mejor para nosotros. Estamos queriendo ser un dios para nosotros mismos. Ese es el pecado que habita en nuestros corazones. Por supuesto, que nuestros pecados no son sólo en relación con el matrimonio. Queremos tener el control de cada aspecto de nuestras vidas. Queremos ser capaces de tener rencor a un hermano o familiar, porque piensan de manera diferente sobre las cosas que hacemos. Queremos ser capaces de llegar a un acuerdo con nuestros vecinos sobre cuestiones morales incluso cuando no están de acuerdo con la Escritura. Queremos ser capaces de engañar un poquito sobre las fabulosas ofertas de un determinado negocio para hacerlas más rentables. Queremos ser capaces de hablar acerca de cómo otros miembros de la iglesia no viven de acuerdo a nuestras expectativas, sin reconocer que nosotros no vivimos según las expectativas de Dios. En nuestra vida y en nuestro matrimonio el problema no son los pecados que cometemos, es el pecado que está en nuestros corazones y la dureza de nuestro corazón para pedir perdón por ello. Es querer decidir por nosotros mismos lo que está bien o mal, queremos ser nuestro propio dios. Ese es el pecado que nos separará del verdadero Dios para siempre y si no fuera por nuestro Salvador, Jesús, estaríamos esclavizados por este tipo de pensamientos por siempre. Una de las formas que nos pueden ayudar a entender exactamente lo que Jesús ha hecho por nosotros para poner fin a nuestra separación es buscar en como Dios quiere que sea para nosotros el matrimonio. Eso es lo que Pablo hace en su carta a los Efesios.

Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Efesios 5:22-27

Cuando vivimos el matrimonio como Dios lo estableció, tenemos una imagen del amor de Dios y el perdón de Jesús. El perdón en Jesucristo es el fundamento de un buen y exitoso matrimonio. Se trata de mujeres que se someten a sus maridos y de maridos que aman a sus esposas... “como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

El perdón es la base de nuestra relación con Dios. Así como Pablo dice, todo se basa en lo que Cristo hizo por nosotros. Él nos santifica, mediante la limpieza con agua y su Palabra. Estar bautizado es ser incorporado como miembro de la iglesia, la novia de Cristo. Pablo dice que Cristo se entregó por la Iglesia, su Esposa. Eso habla de la cruz. El marido da su vida por su novia, para protegerla, para mantener su bienestar por encima del suyo, sacrifica todo por ella. Eso es lo que hizo Jesús. Nuestro pecado, nuestro rechazo al control de Dios sobre nuestras vidas merece un divorcio permanente de parte de Dios. Pero Jesús nos lleva a Dios como su novia perfecta porque él tomó nuestro lugar en el castigo y condena. Él lleva a cabo nuestro bienestar por encima del suyo, sacrifica su vida por la nuestra. Sufre la separación permanente de Dios en la cruz, por eso grita “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Mateo 27:46. Por eso, cuando Dios nos busque en el juicio sólo verá que hemos sido lavados, que somos “sin mancha ni arruga ni cosa semejante”, que somos “santos y sin mancha” gracias a la entrega de Jesús.

Hay un montón de cosas para decir sobre el matrimonio en estos días, pero ninguna tan importante es la imagen que Dios nos da como forma de entender su relación con nosotros en Jesús. A causa de lo que Jesús ha hecho por nosotros, es que no queremos entender el matrimonio de otra manera a la forma que Dios lo define. A causa de lo que Jesús ha hecho por nosotros queremos someternos a la voluntad de Dios para nuestras vidas y nuestros matrimonios. A causa de lo que Jesús ha hecho tenemos una relación para siempre con Dios, mediante la fe en Cristo Jesús. Amen.

Pastor Gustavo Lavia

domingo, 23 de septiembre de 2012

17º Domingo de Pentecostés.


”Poniendo la mente en las cosas de Dios”

 

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

 

Primera Lección: Jeremías 11:18-20

Segunda Lección: Santiago 3:13-4:10

El Evangelio: Marcos 9: 30-37

Sermón

         Introducción

Al ser humano le gusta vivir la vida según sus propios criterios, siendo el director de la misma, y a casi nadie le gusta que otro decida los pasos que ha de dar en ella. Desde la caída, el ser humano se ha empecinado en vivir la vida según su única y exclusiva voluntad. Y si a ello le sumamos el deseo de anteponer nuestros deseos carnales a la voluntad del Señor, tenemos la mezcla perfecta para que nuestra mente comience a buscar su propio camino y trate de conformar la realidad a su propio parecer, resistiéndonos incluso en algún caso a los designios de Dios. Los Apóstoles no fueron ajenos a este hecho, y así en un primer momento se escandalizaron incluso del plan de salvación. Crearon en sus mentes una idea de cómo debían ser las cosas junto a Cristo, y comenzaron a organizar el Reino según sus propios deseos y su visión particular. No querían entender que, tal como nos recuerda Dios en su Palabra: “mis pensamientos nos son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos ” (Is 55:8), y de la importancia de renunciar a nuestros propios deseos y anhelos, para conformar nuestra mente según la voluntad del Padre.

         La voluntad del hombre no puede prevalecer sobre la de Dios

La paciencia es una virtud necesaria en muchos ámbitos de la vida, y en muchos casos es imprescindible. Un maestro se aplique a la disciplina que sea, necesita cultivar la paciencia como método para romper la dura cáscara que la ignorancia o la obstinación de un discípulo suelen llevar puesta. Y Jesús mostró con los Apóstoles una gran paciencia, como podemos leer en el Evangelio de Marcos. Pues no era la primera vez que Cristo les explicaba y aclaraba cuál era en realidad su misión aquí en la tierra (Mr 8:31), de cómo debía desarrollarse la misma y la manera en que el plan de Dios llegaría a su cumplimiento. Y de nuevo Jesús, como vemos en la lectura de hoy, les anunció a los Apóstoles la dinámica del plan de salvación, el cual incluía rechazo, muerte y resurrección: “El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán: pero después de muerto, resucitará al tercer día” (v31). Sin embargo, aun habiendo tenido conocimiento de este plan, los discípulos no entendían que el camino que se les ofrecía no es otro que el camino de la Cruz, e intuían en las palabras de Jesús, no la victoria mesiánica que ellos habían imaginado, ni la instauración de un reino al más puro estilo terrenal. Parecían percibir que a partir de ahora, su vida sería transformada en una vida de sacrificio que les conducía a seguir a su maestro hasta el mismo Calvario. Los discípulos, hombres carnales también, trataron de crear una realidad acomodada a sus propias ideas y deseos, y haciéndolo cerraron sus oídos a Cristo siendo invadidos por la inseguridad y el miedo: “Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle” (v32). La confianza en su Dios y en el hecho de que Él siempre quiere lo mejor para nosotros flaqueó, llegando incluso en el  caso de Pedro, a oponerse al plan de salvación para la humanidad: “Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle. Pero Él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mc 8: 32-33). Así también nosotros vivimos la vida en muchas ocasiones; queriendo caminar en la comodidad de una fe adaptada a nuestros criterios personales, pero sin entender que en este mundo, a veces, el dolor y el sufrimiento son las cruces que nos toca llevar: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mc 8: 34). Esta es una realidad muy dura para nosotros, pues no se nos promete felicidad sin medida, ni una vida siempre próspera, pero sí fuerza y sostén para enfrentar los momentos difíciles. Y es que en el fondo, todos creemos saber qué es lo mejor para nosotros mismos e incluso para los demás, pero olvidamos que sólo Dios tiene la visión de conjunto que permite saber qué es lo mejor en cada momento, y de cómo deben ser las cosas. Nuestro entendimiento es limitado e imperfecto, y sólo podemos ver pequeñas parcelas de la vida, de ahí que nuestro juicio suela errar fácilmente al abordar cuestiones trascendentes y profundas. Por ello el cristiano reconoce en humildad que la única voluntad que puede y debe prevalecer es la del Señor, aunque sus designios sean incomprensibles en ocasiones para nosotros. Preguntémonos pues: ¿Nos hemos rebelado alguna vez, enfrentando nuestros propios intereses contra la voluntad del Padre?.

         Dios rechaza nuestros deseos egoístas

No sabemos si la elección de tres discípulos (Pedro, Jacobo y Juan) para presenciar la transfiguración de Jesús (Mc 9: 2-13), pudo haber generado suspicacias entre los Apóstoles, las cuales les llevaron a polemizar y plantearse algo tan mundano como los roles o la jerarquía entre ellos. Aún así es evidente que en el ser humano anida el deseo de la primacía, de estar sobre los demás, de tener siquiera un atisbo de poder sobre otros. La atracción del poder, el querer ser importantes, es algo innato al ser humano desde los comienzos de la humanidad en este mundo, pero Jesús nos advierte repetidamente que la actitud correcta del creyente debe ser, no la del poder o la primacía, sino la del servicio: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (v35). Porque recordemos que hemos venido a esta vida con dos misiones para cumplir: amar a Dios por encima de todas las cosas y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Lc 10:27). Ambas están tan íntimamente relacionadas que no es posible cumplir una sin cumplir la otra. Y Jesús es nuestro ejemplo para ello, pues amando al Padre y sirviéndole al someterse a Su voluntad, se convirtió a su vez en servidor nuestro rescatándonos de la oscuridad donde nos encontrábamos. Y si olvidamos este requisito básico del servicio en nuestra vida, pronto el viejo Adán comenzará a generar en nosotros otros deseos y otras inquietudes. Nos será difícil sacrificar nuestro tiempo por otros, dedicar esfuerzo a ayudar allí donde sea necesario, actuar para que la Palabra sea proclamada y ver en los demás a aquellas ovejas sin pastor de las que hay que tener compasión (Mc 6:34). Y debemos tener en cuenta llegado este caso, que incluso la Iglesia como comunidad puede convertirse también en un refugio para nuestra conciencia, pero desconectada del mundo sufriente que aguarda fuera de ella. O peor aún, puede convertirse en el medio para alcanzar nuestras aspiraciones de relevancia y poder. Y ya hemos comprobado que ni los Apóstoles estuvieron libres de caer en este pecado. El mensaje de Jesús ante esto es claro: Dios rechaza toda aspiración en la vida de fe que no se oriente al servicio y a la entrega personal por la causa del Reino, y Él es el modelo a seguir. ¿Qué nos mueve a nosotros como creyentes en relación a nuestra fe?. Ya hemos dicho que debiera ser el amor a Dios en Cristo en primer lugar, pero inmediatamente también el amor por aquellos que no conocen al Padre, pues desconocen a Jesús, y por todos los que sufren en general. Si anteponemos esto a todo lo demás, caminaremos en la dirección correcta y nuestra fe crecerá y se robustecerá, de lo contrario nuestra voluntad irá torciéndose hacia los deseos egoístas que buscan únicamente el beneficio propio.

         Sirviendo a Cristo en los más débiles

Servir a un rey ha sido considerado a lo largo de la Historia todo un honor. Tal es así que en los banquetes reales de España y otros países, no era infrecuente que los sirvientes cercanos a la monarquía fuesen nobles de alto rango. Sostener la copa del rey o vestir a una reina era un privilegio reservado a unos pocos escogidos. Sin embargo servir a un mendigo puede parecer a los ojos del hombre, un servicio menos digno o importante como para ser tenido en cuenta. De nuevo, solemos asociar la importancia del servicio con la dignidad y el poder del que lo recibe. Pero para Jesús, el enfoque es totalmente diferente: “Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió” (V36-37). Con este ejemplo Cristo nos transmite que el servicio a alguien tan aparentemente indefenso y falto de poder como un niño, es un servicio muy valioso a los ojos de Dios. Servir al débil e indefenso, al marginado, al que no puede valerse por sí mismo, es servir a Cristo mismo y por ende al Padre. No hay pues servicio pequeño o falto de importancia, y precisamente son aquellos que más lo necesitan en nuestra sociedad los que deben ser servidos con más esmero. Nuestro Dios no se olvida de los más necesitados y desvalidos, y de ello la Palabra nos da muchas y precisas muestras: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Stg 1:27). Por otro lado, este niño elegido y dignificado por Jesús ante los discípulos como modelo de su enseñanza, nos llama a vaciar nuestra mente de prejuicios y de temores, y a entregarnos a Cristo con la confianza propia de los más pequeños. De alguien que no duda que Jesús ha venido a traernos el mejor regalo que es posible recibir en esta vida, y a aceptarlo sin reservas: perdón y reconciliación con Dios. Pues un corazón que recela o desconfía, es un corazón que no puede disfrutar de la Paz de Dios en Cristo, ya que no cree en fe en las promesas divinas. Un corazón así es: “semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (Stg 1:6). Por ello si queremos servir: “renovaos en el espíritu de vuestra mente” (Ef. 4:23), y vivamos en la confianza plena en la voluntad del Padre, viviendo en la paz de Cristo.   Y luego, sirvamos a otros como testimonio del Amor de Dios que reside en nosotros por obra del Espíritu Santo. 

         Conclusión

Nos gusta ver la realidad según nuestros propios criterios y solemos oponernos a todo lo que no encaja en nuestros planes. Sin embargo, en nuestra relación con Dios no podemos aplicar este enfoque. Moisés fue enviado a enfrentarse a Faraón contra su voluntad, Jonás fue a Nínive después de huir de Dios, Pedro se opuso inicialmente al plan de salvación, y probablemente algunos de nosotros no quisimos en algún momento, oír la voz del Padre indicándonos algunos de los caminos que debíamos transitar. Pero la voluntad divina es la única que puede llevarnos sin embargo por caminos de Verdad y Vida. Y esta voluntad además nos llama a abandonar nuestros egoísmos y deseos mundanos, y a concentrarnos en lo verdaderamente importante: el servicio a Dios y al prójimo. Y dentro del servicio, se nos enseña que los más débiles tanto en lo espiritual como en lo material son la opción preferida del Padre. Agucemos pues nuestros sentidos espirituales, miremos alrededor buscando lugares donde el dolor, el sufrimiento y sobre todo, la necesidad sanadora del Evangelio sea manifiesta, y haciéndolo así: “servios por amor los unos a los otros” (Gal 5: 13).¡Que así sea, Amén!.                             
                          J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo                                                            

domingo, 16 de septiembre de 2012

16º Domingo de Pentecostés.

“Las Sagradas Escrituras, el Sostén De La Iglesia”
Sermón de Lutero sobre Romanos 15:2-4.
Romanos 15:2-4. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí. Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.
 
Introducción: El sufrimiento paciente es una de las características de la iglesia. Para dar también a esta hora vespertina lo que le corresponde, oigamos lo que Pablo nos enseña en el comienzo de la Epístola para el domingo de hoy. En las frases que le preceden, había dado una exhortación en el sentido de que debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Como ilustración, Pablo cita el ejemplo de Cristo, recalcando que “ni aun Cristo se agradó a sí mismo, sino que (se humilló) y soportó a todos los míseros pecadores y sus maldades, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí” (Salmo 69:9).
Debemos cuidarnos del mal obrar, y del regocijarnos por el infortunio de los demás. Esta enseñanza atañe sólo a la manada pequeña de los que son cristianos de verdad y toman el evangelio en serio.
 
Ellos proceden tal como procedió Cristo, que no se lisonjeaba a sí mismo ni se reía maliciosamente como lo hace el mundo, que se regocija por el infortunio del prójimo y se ríe cuando a otro le va mal. Semejante proceder no es una virtud cristiana sino un vicio satánico. Si uno ve que en alguna cosa tiene una ventaja sobre otro, la aprovecha sin el menor escrúpulo; si él mismo es rico, influyente, etc., señala con el dedo al que no lo es, o si le ve a éste en la desgracia, se ríe de él. Gente de esta laya es la que el Evangelio retrata en la persona de aquel fariseo que dijo: “Yo no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano” (Lucas 18:11). El mayor gozo para ellos es ver que otros son inferiores a ellos. Es, por desgracia, un vicio muy general que uno se complazca en el daño del otro, cuando en realidad debiera hacer lo contrario, y compadecerse del que sufre el daño. Si Cristo hubiese querido practicar esta detestable virtud, podría haberlo hecho sin ninguna dificultad. Pues él era santo e irreprochable, nosotros en cambio somos todo lo contrario; de ahí que con pleno derecho podría habernos echado en cara: “Vosotros sois unos malévolos, pero yo soy libre de faltas”.
 
Nosotros no tenemos ningún derecho de hablar así, ¡y sin embargo, lo hacemos!
En la compasión con las debilidades de otros se revela el carácter cristiano. Es necesario, por ende, que aprendamos de Cristo el arte de contristarnos al ver una falta en el prójimo, ante todo cuando se trata de faltas en cosas espirituales. En relación con esto dice San Agustín: “El indicio más claro para conocer si un hombre 'es del Espíritu' (Romanos 8:5), es cuando no se alegra por la desgracia ajena, y cuando no se pavonea ni se engríe al entrar en contacto con personas que han pecado y han sufrido una lamentable caída personas, por supuesto, que no han pecado deliberadamente, y que después de caídas vuelven al buen camino.
 
Antes bien, el comportamiento verdaderamente cristiano exige que uno sobrelleve con paciencia al otro, y que no le trate con displicencia aun cuando vea en él algo que le desagrada”. Por desgracia, mayormente no se procede así. Resulta muy difícil para los cristianos. Sabemos que hay muchísimos que se ríen cuando ocurre una desgracia; incluso nuestros “evangélicos” no podrían imaginarse un regocijo más grande que el vernos a nosotros pasando malos momentos.
Nosotros empero, que queremos ser cristianos de verdad, no debemos gozarnos, sino sentir compasión ante los defectos de otra persona. Así lo hizo Cristo. Él tomó muy en serio aquello de la compasión no sólo respecto de nuestros pecados menudos sino también respecto de casos graves e importantes que nos hacían perder el favor de Dios y nos acarreaban la condenación eterna en el infierno. Antes de permitir esto, Cristo prefirió cargar sobre sus propios hombros nuestra culpa. Si esto lo hizo él, que a pesar de ser completamente inocente nos socorrió en peligros tan enormes ¿qué habremos de hacer nosotros en los casos de escasa importancia, nosotros que somos culpables, en tanto que él no lo era? ¡Y sin embargo, no lo hacemos!
 
I. Las Escrituras como fuente de energía para la paciencia en los sufrimientos.
 
El mundo desprecia el consuelo de las Escrituras.
“Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. Éste es el tema fundamental que el apóstol quiere presentarnos: El cristiano debe tener paciencia, no sólo para con los que nos persiguen, sino también para con nuestra propia gente. Debo sufrir con paciencia no sólo que nos persigan los reyes, el emperador y otros poderosos de esta tierra, sino que debo mostrar paciencia también para con mis hermanos si tienen algún defecto o hacen algo que me desagrada. El mundo dirá: “Mal consolador es aquel que no tiene otro consuelo que un simple “ten paciencia”. Con esto pueden ir a consolar a los difuntos”. Pablo por su parte insiste en su admonición: “Tened paciencia, y consolaos con las Escrituras”. “¿Qué hacemos con esto?”, pensarán muchos; “mejor consuelo sería recibir una bolsa repleta de florines, o al ver que un asunto no prospera, arreglar las cosas a puñetazos.” Sin embargo, Pablo me manda estar tranquilo y tener confianza, y me remite para ello a las Escrituras. El mundo entre tanto alaba a aquel que tiene por su dios al Dinero y que confía en la sabiduría y en el poder, y nos pregunta: “¿Qué vale un consuelo que no nos ofrece otra cosa que unas cuantas palabras de la Escritura?” Así es como opina el mundo.
 
En las Escrituras, el cristiano halla un consuelo seguro.
Pablo en cambio dice: “Si queréis ser cristianos, no podréis esperar otra cosa; conformaos con que tenéis que tener paciencia, y que no recibiréis otro consuelo que el que os dan las Escrituras”. Posiblemente, esto sea el camino angosto y la senda estrecha que lleva a la vida.
Consuélate con esto, para que adquieras paciencia y puedas hacer frente al emperador, a los obispos y a todos los demás que quieran inquietarte. Pero ¿será cierto que mi mayor consuelo contra los sectarios, contra los malos vecinos, nobles, campesinos y conciudadanos, es tener paciencia y poseer las Escrituras? ¡Sin duda alguna! Es cierto: ellos hacen lo que se les antoja, cometen atropellos contra mí, pisotean mis derechos; tienen en su poder la administración de la justicia, tienen dinero, tierras, gente; y yo, ¿qué tengo? ¡Este libro! Con él debo defenderme, otra cosa para consolarme no tengo fuera de este libro de papel y tinta. Por ende, el cristiano ha de contentarse con que la Escritura es su único consuelo. ¿O me consolaré con el emperador? No me convence. Si me consuelo con el príncipe elector de Sajonia, con vosotros, los feligreses de Wittenberg, con mi dinero, con mi sagacidad, con la esperanza de que al fin lograré hacer las cosas tal como lo tenía planeado entonces ya puedo dar el juego por perdido. ¿Dónde están los que en aquellas situaciones extremas, cuando Satanás los tienta al máximo, no tienen otra cosa en que apoyarse sino este bastón llamado Escritura? Dichosos ellos, pues así debe ser; de lo contrario podríamos pasarnos también al bando del papa y consolarnos con la sapiencia de éste.
 
Quien quiera aprenderlo, aprenda pues de este texto qué es la Escritura, y qué es lo que hace decir a Pablo con tanta osadía: “Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. Esto no fue dicho solamente contra el mundo. El mundo halla su consuelo en una bolsa henchida de dinero y en una bodega abarrotada de barriles con cerveza. Y en esto son iguales el campesino, el noble y el hombre de la ciudad: únicamente los consuela el saber que tienen suficiente provisión de dinero, alimento y bebida, etc. Pero ¿qué pasa si todo esto no surte el ansiado efecto en la hora de la muerte y del juicio? ¿O qué pasa si tu soberano está airado contigo, ciudadano, y tú tienes una bolsa llena de florines, o si el noble está enemistado contigo, campesino, y tú tienes una buena cantidad de bolsas de trigo? — ¿de qué te sirve entonces el dinero y el trigo, si te lo quitan? Lo que pasa es lo siguiente: Cuando te ves en dificultades y tribulaciones, todas estas cosas no te brindan ningún consuelo, ninguna esperanza. Al fin tendrás que recurrir a las Escrituras para buscar en ellas tu consuelo.
 
II. La Escritura es la palabra personal de estímulo que Dios nos dirige. Dios se opone al despreció de su palabra que manifiestan los sectarios.
Las palabras de Pablo tienen aún otro destinatario: también los sectarios hablan blasfemias de las Escrituras y dicen: “Son meras letras, impresas sobre papel; ¿qué consuelo le pueden dar a mi corazón?” Münzer se burlaba de nosotros y nos llamaba escribas; pero en el momento decisivo fracasó. Y bien: ¿en qué consisten las enseñanzas bíblicas sino en letras del alfabeto? Y sin embargo, no nos fracasan. Esto es precisamente lo peculiar de la palabra de Dios: está escrita en libros, y no obstante tiene el poder de infundir consuelo; y este consuelo que nos dan las letras ha de llamarse “Dios en los cielos”. Por esta razón predicamos la palabra de la Escritura.
Dios da poder eficaz también a su palabra escrita.
 
Es verdad: la palabra predicada a viva voz tiene, comparativamente, algo más de vida que la letra de la Escritura. Dios dijo: Cuando el sacerdote aplica el bautismo, traslada al niño de la potestad del diablo al reino de Dios; y por medio de sus palabras, efectivamente lo libra del diablo. Y de la misma manera fueron librados del poder del diablo todos los santos desde el tiempo de los apóstoles. Igualmente, si al confesar mis pecados oigo la palabra con que se me pronuncia el perdón: esta palabra me salva. Lo mismo ocurre cuando oigo las palabras, dichas en viva voz, de un sermón: son palabras como las que dice un campesino en la taberna; pero son palabras que tratan de Cristo, y por eso son palabras de salvación, de gracia y de vida, que salvan a todos los que creen en ellas.
 
Pero otro tanto ocurre también cuando no puedes ir a escuchar el sermón y lees las Escrituras en tu casa. Entonces Dios te dice: “Este pasaje de la Escritura que estás leyendo, se compone de letras impresas; sin embargo, por cuanto esta Escritura te habla de aquel hombre llamado Cristo, tiene la virtud de darte la vida”. Esto es en verdad un milagro sublime: que Dios descienda a tal profundidad y se sumerja en letras impresas y nos diga: “Aquí, un hombre ha hecho un retrato mío; a despecho del diablo, estas letras habrán de irradiar el poder de hacer salvos a los que creen lo que dicen”. Por lo tanto, la Sagrada Escritura es una señal puesta por Dios; si la aceptas, eres bienaventurado, no porque sea una señal hecha con tinta y pluma sino porque señala hacia Cristo. Así ocurrió con el pueblo de Israel en el desierto: allí, Dios ordenó a Moisés: “Levanta una asta y pon sobre ella una serpiente de bronce; cualquiera que fuere mordido por una serpiente y mirare a la serpiente de bronce, vivirá”. Y ¿qué era aquello? Nada más que dos letras, madera de la cruz y serpiente, S (serpiente) y C (Cruz), y no obstante, Dios añadió: “Cualquiera que mirare a la serpiente de bronce, vivirá”, o sea: “Yo quiero que el remedio sean justamente una asta y una serpiente; y quiero que éstos tengan tal poder que quien los mirare, vivirá”. Lo mismo tenemos aquí: La voluntad de Dios está oculta allá arriba en el cielo; no obstante, él nos dice: “Esta Escritura la hice escribir yo, y al que cree lo que ella dice, a éste le infundiré consuelo y confianza”. Pero los sectarios, estos malvados, abrogan no solamente la palabra de Dios escrita sino también la palabra hablada, a pesar de que es ésta la que los condujo a ese “espíritu” del que hacen tanto alarde. ¿O acaso, para poseer el espíritu, no tuvieron que oír o leer primero la palabra? Yo al menos llegué al conocimiento de la justificación solamente por haber leído en las Escrituras y haber oído en la predicación oral que Cristo murió por mis pecados.
 
En las Escrituras, el Dios viviente nos fortalece mediante su consuelo.
Por esto Pablo quiere exhortarnos en nuestro texto, por orden de Cristo, a que tengamos en alta estima a las Escrituras, ya que ellas nos enseñan la paciencia que tanto necesitamos. “Me es imposible”, dice, “predicaros otra cosa sino que el reino de Cristo es un reino de la paciencia y del sufrimiento”. Si el mundo nos inflige ofensas y daños, y si Satanás nos atormenta así es como debe ser. Cristo mismo lo predijo: “El mundo os aborrecerá” (Juan 15:19). Así que: el que nos aborrece, nos da lo que nos corresponde, puesto que nos corresponde ser odiados, ya que el reino de Cristo y la vida en Cristo ha de llamarse no una vida gloriosa, sino una vida de padecimientos. Por otra parte, aquellos impíos “evangélicos” que se tienen a sí mismos por buenos cristianos ciertamente no obran bien al perseguirnos con su odio, pues el que en verdad es cristiano, no trata de esta manera a su hermano en la fe. En cambio, de parte de los que no son cristianos, no podemos ni debemos esperar otra cosa que vejaciones; en lo que al trato con ellos se refiere, nuestra vida debe ser vivida bajo el signo de la paciencia. “Para azotes estoy hecho” (dice el Salmo 38:17). El que no quiera avenirse a esto asóciese al mundo; en el papa y en los grandes señores hallará amigos mejores que le colmarán de dinero y de bienes. Pero el que quiera ser cristiano, aténgase a la realidad: y la realidad nos impone tener paciencia, soportar que otro me cause perjuicios que afectan mis bienes y mi honor, mi cuerpo y vida, mi mujer e hijos. Pues así debe ser.
 
“¿Con qué me consuelo entonces?” “Yo no te puedo ayudar; tendrás que sufrirlo con paciencia.” “Pero no puedo”, me dices. “Te daré un consuelo”. “¿Qué consuelo?”  “Las Escrituras”. “Pero con esto no me das más que palabras y letras. No quiero palabras. Son como tamo que el viento se lleva”. Si no quieres las Escrituras para consolarte, vete a los que tienen las muchas bolsas de trigo y el gran capital y la profunda sabiduría. Pero si penetras en las profundidades de las Escrituras puede ser que lo que allí encuentras, te parezca tamo inservible, vacío, desmenuzado. Pero créeme: debajo de lo que te parece tamo, hay un poder como no te lo imaginas. Esta palabra que deposito en tu corazón, no te la derribará nadie, ni el emperador ni el mundo ni todos los tesoros de la tierra ni las bolsas de trigo ni los florines. Esta palabra, la débil pajita, se convertirá en un árbol, más aún, en una roca. El mundo arremeterá contra ella, pero en vano. Pues donde están las Escrituras, allí está Dios: ella es suya, es su señal, y si la aceptas, has aceptado a Dios. ¿Qué te parece ese vecino que se llama “Dios”? Con él a tu lado, ¿qué te puede hacer la muerte o el mundo? Es verdad: las Escrituras son tinta, papel y letras.
 
Pero allí hay Uno que dice que estas Escrituras son suyas, y ese Uno es Dios, comparado con el cual el mundo entero es como “la gota de agua que cae del cubo” (Isaías 40:15). En los oídos del mundo, la exhortación de Pablo a la paciencia es un pobre consuelo; v suena a debilidad si recomiendo leer un pasaje bíblico y recitárselo al que está falto de consuelo. Sin embargo, en este pasaje bíblico, el hombre se encontrará con un Señor frente al cual el mundo es una nada. Todo depende de la fe. Si mides con la vara de la razón, lo que acabo de decir suena a tonterías, ya que según esto, “dar consuelo” de ninguna manera significa hartar a uno de bienes, honores y dinero. Pero ¿de qué te serviría todo esto? En cambio sí te servirá si tomas un pasaje de las Escrituras y te atienes firmemente a él, como está escrito: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en el Señor, y tome aliento vuestro corazón” (Salmo 31:24).
 
Resumen final: nuestra esperanza no será defraudada Pablo refiere nuestro texto en primer lugar a ese vicio de que queremos agradarnos a nosotros mismos; en lugar de esto, uno debe sobrellevar al otro, como ya lo dije al comienzo de nuestro sermón de hoy. Nos cuesta tener que soportar tantas cosas; es grande la maldad que se practica en todos los sectores de la sociedad, y mucho de ello nos afecta personalmente. Más fácil sería defendernos contra los que nos molestan. Pero no; lo que nos cuadra es ser sufridos y pacientes. La paciencia engendrará en nosotros la esperanza. Jamás aprenderemos a tener esperanza si no estamos agobiados y cansados. Así me pasa particularmente a mí: a menudo me pareció que casi no podía aguantar más; sin embargo, la esperanza me mantuvo en pie. A esta esperanza nos impelen nuestros adversarios al enseñarnos paciencia en las tribulaciones; y esta esperanza viene por la paciencia y por la Escritura. Y la esperanza que tenemos ahora, no será defraudada; de esto estoy completamente seguro. Pues en Romanos 5 (v. 5) leemos: “Lo que hemos predicado y creído, no nos hará pasar vergüenza”.
 

sábado, 8 de septiembre de 2012

15º Domingo de Pentecostés.


  1. ”¡Abrid los oídos y que vuestra lengua proclame a Cristo!”

 

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

 

Primera Lección: Isaías 35:4-79

Segunda Lección: Santiago 2:1-10, 14-18

El Evangelio: Marcos 7: (24-30) 31-37

Sermón

         Introducción

Algunos sentidos físicos están tan íntimamente relacionados, que cuando uno no funciona correctamente el otro se resiente igualmente. Es lo que ocurre con el habla, la cual queda dificultada cuando falla el oído. Y sorprendentemente en la vida de fe el proceso es análogo: cuando nuestros oídos se cierran a la Buena Noticia (Evangelio) del perdón de pecados, nuestra lengua queda igualmente muda para proclamar que en Cristo y sólo en Él puede el hombre encontrar Vida y Salvación. ¿Cómo solucionar pues este problema?, ¿cómo hacer que el ser humano libere sus oídos para escuchar esta Palabra que viene a nosotros y poder proclamarla?. Ciertamente el hombre por sí mismo no puede lograr tal cosa, al igual que el sordo y tartamudo de nuestra lectura del Evangelio de Marcos no pudo por sí mismo librarse de su sordera ni liberar su lengua. Es la Palabra por medio de la acción del Espíritu Santo la que hace resonar nítidamente en nuestra mente la voz de Cristo, la voz que llama a los hombres a seguirle en el camino de la fe. Él es quien pronuncia el “Efata”,  el “sé abierto” de nuestros oídos para nuestra salvación y el que desata nuestra lengua para testimonio ante el  mundo.

         El Espíritu Santo nos libera de nuestra sordera espiritual

Oír es una de las facultades con las que Dios proveyó al ser humano en la Creación, y por medio de este sentido nos relacionamos de manera importante con el mundo que nos rodea. Sin embargo, hay personas que nacen sin, o pierden, esta capacidad de oír en sus vidas. Con ello pierden una parte importante de la información que reciben y, como el caso de la música, pierden también el experimentar sensaciones que trascienden el mero sonido y tocan el alma. Existen igualmente personas que pierden información sobre los sonidos por no prestar la debida atención, e incluso personas que cierran sus oídos conscientemente en función de lo que quieren oír o no. La Palabra nos enseña con claridad que este último es el caso en el que el ser humano en general se encuentra en relación a Dios. El pecado, que impregna todas las dimensiones de nuestra realidad, afecta igualmente a aquello que deseamos oír. Y al igual que un niño no desea escuchar la voz de un adulto que le recrimina una mala acción, el hombre en su estado natural no desea escuchar la Palabra que le indica dónde está su pecado, los senderos por los que debe caminar, ni aquellos que debe evitar. Da igual el idioma o la manera en la que esta Palabra se le presente, el oído del hombre está naturalmente cerrado a la misma: “En la Ley está escrito: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aún así me oirán, dice el Señor” (1ª Cor.14:21). Y llegados a este punto nos parece estar ante una paradoja: el hombre necesita oír la Palabra de Dios para su salvación, pero sus oídos se cierran a la misma. ¿Cuál es la solución entonces a este dilema?. Lo que para el hombre es imposible, no lo es sin embargo para Dios (Lc 1:37), y así el Espíritu Santo actúa en esta Palabra proclamada abriendo el entendimiento del hombre, liberando sus oídos y permitiéndole escuchar con nitidez el anuncio de su liberación en Cristo Jesús de las consecuencias de la caída de nuestros primeros padres: la muerte y condenación eternas, “Porque la paga del pecado es muerte” (Rom 6:23). Sólo pues por medio de esta acción del Espíritu, puede el hombre abrir sus oídos y escuchar las buenas nuevas de perdón y salvación de parte de Dios. Por eso es necesario que esta Palabra siga siendo proclamada hasta el fin de los tiempos, pues Ella es el vehículo, el medio que Dios está usando para redimir a todas las naciones. Sin embargo vemos como algunos a los que esta Palabra de Vida alcanza, continúan rechazándola y siguen sordos a la misma. ¿Cómo es esto posible?. La Palabra es clara al respecto: Estos son los que endurecen su corazón, los que lo cierran a la oferta de perdón, los que se niegan a reconocerse mendigos de la misericordia divina. A estos Jesús les dice: “¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón?, teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” (Mr 8:17-18). Por estos debemos orar especialmente, para que el Señor siga trabajando en sus corazones, para que al fin, y liberados de su sordera oigan la voz del Padre celestial que los llama en Cristo: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios, porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo” (Jl 2:13).

         La Palabra libera nuestra lengua para proclamar las maravillas del Señor

El sordo de la lectura de hoy, añadía a su trastorno el ser tartamudo. Es decir, era incapaz por sí mismo de expresarse con claridad para pedir al Señor ayuda. Por esto fue llevado ante Él por algunos de los habitantes de la Decápolis, pidiendo por su curación. Una situación idéntica a la que afecta al ser humano, incapaz por sus propios recursos de  acercarse y restablecer su relación con su Creador, y dependiente de que la gracia lo alcance por medio del Espíritu Santo. Y Jesús tal como nos relata la Escritura una vez más, con este milagro muestra al pueblo que su misión es la liberación de las cadenas que aprisionan al ser humano en su vida cuando éste trata de vivir de espaldas a Dios. Pero ¿cuántos se sienten hoy prisioneros y encadenados en este mundo?, ¿cuántos viven conformes con su vida lejos de Dios y felices con la sordera y tartamudez de su corazón?. Estamos ciertamente en un mundo lleno de sonidos como nunca quizás en la Historia, pero donde la Palabra de Dios tiene poco eco entre sus habitantes. Sin embargo no dudemos un instante que, aún con este entorno poco favorable, la Palabra proclamada sigue actuando, sigue liberando almas cada día que son convertidas en testimonios vivos del nombre de Cristo. Pues si nos fijamos bien en lo que le ocurrió a aquél sordo, en el momento en que Jesús en oración proclamó su “¡Efata!”, no solo sus oídos fueron abiertos, sino que: “se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien” (v35). Este hablar bien supuso para este hombre a partir de entonces, no sólo poder articular correctamente su lenguaje, sino proclamar alrededor la alegría y la maravilla de una nueva realidad para su vida. A partir de ahora podía gritar  al mundo que Cristo lo había rescatado del vacío que lo rodeaba, y percibir con claridad la voz de Dios hablándole a él, a un pecador hasta entonces marginado y sin esperanza. Así ocurre cuando un alma perdida es rescatada por gracia, siente la necesidad irresistible de salir y de compartir con otros esta nueva realidad liberadora: “Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban” (v36). ¿Nos sentimos nosotros así cada día?, ¿sentimos que, al igual que el sordo del texto, nuestro corazón quiere proclamar las maravillas de nuestro Dios?. Porque existe el riego de que un cierto acomodo o pasividad impregne nuestro testimonio como cristianos. Y si bien es cierto que nuestra fe nos impulsa diariamente a ser testigos de Cristo allí donde vamos, de la misma manera estemos atentos siempre a que las palabras dirigidas a la Iglesia de Laodicea, no sean un mensaje dirigido en algún momento hacia nuestras propias vidas: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frio o caliente!. Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre ciego y desnudo” (Ap.3:16).

         Bien lo ha hecho todo

El milagro realizado por Jesús, y el testimonio de este hombre y de aquellos que lo presenciaron impactaron fuertemente a su entorno inmediato. Hasta el punto de que el pueblo reconoció a Cristo como aquél que “bien lo ha hecho todo” (v37). Y esta declaración nos retrotrae a los primeros momentos de nuestra Historia, donde después de finalizar la Creación de todo lo visible, “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gn 1:31). En esta afirmación reconocemos a Cristo como el Hijo de Dios “por quien todo fue hecho”, tal como nos recuerdan las palabras del Credo Niceno que recitamos. Él, el Creador del mundo, se ha hecho uno junto a nosotros en la figura de un hombre y llama ahora a su pueblo para traerles liberación y salvación: “todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice. Sacad al pueblo ciego que tiene ojos, y a los sordos que tienen oídos” (Is 43:7-8). Pero al igual que en los tiempos de Jesús, la ceguera y la sordera espiritual aún siguen abundando y dañando nuestro mundo. Un mundo que le pertenece a Él y a nadie más, y que reclama para su Reino. Porque este mundo pretende tener muchos amos, que prometen aquello que no pueden dar, puesto que no les pertenece: “Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.” (Lc 4:5-7). Estos son los mentirosos que por medio del engaño y las falsas promesas de éxito, poder o una vida placentera, arrastran a muchos a un espejismo, a la perdición. Pues sólo en Cristo puede el hombre triunfar verdaderamente, obtener el poder consolador del Espíritu Santo y vivir la verdadera felicidad y paz en su vida. No, este mundo no tiene más opciones: o sigue a Cristo o sigue a las falsas promesas. Y Jesús no está lejos ciertamente para tener un encuentro con Él, ya que siempre está buscando a ciegos y sordos a quienes sanar de su ceguera y sordera. Lo tenemos en su Palabra que recorre el mundo cada día, anunciando el perdón a los pecadores arrepentidos, y en el pan y el vino donde Él se hace presente para cada uno de nosotros. ¿Conoces a muchos de estos ciegos y de estos sordos?. Ayuda pues a llevarlos a Cristo, pues ellos necesitan al igual que el sordo del Evangelio, ser llevados ante Él. Con tu testimonio de vida y con tu proclamación del Evangelio. Pero recuerda que el Reino está cerca, y Jesús anuncia que: “Yo estoy a la puerta y llamo” (Ap 3:20). ¡El momento de ser testigos es ahora!.

         Conclusión

Sufrir de sordera o dificultades en el habla es una carga pesada para una persona. Sin embargo, es peor aún estar sordos a la voz de Dios que nos llama por medio de Su Palabra. Y también es trágico que el hombre, que disfruta de las maravillas de la Creación y de su propia vida, mantenga su lengua muerta para proclamar las grandezas de Dios en Cristo. Jesús vino a romper todas las barreras que impiden al hombre vivir en una relación viva con su Creador. Su sangre derramada en la Cruz es nuestro “Efata” que abre las puertas del Reino para nosotros. Por tanto, si has escuchado con claridad las buenas nuevas del Evangelio del perdón de pecados, ¿no han sido abiertos tus oídos?. Y si es así, tu lengua ha sido también desatada por Cristo. ¡¿Qué esperas para pues para proclamarlo?!. ¡Que así sea, Amén!                                               

                                                    J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo